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25 de octubre 2010    /   IDEAS
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El Ser Creativo: un desfile de «mentes brillantes»

25 de octubre 2010    /   IDEAS     por          
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Si alguna vez te preguntan si existe el pensamiento delicatessen, tú di que sí. Y no digas jamás que no te lo advirtieron. El evento se llamaba: “I Congreso de Mentes Brillantes” y lo más grave de todo es que, realmente, así eran. Durante tres días desfilaron por El Ser Creativo, en Málaga, 25 personas que, al escucharlas hablar, podías entender por qué desapareció el cromañón.

Tres premios Nobel, pensadores revolucionarios, autores de best sellers hablaron del cerebro y los sentimientos, de porqué somos como somos, de la inteligencia artificial, de la libertad… Tenían 21 minutos para exponer su teoría y un contador empezaba a recordárselo con una cuenta atrás desde el minuto 11.

Por aquel escenario en el que el público veía, literalmente, a los conferenciantes por los cuatro costados (el escenario estaba en el centro de la sala y el público se sentaba alrededor) pasaron Mario Molina (Premio Nobel de Química), Eduardo Punset (divulgador científico), Helen Fisher (antropóloga), José Antonio Marina (filósofo), Robert Richards (ingeniero aeroespacila), Joaquín Ayuso (uno de los fundadores de Glass y Tuenti), Carl Honoré (precursor del movimiento Slow), Allan Pease (biólogo evolucionario y autor de ¿Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas?), Jody Williams (Premio Nobel de la Paz), Ingrid Mattson (presidenta de la Sociedad Islámica Norteamericana), Rahaf Harfoush (creadora de la campaña electoral online de Barack Obama) o Irene Khan (Secretaria general de Amnistía Internacional).

Decían que las ponencias eran de 21 minutos porque es el tiempo máximo en el que una persona puede mantener la atención. Pero es probable que muchos de los asistentes pulverizaran esa marca porque la calidad de las exposiciones era tal (y tan poco usual) que uno se sentía un insensato si se despistaba un momento.

Efectivamente, como anunciaba el cartel, todas eran “mentes brillantes” y al contemplarlas en su conjunto podías entender que cada época, cada lugar, es el resultado de una estructura mental o una forma de pensar. Bernard Henri-Lévy habló de la libertad. El filósofo se refirió a la libertad de pensamiento con un discurso magistralmente construido como lo hacían los pensadores clásicos del siglo 20. Fue una reflexión llena de ideas perfectamente construídas en las que relacionaba a unos autores con otros para elaborar nuevas ideas. Un discurso de Sí, sí, Hamelín, por favor llévame contigo y que no dejaba a ninguna neurona hacer otra cosa que no fuese atender a sus palabras.

Los representantes del nuevo mundo del siglo 21, Bernardo Hernández y Guy Kawasaki, hablaron para mentes configuradas a la luz de cientos de horas de ordenador y mucho hiperlink. El responsable mundial de marketing de productos de consumo de Google y el creador del marketing devocional de Apple dieron sus recetas sobre el éxito de sus compañías y las fórmulas de la innovación en 10 puntos. Ideas breves y concisas destinadas a impactar pero incapaces de atosigar a la mente más básica. Así, masticadito, y sin grandes demandas de concentración.

Eso fue el salto visible entre el brillo de una mente configurada entre libros en el siglo 20 y el de una mente modelada entre dispositivos digitales en el 21. Pero hubo otras diferencias de estructura mental aún más llamativa. Bernard Henri Lévy y todos los demás hablaron desde la libertad. En los debates mantenían conversaciones y hasta confrontaciones directas sin miedo ni pelos en la lengua. Eran personas que vivían en regímenes democráticos. Pero en el bloque sobre la Libertad apareció el agua de este aceite.

La nueva ideóloga del Partido Comunista Chino Wang Xiaoping se refugió en las metáforas para no decir nada que pudiese generar debate. En ninguna de sus intervenciones llegó a poner los pies en la Tierra. Habló de la lucha entre la rata y el hombre para llegar a una conclusión abstracta sobre la evolución de la humanidad, y tanto en la pregunta sobre el Premio Nobel encarcelado como sobre la mujer embarazada de 8 meses a la que el Gobierno obligó a abortar soltó la misma respuesta-robot: “No se puede instrumentalizar un premio o un hecho con fines políticos”.

Las palabras del presidente de El Ser Creativo dieron el aviso al auditorio de que, tras tres intensos días de reflexión y debate, ya se podía bajar la guardia. Joaquín Zulategui clausuró un congreso por el que pasaron ponentes magistralmente entrenados en el arte de la retórica y que nada tiene que envidiar al popular Ted. “El año que viene estaremos otra vez en Málaga para convertir esta ciudad en la sede mundial del saber, el pensamiento crítico y la creatividad, en un intento de mejorar y cambiar el mundo”.

