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1 de diciembre 2015    /   CINE/TV
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El show de Michael J. Fox

1 de diciembre 2015    /   CINE/TV     por          
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Irse a la cama tras El show de Michael J. Fox es como irse a la cama después de una velada agradable con viejos amigos. Es esto. Un mockumentary (falso documental de coña) en el que la cámara no se mueve porque el protagonista se mueve demasiado… (Una frase que probablemente aprobaría J. Fox porque es el primero en reírse del Parkinson).
Cada noche puedes acostarte frustrado y enojado o acostarte relajado tras unas risas. Estaremos de acuerdo con que lo segundo es mejor. Es fácil sentirse frustrado y enojado tras los debates políticos, las noticias, los programas que escarban en las miserias humanas y lo que se cuece en las redes sociales.
«Es que quiero saber cómo va el mundo», dirás.
Lo creas o no, a la mañana siguiente el mundo estará más o menos igual que como quedó antes de acostarte. Además, leer las noticias al día siguiente permite ver la realidad con cierta perspectiva. (La diferencia entre estar bajo un chaparrón o verlo tras un cristal).
De noche tampoco convienen esas películas amargas que cuentan «la verdad de la vida». Ya tenemos hipotecas y padres mayores y niños que van al médico más de la cuenta. Esta es la verdad. Si te fijas, los que escriben y dirigen las películas que cuentan «la verdad de la vida», no viven en las calles que pintan.
Es mejor apagar el televisor y las luces del salón después de ver algo ligerito, que no saque de quicio. Una película en la que sepamos que ganan los buenos o una película de risa (como dicen los abuelos) o una comedia de situación.
Por esto, mi mujer y yo hemos visto los 22 episodios de El show de Michael J. Fox en cuatro o cinco noches. Y nos hemos quedado con ganas de más. Esta comedia de situación es sencilla, sin pretensiones, que no aparecerá en los libros de historia de la televisión, pero ofrece lo que uno espera: unas risas. Tiene además el sabor del reencuentro con un viejo y querido amigo.

Michael J. Fox, nuestro viejo amigo

Michael J. Fox ha crecido y nosotros con él. En los 80 quisimos, como él, viajar al pasado y comprar una revista de resultados deportivos para no dar un palo al agua en el futuro; más tarde sentimos que nuestro cuerpo experimentaba cambios extraños (aunque no llegamos a transformarnos en licántropos) y después soñamos con ganar un millón de dólares antes de cumplir los 30.
Y ahora nos topamos con Fox como padre de familia con un hijo nini, una hija contestataria y un pequeño carne de psicólogo etiquetador («tiene asperger», «tiene TOC», «tiene hipercinesia»). Fox tiene un trabajo en el que no luce con compañeros mezquinos y otros que no lo son tanto. Y vecinos a los que elude porque parecen raritos aunque no duda en aceptar la hierba de dos jipis de la vieja escuela «por no hacerles un feo…», dice con su eterna sonrisa adolescente. Y esto tan simple es maravilloso porque Fox es un tipo corriente con problemas corrientes; un tipo con sueños incumplidos como tocar la guitarra de manera profesional o ser un deportista de élite. Que el personaje y el actor —tanto monta, monta tanto— tenga Parkinson forma parte de la normalidad.

Michael J. Fox es papá

Y como nosotros, Fox lidia con sus menores contestatarios de una manera que no hicieron nuestros padres con nosotros. Los padres de las comedias familiares de viejo cuño —como los padres reales de entonces— quizá no practicaban ninguna religión, pero sus decisiones sobre qué debían hacer los hijos —nosotros— tenían dos bases fundamentales: «qué pensará la gente» y «porque lo digo yo». Son argumentos que no emplean Fox y Betsy Brandt, la esposa en la ficción (más conocida como la cuñada de Walter White en Breaking Bad). Ambos padres cometieron los mismos errores y a menudo hacen referencias a sus torpezas aunque enmascaradas: le sucedió a una amiga o a un chico del instituto o a un primo… Cuando estas historias no funcionan y los hijos quieren hacer lo que les place, Fox y Betsy deben negociar con sus hijos, cosa que rara vez funciona. Por suerte, todo acaba en risas. Es la esencia de una comedia de  situación: se crean incendios que se apagan en el último minuto del episodio.
Fox es un padre moderno al que por momentos le supera la idea de ser padre. En ocasiones incluso tiene ideas más avanzadas que su hijo. Un ejemplo lo encontramos cuando Fox quiere convencer a su hijo para que vuelva a la universidad. Primero le habla de los conocimientos, de las oportunidades laborales e incluso «si quieres, puedes experimentar… ya sabes». Fox lo dice de manera que no dudamos que se refiere a relaciones homosexuales. «¡No, papá!», responde el hijo con cara de asco. Una respuesta que no es rara: distintos estudios advierten que, en determinadas cuestiones, los jóvenes son más conservadores que sus padres. (Aunque no es necesario ningún estudio para observar esto: basta escuchar a los hijos, a los sobrinos o a los jóvenes en el autobús: se detectan pensamientos «viejunos» en veinteañeros).

