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6 de febrero 2019    /   IDEAS
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Te repites, te repites, te repites, te repites…

6 de febrero 2019    /   IDEAS     por          
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Repetir está mal visto. Copiar, aún peor. Pero este no es un tema universal. En la China clásica, por ejemplo, un pintor era considerado un artista cuando por fin conseguía reproducir a la perfección algún cuadro de su maestro. Tal vez por eso no acaban de entender bien eso de los derechos del copyright.

Nosotros, en cambio, vivimos en una cultura en la que se ensalza el valor de lo original. Esa es la razón por la que un pintor como Elmyr de Horny acabó suicidándose antes de ser juzgado por vender como originales sus copias de Modigliani, Matisse, Picasso y Degas. Una lástima, porque lo cierto es que el hombre los clavaba.

¿Pero, realmente, qué es lo original? Barthes se preguntaba si la Venus de Milo era original y respondía inmediatamente que no, pues la original tenía brazos. Aunque incluso de haberlos mantenido, lo cierto es que esa diosa estaba inspirada en la de Capua, que a su vez lo estaba de la de Arlés, que a su vez lo estaba en la Afrodita de Tespias… y todas ellas partiendo de un original (¡por fin!) atribuido a Lisipo.

Lo que sucede es que, como en muchos otros temas, el tiempo lo perdona todo y ahora cualquiera de esas esculturas está considerada como una obra única e irrepetible.

No sucede así con las creaciones contemporáneas. Por ejemplo, en el mundo de la publicidad no existe mayor agravio que el de repetir una idea de otra campaña anterior. Y la razón es porque la originalidad está considerada como el valor supremo de cualquier anuncio.

Una de las creencias que sustentan este argumento es el de que la originalidad conlleva riesgo, pues supone intentar realizar algo que no se ha hecho con anterioridad. Es decir, aventurarse por una senda aún no trazada y, como Indiana Jones, descubrir el tesoro escondido.

En una ocasión, un director creativo presentó un guion original para un spot publicitario a su cliente y este, tras escucharle, le dijo: «¿Pero está usted seguro de que esto quedará bien?». Entonces el director creativo, algo ofendido por la pregunta, le respondió: «Pues no lo sé, porque no lo he hecho nunca. Pero si usted lo prefiere, puedo volver a rodar uno que ya hice la semana pasada y que quedó muy bonito».

Repetirse es morir, decía Pablo Picasso alentándonos a ser siempre originales. Pero lo cierto es que no lo somos. Desde la misma base, nuestras células precisan de su capacidad de copiar para reproducirse y garantizar nuestra pervivencia.

Con el paso del tiempo, imitamos a nuestros padres (aunque a veces nos cueste reconocerlo). Más tarde, a las personas que nos inspiran, y aunque nos pasamos los primeros lustros de nuestra vida convencidos de que somos únicos e irrepetibles, lo cierto es que estamos conformados por un sin fin de copias aglomeradas.

Nos repetimos sin querer, sin darnos cuenta. Y eso nada tiene que ver con la edad, la cultura o la inteligencia. En este tema, al menos, no hay jerarquías.

Había un catedrático de universidad que durante sus clases tenía el tic de repetir continuamente la pregunta «¿comprenden?». Tanto es así que los alumnos que asistían a las mismas apostaban dinero sobre si el número de veces que lo haría en cada ocasión sería par o impar.

Finalmente, este catedrático se enteró de tales apuestas y en su siguiente clase no usó esa palabra ni una sola vez. Los estudiantes estaban desconcertados, hasta que al terminar su exposición el catedrático dijo: «Y esto es todo por hoy. ¿Comprenden?… ¿Comprenden?… ¿Comprenden?… Ganan los impares».

Picasso era Picasso y no es de extrañar que dijera aquella frase de «repetirse es morir». Lo que nunca sabremos es cuántas veces la repitió él y, mucho menos, cuántas más la seguiremos repitiendo nosotros en los siglos venideros.

Repetir está mal visto. Copiar, aún peor. Pero este no es un tema universal. En la China clásica, por ejemplo, un pintor era considerado un artista cuando por fin conseguía reproducir a la perfección algún cuadro de su maestro. Tal vez por eso no acaban de entender bien eso de los derechos del copyright.

Nosotros, en cambio, vivimos en una cultura en la que se ensalza el valor de lo original. Esa es la razón por la que un pintor como Elmyr de Horny acabó suicidándose antes de ser juzgado por vender como originales sus copias de Modigliani, Matisse, Picasso y Degas. Una lástima, porque lo cierto es que el hombre los clavaba.

¿Pero, realmente, qué es lo original? Barthes se preguntaba si la Venus de Milo era original y respondía inmediatamente que no, pues la original tenía brazos. Aunque incluso de haberlos mantenido, lo cierto es que esa diosa estaba inspirada en la de Capua, que a su vez lo estaba de la de Arlés, que a su vez lo estaba en la Afrodita de Tespias… y todas ellas partiendo de un original (¡por fin!) atribuido a Lisipo.

Lo que sucede es que, como en muchos otros temas, el tiempo lo perdona todo y ahora cualquiera de esas esculturas está considerada como una obra única e irrepetible.

No sucede así con las creaciones contemporáneas. Por ejemplo, en el mundo de la publicidad no existe mayor agravio que el de repetir una idea de otra campaña anterior. Y la razón es porque la originalidad está considerada como el valor supremo de cualquier anuncio.

Una de las creencias que sustentan este argumento es el de que la originalidad conlleva riesgo, pues supone intentar realizar algo que no se ha hecho con anterioridad. Es decir, aventurarse por una senda aún no trazada y, como Indiana Jones, descubrir el tesoro escondido.

En una ocasión, un director creativo presentó un guion original para un spot publicitario a su cliente y este, tras escucharle, le dijo: «¿Pero está usted seguro de que esto quedará bien?». Entonces el director creativo, algo ofendido por la pregunta, le respondió: «Pues no lo sé, porque no lo he hecho nunca. Pero si usted lo prefiere, puedo volver a rodar uno que ya hice la semana pasada y que quedó muy bonito».

Repetirse es morir, decía Pablo Picasso alentándonos a ser siempre originales. Pero lo cierto es que no lo somos. Desde la misma base, nuestras células precisan de su capacidad de copiar para reproducirse y garantizar nuestra pervivencia.

Con el paso del tiempo, imitamos a nuestros padres (aunque a veces nos cueste reconocerlo). Más tarde, a las personas que nos inspiran, y aunque nos pasamos los primeros lustros de nuestra vida convencidos de que somos únicos e irrepetibles, lo cierto es que estamos conformados por un sin fin de copias aglomeradas.

Nos repetimos sin querer, sin darnos cuenta. Y eso nada tiene que ver con la edad, la cultura o la inteligencia. En este tema, al menos, no hay jerarquías.

Había un catedrático de universidad que durante sus clases tenía el tic de repetir continuamente la pregunta «¿comprenden?». Tanto es así que los alumnos que asistían a las mismas apostaban dinero sobre si el número de veces que lo haría en cada ocasión sería par o impar.

Finalmente, este catedrático se enteró de tales apuestas y en su siguiente clase no usó esa palabra ni una sola vez. Los estudiantes estaban desconcertados, hasta que al terminar su exposición el catedrático dijo: «Y esto es todo por hoy. ¿Comprenden?… ¿Comprenden?… ¿Comprenden?… Ganan los impares».

Picasso era Picasso y no es de extrañar que dijera aquella frase de «repetirse es morir». Lo que nunca sabremos es cuántas veces la repitió él y, mucho menos, cuántas más la seguiremos repitiendo nosotros en los siglos venideros.

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