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25 de septiembre 2013    /   CREATIVIDAD
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Si vistes vintage, ¿eres un cobarde?

25 de septiembre 2013    /   CREATIVIDAD     por          
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Nosotros, los de nuestra generación, estamos más que acostumbrados a escuchar hablar sobre la crisis económica, la crisis de los valores, la crisis sistémica, la crisis de la democracia…

Sin embargo para nuestra generación, no es nada habitual hablar sobre la crisis de la creatividad. Algo que, al menos, hasta los años 60 fue un debate corriente no solo respecto a la estética, a las artes plásticas, sino también en política, en sociología y finalmente, en la vida cotidiana.

Partiendo de la base de que toda expresión artística o cultural es un constructo social, ¿cuál de esas expresiones puede servir para valorar si realmente existe una crisis creativa en la sociedad de hoy día?

Obviamente las Artes Plásticas (así, en mayúsculas) no nos sirven. Hace tiempo que perdieron la capacidad de ser medio de expresión del Todo de una sociedad para convertirse en el lenguaje de unos pocos hacia otros pocos, dejando fuera a una gran mayoría que desconoce los códigos de ‘lo contemporáneo’. Eso, cuando no un mero valor económico.

En este caso es necesario evaluar un comportamiento estético que se dé en toda la sociedad y en todas las sociedades y que, a ser posible, lo haga de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo. Lo ideal sería analizar un comportamiento estético que, al menos, haya tenido entidad suficiente durante el último siglo, que a día de hoy aún parezca tener un largo recorrido y esté presente en todos y cada uno de los estratos sociales.

Unos amigos me recuerdan una cita de Balzac: «El vestido es la expresión de la sociedad».

Quizá la moda sea el elemento a evaluar. Y no me refiero a la moda de pasarela. Por eso hablo del Todo social. Me interesa la estética que se ve en la calle cualquier día entre semana.

 Balzac: «El vestido es la expresión de la sociedad»

Basta mirar alrededor para percatarse de que andamos rodeados de pantalones pitillo, de gafas como las que usaba Nixon, tatuajes old school, Adidas vintage y de vintage al fin y al cabo. Vintage de época, vintage nuevo recién salido de un retailer, vintage de los años 50, vintage de los años 80, falso vintage. Podría decirse entonces que lo más novedoso a lo que ha llegado -estéticamente hablando- nuestra generación es a rescatar del armario la ropa de nuestros padres y nuestros abuelos. Tradicionalmente se ha tomado al revivalismo como sinónimo de falta de capacidad para crear algo nuevo y distinto, de falta de ideas. ¿Realmente es así? ¿Estamos tan poco capacitados para innovar?

Carolin Cora Kohler – creadora de la firma berlinesa de moda Carocora- dice que no es que no queramos crear nuevas tendencias. Tampoco es que hayamos perdido la capacidad de crear, sino que ya no hay más formas nuevas. Al menos, formas que estemos dispuestos a llevar por la calle. «Hay cosas impresionantes. Pero el limite esta en las personas que al final van a usar la ropa», opina la diseñadora de moda.

Añade Carolin que la creatividad se ha orientado hacia nuevos tejidos, técnicas etc. «Yo creo que la innovación hoy en día es más en los materiales, en el uso de material y en técnicas nuevas. Ahora hay muchos más medios para ser creativo. Por ejemplo la estampación digital que permite crear fácilmente tus propios tejidos».

Parece que estamos optando más por moderar la estética (en sentido creativo) para evitar destacar sobre quienes nos juzgan y nos contratan. Tenemos al alcance más medios técnicos, más posibilidades creativas y más referencias de las que jamás se han tenido y sin embargo preferimos volver permanentemente la vista al pasado.

Está claro que nos mola mucho parecer sacados de otra época. Pero ¿por qué? ¿Es esto causa o consecuencia de algo? Quizá ambas preguntas tengan la misma respuesta.