Si alguna vez te preguntan si existe el pensamiento delicatessen, tú di que sí. Y no digas jamás que no te lo advirtieron. El evento se llamaba: “I Congreso de Mentes Brillantes” y lo más grave de todo es que, realmente, así eran. Durante tres días desfilaron por El Ser Creativo, en Málaga, 25 personas que, al escucharlas hablar, podías entender por qué desapareció el cromañón.

Tres premios Nobel, pensadores revolucionarios, autores de best sellers hablaron del cerebro y los sentimientos, de porqué somos como somos, de la inteligencia artificial, de la libertad… Tenían 21 minutos para exponer su teoría y un contador empezaba a recordárselo con una cuenta atrás desde el minuto 11.

Por aquel escenario en el que el público veía, literalmente, a los conferenciantes por los cuatro costados (el escenario estaba en el centro de la sala y el público se sentaba alrededor) pasaron Mario Molina (Premio Nobel de Química), Eduardo Punset (divulgador científico), Helen Fisher (antropóloga), José Antonio Marina (filósofo), Robert Richards (ingeniero aeroespacila), Joaquín Ayuso (uno de los fundadores de Glass y Tuenti), Carl Honoré (precursor del movimiento Slow), Allan Pease (biólogo evolucionario y autor de ¿Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas?), Jody Williams (Premio Nobel de la Paz), Ingrid Mattson (presidenta de la Sociedad Islámica Norteamericana), Rahaf Harfoush (creadora de la campaña electoral online de Barack Obama) o Irene Khan (Secretaria general de Amnistía Internacional).

Decían que las ponencias eran de 21 minutos porque es el tiempo máximo en el que una persona puede mantener la atención. Pero es probable que muchos de los asistentes pulverizaran esa marca porque la calidad de las exposiciones era tal (y tan poco usual) que uno se sentía un insensato si se despistaba un momento.

Efectivamente, como anunciaba el cartel, todas eran “mentes brillantes” y al contemplarlas en su conjunto podías entender que cada época, cada lugar, es el resultado de una estructura mental o una forma de pensar. Bernard Henri-Lévy habló de la libertad. El filósofo se refirió a la libertad de pensamiento con un discurso magistralmente construido como lo hacían los pensadores clásicos del siglo 20. Fue una reflexión llena de ideas perfectamente construídas en las que relacionaba a unos autores con otros para elaborar nuevas ideas. Un discurso de Sí, sí, Hamelín, por favor llévame contigo y que no dejaba a ninguna neurona hacer otra cosa que no fuese atender a sus palabras.

Los representantes del nuevo mundo del siglo 21, Bernardo Hernández y Guy Kawasaki, hablaron para mentes configuradas a la luz de cientos de horas de ordenador y mucho hiperlink. El responsable mundial de marketing de productos de consumo de Google y el creador del marketing devocional de Apple dieron sus recetas sobre el éxito de sus compañías y las fórmulas de la innovación en 10 puntos. Ideas breves y concisas destinadas a impactar pero incapaces de atosigar a la mente más básica. Así, masticadito, y sin grandes demandas de concentración.

Eso fue el salto visible entre el brillo de una mente configurada entre libros en el siglo 20 y el de una mente modelada entre dispositivos digitales en el 21. Pero hubo otras diferencias de estructura mental aún más llamativa. Bernard Henri Lévy y todos los demás hablaron desde la libertad. En los debates mantenían conversaciones y hasta confrontaciones directas sin miedo ni pelos en la lengua. Eran personas que vivían en regímenes democráticos. Pero en el bloque sobre la Libertad apareció el agua de este aceite.

La nueva ideóloga del Partido Comunista Chino Wang Xiaoping se refugió en las metáforas para no decir nada que pudiese generar debate. En ninguna de sus intervenciones llegó a poner los pies en la Tierra. Habló de la lucha entre la rata y el hombre para llegar a una conclusión abstracta sobre la evolución de la humanidad, y tanto en la pregunta sobre el Premio Nobel encarcelado como sobre la mujer embarazada de 8 meses a la que el Gobierno obligó a abortar soltó la misma respuesta-robot: “No se puede instrumentalizar un premio o un hecho con fines políticos”.

Las palabras del presidente de El Ser Creativo dieron el aviso al auditorio de que, tras tres intensos días de reflexión y debate, ya se podía bajar la guardia. Joaquín Zulategui clausuró un congreso por el que pasaron ponentes magistralmente entrenados en el arte de la retórica y que nada tiene que envidiar al popular Ted. “El año que viene estaremos otra vez en Málaga para convertir esta ciudad en la sede mundial del saber, el pensamiento crítico y la creatividad, en un intento de mejorar y cambiar el mundo”.

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