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23 de enero 2020    /   BUSINESS
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Cómo redefinir el periodismo para que el negocio no se aleje de su defensa de la democracia

23 de enero 2020    /   BUSINESS     por          
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El periodismo es un negocio. Un tanto especial, sí, pero un negocio. Y lo es porque aspira a generar beneficios vendiendo algo, aunque sea ese algo precisamente lo que lo hace especial.

En realidad, hay muchísimos objetos de negocio más necesarios que lo que vende el periodismo, como la comida o los medicamentos. Pero existe algo de romántico en la idea de que el periodismo vende la materia prima sobre la que se asienta una sociedad informada y crítica y, por tanto, más libre. Vamos, que sin periodismo no hay democracia. Ahí es nada.

El problema es que se asimila periodismo a información útil, relevante, veraz y que de verdad contribuya a esa sociedad informada, crítica y consciente. En realidad, convendría empezar por definir exactamente qué vende el periodismo. «Información» sería la respuesta más sencilla. «Explicaciones sobre por qué sucede lo que sucede y qué significa» sería otra. Y claro, «opinión» acerca de lo que sucede basándonos en determinada visión del mundo, si es que eso se puede seguir considerando periodismo y no un simple interés económico o ideológico de la empresa o el plumilla de turno.

Pero sucede que, como el periodismo es un negocio, ha tenido que ir buscando otras cosas que vender para subsistir, alejándose de ese ideal romántico. Hay muchos y muy diversos motivos, pero fundamentalmente se debe a que el producto estrella que vendía esta industria tan especial dejó de comprarse tan bien. Hubo que empezar con las promociones, ya fuera en forma de coleccionables o de cruasanes, ya sea en forma de ofrecer información gratuita a cambio de atención que se revendiera después a los anunciantes. Y como eso no fue suficiente para cuadrar los balances, llegó el momento de empezar a vender otras cosas más para que atrajeran a posibles nuevos clientes.

Es un poco como cuando entras a una librería y, además de libros, hay un montón de estands de libretas cuquis y agendas con frases aspiracionales. Es lo que tienen los negocios: la gente no compra tantos libros como antes, pero se pirra por la papelería motivacional. Ahora bien, no se te ocurra decir que eso ya no es una librería; ni se te ocurra tampoco decirle a un medio de comunicación que cuela contenido directa o indirectamente patrocinado como si fuera noticioso que ya no hacen periodismo. O que se han convertido en prescindibles para la salud de la democracia.

Ya se sabe, el ejemplar más vendido de una librería puede ser la Agenda 2020 de Mr.Wonderful, así que por qué no va a poder ser el vestido de Cristina Pedroche o el sorteo del Gordo de Navidad el contenido más leído de un periódico. Cada uno contribuye a la democracia como puede porque en la democracia –dicen– cabe todo.

EL ROMANTICISMO DE LA LITURGIA

Y es que, como buen negocio, el periodismo se ha renovado: ha variado y ampliado su oferta, ha diversificado sus canales, ha inventado nuevas formas de contar las cosas… Tiene sentido que si tu clientela evoluciona debas evolucionar con ella para seguir vendiendo. El problema viene, por una parte, de la pretensión de aparentar que no se es un negocio –algunos incluso se ofenden–; y por otra, de pensar que, aun habiendo tenido que cambiar todas esas cosas para seguir vendiendo, ese algo romántico que hace del negocio algo especial puede quedar intacto. Pero no.

Por el camino del cambio se han ido rompiendo estrictas normas que ataban el negocio con su objeto de negocio. Y no, no tiene nada que ver con internet, ni con que la gente joven no lea –cosa que ni siquiera es cierta–. Tiene que ver con que el sector ha sacrificado sus procedimientos y garantías intentando hacer sobrevivir la balanza contable en estas duras décadas de reconversión y crisis. Despojado del compromiso con ese algo especial, el periodismo se convierte en una industria como cualquier otra. A saber, una que busca beneficios y que en realidad poco tiene que aportar a la salud democrática de ningún país.

Y eso es así precisamente porque ese algo especial dependía de ciertas liturgias y códigos que se han ido sacrificando. Igual que algunos negocios cuentan con normativas y regulaciones propias –la venta de medicamentos, alcohol o tabaco, por ejemplo–, el periodismo también. Y sin esas liturgias y códigos, sin esas regulaciones y normativas, lo que era un servicio pasa a convertirse en un peligro. Imagina un hostelero vendiendo tabaco a menores, o a un periodista de investigación dirigiendo un panfleto que solo publica noticias pretendidamente manipuladas.

