23 de marzo 2016    /   IDEAS
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El auge del poder blando como sustituto -o complemento- de las guerras

23 de marzo 2016    /   IDEAS     por          
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Estamos en guerra y por primera vez en la historia el desenlace de la misma no se juega en el campo de batalla. Ahora el éxito no depende tanto de qué ejército, sino de qué historia gana; no consiste en conquistar territorios, sino mentes. En la era de la información global, el poder blando es tan importante como el duro.

Se entiende por poder blando o soft power una amalgama heterogénea de herramientas tales como la cultura, el relato, la diplomacia y la transmisión de valores, que se contrapone al llamado hard power, es decir, el tradicional conflicto armado. Es un concepto relativamente nuevo: fue acuñado en 1990 por el profesor Joseph Nye (elegido en la encuesta TRIP de 2008 como el pensador más influyente del mundo en materia de geopolítica). Pero su novedad es solo nominal: «lleva existiendo desde la propia creación de los estados», opina Jonathan McClory, especialista en soft power, diplomacia, relaciones culturales y place branding que dará un taller sobre el tema en el próximo Internet Age Media Weekend.

«Puedes remitirte incluso a Atenas contra Esparta y encontrarás ejemplos de soft power», asegura McClory, «como a los atenienses intentando cultivarlo y ejercerlo a través de la cultura y su compromiso con ser una sociedad abierta». Otro ejemplo, insiste McClory, lo encontramos en los inicios de la II Guerra Mundial. «Tanto Reino Unido como Alemania estaban librando una batalla de soft power para ganar la atención pública de EEUU. Al final se impuso la conexión cultural e histórica compartida entre EEUU y Reino Unido», narra McClory, aunque fuera el ataque a Pearl Harbour el que hizo que los americanos entraran de lleno.

El poder blando es la gasolina que mueve la cooperación internacional y el pegamento que ayuda a crear redes de trabajo

La revisión de los conflictos históricos desde el punto de vista del poder blando encuentra su punto álgido inmediatamente después. Más allá de las escaramuzas más o menos directas, de la carrera armamentística y las declaraciones belicosas, la Guerra Fría fue un conflicto de soft power en toda regla. «EEUU y la URSS hicieron un enorme esfuerzo para ganarse los corazones y las mentes del público»: se basaron en armas atípicas e inocuas como la construcción, la diplomacia, así como en hitos simbólicos «como el Sputnik o el alunizaje». Esto nos lleva a plantearnos cómo el soft power no solo puede ayudar a la Humanidad a evitar conflictos, sino a progresar en campos como la tecnología o la conquista del espacio.

Pero, si el poder blando ha estado ahí siempre, ¿por qué es hoy más importante que nunca? Puede que sea por la sociedad de la información, y en gran parte, por su uso ingente en la política exterior de EEUU. La administración Clinton y posteriormente la de Obama han hecho constantes referencias a la mezcla entre hard power y soft power (una combinación que recibe el nombre de smart power o poder inteligente) como clave para resolver los distintos conflictos a los que tuvieron -y tienen- que hacer frente. En una sociedad cada día más conectada y globalizada, la creación de un relato seductor es más importante que nunca. Aunque este no siempre se utiliza para acabar con la violencia.

Para perpetrar un ataque en el corazón de Europa no hace falta un ejército entrenado y un carro de combate, basta con influir en la mente de otros que ya viven allí. Basta con el soft power. Anteriormente, para ejercerlo hacía falta un altavoz para hacerse oír; solo grandes corporaciones y Gobiernos podían conseguirlo. Hoy basta con un móvil y conexión a internet. Las redadas contra los yihadistas se producen más por captación y exaltación de actos terroristas que por su ejecución, una guerra que tiene por campo de batalla la mente de millones de personas y como arma más poderosa Internet. «Este tipo de conflictos no pueden se pueden resolver solo con hard power», asegura McClory. «Quizá esta reflexión es demasiado simplista, pero tenemos que ser capaces de convencer a los posibles extremistas de que se alejan de terrorismo y violencia».

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Más allá de los puntuales actos terroristas en Europa, en los últimos meses se empieza a hablar de una Intifada Digital, una revuelta que, a diferencia de las dos que la precedieron, no tiene un líder claro. Jóvenes palestinos son animados a apuñalar judíos en mensajes y vídeos que se convierten en virales sin que nada puede hacerse. Los apuñalamientos que han seguido a estos mensajes son casi diarios desde mediados de 2015. El líder israelí Benjamin Netanyahu lo describió con un ejemplo tan rocambolésco como gráfico: «Es la mezcla de Osama Bin Laden y Mark Zuckerberg».