«Parece que estamos optando más por moderar la estética (en sentido creativo) para evitar destacar sobre quienes nos juzgan y nos contratan»

Hace poco leí Dejad de lloriquear de Meredith Haff (Ed. Alfa Decay / Héroes Modernos) un análisis generacional de los nacidos en la década de 1980 (y aledaños) y de los problemas que nos acucian. Al margen de trabas de índole más social, como lo relativo a la situación económica o laboral, Haff (que merecidamente nos pone las peras al cuarto) menciona que «el diseño vintage en moda e interiorismo está en su apogeo» y añade que «(nuestra) generación no es el primer grupo de jóvenes que echa la vista atrás, hacia los años de la niñez con menos ira que nostalgia». Si bien, apunta que «esa permanente autoafirmación en los ritos y objetos de los años en los que ‘me iba bien’ ha alcanzado nuevas cotas».

Nuestro comportamiento en este asunto tiene algo de ‘peterpanesco’ pero creo que Haff mezcla ahí dos conceptos. Es cierto que parece que hemos perdido o hemos renunciado a crear nuevas estéticas, al menos en lo que a moda se refiere. Pero no creo que se trate de algo de lo que se nos pueda responsabilizar exclusivamente a nosotros. Lo de que la calle crea tendencia no me lo he creído nunca. Desde los años 60 las tendencias -sobre todo las destinadas a ser consumidas por los jóvenes- se fabrican y manufacturan como cualquier otro bien de consumo, que luego el mercado juzga y acepta o no. Sobre todo porque estas tendencias, más allá de la mercadotecnia que las acompañe, siempre terminan calando en determinados individuos que, poco a poco, las van extendiendo como si de un herpes genital se tratase. Un buen día te encuentras llevando lo que hace dos temporadas te provocaba vergüenza ajena cuando se lo viste puesto a no sé qué camarero del club tal que se celebra los miércoles.

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Foto: Robert Shele bajo lic. CC

Es la misma mecánica del progreso, si es que eso existe. Por mucho que uno se resista a algún avance o te subes al carro o te acaban subiendo. O en todo caso te quedas fuera, con lo que eso conlleva. Por eso es un constructo y por eso es social: lo construye la sociedad y lo hace de manera imparable buscando que todos los individuos que forman esa sociedad adopten ese constructo para ser parte y continuar construyendo. Obviamente quien no construye, pasa -cual grava u hormigón armado- a formar parte de los cimientos sobre los que los demás seguirán irremisiblemente edificando algo nuevo. Algo nuevo, aunque sea exactamente igual a lo que había construido debajo.

Nos resulta tan difícil sustraernos al devenir de la moda como del propio progreso. Uno puede seguirla con mayor o menor pasión. No es necesario estar pendiente permanentemente de todos los cambios de tendencia, pero el simple hecho de comprar a los grandes retailers te hace subir a la rueda de lo In trend. Valga como In trend tanto lo puramente estético como lo tecnológico. Aquellos que no tienen, no pueden o no quieren estar conectados a la red y aquellos que no quieren, no pueden o no tienen un ordenador o un smartphone, se pueden dar también por despedidos (socialmente hablando). La tendencia estética en la Sociedad de la Información, se adquiere en contextos sociales (la calle y los lugares de ocio y consumo) pero sobre todo, en los medios de comunicación.

Por un lado nuestra generación tiende a recuperar usos, referencias y objetos que relacionamos con nuestra infancia o con lo que se supone que son referentes culturales de nuestra ‘infancia generacional’. Una especie de ‘memoria histórica de sucesos-pop’ que, en muchos casos, no hemos vivido más que a través del relato de otras personas algo mayores que nosotros.

Pero ese relato, en ocasiones, proviene de determinados medios, ‘intereses’ o editoras de moda que, voluntaria o involuntariamente, no solo están creando corrientes de tendencia, están elaborando unas pautas por las que estabularnos socialmente. Se acaba creando una ‘segregación estética’, una especie de represión de la imagen individual.

 ¿Te arriesgarías a ir a una entrevista de trabajo sin adecuar tu aspecto estético a lo que crees que espera ver la persona que te va a entrevistar?

No digo con eso que la culpa no sea nuestra. Todos tenemos capacidad de discernir si queremos dejarnos involucrar en el constructo o no. ¿O no? Quiero decir ¿podemos permitirnos salir de la senda marcada por la sociedad sin sufrir consecuencias?

