10 de marzo 2014    /   BUSINESS
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El país de las oportunidades y la ciudad de las ofertas

10 de marzo 2014    /   BUSINESS     por          
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Si hay algo que define la ciudad contemporánea es el suburbio. Siguiendo un argumento reduccionista la ciudad moderna europea puede definirse como centro histórico y ensanche; pudiendo a su vez subdividir este último entre ensanche histórico y ampliación urbanística moderna. Y si hay algo que vertebra ambos mundos es el uso comercial que se hace del suelo urbano independientemente de a qué lado se encuentre este.

Todos aquellos que vivimos en una ciudad o aquellos que la visitan saben que el mogollón comercial suele ubicarse en el centro de la misma. En las calles históricas de cualquier urbe es donde se instalan las marcas, las franquicias, las grandes cadenas que saben que existe en el inconsciente colectivo aquel comando de «voy al centro de compras».

Pero existe también un centro outsider (nunca mejor dicho) que convive más que compite con este centro histórico y comercial del que hablaba. Es el Centro Comercial así a secas, el Mall de las películas estadounidenses, el «shopping» en los países latinoamericanos.

Personalmente el concepto CC lo relaciono con dos cosas: el Mall del que hablaba y el suburbio. El Mall porque el propio planteamiento social de este tipo de establecimientos, la oferta vital y de ocio evoca un tipo de vida que se encuentra alejada de lo que yo entiendo como ocio y desarrollo europeo occidental.

Porque resultan, casi siempre, concebidos para el drive thru: llegar en coche, aparcar bajo tierra, comprar, ocio, comer, volver bajo tierra y regresar en coche. Es decir, es el tipo de vida adecuado a lugares ajenos a nuestra realidad como por ejemplo la ciudad de Los Ángeles (de la que siempre se dice que no tiene aceras).

Y no solo esta, podría rememorar lugares como Doha, Moscú, Vancouver… en los que las propias condiciones climatológicas obligan de alguna manera a que las zonas comerciales estén centralizadas y a resguardo del calor intenso o del frío extremo.

Probablemente por eso, los primeros centros comerciales de la historia se construyeron en países de Oriente Medio allá por los siglos XV a XIX o el Gostiny Dvor en San Petersburgo, que se inauguró en 1785.

Por tanto, aunque en el imaginario colectivo el Mall nos recuerde al American Way of Life, nada más lejos de lo cierto. Del mismo modo que el cine o la guerra preventiva, el centro comercial no surgió en los Estados Unidos, si bien ellos supieron desarrollarlo e integrarlo en su realidad hasta hacerlo suyo.

Decía antes que relacionaba el CC con el concepto de suburbio moderno. Es decir, con una zona que no necesariamente debe ser deprimida, sino más bien popular y obrera (si es que obrera es un adjetivo adecuado para esa gran brecha que es la clase media de las democracias occidentales, al menos…) Y no solo la zona suburbial, sino además la población que allí habita.

Sirva como ejemplo la población joven de esos suburbios. Aquellos que (hablando de forma general) tiene un nivel cultural medio o bajo, ingresos medios (con lo que eso significa en un entorno de mileurísmo) y que hacen del centro comercial su entorno vital por dos motivos: porque es su única opción para relacionarse e intercambiar información sin tener que abandonar el suburbio y porque es el lugar en el que se «exponen todos los objetos soñados» para el morador del suburbio.

De eso habla Beatriz Sarlo en Escenas de la Vida Posmoderna (Seix Barral 1994) de lo incomprensible que resultaba una ciudad como Los Ángeles en los años sesenta por el simple hecho de carecer de centro. Si bien resalta que a día de hoy muchas grandes metrópolis han adoptado ese proceso de «angelinización» lo que hace que nos resulte hasta familiar.

Por otra parte, retrata el Mall en forma de una cápsula espacial donde se realizan todas las funciones necesarias para la vida (comer, beber, descansar, recibir información…) pero también -y aún sin referirse a ellos con esta denominación- como un recinto penitenciario, como un panóptico en el que no existen el día y la noche, el invierno o el verano y en el que se vive una realidad ajena y artificial alejada de todo aquello que se encuentre fuera del propio recinto.

Quizá sea osado que yo establezca esta relación entre centro comercial y presidio, pero me temo que cualquiera que haya visitado Ikea un fin de semana o durante un puente, estaría de acuerdo conmigo.

Si hay algo que define la ciudad contemporánea es el suburbio. Siguiendo un argumento reduccionista la ciudad moderna europea puede definirse como centro histórico y ensanche; pudiendo a su vez subdividir este último entre ensanche histórico y ampliación urbanística moderna. Y si hay algo que vertebra ambos mundos es el uso comercial que se hace del suelo urbano independientemente de a qué lado se encuentre este.

