26 de junio 2013    /   CINE/TV
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El otro final de… Quadrophenia

26 de junio 2013    /   CINE/TV     por          
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Después de batir el récord mundial de ingesta de anfetaminas en un solo día, Jimmy Cooper decidió acabar con todo y saltar por los blancos acantilados de Beachy Head en compañía de una moto robada. La moto sí lo hizo. Él no.
Simuló su propia muerte, pero ni sus padres ni sus amigos reclamaron su cuerpo, por lo que tuvo libertad de movimiento. Rebuscando en los bolsillos de su emblemática parka verde consiguió reunir treinta chelines y unas cuantas pirulas. Valorando la situación, se tragó un par de ellas y el resto las tiró al mar. Era hora de cambiar de vida.
Se enroló como camarero en el primer crucero que salió de Inglaterra y terminó en el Caribe, concretamente en Cuba. Bajó del barco con intención de no volver. Pronto se dio cuenta de que allí no estaban de moda las corbatas de cuero megafinas ni, por supuesto, las parkas con capucha. Cansado y sudando como nunca, se pateó La Habana buscando curro. Tuvo suerte y lo encontró en las cocinas de un hotel británico.
Gracias al ron y a los mojitos no volvió a acordarse de las anfetas. El director del hotel, un avispado seguidor del Manchester con antecedentes como hooligan, vio en Jimmy un buen barman al comprobar su habilidad en el manejo de las botellas. Le subió el sueldo y le colocó en la terraza, lugar desde donde comenzó a trapichear con todo tipo de pastillas con sus compatriotas. Estaba claro que su destino le reclamaba de nuevo.
Se convirtió en un tipo conocido por la calidad de su mercancía y no tardó mucho en dejar el hotel para instalarse en un piso cerca del puerto donde desembarcaban miles de turistas a diario. Lo primero que hizo en cuanto tuvo dinero fue ponerse braquets. Con los dientes perfectos y embadurnado en gomina pronto se hizo con el mercadeo de todo tipo de sustancias. Y así, cuando alcanzó cierto prestigio, no paró hasta conseguir llevar una Lambretta desde Europa. A través de un contacto con la mafia siciliana, la moto le llegó rápidamente. En su propio garaje se encargó de tunearla, colocándola más de quince espejos, para pavonearse por La Habana como hiciera en aquellos violentos fines de semana en Brighton; con la diferencia que en Cuba no había rockers a los que patear.
Jimmy nunca fue muy de chanclas ni bañadores apretados. Él, elegante como el que más, iba en su moto con sus polos Fred Perry y su raya perfectamente recta. Quiso fundar un club mod, pero la cosa no cuajó; los cubanos no son muy de partirse la cara, les va más eso de tirarse a las turistas. En cambio, gracias a él, la música de los Who entró en la isla a pesar de la prohibición gubernamental.
Jimmy Cooper, jefe del hampa en La Habana, un mod caribeño que aún debe andar por allí, mucho más tranquilo y comunicativo que de joven, un tipo relajado que dormita en los bares que regenta. Debe ser por el clima.
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“Mod es la manera más corta de decir ‘Joven, guapo y estúpido’. Todos hemos pasado por ahí” (Pete Townshend, The Who).

Después de batir el récord mundial de ingesta de anfetaminas en un solo día, Jimmy Cooper decidió acabar con todo y saltar por los blancos acantilados de Beachy Head en compañía de una moto robada. La moto sí lo hizo. Él no.
Simuló su propia muerte, pero ni sus padres ni sus amigos reclamaron su cuerpo, por lo que tuvo libertad de movimiento. Rebuscando en los bolsillos de su emblemática parka verde consiguió reunir treinta chelines y unas cuantas pirulas. Valorando la situación, se tragó un par de ellas y el resto las tiró al mar. Era hora de cambiar de vida.
Se enroló como camarero en el primer crucero que salió de Inglaterra y terminó en el Caribe, concretamente en Cuba. Bajó del barco con intención de no volver. Pronto se dio cuenta de que allí no estaban de moda las corbatas de cuero megafinas ni, por supuesto, las parkas con capucha. Cansado y sudando como nunca, se pateó La Habana buscando curro. Tuvo suerte y lo encontró en las cocinas de un hotel británico.
Gracias al ron y a los mojitos no volvió a acordarse de las anfetas. El director del hotel, un avispado seguidor del Manchester con antecedentes como hooligan, vio en Jimmy un buen barman al comprobar su habilidad en el manejo de las botellas. Le subió el sueldo y le colocó en la terraza, lugar desde donde comenzó a trapichear con todo tipo de pastillas con sus compatriotas. Estaba claro que su destino le reclamaba de nuevo.
Se convirtió en un tipo conocido por la calidad de su mercancía y no tardó mucho en dejar el hotel para instalarse en un piso cerca del puerto donde desembarcaban miles de turistas a diario. Lo primero que hizo en cuanto tuvo dinero fue ponerse braquets. Con los dientes perfectos y embadurnado en gomina pronto se hizo con el mercadeo de todo tipo de sustancias. Y así, cuando alcanzó cierto prestigio, no paró hasta conseguir llevar una Lambretta desde Europa. A través de un contacto con la mafia siciliana, la moto le llegó rápidamente. En su propio garaje se encargó de tunearla, colocándola más de quince espejos, para pavonearse por La Habana como hiciera en aquellos violentos fines de semana en Brighton; con la diferencia que en Cuba no había rockers a los que patear.
Jimmy nunca fue muy de chanclas ni bañadores apretados. Él, elegante como el que más, iba en su moto con sus polos Fred Perry y su raya perfectamente recta. Quiso fundar un club mod, pero la cosa no cuajó; los cubanos no son muy de partirse la cara, les va más eso de tirarse a las turistas. En cambio, gracias a él, la música de los Who entró en la isla a pesar de la prohibición gubernamental.
Jimmy Cooper, jefe del hampa en La Habana, un mod caribeño que aún debe andar por allí, mucho más tranquilo y comunicativo que de joven, un tipo relajado que dormita en los bares que regenta. Debe ser por el clima.
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“Mod es la manera más corta de decir ‘Joven, guapo y estúpido’. Todos hemos pasado por ahí” (Pete Townshend, The Who).

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