30 de junio 2020    /   CREATIVIDAD
por
Ilustración  Buba Viedma

El Síndrome de Stendhal: ¡que me va a dar algo de tanta belleza!

Agarren los pies al suelo y echen mano a la barandilla porque, en este Folletín Ilustrado, viene cosa fina...

30 de junio 2020    /   CREATIVIDAD     por        Ilustración  Buba Viedma
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Era un día de enero de 1817. El escritor francés Henri-Marie Beyle llegó a Florencia. Visitaba la ciudad, pivotando de obra en obra de arte, y al llegar a la basílica de Santa Croce casi le da un pasmo. 

Se sentó en la grada de un reclinatorio. Apoyó la cabeza en el púlpito. Miró al techo y…

¡Copón!

«Las Sibilas de Volterrano me están dando el placer más vivo que jamás me ha dado la pintura», dijo el hombre.

síndrome de stendhal

El escritor que firmaba con el seudónimo de Stendhal sintió que había alcanzado un éxtasis en el que se fundían las bellas artes y la más alta pasión. 

Al salir de la basílica de Santa Croce su corazón parecía un gong.

¡Pom, pom, pom!

Una especie de vértigo se apoderó de sus piernas. ¡Qué importaba que el suelo estuviera a algo más de un metro! Sentía que al vacío se caía.

«La vida se me ha desvanecido. Camino con temor de caer», musitó.

Esta escena quedó escrita en su libro Nápoles y Florencia: Un viaje de Milán a Reggio. Aquella sensación de «¡que me va a dar argo de tanta cosa tan bonica!» no era una excentricidad. Más de un siglo después, en la consulta de Graziella Magherini, casi un centenar de pacientes hablaban de sus temblores, mareos y alucinaciones al pegarse tal empacho de belleza.

Magherini relacionó aquella perturbación que sintió el escritor en la basílica con el aturdimiento de sus pacientes y, en 1979, lo llamó «síndrome de Stendhal». Mezcló sus conocimientos de psiquiatra y de historiadora del arte y explicó su hallazgo en el libro El síndrome de Stendhal. El malestar del viajero frente a la grandeza del arte

Ya ven ustedes el peligro de viajar y la importancia de la mesura. 

¡Ni de belleza puede uno abusar!

Era un día de enero de 1817. El escritor francés Henri-Marie Beyle llegó a Florencia. Visitaba la ciudad, pivotando de obra en obra de arte, y al llegar a la basílica de Santa Croce casi le da un pasmo. 

Se sentó en la grada de un reclinatorio. Apoyó la cabeza en el púlpito. Miró al techo y…

¡Copón!

«Las Sibilas de Volterrano me están dando el placer más vivo que jamás me ha dado la pintura», dijo el hombre.

síndrome de stendhal

El escritor que firmaba con el seudónimo de Stendhal sintió que había alcanzado un éxtasis en el que se fundían las bellas artes y la más alta pasión. 

Al salir de la basílica de Santa Croce su corazón parecía un gong.

¡Pom, pom, pom!

Una especie de vértigo se apoderó de sus piernas. ¡Qué importaba que el suelo estuviera a algo más de un metro! Sentía que al vacío se caía.

«La vida se me ha desvanecido. Camino con temor de caer», musitó.

Esta escena quedó escrita en su libro Nápoles y Florencia: Un viaje de Milán a Reggio. Aquella sensación de «¡que me va a dar argo de tanta cosa tan bonica!» no era una excentricidad. Más de un siglo después, en la consulta de Graziella Magherini, casi un centenar de pacientes hablaban de sus temblores, mareos y alucinaciones al pegarse tal empacho de belleza.

Magherini relacionó aquella perturbación que sintió el escritor en la basílica con el aturdimiento de sus pacientes y, en 1979, lo llamó «síndrome de Stendhal». Mezcló sus conocimientos de psiquiatra y de historiadora del arte y explicó su hallazgo en el libro El síndrome de Stendhal. El malestar del viajero frente a la grandeza del arte

Ya ven ustedes el peligro de viajar y la importancia de la mesura. 

¡Ni de belleza puede uno abusar!

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