¿Y cuáles son esas regulaciones especiales? Por citar un ejemplo, según la Ley, el director de un medio es responsable subsidiario del contenido que se publica, así que en caso de cometerse un delito no solo respondería el autor del artículo, sino también la dirección por permitir su publicación. Por citar otro ejemplo, en caso de lanzarse algo incorrecto, inexacto o erróneo, debería publicarse una rectificación con el mismo tamaño, posición e importancia en el medio reconociendo el error.

¿Por qué tal cosa es relevante? Precisamente, por la responsabilidad que se supone a una industria tan poderosa. Igual que un fármaco opiáceo es peligroso en manos de un adicto, una información falsa o errónea es un arma de influencia política temible. Como negocio vinculado con la salud democrática, el periodismo debería saber equilibrar su legítima búsqueda del beneficio económico con las prácticas básicas que han salvaguardado sus estándares.

Baste un ejemplo sencillo: los políticos son percibidos por una parte importante de la población como un problema, según los barómetros de opinión del CIS. No es casual, habida cuenta de que las noticias acerca de corrupción y mala praxis han ido llenando los medios en los pasados años. Evidentemente, esos casos existen, son reales y merecen desprecio. Ahora bien, ¿es toda la llamada clase política así?

El periodismo tiene efectos y consecuencias. Por ejemplo, la confianza en el sistema, en las instituciones y en la democracia misma se ha debilitado a raíz de lo anterior. A base de informar sobre lo inusual –porque lo cotidiano no interesa–, se crea la percepción de que lo extraordinario –por negativo– es en realidad normal. Que todos los políticos son corruptos, por ejemplo. Que el sistema no funciona. Y ahí se hace fuerten fuertes la antipolítica y el populismo.

En aras del negocio la industria periodística ha ido recortando esas liturgias de responsabilidad para publicar más contenido, más rápido y llegar a más y más clientela. Y por clientela ya ni siquiera se habla siempre de los lectores. Cuántos titulares con acusaciones más o menos veladas acaban con carreras políticas y, años después, un tribunal desestima los casos. El daño ya está hecho, y no solo para los afectados, sino también en la percepción del sistema. Y todo por servir a causas que tienen mucho más que ver con ideología o intereses económicos que con verdades factuales.

PERIODISMO DELEGADO

En un interesante artículo de la Nieman Foundation acerca de las posibles tendencias periodísticas para el año entrante, Bill Grueskin describe algunos retos éticos al respecto de estas cuestiones. Reflexiona, con acierto, que ante problemas nuevos se necesitan estándares éticos nuevos. La cuestión, sin embargo, no es sOlo ética, sino directamente funcional.

A grandes rasgos, la industria periodística ha pasado a delegar algunas de sus funciones tradicionales para que sean otros los que las hagan. De nuevo no es por pereza, sino por minimizar costes para maximizar beneficios. Cosas de los negocios.

Sucedió, por ejemplo, hace unos años con la gestión de los comentarios. Internet trajo, en uno de sus innumerables cambios para el sector, la posibilidad de que los usuarios vieran publicadas sus impresiones en los medios. La novedad atrajo la atención y la gente entraba a comentar para normalmente acabar enzarzándose con otras opiniones enfrentadas. Entraban para comentar, para ver si respondían, para replicar… Y así en un bucle interminable de audiencia creciente.

Llegó un momento en que el éxito de un artículo se medía en el número de comentarios. A los medios no les importaba el contenido de dichas conversaciones, hasta el punto de que algunos llegaban incluso a poner a redactores a escribir cebos para generar polémica. En la línea de lo que plantea Grueskin: ¿no deberían tener los medios responsabilidad por los contenidos que se publican en su plataforma, aunque dicho contenido lo genere alguien ajeno a la misma? Por ejemplo, si un comentario incita al odio, o contiene insultos, o amenazas de muerte. Los medios se llevaban la audiencia, pero no se responsabilizaban del contenido.

Las redes sociales acabaron con el problema: externalizaron eso para los medios y, de paso, acababan en parte con el problema del anonimato. Y se llevaron la audiencia de paso, claro. Y eso generó otro problema. ¿Qué podían hacer los medios para recuperarla? Dos cosas: cazar tendencias en las redes, por una parte, y utilizar su contenido por otra.