Sé sincero: ¿te arriesgarías a ir a una entrevista de trabajo sin adecuar tu aspecto estético a lo que crees que espera ver la persona que te va a entrevistar? E incluso en un caso menos ‘de riesgo’, ¿harías eso mismo frente a una cita?

Probablemente no, la mayoría de nosotros no asumiría ese riesgo. Es mucho más fácil ir a lo seguro, a lo que ya funcionó en otras ocasiones. Puedo equivocarme, pero después de todo esto creo que nuestros revivalismos son el síntoma del miedo a enfrentarnos a nuestra propia responsabilidad generacional, a asumir que estamos aquí y que deberíamos tomar las riendas para comenzar a cambiar las cosas, que falta nos hace.

Dice Haff que la dimensión de los problemas en los que nos vemos envueltos (paro, falta de expectativas, apatía generacional…) «requieren una gran confianza en nuestros propios argumentos, habilidades políticas y valentía de pensamiento».

«Nuestro miedo a los conflictos y la aversión a la crítica son nuestros peores enemigos para alcanzar este propósito», añade la pensadora alemana.

Haff tiene razón en que somos responsables de lo que nos pasa y lo que nos pasa es que no queremos salir del cascarón para enfrentarnos al mundo. Me temo que en parte por miedo, pero en parte también por comodidad, porque es mucho más fácil recurrir a la infancia en la que nuestros padres nos lo daban todo hecho.

Sigamos sin querer crear y romper. Sigamos pensando que no nos van a aceptar si nos negamos al constructo. Sigamos mirando hacia atrás y vistiendo como lo hacían nuestros padres hace 40 años… quizá porque nuestros padres tenían mucho por delante que conseguir. Y nosotros, que lo tuvimos todo más fácil, no queremos mirar hacia adelante. Quizá porque adelante cada vez es todo más incierto.

Nosotros, los de nuestra generación, estamos más que acostumbrados a escuchar hablar sobre la crisis económica, la crisis de los valores, la crisis sistémica, la crisis de la democracia…

Sin embargo para nuestra generación, no es nada habitual hablar sobre la crisis de la creatividad. Algo que, al menos, hasta los años 60 fue un debate corriente no solo respecto a la estética, a las artes plásticas, sino también en política, en sociología y finalmente, en la vida cotidiana.

Partiendo de la base de que toda expresión artística o cultural es un constructo social, ¿cuál de esas expresiones puede servir para valorar si realmente existe una crisis creativa en la sociedad de hoy día?

Obviamente las Artes Plásticas (así, en mayúsculas) no nos sirven. Hace tiempo que perdieron la capacidad de ser medio de expresión del Todo de una sociedad para convertirse en el lenguaje de unos pocos hacia otros pocos, dejando fuera a una gran mayoría que desconoce los códigos de ‘lo contemporáneo’. Eso, cuando no un mero valor económico.

En este caso es necesario evaluar un comportamiento estético que se dé en toda la sociedad y en todas las sociedades y que, a ser posible, lo haga de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo. Lo ideal sería analizar un comportamiento estético que, al menos, haya tenido entidad suficiente durante el último siglo, que a día de hoy aún parezca tener un largo recorrido y esté presente en todos y cada uno de los estratos sociales.

Unos amigos me recuerdan una cita de Balzac: «El vestido es la expresión de la sociedad».

Quizá la moda sea el elemento a evaluar. Y no me refiero a la moda de pasarela. Por eso hablo del Todo social. Me interesa la estética que se ve en la calle cualquier día entre semana.

 Balzac: «El vestido es la expresión de la sociedad»

Basta mirar alrededor para percatarse de que andamos rodeados de pantalones pitillo, de gafas como las que usaba Nixon, tatuajes old school, Adidas vintage y de vintage al fin y al cabo. Vintage de época, vintage nuevo recién salido de un retailer, vintage de los años 50, vintage de los años 80, falso vintage. Podría decirse entonces que lo más novedoso a lo que ha llegado -estéticamente hablando- nuestra generación es a rescatar del armario la ropa de nuestros padres y nuestros abuelos. Tradicionalmente se ha tomado al revivalismo como sinónimo de falta de capacidad para crear algo nuevo y distinto, de falta de ideas. ¿Realmente es así? ¿Estamos tan poco capacitados para innovar?