Malos tiempos para las comedias ingenuas

Leo que los críticos oficiales denostaron El show de Michael J. Fox. Ellos se lo pierden. Lo malo de ir de exquisito por la vida es perder el placer de apreciar las cosas sencillas. La audiencia tampoco respondió como esperaba NBC y la serie fue cancelada en su primera temporada. ¡Lástima! Estamos en tiempos de las comedias con mala baba (donde unos se putean a otros), de familias desestructuradas (sobre todo de dibujos animados), de los papás gilipollas y las mamás sufridoras, de las escenas de menos de un minuto en pantalla en distintos escenarios para sugerir dinamismo. El Show de Michael J. Fox tiene un cierto regusto a antiguo (a las cuatro paredes) con un tempo pausado y una familia normal que siempre resuelve los problemas con unas risas.

Unos toques de (ingenuo) humor negro

Y aunque sea una de las series más amables de los últimos años tiene momentos de humor negro. Vemos a Fox escondiendo la manos en los bolsillos para que no veamos sus temblores, pero es el primero en reírse de sí mismo. Los gags visuales corren a su costa: cuando se sirve cereales todos caen fuera del bol y con sus temblores desplaza contra su voluntad la silla de ruedas de presentador de informativos saliendo del encuadre.
El momento de la comida
Aunque el personaje de Fox se jacta de hacer cualquier cosa (de hecho practica hockey sobre hielo y golf) sabe cómo usar su enfermedad de manera oportunista y mezquina. Consciente de esto, detecta conducta similares en otras personas con minusvalías, por esto es descacharrante el episodio en el que compite contra un ciego altivo en un torneo de golf benéfico. (Un episodio que de haber estado en una serie de televisión española hubiera levantado ampollas de distintas asociaciones que expondrían que «lejos del humor, el episodio es una humillación a las personas invidentes y a las afectadas por Parkinson».)
El show de Michael J. Fox es, en fin, un bonito pasatiempo que no hace daño. Un reencuentro con un tipo al que queremos y del que habíamos perdido la pista.

Irse a la cama tras El show de Michael J. Fox es como irse a la cama después de una velada agradable con viejos amigos. Es esto. Un mockumentary (falso documental de coña) en el que la cámara no se mueve porque el protagonista se mueve demasiado… (Una frase que probablemente aprobaría J. Fox porque es el primero en reírse del Parkinson).
Cada noche puedes acostarte frustrado y enojado o acostarte relajado tras unas risas. Estaremos de acuerdo con que lo segundo es mejor. Es fácil sentirse frustrado y enojado tras los debates políticos, las noticias, los programas que escarban en las miserias humanas y lo que se cuece en las redes sociales.
«Es que quiero saber cómo va el mundo», dirás.
Lo creas o no, a la mañana siguiente el mundo estará más o menos igual que como quedó antes de acostarte. Además, leer las noticias al día siguiente permite ver la realidad con cierta perspectiva. (La diferencia entre estar bajo un chaparrón o verlo tras un cristal).
De noche tampoco convienen esas películas amargas que cuentan «la verdad de la vida». Ya tenemos hipotecas y padres mayores y niños que van al médico más de la cuenta. Esta es la verdad. Si te fijas, los que escriben y dirigen las películas que cuentan «la verdad de la vida», no viven en las calles que pintan.
Es mejor apagar el televisor y las luces del salón después de ver algo ligerito, que no saque de quicio. Una película en la que sepamos que ganan los buenos o una película de risa (como dicen los abuelos) o una comedia de situación.
Por esto, mi mujer y yo hemos visto los 22 episodios de El show de Michael J. Fox en cuatro o cinco noches. Y nos hemos quedado con ganas de más. Esta comedia de situación es sencilla, sin pretensiones, que no aparecerá en los libros de historia de la televisión, pero ofrece lo que uno espera: unas risas. Tiene además el sabor del reencuentro con un viejo y querido amigo.