McClory sin embargo, prefiere hacer una lectura positiva del soft power, pues fue «la forma en la que puede funcionar para evitar conflictos» lo que le hizo dedicarse a esta materia, que describe como «la gasolina que mueve la cooperación internacional y el pegamento que ayuda a crear redes de trabajo». Hay ejemplos de su uso de forma perversa, pero hay muchos más ejemplos positivos de los que pensamos. «La misma Unión Europea ha sido descrita como un éxito de soft power en sí misma», asegura McClory, «especialmente su apertura hacia los países del este en 2004, que condujo a antiguos países comunistas al mundo de las naciones libres, democráticas y de libre mercado».

El soft power puede servir para evitar conflictos, pero generalmente se usa de forma conjunta con el uso de la fuerza

Según este inglés, a diferencia de lo que ocurre con el hard power, aquí los estados no tienen el monopolio de su uso. «Corporaciones privadas, instituciones culturales, ONG, universidades: todos ellos contribuyen al uso del soft power», concede, mientras defiende que su uso por parte de entes privados no tiene por qué ser negativo. En cualquier caso, utilizarlo con fines ocultos es bastante difícil. «Lo importante aquí es lo que se hace, no lo que se quiere transmitir», asegura McClory.

Quizá el ejemplo más claro y reciente de esta complicada -y fallida- manipulación lo tenemos en los juegos olímpicos de Sochi. «Probablemente tuvieron un efecto negativo sobre Rusia, una vez que fue todo dicho y hecho», analiza McClory. Rusia concebía los juegos como una gran arma propagandística, una forma de hacer ver al mundo que era una nación potente con valores universales como la exaltación del deporte, del esfuerzo, del trabajo en equipo, etc. Sin embargo, el mundo puso el foco en otro lado. «Hubo un sinfín de historias de despilfarro y corrupción», recuerda el analista, «y también vimos nuevas imágenes de las Pussy Riot siendo ‘barridas’ por los paramilitares, lo que no fue precisamente una ayuda para mejorar la imagen de Rusia».

Los Juegos Olímpicos son un ejemplo histórico clarísimo de soft power, y resumen a la perfección lo complicado que es su uso: puede ser una herramienta para inculcar ideas, para sembrar la semilla del cambio, pero lo que nos está enseñando la práctica es que no todo el mundo puede ser un buen jardinero.

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Se entiende por poder blando o soft power una amalgama heterogénea de herramientas tales como la cultura, el relato, la diplomacia y la transmisión de valores, que se contrapone al llamado hard power, es decir, el tradicional conflicto armado. Es un concepto relativamente nuevo: fue acuñado en 1990 por el profesor Joseph Nye (elegido en la encuesta TRIP de 2008 como el pensador más influyente del mundo en materia de geopolítica). Pero su novedad es solo nominal: «lleva existiendo desde la propia creación de los estados», opina Jonathan McClory, especialista en soft power, diplomacia, relaciones culturales y place branding que dará un taller sobre el tema en el próximo Internet Age Media Weekend.

«Puedes remitirte incluso a Atenas contra Esparta y encontrarás ejemplos de soft power», asegura McClory, «como a los atenienses intentando cultivarlo y ejercerlo a través de la cultura y su compromiso con ser una sociedad abierta». Otro ejemplo, insiste McClory, lo encontramos en los inicios de la II Guerra Mundial. «Tanto Reino Unido como Alemania estaban librando una batalla de soft power para ganar la atención pública de EEUU. Al final se impuso la conexión cultural e histórica compartida entre EEUU y Reino Unido», narra McClory, aunque fuera el ataque a Pearl Harbour el que hizo que los americanos entraran de lleno.

El poder blando es la gasolina que mueve la cooperación internacional y el pegamento que ayuda a crear redes de trabajo

La revisión de los conflictos históricos desde el punto de vista del poder blando encuentra su punto álgido inmediatamente después. Más allá de las escaramuzas más o menos directas, de la carrera armamentística y las declaraciones belicosas, la Guerra Fría fue un conflicto de soft power en toda regla. «EEUU y la URSS hicieron un enorme esfuerzo para ganarse los corazones y las mentes del público»: se basaron en armas atípicas e inocuas como la construcción, la diplomacia, así como en hitos simbólicos «como el Sputnik o el alunizaje». Esto nos lleva a plantearnos cómo el soft power no solo puede ayudar a la Humanidad a evitar conflictos, sino a progresar en campos como la tecnología o la conquista del espacio.

Pero, si el poder blando ha estado ahí siempre, ¿por qué es hoy más importante que nunca? Puede que sea por la sociedad de la información, y en gran parte, por su uso ingente en la política exterior de EEUU. La administración Clinton y posteriormente la de Obama han hecho constantes referencias a la mezcla entre hard power y soft power (una combinación que recibe el nombre de smart power o poder inteligente) como clave para resolver los distintos conflictos a los que tuvieron -y tienen- que hacer frente. En una sociedad cada día más conectada y globalizada, la creación de un relato seductor es más importante que nunca. Aunque este no siempre se utiliza para acabar con la violencia.