Basta mirar alrededor para percatarse de que andamos rodeados de pantalones pitillo, de gafas como las que usaba Nixon, tatuajes old school, Adidas vintage y de vintage al fin y al cabo. Vintage de época, vintage nuevo recién salido de un retailer, vintage de los años 50, vintage de los años 80, falso vintage. Podría decirse entonces que lo más novedoso a lo que ha llegado -estéticamente hablando- nuestra generación es a rescatar del armario la ropa de nuestros padres y nuestros abuelos. Tradicionalmente se ha tomado al revivalismo como sinónimo de falta de capacidad para crear algo nuevo y distinto, de falta de ideas. ¿Realmente es así? ¿Estamos tan poco capacitados para innovar?

Carolin Cora Kohler – creadora de la firma berlinesa de moda Carocora- dice que no es que no queramos crear nuevas tendencias. Tampoco es que hayamos perdido la capacidad de crear, sino que ya no hay más formas nuevas. Al menos, formas que estemos dispuestos a llevar por la calle. «Hay cosas impresionantes. Pero el limite esta en las personas que al final van a usar la ropa», opina la diseñadora de moda.

Añade Carolin que la creatividad se ha orientado hacia nuevos tejidos, técnicas etc. «Yo creo que la innovación hoy en día es más en los materiales, en el uso de material y en técnicas nuevas. Ahora hay muchos más medios para ser creativo. Por ejemplo la estampación digital que permite crear fácilmente tus propios tejidos».

Parece que estamos optando más por moderar la estética (en sentido creativo) para evitar destacar sobre quienes nos juzgan y nos contratan. Tenemos al alcance más medios técnicos, más posibilidades creativas y más referencias de las que jamás se han tenido y sin embargo preferimos volver permanentemente la vista al pasado.

Está claro que nos mola mucho parecer sacados de otra época. Pero ¿por qué? ¿Es esto causa o consecuencia de algo? Quizá ambas preguntas tengan la misma respuesta.

«Parece que estamos optando más por moderar la estética (en sentido creativo) para evitar destacar sobre quienes nos juzgan y nos contratan»

Hace poco leí Dejad de lloriquear de Meredith Haff (Ed. Alfa Decay / Héroes Modernos) un análisis generacional de los nacidos en la década de 1980 (y aledaños) y de los problemas que nos acucian. Al margen de trabas de índole más social, como lo relativo a la situación económica o laboral, Haff (que merecidamente nos pone las peras al cuarto) menciona que «el diseño vintage en moda e interiorismo está en su apogeo» y añade que «(nuestra) generación no es el primer grupo de jóvenes que echa la vista atrás, hacia los años de la niñez con menos ira que nostalgia». Si bien, apunta que «esa permanente autoafirmación en los ritos y objetos de los años en los que ‘me iba bien’ ha alcanzado nuevas cotas».

Nuestro comportamiento en este asunto tiene algo de ‘peterpanesco’ pero creo que Haff mezcla ahí dos conceptos. Es cierto que parece que hemos perdido o hemos renunciado a crear nuevas estéticas, al menos en lo que a moda se refiere. Pero no creo que se trate de algo de lo que se nos pueda responsabilizar exclusivamente a nosotros. Lo de que la calle crea tendencia no me lo he creído nunca. Desde los años 60 las tendencias -sobre todo las destinadas a ser consumidas por los jóvenes- se fabrican y manufacturan como cualquier otro bien de consumo, que luego el mercado juzga y acepta o no. Sobre todo porque estas tendencias, más allá de la mercadotecnia que las acompañe, siempre terminan calando en determinados individuos que, poco a poco, las van extendiendo como si de un herpes genital se tratase. Un buen día te encuentras llevando lo que hace dos temporadas te provocaba vergüenza ajena cuando se lo viste puesto a no sé qué camarero del club tal que se celebra los miércoles.

