10 de junio 2021    /   CREATIVIDAD
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El viento se rinde ante el muro habitado de la ciudad de Fermont

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Está muy feo andar cargando siempre al ciudadano de a pie con la culpa y la responsabilidad de los males del planeta. Sí, por supuesto que todos podemos hacer algo un poco mejor y algo un poco más y algo un poco menos para mejorar el mundo. Podemos viajar más en transporte público, podemos saludar más a nuestros vecinos y podemos bajar el termostato de la calefacción de nuestras casas. Pero seamos sinceros, la mayoría de los cambios gordos no dependen tanto de nosotros como individuos, sino de acciones a gran escala. Especialmente las acciones a gran escala tomadas por las entidades de gran escala: estados, supraestados y grandes corporaciones.

Nosotros podemos poner el aire acondicionado a 23 grados en vez de a 20, pero lo importante es que las grandes empresas cambien significativamente sus sistemas y mecanismos productivos. Nosotros podemos poner más aislante a nuestras casas y cambiar las ventanas por carpinterías muy eficientes, y por supuesto que va a servir, pero es más importante que la propia comprensión de la construcción comience a entenderse de otra manera. Durante demasiado tiempo hemos construido mucho. Hemos construido mucho y hemos construido mal.

cortavientos de Fermont

En el mundo occidental es esencialmente innecesario seguir construyendo. Con una sociedad en declive poblacional y la mayoría de las infraestructuras terminadas y en funcionamiento, es bastante más sensato rehabilitar y reusar las decenas de miles de edificios vacíos y obsoletos que existen. Esto hay que hacerlo con sentido de la responsabilidad real, no por moda. Es decir, va a haber bastantes casos en los que será más barato y mejor demoler y construir de nuevo que intentar salvar edificios a toda costa, especialmente si esos edificios no tienen ningún valor arquitectónico. Que, seamos honestos, son la mayoría.

Entonces, cuando construyamos de nueva planta, es cuando debemos entender que la acción verdaderamente sostenible es la acción colectiva. También en construcción. Y, entonces, tal vez debamos mirar a una de las acciones constructivas más inteligentes y más sostenibles que existen. Una que, por cierto, no es especialmente novedosa. Está en Canadá, se llama Fermont y se levantó hace ya cincuenta años.

Fermont está cerca de la frontera entre Quebec y Labrador, y se fundó en 1971 por la Québec Cartier Mining Company para explotar los enormes depósitos de hierro que se encuentran en las montañas próximas. De hecho, su nombre es la contracción francesa de Fer y Mont; el monte de hierro.

Es la única localidad minera de la zona, lo cual es bastante lógico porque el pueblo se levanta en una latitud superior al paralelo 52. Es decir, que hace un frío de tres pares de narices: un clima subártico con inviernos muy largos y muy severos y veranos cortos y bastante frescos. Para entendernos, son parámetros climáticos similares a los de Alaska o Siberia. Pero es que, además, de septiembre a marzo, Fermont es azotado por fortísimos vientos sostenidos de componente norte. O sea, más frío al frío.

Entonces, ¿por qué alguien querría vivir en semejante infierno blanco? Pues en primer lugar porque, gracias a la minería, el pueblo es uno de los más ricos de Canadá. Casi 150.000 dólares de renta media anual por cada familia.

El otro motivo que hace que allí vivan casi 3.000 personas es, probablemente, que en Fermont se vive bien. Y para conseguir vivir bien en un lugar esencialmente inhabitable, donde el frío se vuelve imposible por culpa del viento, lo que hicieron fue vivir en un cortavientos.

A finales de los 50, el gran arquitecto anglosueco Ralph Erskine ya había investigado sobre la idea de la ciudad perfectamente adaptada al clima ártico. En sus formidables dibujos, que parecían más extraídos de un cómic de ciencia ficción que de un proyecto de arquitectura, siempre apostaba por una gran barrera edificada y habitable que, además, serviría de protección contra el viento al resto de la ciudad.

En 1965 y en 1970, Erskine tuvo la oportunidad de poner en práctica su visión en la localidad sueca de Svappavaara y en el asentamiento canadiense de Resolute Bay, pero la cosa no funcionó y apenas se construyeron unas pocas decenas de metros de su gran muro. Tan solo un año después, los arquitectos Maurice Desnoyers y Norbert Schoenauer, encargados del diseño de Fermont, recogieron la idea de Erskine y, esta vez sí, consiguieron  llevarla a término de un extremo a otro. El resultado fue un edificio arquitectónicamente único: un muro de 1,3 kilómetros de largo con cinco plantas y 16 metros de altura. Obviamente, lo llamaron The Wall y, desde el principio, se convirtió en el icono del pueblo.

La monumental estructura funciona como cortavientos para la ciudad, pero es también un eficaz edificio de usos múltiples que incorpora viviendas y también comercios como hoteles, bares, restaurantes y supermercados, además de la escuela primaria y la secundaria, un centro de salud, una piscina pública climatizada (por supuesto), el ayuntamiento, la comisaría de policía e incluso la cárcel municipal, aunque solo tiene tres celdas.

En El Muro viven 440 familias, y los residentes y los trabajadores de la mina pueden pasar los seis meses que suele durar el invierno sin necesidad de salir nunca del edificio porque todas sus necesidades están cubiertas dentro.

Y lo que es más importante, al ser un único edificio, se minimizan las fachadas y las superficies de contacto con el exterior favoreciendo la conservación térmica. Es más, como casi todos viven juntos, las pérdidas de calor también se ven reducidas considerablemente, al estar todos los espacios amortiguados por la temperatura de los espacios vecinos.