Ambas cosas supusieron nuevas delegaciones de funciones. En el primer caso porque, en lugar de buscar noticias relevantes e interesantes, se pusieron a ver de qué hablaba la gente en sus redes sociales y desarrollaban esas ideas con la intención de volver a captar la atención perdida. Lo segundo, porque empezaron a incorporar contenido ajeno –fotografías, vídeos, chistes…–, en muchos casos sin siquiera permiso o atribución. Cosa de la reducción de costes, una vez más.

De nuevo la misma pregunta: si los medios se llevan la audiencia, ¿no deberían, por tanto, ser también responsables de la calidad, la relevancia y la veracidad de ese contenido? Y cuando un medio incluye un contenido externo y lo enlaza actuando de altavoz, ¿no tiene responsabilidad aunque contribuya a su expansión y saque rentabilidad de ello?

EXTERNALIZANDO LA RESPONSABILIDAD

El problema con las redes sociales, por supuesto, no terminó ahí. En otra delegación de funciones más, los medios optaron por renunciar el esfuerzo que suponía llegar a sus audiencias. En internet la gente usaba otros caminos para llegar a la información, así que –por aquello de ahorrar costes para maximizar beneficios, una vez más– los medios empezaron a crear contenido dirigido a otros que no eran su audiencia. Los titulares tenían que gustar a Google. Los formatos tenían que funcionar en Facebook. Las ideas tenían que ser virales en Twitter. Los temas tenían que servir para Instagram.

Así, se dejó de crear contenido para humanos para empezar a hacerlo para los mediadores que llegaban a la audiencia. Los efectos, obvios, no tardaron en llegar: si pierdes el control del acceso a tu audiencia, debes estar preparado para depender de la voluntad de terceros. Los medios ya no solo dependían de que a los consumidores les interesara su producto, sino también de que a quienes hacían de intermediarios con sus consumidores les viniera bien por motivos muy alejados de la salud democrática y más bien relacionados con la masa crítica y la notoriedad.

Hay muchos más ejemplos. Como cuando el periodismo de citas lo inundó todo, llenando los titulares de frases textuales sin que importara si eran ciertas o no. Los políticos y las empresas se adueñaron de la principal ventana de visibilidad del contenido, que los medios –una vez más– habían delegado. Pasaron a ser en muchos casos herramientas al servicio de las ideas que otros querían hacer llegar, contenedores de argumentarios que habían delegado la forma y condiciones en la que cualquiera podía acceder a su visibilidad.

De nuevo, ¿no tienen los medios la responsabilidad de dar contexto a una cita antes de publicarla? La respuesta, en muchos casos, es la excusa: si el protagonista de la historia lo dice y resulta no ser veraz, es responsabilidad suya y no del medio, cuya función únicamente es la de mediación. Pero ¿de verdad es así?

Sin embargo, de todas las delegaciones quizá la más grave sea precisamente la de la veracidad. La proliferación de proyectos periodísticos basados en el fact-checking lo evidencia: la que fuera la función primaria de los medios –comprobar la veracidad de las historias que se difunden– aparece como un extra, un sello de calidad en ocasiones otorgado por agentes externos a la redacción. Debería ser lo básico, pero se convierte en lo extraordinario.

Ya hasta el alcance se ha delegado. En las redacciones se premia la notoriedad de sus redactores, de forma que la capacidad de tener una comunidad de seguidores, el ser influyente, se valora en ocasiones más que el saber ser periodista en un sentido tradicional. Eso sí, luego se exige a esos periodistas que pongan sus redes al servicio del medio, bien para dar visibilidad a sus temas, bien para evitar dar opiniones personales que puedan dañar la sensación de objetividad que pretenden conservar.

A la vez, en una pirueta improbable, los medios de siempre mantienen sus editoriales y artículos de opinión. Los medios, como empresa, pueden opinar, pero castigan a sus periodistas si lo hacen. Los autores son meros productores e intermediarios, pero no personas: crean el contenido y ayudan a la causa distribuyéndolo en su entorno, pero no pueden hacer visibles opiniones que comprometan el contenido que la empresa tiene a bien publicar.

Hay mil ejemplos más. Pero como en todo, también siempre hay excepciones. En la escuela americana hay medios que añaden un comentario cada vez que editan un contenido explicando qué cambio se ha hecho y porqué. Que auditan cada contenido de forma interna antes de publicarlo. Que, en fin, siguen haciendo periodismo de una forma en la que se equilibran esas esencias tradicionales con la creación de un negocio rentable. Por eso aumentan sus suscripciones mientras otros solo piensan en cómo hacer dinero. Porque por más que ambos sean negocios, no es lo mismo una cosa que la otra, aunque parezca igual.