Para perpetrar un ataque en el corazón de Europa no hace falta un ejército entrenado y un carro de combate, basta con influir en la mente de otros que ya viven allí. Basta con el soft power. Anteriormente, para ejercerlo hacía falta un altavoz para hacerse oír; solo grandes corporaciones y Gobiernos podían conseguirlo. Hoy basta con un móvil y conexión a internet. Las redadas contra los yihadistas se producen más por captación y exaltación de actos terroristas que por su ejecución, una guerra que tiene por campo de batalla la mente de millones de personas y como arma más poderosa Internet. «Este tipo de conflictos no pueden se pueden resolver solo con hard power», asegura McClory. «Quizá esta reflexión es demasiado simplista, pero tenemos que ser capaces de convencer a los posibles extremistas de que se alejan de terrorismo y violencia».

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Más allá de los puntuales actos terroristas en Europa, en los últimos meses se empieza a hablar de una Intifada Digital, una revuelta que, a diferencia de las dos que la precedieron, no tiene un líder claro. Jóvenes palestinos son animados a apuñalar judíos en mensajes y vídeos que se convierten en virales sin que nada puede hacerse. Los apuñalamientos que han seguido a estos mensajes son casi diarios desde mediados de 2015. El líder israelí Benjamin Netanyahu lo describió con un ejemplo tan rocambolésco como gráfico: «Es la mezcla de Osama Bin Laden y Mark Zuckerberg».

McClory sin embargo, prefiere hacer una lectura positiva del soft power, pues fue «la forma en la que puede funcionar para evitar conflictos» lo que le hizo dedicarse a esta materia, que describe como «la gasolina que mueve la cooperación internacional y el pegamento que ayuda a crear redes de trabajo». Hay ejemplos de su uso de forma perversa, pero hay muchos más ejemplos positivos de los que pensamos. «La misma Unión Europea ha sido descrita como un éxito de soft power en sí misma», asegura McClory, «especialmente su apertura hacia los países del este en 2004, que condujo a antiguos países comunistas al mundo de las naciones libres, democráticas y de libre mercado».

El soft power puede servir para evitar conflictos, pero generalmente se usa de forma conjunta con el uso de la fuerza

Según este inglés, a diferencia de lo que ocurre con el hard power, aquí los estados no tienen el monopolio de su uso. «Corporaciones privadas, instituciones culturales, ONG, universidades: todos ellos contribuyen al uso del soft power», concede, mientras defiende que su uso por parte de entes privados no tiene por qué ser negativo. En cualquier caso, utilizarlo con fines ocultos es bastante difícil. «Lo importante aquí es lo que se hace, no lo que se quiere transmitir», asegura McClory.

Quizá el ejemplo más claro y reciente de esta complicada -y fallida- manipulación lo tenemos en los juegos olímpicos de Sochi. «Probablemente tuvieron un efecto negativo sobre Rusia, una vez que fue todo dicho y hecho», analiza McClory. Rusia concebía los juegos como una gran arma propagandística, una forma de hacer ver al mundo que era una nación potente con valores universales como la exaltación del deporte, del esfuerzo, del trabajo en equipo, etc. Sin embargo, el mundo puso el foco en otro lado. «Hubo un sinfín de historias de despilfarro y corrupción», recuerda el analista, «y también vimos nuevas imágenes de las Pussy Riot siendo ‘barridas’ por los paramilitares, lo que no fue precisamente una ayuda para mejorar la imagen de Rusia».

Los Juegos Olímpicos son un ejemplo histórico clarísimo de soft power, y resumen a la perfección lo complicado que es su uso: puede ser una herramienta para inculcar ideas, para sembrar la semilla del cambio, pero lo que nos está enseñando la práctica es que no todo el mundo puede ser un buen jardinero.

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Opiniones 4
  • Quizás el camino de este poder sea el camino de la conciencia y su mecanismo sea la educación. A lo mejor algún día dejamos de educar la competición y educamos la colaboración, a lo mejor podemos empezar a educar desde el respeto a las diferencias fundamentales entre nosotros y así conocemos un poquito mejor la tolerancia, puede que alguna vez se eduque en la humildad y no nos vendamos al ego con la … más gorda.

  • Creo que podría resumirse así: «quien detenta el poder, detenta el relato». Las poderosas corporaciones, por ejemplo las de petróleo, tienen a mucha gente trabajando con herramientas «soft power» desde hace tiempo. El término también se aplica en la descripción de golpes de Estado de los últimos años, como los de Honduras y Paraguay, o en los confusos sucesos de Ucrania y la contínua extorsión a Grecia. Otro momento de «soft power» en la historia puede ser la obra de Suetonio «Los doce Césares», que siendo cierta o no, configuró para siempre la imagen que tenemos de dichos gobernantes desde Julio César hasta Domiciano. Gracias.

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