Michael J. Fox, nuestro viejo amigo

Michael J. Fox ha crecido y nosotros con él. En los 80 quisimos, como él, viajar al pasado y comprar una revista de resultados deportivos para no dar un palo al agua en el futuro; más tarde sentimos que nuestro cuerpo experimentaba cambios extraños (aunque no llegamos a transformarnos en licántropos) y después soñamos con ganar un millón de dólares antes de cumplir los 30.
Y ahora nos topamos con Fox como padre de familia con un hijo nini, una hija contestataria y un pequeño carne de psicólogo etiquetador («tiene asperger», «tiene TOC», «tiene hipercinesia»). Fox tiene un trabajo en el que no luce con compañeros mezquinos y otros que no lo son tanto. Y vecinos a los que elude porque parecen raritos aunque no duda en aceptar la hierba de dos jipis de la vieja escuela «por no hacerles un feo…», dice con su eterna sonrisa adolescente. Y esto tan simple es maravilloso porque Fox es un tipo corriente con problemas corrientes; un tipo con sueños incumplidos como tocar la guitarra de manera profesional o ser un deportista de élite. Que el personaje y el actor —tanto monta, monta tanto— tenga Parkinson forma parte de la normalidad.

Michael J. Fox es papá

Y como nosotros, Fox lidia con sus menores contestatarios de una manera que no hicieron nuestros padres con nosotros. Los padres de las comedias familiares de viejo cuño —como los padres reales de entonces— quizá no practicaban ninguna religión, pero sus decisiones sobre qué debían hacer los hijos —nosotros— tenían dos bases fundamentales: «qué pensará la gente» y «porque lo digo yo». Son argumentos que no emplean Fox y Betsy Brandt, la esposa en la ficción (más conocida como la cuñada de Walter White en Breaking Bad). Ambos padres cometieron los mismos errores y a menudo hacen referencias a sus torpezas aunque enmascaradas: le sucedió a una amiga o a un chico del instituto o a un primo… Cuando estas historias no funcionan y los hijos quieren hacer lo que les place, Fox y Betsy deben negociar con sus hijos, cosa que rara vez funciona. Por suerte, todo acaba en risas. Es la esencia de una comedia de  situación: se crean incendios que se apagan en el último minuto del episodio.
Fox es un padre moderno al que por momentos le supera la idea de ser padre. En ocasiones incluso tiene ideas más avanzadas que su hijo. Un ejemplo lo encontramos cuando Fox quiere convencer a su hijo para que vuelva a la universidad. Primero le habla de los conocimientos, de las oportunidades laborales e incluso «si quieres, puedes experimentar… ya sabes». Fox lo dice de manera que no dudamos que se refiere a relaciones homosexuales. «¡No, papá!», responde el hijo con cara de asco. Una respuesta que no es rara: distintos estudios advierten que, en determinadas cuestiones, los jóvenes son más conservadores que sus padres. (Aunque no es necesario ningún estudio para observar esto: basta escuchar a los hijos, a los sobrinos o a los jóvenes en el autobús: se detectan pensamientos «viejunos» en veinteañeros).

Malos tiempos para las comedias ingenuas

Leo que los críticos oficiales denostaron El show de Michael J. Fox. Ellos se lo pierden. Lo malo de ir de exquisito por la vida es perder el placer de apreciar las cosas sencillas. La audiencia tampoco respondió como esperaba NBC y la serie fue cancelada en su primera temporada. ¡Lástima! Estamos en tiempos de las comedias con mala baba (donde unos se putean a otros), de familias desestructuradas (sobre todo de dibujos animados), de los papás gilipollas y las mamás sufridoras, de las escenas de menos de un minuto en pantalla en distintos escenarios para sugerir dinamismo. El Show de Michael J. Fox tiene un cierto regusto a antiguo (a las cuatro paredes) con un tempo pausado y una familia normal que siempre resuelve los problemas con unas risas.

Unos toques de (ingenuo) humor negro

Y aunque sea una de las series más amables de los últimos años tiene momentos de humor negro. Vemos a Fox escondiendo la manos en los bolsillos para que no veamos sus temblores, pero es el primero en reírse de sí mismo. Los gags visuales corren a su costa: cuando se sirve cereales todos caen fuera del bol y con sus temblores desplaza contra su voluntad la silla de ruedas de presentador de informativos saliendo del encuadre.
El momento de la comida
Aunque el personaje de Fox se jacta de hacer cualquier cosa (de hecho practica hockey sobre hielo y golf) sabe cómo usar su enfermedad de manera oportunista y mezquina. Consciente de esto, detecta conducta similares en otras personas con minusvalías, por esto es descacharrante el episodio en el que compite contra un ciego altivo en un torneo de golf benéfico. (Un episodio que de haber estado en una serie de televisión española hubiera levantado ampollas de distintas asociaciones que expondrían que «lejos del humor, el episodio es una humillación a las personas invidentes y a las afectadas por Parkinson».)
El show de Michael J. Fox es, en fin, un bonito pasatiempo que no hace daño. Un reencuentro con un tipo al que queremos y del que habíamos perdido la pista.

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