El periodismo es un negocio. Un tanto especial, sí, pero un negocio. Y lo es porque aspira a generar beneficios vendiendo algo, aunque sea ese algo precisamente lo que lo hace especial.

En realidad, hay muchísimos objetos de negocio más necesarios que lo que vende el periodismo, como la comida o los medicamentos. Pero existe algo de romántico en la idea de que el periodismo vende la materia prima sobre la que se asienta una sociedad informada y crítica y, por tanto, más libre. Vamos, que sin periodismo no hay democracia. Ahí es nada.

El problema es que se asimila periodismo a información útil, relevante, veraz y que de verdad contribuya a esa sociedad informada, crítica y consciente. En realidad, convendría empezar por definir exactamente qué vende el periodismo. «Información» sería la respuesta más sencilla. «Explicaciones sobre por qué sucede lo que sucede y qué significa» sería otra. Y claro, «opinión» acerca de lo que sucede basándonos en determinada visión del mundo, si es que eso se puede seguir considerando periodismo y no un simple interés económico o ideológico de la empresa o el plumilla de turno.

Pero sucede que, como el periodismo es un negocio, ha tenido que ir buscando otras cosas que vender para subsistir, alejándose de ese ideal romántico. Hay muchos y muy diversos motivos, pero fundamentalmente se debe a que el producto estrella que vendía esta industria tan especial dejó de comprarse tan bien. Hubo que empezar con las promociones, ya fuera en forma de coleccionables o de cruasanes, ya sea en forma de ofrecer información gratuita a cambio de atención que se revendiera después a los anunciantes. Y como eso no fue suficiente para cuadrar los balances, llegó el momento de empezar a vender otras cosas más para que atrajeran a posibles nuevos clientes.

Es un poco como cuando entras a una librería y, además de libros, hay un montón de estands de libretas cuquis y agendas con frases aspiracionales. Es lo que tienen los negocios: la gente no compra tantos libros como antes, pero se pirra por la papelería motivacional. Ahora bien, no se te ocurra decir que eso ya no es una librería; ni se te ocurra tampoco decirle a un medio de comunicación que cuela contenido directa o indirectamente patrocinado como si fuera noticioso que ya no hacen periodismo. O que se han convertido en prescindibles para la salud de la democracia.

Ya se sabe, el ejemplar más vendido de una librería puede ser la Agenda 2020 de Mr.Wonderful, así que por qué no va a poder ser el vestido de Cristina Pedroche o el sorteo del Gordo de Navidad el contenido más leído de un periódico. Cada uno contribuye a la democracia como puede porque en la democracia –dicen– cabe todo.

EL ROMANTICISMO DE LA LITURGIA

Y es que, como buen negocio, el periodismo se ha renovado: ha variado y ampliado su oferta, ha diversificado sus canales, ha inventado nuevas formas de contar las cosas… Tiene sentido que si tu clientela evoluciona debas evolucionar con ella para seguir vendiendo. El problema viene, por una parte, de la pretensión de aparentar que no se es un negocio –algunos incluso se ofenden–; y por otra, de pensar que, aun habiendo tenido que cambiar todas esas cosas para seguir vendiendo, ese algo romántico que hace del negocio algo especial puede quedar intacto. Pero no.

Por el camino del cambio se han ido rompiendo estrictas normas que ataban el negocio con su objeto de negocio. Y no, no tiene nada que ver con internet, ni con que la gente joven no lea –cosa que ni siquiera es cierta–. Tiene que ver con que el sector ha sacrificado sus procedimientos y garantías intentando hacer sobrevivir la balanza contable en estas duras décadas de reconversión y crisis. Despojado del compromiso con ese algo especial, el periodismo se convierte en una industria como cualquier otra. A saber, una que busca beneficios y que en realidad poco tiene que aportar a la salud democrática de ningún país.

Y eso es así precisamente porque ese algo especial dependía de ciertas liturgias y códigos que se han ido sacrificando. Igual que algunos negocios cuentan con normativas y regulaciones propias –la venta de medicamentos, alcohol o tabaco, por ejemplo–, el periodismo también. Y sin esas liturgias y códigos, sin esas regulaciones y normativas, lo que era un servicio pasa a convertirse en un peligro. Imagina un hostelero vendiendo tabaco a menores, o a un periodista de investigación dirigiendo un panfleto que solo publica noticias pretendidamente manipuladas.

