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4 de septiembre 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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El retocador fotográfico, un coautor incómodo

4 de septiembre 2015    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Hace poco más de un lustro, Omar Josef logró su sueño de ser piloto. Volando como auxiliar desde 2003, al tener su flamante licencia en la mano, se topó con una industria en claro retroceso por la crisis con sueldos cada vez más bajos. Se dio cuenta de que pasaría un tiempo alejado de las aeronaves. Así que, decidido a buscar una alternativa laboral, miró hacia su afición, la imagen digital, convirtiéndola en su profesión.
Como todo gremio sin un método de entrada claro, Josef fue poco a poco subiendo por la montaña, en busca de su sitio. Tras pasar por el retoque publicitario general, el turismo, los bodegones de supermercado, los personajes y hasta coches, encontró su lugar en el nicho del retoque de moda, donde trabaja para Marie Claire, Elle, Harper’s Bazaar…. Ahora vuela una avioneta cuando necesita desconectar.
«La sensibilidad que tiene que tener alguien que se dedica a la fotografía en general no ha cambiado mucho todos estos años», explica en un correo electrónico, «lo que evoluciona constantemente son los medios y herramientas que usamos». Josef asegura que en su campo hay desde gente formada en arte y que ha tenido que luchar por controlar la parte tecnológica hasta los que vienen de los números y tienen que enfrentarse al lenguaje artístico y fotográfico.
Además, según el campo, hay que controlar un determinado argot estético. «Cuando un inexperto intenta imitar el estilo de retoque de moda, normalmente falla sin saber dónde, porque cae en los clichés que la gente ajena a la profesión tiene», asegura, «Definitivamente hay un ‘no sé qué’ que, posiblemente, se aprenda observando y consumiendo fotografía de moda constantemente».
Una de las palabras que usa es el mood. «Este comprende cada detalle que se pretende incorporar en la producción, como por ejemplo el tipo de luz, el maquillaje, el pelo, la ropa, los posados o el color. De esa manera, todos los involucrados en la producción apuntan hacia un resultado común».
Su trabajo comienza una vez obtenidas las imágenes. Él colabora con pocos fotógrafos ya que gusta de «hacer equipo y establecer relaciones profesionales largas». Evidentemente, existen líneas rojas, «horteradas y genialidades» , cosas que se pueden hacer y filias personales. Todo parte del lenguaje del que hablaba antes y que se aprende con el tiempo y la práctica. Josef, cuando tiene plena libertad, gusta de hacer locuras con la luz y el color, dejando el retoque cosmético al mínimo.

Yorokobu_3Foto de Jonathan Segade

«Ante todo, esta es una profesión muy incomprendida», aclara. «Aunque el 80% del tiempo invertido en una imagen se dedique al color, la gente solo rescatará que has suavizado la curva de la cintura o que has apoyado el trabajo de maquillaje suavizando las ojeras».
En su opinión, el lector final no entiende que la foto que le llega a Josef es bastante similar a la que se podría hacer con un smartphone y que es su arte lo que hace que acabe con un aspecto cinematográfico. «Por el tiempo invertido en cada imagen, el retocador es quien más ha contribuido y es tan coautor como un editor o un colorista de cine».
Pero su trabajo no suele ser reconocido. «Sería bastante incómodo enseñar un editorial diciendo ‘mirad qué bonita esta ropa y qué guapa está esta supermodelo, gracias al retoque de quien sea’», bromea. «Intentar educar a la gente en ese aspecto para poder acreditar complemente a los retocadores es una lucha de egos que no veo necesaria».
Para Josef la fotografía de moda es un escaparate de ventas. Ropa, estilo de vida, belleza, productos de maquillaje y aspiraciones son lo que pretenden vender; no monitores, ni tabletas digitales, ni programas informáticos. Por ello, entiende perfectamente que cara al público estén los modelos, fotógrafos, maquilladores, peluqueros y diseñadores.
«Por lo que a mí respecta, la gente que realmente debe saber que yo estoy tras un trabajo siempre termina sabiéndolo… y mientras menos mejor, que los retocadores no damos abasto».