Y sí, en Fermont también hay unas 55 casas unifamiliares aisladas, pero todas están colocadas en el lado interior del muro, protegidas del viento. Porque una buena arquitectura es beneficiosa para todos; también para quienes no viven en ella.

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Nosotros podemos poner el aire acondicionado a 23 grados en vez de a 20, pero lo importante es que las grandes empresas cambien significativamente sus sistemas y mecanismos productivos. Nosotros podemos poner más aislante a nuestras casas y cambiar las ventanas por carpinterías muy eficientes, y por supuesto que va a servir, pero es más importante que la propia comprensión de la construcción comience a entenderse de otra manera. Durante demasiado tiempo hemos construido mucho. Hemos construido mucho y hemos construido mal.

cortavientos de Fermont

En el mundo occidental es esencialmente innecesario seguir construyendo. Con una sociedad en declive poblacional y la mayoría de las infraestructuras terminadas y en funcionamiento, es bastante más sensato rehabilitar y reusar las decenas de miles de edificios vacíos y obsoletos que existen. Esto hay que hacerlo con sentido de la responsabilidad real, no por moda. Es decir, va a haber bastantes casos en los que será más barato y mejor demoler y construir de nuevo que intentar salvar edificios a toda costa, especialmente si esos edificios no tienen ningún valor arquitectónico. Que, seamos honestos, son la mayoría.

Entonces, cuando construyamos de nueva planta, es cuando debemos entender que la acción verdaderamente sostenible es la acción colectiva. También en construcción. Y, entonces, tal vez debamos mirar a una de las acciones constructivas más inteligentes y más sostenibles que existen. Una que, por cierto, no es especialmente novedosa. Está en Canadá, se llama Fermont y se levantó hace ya cincuenta años.

Fermont está cerca de la frontera entre Quebec y Labrador, y se fundó en 1971 por la Québec Cartier Mining Company para explotar los enormes depósitos de hierro que se encuentran en las montañas próximas. De hecho, su nombre es la contracción francesa de Fer y Mont; el monte de hierro.

Es la única localidad minera de la zona, lo cual es bastante lógico porque el pueblo se levanta en una latitud superior al paralelo 52. Es decir, que hace un frío de tres pares de narices: un clima subártico con inviernos muy largos y muy severos y veranos cortos y bastante frescos. Para entendernos, son parámetros climáticos similares a los de Alaska o Siberia. Pero es que, además, de septiembre a marzo, Fermont es azotado por fortísimos vientos sostenidos de componente norte. O sea, más frío al frío.

Entonces, ¿por qué alguien querría vivir en semejante infierno blanco? Pues en primer lugar porque, gracias a la minería, el pueblo es uno de los más ricos de Canadá. Casi 150.000 dólares de renta media anual por cada familia.

El otro motivo que hace que allí vivan casi 3.000 personas es, probablemente, que en Fermont se vive bien. Y para conseguir vivir bien en un lugar esencialmente inhabitable, donde el frío se vuelve imposible por culpa del viento, lo que hicieron fue vivir en un cortavientos.

A finales de los 50, el gran arquitecto anglosueco Ralph Erskine ya había investigado sobre la idea de la ciudad perfectamente adaptada al clima ártico. En sus formidables dibujos, que parecían más extraídos de un cómic de ciencia ficción que de un proyecto de arquitectura, siempre apostaba por una gran barrera edificada y habitable que, además, serviría de protección contra el viento al resto de la ciudad.

En 1965 y en 1970, Erskine tuvo la oportunidad de poner en práctica su visión en la localidad sueca de Svappavaara y en el asentamiento canadiense de Resolute Bay, pero la cosa no funcionó y apenas se construyeron unas pocas decenas de metros de su gran muro. Tan solo un año después, los arquitectos Maurice Desnoyers y Norbert Schoenauer, encargados del diseño de Fermont, recogieron la idea de Erskine y, esta vez sí, consiguieron  llevarla a término de un extremo a otro. El resultado fue un edificio arquitectónicamente único: un muro de 1,3 kilómetros de largo con cinco plantas y 16 metros de altura. Obviamente, lo llamaron The Wall y, desde el principio, se convirtió en el icono del pueblo.

La monumental estructura funciona como cortavientos para la ciudad, pero es también un eficaz edificio de usos múltiples que incorpora viviendas y también comercios como hoteles, bares, restaurantes y supermercados, además de la escuela primaria y la secundaria, un centro de salud, una piscina pública climatizada (por supuesto), el ayuntamiento, la comisaría de policía e incluso la cárcel municipal, aunque solo tiene tres celdas.

En El Muro viven 440 familias, y los residentes y los trabajadores de la mina pueden pasar los seis meses que suele durar el invierno sin necesidad de salir nunca del edificio porque todas sus necesidades están cubiertas dentro.

Y lo que es más importante, al ser un único edificio, se minimizan las fachadas y las superficies de contacto con el exterior favoreciendo la conservación térmica. Es más, como casi todos viven juntos, las pérdidas de calor también se ven reducidas considerablemente, al estar todos los espacios amortiguados por la temperatura de los espacios vecinos.

Y sí, en Fermont también hay unas 55 casas unifamiliares aisladas, pero todas están colocadas en el lado interior del muro, protegidas del viento. Porque una buena arquitectura es beneficiosa para todos; también para quienes no viven en ella.

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