1shirt
Foto: Robert Shele bajo lic. CC

Es la misma mecánica del progreso, si es que eso existe. Por mucho que uno se resista a algún avance o te subes al carro o te acaban subiendo. O en todo caso te quedas fuera, con lo que eso conlleva. Por eso es un constructo y por eso es social: lo construye la sociedad y lo hace de manera imparable buscando que todos los individuos que forman esa sociedad adopten ese constructo para ser parte y continuar construyendo. Obviamente quien no construye, pasa -cual grava u hormigón armado- a formar parte de los cimientos sobre los que los demás seguirán irremisiblemente edificando algo nuevo. Algo nuevo, aunque sea exactamente igual a lo que había construido debajo.

Nos resulta tan difícil sustraernos al devenir de la moda como del propio progreso. Uno puede seguirla con mayor o menor pasión. No es necesario estar pendiente permanentemente de todos los cambios de tendencia, pero el simple hecho de comprar a los grandes retailers te hace subir a la rueda de lo In trend. Valga como In trend tanto lo puramente estético como lo tecnológico. Aquellos que no tienen, no pueden o no quieren estar conectados a la red y aquellos que no quieren, no pueden o no tienen un ordenador o un smartphone, se pueden dar también por despedidos (socialmente hablando). La tendencia estética en la Sociedad de la Información, se adquiere en contextos sociales (la calle y los lugares de ocio y consumo) pero sobre todo, en los medios de comunicación.

Por un lado nuestra generación tiende a recuperar usos, referencias y objetos que relacionamos con nuestra infancia o con lo que se supone que son referentes culturales de nuestra ‘infancia generacional’. Una especie de ‘memoria histórica de sucesos-pop’ que, en muchos casos, no hemos vivido más que a través del relato de otras personas algo mayores que nosotros.

Pero ese relato, en ocasiones, proviene de determinados medios, ‘intereses’ o editoras de moda que, voluntaria o involuntariamente, no solo están creando corrientes de tendencia, están elaborando unas pautas por las que estabularnos socialmente. Se acaba creando una ‘segregación estética’, una especie de represión de la imagen individual.

 ¿Te arriesgarías a ir a una entrevista de trabajo sin adecuar tu aspecto estético a lo que crees que espera ver la persona que te va a entrevistar?

No digo con eso que la culpa no sea nuestra. Todos tenemos capacidad de discernir si queremos dejarnos involucrar en el constructo o no. ¿O no? Quiero decir ¿podemos permitirnos salir de la senda marcada por la sociedad sin sufrir consecuencias?

Sé sincero: ¿te arriesgarías a ir a una entrevista de trabajo sin adecuar tu aspecto estético a lo que crees que espera ver la persona que te va a entrevistar? E incluso en un caso menos ‘de riesgo’, ¿harías eso mismo frente a una cita?

Probablemente no, la mayoría de nosotros no asumiría ese riesgo. Es mucho más fácil ir a lo seguro, a lo que ya funcionó en otras ocasiones. Puedo equivocarme, pero después de todo esto creo que nuestros revivalismos son el síntoma del miedo a enfrentarnos a nuestra propia responsabilidad generacional, a asumir que estamos aquí y que deberíamos tomar las riendas para comenzar a cambiar las cosas, que falta nos hace.

Dice Haff que la dimensión de los problemas en los que nos vemos envueltos (paro, falta de expectativas, apatía generacional…) «requieren una gran confianza en nuestros propios argumentos, habilidades políticas y valentía de pensamiento».

«Nuestro miedo a los conflictos y la aversión a la crítica son nuestros peores enemigos para alcanzar este propósito», añade la pensadora alemana.

Haff tiene razón en que somos responsables de lo que nos pasa y lo que nos pasa es que no queremos salir del cascarón para enfrentarnos al mundo. Me temo que en parte por miedo, pero en parte también por comodidad, porque es mucho más fácil recurrir a la infancia en la que nuestros padres nos lo daban todo hecho.

Sigamos sin querer crear y romper. Sigamos pensando que no nos van a aceptar si nos negamos al constructo. Sigamos mirando hacia atrás y vistiendo como lo hacían nuestros padres hace 40 años… quizá porque nuestros padres tenían mucho por delante que conseguir. Y nosotros, que lo tuvimos todo más fácil, no queremos mirar hacia adelante. Quizá porque adelante cada vez es todo más incierto.

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