¿Y cuáles son esas regulaciones especiales? Por citar un ejemplo, según la Ley, el director de un medio es responsable subsidiario del contenido que se publica, así que en caso de cometerse un delito no solo respondería el autor del artículo, sino también la dirección por permitir su publicación. Por citar otro ejemplo, en caso de lanzarse algo incorrecto, inexacto o erróneo, debería publicarse una rectificación con el mismo tamaño, posición e importancia en el medio reconociendo el error.

¿Por qué tal cosa es relevante? Precisamente, por la responsabilidad que se supone a una industria tan poderosa. Igual que un fármaco opiáceo es peligroso en manos de un adicto, una información falsa o errónea es un arma de influencia política temible. Como negocio vinculado con la salud democrática, el periodismo debería saber equilibrar su legítima búsqueda del beneficio económico con las prácticas básicas que han salvaguardado sus estándares.

Baste un ejemplo sencillo: los políticos son percibidos por una parte importante de la población como un problema, según los barómetros de opinión del CIS. No es casual, habida cuenta de que las noticias acerca de corrupción y mala praxis han ido llenando los medios en los pasados años. Evidentemente, esos casos existen, son reales y merecen desprecio. Ahora bien, ¿es toda la llamada clase política así?

El periodismo tiene efectos y consecuencias. Por ejemplo, la confianza en el sistema, en las instituciones y en la democracia misma se ha debilitado a raíz de lo anterior. A base de informar sobre lo inusual –porque lo cotidiano no interesa–, se crea la percepción de que lo extraordinario –por negativo– es en realidad normal. Que todos los políticos son corruptos, por ejemplo. Que el sistema no funciona. Y ahí se hace fuerten fuertes la antipolítica y el populismo.

En aras del negocio la industria periodística ha ido recortando esas liturgias de responsabilidad para publicar más contenido, más rápido y llegar a más y más clientela. Y por clientela ya ni siquiera se habla siempre de los lectores. Cuántos titulares con acusaciones más o menos veladas acaban con carreras políticas y, años después, un tribunal desestima los casos. El daño ya está hecho, y no solo para los afectados, sino también en la percepción del sistema. Y todo por servir a causas que tienen mucho más que ver con ideología o intereses económicos que con verdades factuales.

PERIODISMO DELEGADO

En un interesante artículo de la Nieman Foundation acerca de las posibles tendencias periodísticas para el año entrante, Bill Grueskin describe algunos retos éticos al respecto de estas cuestiones. Reflexiona, con acierto, que ante problemas nuevos se necesitan estándares éticos nuevos. La cuestión, sin embargo, no es sOlo ética, sino directamente funcional.

A grandes rasgos, la industria periodística ha pasado a delegar algunas de sus funciones tradicionales para que sean otros los que las hagan. De nuevo no es por pereza, sino por minimizar costes para maximizar beneficios. Cosas de los negocios.

Sucedió, por ejemplo, hace unos años con la gestión de los comentarios. Internet trajo, en uno de sus innumerables cambios para el sector, la posibilidad de que los usuarios vieran publicadas sus impresiones en los medios. La novedad atrajo la atención y la gente entraba a comentar para normalmente acabar enzarzándose con otras opiniones enfrentadas. Entraban para comentar, para ver si respondían, para replicar… Y así en un bucle interminable de audiencia creciente.

Llegó un momento en que el éxito de un artículo se medía en el número de comentarios. A los medios no les importaba el contenido de dichas conversaciones, hasta el punto de que algunos llegaban incluso a poner a redactores a escribir cebos para generar polémica. En la línea de lo que plantea Grueskin: ¿no deberían tener los medios responsabilidad por los contenidos que se publican en su plataforma, aunque dicho contenido lo genere alguien ajeno a la misma? Por ejemplo, si un comentario incita al odio, o contiene insultos, o amenazas de muerte. Los medios se llevaban la audiencia, pero no se responsabilizaban del contenido.

Las redes sociales acabaron con el problema: externalizaron eso para los medios y, de paso, acababan en parte con el problema del anonimato. Y se llevaron la audiencia de paso, claro. Y eso generó otro problema. ¿Qué podían hacer los medios para recuperarla? Dos cosas: cazar tendencias en las redes, por una parte, y utilizar su contenido por otra.

