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27 de julio 2011    /   CREATIVIDAD
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El turismo, la horda dorada

27 de julio 2011    /   CREATIVIDAD     por          
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En el mundo a cada rato miles de aviones surcan los aires repletos de millones de turistas en busca de un paraíso efímero: el Caribe, Hawai, París, India, Canarias, Seychelles, Rio de Janeiro, Nueva York…Forman lo que Louis Turner denominó ‘la horda dorada, en 1975, cuando el turismo era “un gran invento” para la España tardofranquista y un lujo al alcance de una minoría en los países del Primer Mundo, que se llamaba así porque existía un Segundo (el bloque comunista) e incluso un Tercer Mundo (los países en desarrollo, como los llamamos hoy, en un ejercicio de voluntarioso optimismo).
La Horda Dorada es el nombre que adoptaron los descendientes de Genghis Khan para denominar a su estado a orillas del Volga, el reposo del guerrero tras un siglo de hordas arrasando Europa oriental a caballo. ¿Acaso son los turistas como los hunos? Sólo en parte: los autobuses desembarcan a los grupos de turistas a las puertas del museo de turno, emplazamiento típico o sitio con encanto, y éstos cumplen disciplinadamente su cometido: tomar fotos, arramplar con los souvenirs, apreciar el exotismo local y regar el lugar con el maná de las divisas. El turismo actúa como una horda, sí, pero tan dorada como una Visa Oro.
Sin embargo, y al contrario que la horda huna, el turismo no arrasa los lugares por donde pasa. ¿O tal vez sí? Un reciente reportaje de BBC se preguntaba si el turismo estaba destrozando Barcelona, uno de los destinos estrella de los politours de todo el mundo. La respuesta la puede obtener cada cual dando un paseo por la Ciudad Vieja un día cualquiera: grupos de turistas armados con cámaras de fotos que escrutan las calles en busca de una pizca de tipismo esquivando otros grupos de turistas armados con cámaras de vídeo.
La ciudad condal asumió hace tiempo que los beneficios compensaban sobradamente los inconvenientes que generaba la horda dorada y se convirtió en un parque temático de Gaudí, playa y copas, no necesariamente por este orden. El modelo de Barcelona ha sido tan exitoso que las ciudades de medio mundo -Madrid incluido- la miran de hurtadillas para emularla.
Desde que Turner escribió su libro, la “horda dorada” ha mutado. Ahora ya no la integran exclusivamente europeos del norte (guiris) y americanos del norte (gringos) sino toda la gama de pantones que abarca la especie humana: los indios pudientes se alojan en los hoteles más lujosos de Los Angeles, los brasileños fotografían leones en África oriental y los japoneses acuden en tropel a París para descubrir que la ciudad no es tan amable como nos contaron en “Amelie”.
Que nadie encuentre en este texto un desprecio hacia el turismo, el salvavidas de Españistán. A fin de cuentas, cualquiera que tome un avión, aterrice en una ciudad que no sea la suya, se ponga ropa cómoda -shorts, chanclas, gorra, riñonera- y enarbole una cámara de fotos se convierte automáticamente en turista, por más que se las dé de viajero, aventurero o antropólogo de lo cotidiano.
Imagen de Chocolatisimo (CC, Flickr).
 


En el mundo a cada rato miles de aviones surcan los aires repletos de millones de turistas en busca de un paraíso efímero: el Caribe, Hawai, París, India, Canarias, Seychelles, Rio de Janeiro, Nueva York…Forman lo que Louis Turner denominó ‘la horda dorada, en 1975, cuando el turismo era “un gran invento” para la España tardofranquista y un lujo al alcance de una minoría en los países del Primer Mundo, que se llamaba así porque existía un Segundo (el bloque comunista) e incluso un Tercer Mundo (los países en desarrollo, como los llamamos hoy, en un ejercicio de voluntarioso optimismo).
La Horda Dorada es el nombre que adoptaron los descendientes de Genghis Khan para denominar a su estado a orillas del Volga, el reposo del guerrero tras un siglo de hordas arrasando Europa oriental a caballo. ¿Acaso son los turistas como los hunos? Sólo en parte: los autobuses desembarcan a los grupos de turistas a las puertas del museo de turno, emplazamiento típico o sitio con encanto, y éstos cumplen disciplinadamente su cometido: tomar fotos, arramplar con los souvenirs, apreciar el exotismo local y regar el lugar con el maná de las divisas. El turismo actúa como una horda, sí, pero tan dorada como una Visa Oro.
Sin embargo, y al contrario que la horda huna, el turismo no arrasa los lugares por donde pasa. ¿O tal vez sí? Un reciente reportaje de BBC se preguntaba si el turismo estaba destrozando Barcelona, uno de los destinos estrella de los politours de todo el mundo. La respuesta la puede obtener cada cual dando un paseo por la Ciudad Vieja un día cualquiera: grupos de turistas armados con cámaras de fotos que escrutan las calles en busca de una pizca de tipismo esquivando otros grupos de turistas armados con cámaras de vídeo.
La ciudad condal asumió hace tiempo que los beneficios compensaban sobradamente los inconvenientes que generaba la horda dorada y se convirtió en un parque temático de Gaudí, playa y copas, no necesariamente por este orden. El modelo de Barcelona ha sido tan exitoso que las ciudades de medio mundo -Madrid incluido- la miran de hurtadillas para emularla.
Desde que Turner escribió su libro, la “horda dorada” ha mutado. Ahora ya no la integran exclusivamente europeos del norte (guiris) y americanos del norte (gringos) sino toda la gama de pantones que abarca la especie humana: los indios pudientes se alojan en los hoteles más lujosos de Los Angeles, los brasileños fotografían leones en África oriental y los japoneses acuden en tropel a París para descubrir que la ciudad no es tan amable como nos contaron en “Amelie”.
Que nadie encuentre en este texto un desprecio hacia el turismo, el salvavidas de Españistán. A fin de cuentas, cualquiera que tome un avión, aterrice en una ciudad que no sea la suya, se ponga ropa cómoda -shorts, chanclas, gorra, riñonera- y enarbole una cámara de fotos se convierte automáticamente en turista, por más que se las dé de viajero, aventurero o antropólogo de lo cotidiano.
Imagen de Chocolatisimo (CC, Flickr).
 

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Opiniones 3
  • Lo único que pido es que en Barcelona se sea tan escrupuloso, tan severo, tan cuidadoso y tan vigilante con ciertas actitudes como lo son ciudades como París – ciertamente poco amable en algunos puntos, pero desde luego bastante más exigente en cuanto a las conductas poco cívicas de algunas personas, sean foráneas o propias -. Personalmente a mí me enferma haber visto a turistas – y no turistas – orinarse en un banco de las Ramblas sin reparo alguno, borrachos como una cuba. Probablemente la parte del turismo con fines puramente etílicos deje buenos dividendos a los locales que sirven copas a base de garrafón, pero ese no es, desde luego, el turismo que quiero, ni en mi ciudad, ni en la costa.
    Turismo, sí, pero respeto y su exigencia, también, que ya está bien de ser quijotes en esto de una mal entendida liberalidad…

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