Todos aquellos que vivimos en una ciudad o aquellos que la visitan saben que el mogollón comercial suele ubicarse en el centro de la misma. En las calles históricas de cualquier urbe es donde se instalan las marcas, las franquicias, las grandes cadenas que saben que existe en el inconsciente colectivo aquel comando de «voy al centro de compras».

Pero existe también un centro outsider (nunca mejor dicho) que convive más que compite con este centro histórico y comercial del que hablaba. Es el Centro Comercial así a secas, el Mall de las películas estadounidenses, el «shopping» en los países latinoamericanos.

Personalmente el concepto CC lo relaciono con dos cosas: el Mall del que hablaba y el suburbio. El Mall porque el propio planteamiento social de este tipo de establecimientos, la oferta vital y de ocio evoca un tipo de vida que se encuentra alejada de lo que yo entiendo como ocio y desarrollo europeo occidental.

Porque resultan, casi siempre, concebidos para el drive thru: llegar en coche, aparcar bajo tierra, comprar, ocio, comer, volver bajo tierra y regresar en coche. Es decir, es el tipo de vida adecuado a lugares ajenos a nuestra realidad como por ejemplo la ciudad de Los Ángeles (de la que siempre se dice que no tiene aceras).

Y no solo esta, podría rememorar lugares como Doha, Moscú, Vancouver… en los que las propias condiciones climatológicas obligan de alguna manera a que las zonas comerciales estén centralizadas y a resguardo del calor intenso o del frío extremo.

Probablemente por eso, los primeros centros comerciales de la historia se construyeron en países de Oriente Medio allá por los siglos XV a XIX o el Gostiny Dvor en San Petersburgo, que se inauguró en 1785.

Por tanto, aunque en el imaginario colectivo el Mall nos recuerde al American Way of Life, nada más lejos de lo cierto. Del mismo modo que el cine o la guerra preventiva, el centro comercial no surgió en los Estados Unidos, si bien ellos supieron desarrollarlo e integrarlo en su realidad hasta hacerlo suyo.

Decía antes que relacionaba el CC con el concepto de suburbio moderno. Es decir, con una zona que no necesariamente debe ser deprimida, sino más bien popular y obrera (si es que obrera es un adjetivo adecuado para esa gran brecha que es la clase media de las democracias occidentales, al menos…) Y no solo la zona suburbial, sino además la población que allí habita.

Sirva como ejemplo la población joven de esos suburbios. Aquellos que (hablando de forma general) tiene un nivel cultural medio o bajo, ingresos medios (con lo que eso significa en un entorno de mileurísmo) y que hacen del centro comercial su entorno vital por dos motivos: porque es su única opción para relacionarse e intercambiar información sin tener que abandonar el suburbio y porque es el lugar en el que se «exponen todos los objetos soñados» para el morador del suburbio.

De eso habla Beatriz Sarlo en Escenas de la Vida Posmoderna (Seix Barral 1994) de lo incomprensible que resultaba una ciudad como Los Ángeles en los años sesenta por el simple hecho de carecer de centro. Si bien resalta que a día de hoy muchas grandes metrópolis han adoptado ese proceso de «angelinización» lo que hace que nos resulte hasta familiar.

Por otra parte, retrata el Mall en forma de una cápsula espacial donde se realizan todas las funciones necesarias para la vida (comer, beber, descansar, recibir información…) pero también -y aún sin referirse a ellos con esta denominación- como un recinto penitenciario, como un panóptico en el que no existen el día y la noche, el invierno o el verano y en el que se vive una realidad ajena y artificial alejada de todo aquello que se encuentre fuera del propio recinto.

Quizá sea osado que yo establezca esta relación entre centro comercial y presidio, pero me temo que cualquiera que haya visitado Ikea un fin de semana o durante un puente, estaría de acuerdo conmigo.

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Opiniones 3
  • jamás el centro comercial, sustituirá el placer de andar por una calle cualquiera, por un parque, por una plaza, sentir el sol y el aire en el cuerpo, es tan necesario como comer; al centro comercial sólo voy por el supermercado porque la cesta de la compra es más barata, pero nada más; tomarte un café en un centro comercial y pretender mantener un diálogo como se debe, es lo más desacertado del mundo

  • Alguien que afirme que en un centro comercial se realizan todas las funciones necesarias para la vida es que tiene un vida paupérrima, puede que no económicamente, sino espiritualmente hablando. Le aconsejo una cosa que se llama naturaleza.

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