Ambas cosas supusieron nuevas delegaciones de funciones. En el primer caso porque, en lugar de buscar noticias relevantes e interesantes, se pusieron a ver de qué hablaba la gente en sus redes sociales y desarrollaban esas ideas con la intención de volver a captar la atención perdida. Lo segundo, porque empezaron a incorporar contenido ajeno –fotografías, vídeos, chistes…–, en muchos casos sin siquiera permiso o atribución. Cosa de la reducción de costes, una vez más.

De nuevo la misma pregunta: si los medios se llevan la audiencia, ¿no deberían, por tanto, ser también responsables de la calidad, la relevancia y la veracidad de ese contenido? Y cuando un medio incluye un contenido externo y lo enlaza actuando de altavoz, ¿no tiene responsabilidad aunque contribuya a su expansión y saque rentabilidad de ello?

EXTERNALIZANDO LA RESPONSABILIDAD

El problema con las redes sociales, por supuesto, no terminó ahí. En otra delegación de funciones más, los medios optaron por renunciar el esfuerzo que suponía llegar a sus audiencias. En internet la gente usaba otros caminos para llegar a la información, así que –por aquello de ahorrar costes para maximizar beneficios, una vez más– los medios empezaron a crear contenido dirigido a otros que no eran su audiencia. Los titulares tenían que gustar a Google. Los formatos tenían que funcionar en Facebook. Las ideas tenían que ser virales en Twitter. Los temas tenían que servir para Instagram.

Así, se dejó de crear contenido para humanos para empezar a hacerlo para los mediadores que llegaban a la audiencia. Los efectos, obvios, no tardaron en llegar: si pierdes el control del acceso a tu audiencia, debes estar preparado para depender de la voluntad de terceros. Los medios ya no solo dependían de que a los consumidores les interesara su producto, sino también de que a quienes hacían de intermediarios con sus consumidores les viniera bien por motivos muy alejados de la salud democrática y más bien relacionados con la masa crítica y la notoriedad.

Hay muchos más ejemplos. Como cuando el periodismo de citas lo inundó todo, llenando los titulares de frases textuales sin que importara si eran ciertas o no. Los políticos y las empresas se adueñaron de la principal ventana de visibilidad del contenido, que los medios –una vez más– habían delegado. Pasaron a ser en muchos casos herramientas al servicio de las ideas que otros querían hacer llegar, contenedores de argumentarios que habían delegado la forma y condiciones en la que cualquiera podía acceder a su visibilidad.

De nuevo, ¿no tienen los medios la responsabilidad de dar contexto a una cita antes de publicarla? La respuesta, en muchos casos, es la excusa: si el protagonista de la historia lo dice y resulta no ser veraz, es responsabilidad suya y no del medio, cuya función únicamente es la de mediación. Pero ¿de verdad es así?

Sin embargo, de todas las delegaciones quizá la más grave sea precisamente la de la veracidad. La proliferación de proyectos periodísticos basados en el fact-checking lo evidencia: la que fuera la función primaria de los medios –comprobar la veracidad de las historias que se difunden– aparece como un extra, un sello de calidad en ocasiones otorgado por agentes externos a la redacción. Debería ser lo básico, pero se convierte en lo extraordinario.

Ya hasta el alcance se ha delegado. En las redacciones se premia la notoriedad de sus redactores, de forma que la capacidad de tener una comunidad de seguidores, el ser influyente, se valora en ocasiones más que el saber ser periodista en un sentido tradicional. Eso sí, luego se exige a esos periodistas que pongan sus redes al servicio del medio, bien para dar visibilidad a sus temas, bien para evitar dar opiniones personales que puedan dañar la sensación de objetividad que pretenden conservar.

A la vez, en una pirueta improbable, los medios de siempre mantienen sus editoriales y artículos de opinión. Los medios, como empresa, pueden opinar, pero castigan a sus periodistas si lo hacen. Los autores son meros productores e intermediarios, pero no personas: crean el contenido y ayudan a la causa distribuyéndolo en su entorno, pero no pueden hacer visibles opiniones que comprometan el contenido que la empresa tiene a bien publicar.

Hay mil ejemplos más. Pero como en todo, también siempre hay excepciones. En la escuela americana hay medios que añaden un comentario cada vez que editan un contenido explicando qué cambio se ha hecho y porqué. Que auditan cada contenido de forma interna antes de publicarlo. Que, en fin, siguen haciendo periodismo de una forma en la que se equilibran esas esencias tradicionales con la creación de un negocio rentable. Por eso aumentan sus suscripciones mientras otros solo piensan en cómo hacer dinero. Porque por más que ambos sean negocios, no es lo mismo una cosa que la otra, aunque parezca igual.

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