Yorokobu_2Foto de Jonathan Segade

 

Hace poco más de un lustro, Omar Josef logró su sueño de ser piloto. Volando como auxiliar desde 2003, al tener su flamante licencia en la mano, se topó con una industria en claro retroceso por la crisis con sueldos cada vez más bajos. Se dio cuenta de que pasaría un tiempo alejado de las aeronaves. Así que, decidido a buscar una alternativa laboral, miró hacia su afición, la imagen digital, convirtiéndola en su profesión.
Como todo gremio sin un método de entrada claro, Josef fue poco a poco subiendo por la montaña, en busca de su sitio. Tras pasar por el retoque publicitario general, el turismo, los bodegones de supermercado, los personajes y hasta coches, encontró su lugar en el nicho del retoque de moda, donde trabaja para Marie Claire, Elle, Harper’s Bazaar…. Ahora vuela una avioneta cuando necesita desconectar.
«La sensibilidad que tiene que tener alguien que se dedica a la fotografía en general no ha cambiado mucho todos estos años», explica en un correo electrónico, «lo que evoluciona constantemente son los medios y herramientas que usamos». Josef asegura que en su campo hay desde gente formada en arte y que ha tenido que luchar por controlar la parte tecnológica hasta los que vienen de los números y tienen que enfrentarse al lenguaje artístico y fotográfico.
Además, según el campo, hay que controlar un determinado argot estético. «Cuando un inexperto intenta imitar el estilo de retoque de moda, normalmente falla sin saber dónde, porque cae en los clichés que la gente ajena a la profesión tiene», asegura, «Definitivamente hay un ‘no sé qué’ que, posiblemente, se aprenda observando y consumiendo fotografía de moda constantemente».
Una de las palabras que usa es el mood. «Este comprende cada detalle que se pretende incorporar en la producción, como por ejemplo el tipo de luz, el maquillaje, el pelo, la ropa, los posados o el color. De esa manera, todos los involucrados en la producción apuntan hacia un resultado común».
Su trabajo comienza una vez obtenidas las imágenes. Él colabora con pocos fotógrafos ya que gusta de «hacer equipo y establecer relaciones profesionales largas». Evidentemente, existen líneas rojas, «horteradas y genialidades» , cosas que se pueden hacer y filias personales. Todo parte del lenguaje del que hablaba antes y que se aprende con el tiempo y la práctica. Josef, cuando tiene plena libertad, gusta de hacer locuras con la luz y el color, dejando el retoque cosmético al mínimo.

Yorokobu_3Foto de Jonathan Segade

«Ante todo, esta es una profesión muy incomprendida», aclara. «Aunque el 80% del tiempo invertido en una imagen se dedique al color, la gente solo rescatará que has suavizado la curva de la cintura o que has apoyado el trabajo de maquillaje suavizando las ojeras».
En su opinión, el lector final no entiende que la foto que le llega a Josef es bastante similar a la que se podría hacer con un smartphone y que es su arte lo que hace que acabe con un aspecto cinematográfico. «Por el tiempo invertido en cada imagen, el retocador es quien más ha contribuido y es tan coautor como un editor o un colorista de cine».
Pero su trabajo no suele ser reconocido. «Sería bastante incómodo enseñar un editorial diciendo ‘mirad qué bonita esta ropa y qué guapa está esta supermodelo, gracias al retoque de quien sea’», bromea. «Intentar educar a la gente en ese aspecto para poder acreditar complemente a los retocadores es una lucha de egos que no veo necesaria».
Para Josef la fotografía de moda es un escaparate de ventas. Ropa, estilo de vida, belleza, productos de maquillaje y aspiraciones son lo que pretenden vender; no monitores, ni tabletas digitales, ni programas informáticos. Por ello, entiende perfectamente que cara al público estén los modelos, fotógrafos, maquilladores, peluqueros y diseñadores.
«Por lo que a mí respecta, la gente que realmente debe saber que yo estoy tras un trabajo siempre termina sabiéndolo… y mientras menos mejor, que los retocadores no damos abasto».

Yorokobu_2Foto de Jonathan Segade

 

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