Publicado: 30 de agosto 2023 10:00  /   ENTRETENIMIENTO
por
 

Eladia Martorell y el olvidado libro de recetas que estaba en todas las casas

Publicado: 30 de agosto 2023 10:00  /   ENTRETENIMIENTO     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
Eladia Martorell

Eladia Martorell llevaba toda la vida acumulando recetas. Las escribía para que luego «sirvieran de alguna utilidad» a su hija Carmen. «Pero varias amigas mías, sosteniendo, no sé si con razón, que la claridad de las explicaciones, lo bien combinado de ciertos guisos y el exacto cálculo de las cantidades hacían dichas fórmulas de aplicación general, me han animado a publicarlas», escribe en el breve prólogo a Carmencita o la buena cocinera.

Quizás toda esa justificación era modestia. Quizás era una manera de blindarse contra lo que en aquel momento se pensaba sobre las mujeres que tenían la osadía de lanzar sus letras a imprenta.

Eladia Martorell publicó el recetario en 1899 en Barcelona y se convirtió en la autora de un long-seller, uno de esos libros que nunca dejan de venderse, aunque uno ahora un tanto olvidado de las letras en castellano.  «El éxito fue enorme y permanente», escribe María Ángeles Pérez Samper en Comer y beber. Una historia de la alimentación en España.

Eladia Martorell
Martorell, Eladia. Carmencita o La buena cocinera : manual práctico de cocina española, americana, francesa … – [S.l.] : [s.n.], 1899 (Barcelona : Tipolitgr. de Luis Tasso). – 26 2 p. : il. ; 17 cm. Biblioteca Nacional de España

Por tanto, esa edición de 1899 estuvo bien lejos de ser la última: el recetario se siguió reeditando.Le fueron añadidas recetas, primero 100 más (como dice un anuncio de principios de siglo) y después por la hija de la escritora, Carmen Capinell, y por Juan Cabané; y se mantuvo como una constante en ventas durante todo el siglo XX.

«Fue el libro de cocina más reeditado a lo largo del siglo XX», apunta Pérez Samper en su libro. Incluso ahora, más de 100 años después de su llegada al mercado, es muy fácil encontrarlo: más allá de que ya está en descarga libre en sitios como la web de la Biblioteca Nacional, todavía hay editoriales que lo publican.

Estas ventas constantes y continuadas en el tiempo ya le habrían asegurado a Martorell un cierto recuerdo de su nombre, pero además Eladia Martorell es una de las escasas mujeres que firmaron libros de cocina durante el siglo XIX en España, lo que la hace aún más interesante. Como apunta en De la página al plato María Paz Moreno, no es que no existiesen cocineras en España hasta entonces.

Por supuesto que las había: cocinar era una de tantas tareas domésticas que se atribuían al mundo de las mujeres. Pero, los chefs importantes, los que dejaron obra publicada, fueron hombres. Los recetarios que escribían las mujeres se quedaban en esa dimensión de lo doméstico.

Sin embargo, en el siglo XIX, sí se pueden localizar tres recetarios publicados por tres mujeres españolas. El primero, de Pilar Pascual de Sanjuán, de 1865, es más una guía de consejos para el hogar que uno de cocina. El siguiente es de 1892, La mesa española de Dolores Vedia de Uhagon, que ya es un libro de recetas como hoy identificaríamos. Y luego está Carmencita o la buena cocinera, publicado en 1899 y que fue muy popular desde ese primer momento.

Eladia Martorell

Moreno atribuye su éxito al hecho de que, frente a los recetarios de grandes chefs y nombres conocidos, Martorell hablaba desde la experiencia propia y lo hacía de recetas del día a día. Eran cosas que cualquiera podría poner en la mesa y que partían de los ingredientes y necesidades que existían en los hogares españoles de la Belle Époque.

Carmencita incluye hasta explicaciones de qué pueden ser aquellas cosas que suenan más desconocidas —como los polvos Royal— y platos de todo tipo, accesibles a todos los bolsillos. Quizás eso es lo que ahora resulta más sorprendente cuando se tiene entre las manos, porque las recetas de hígados o lengua que hubiesen formado parte de los menús de los hogares de entonces ahora nos resultan menos atractivas.

Hay recetas de helados, licores, arroces, ensaladas o rellenos, entre otros. Están escritas, eso sí, como eran los recetarios de hace un siglo, que para quienes viven en el siglo XXI, acostumbrados a las recetas paso a paso y a la lista previa de ingredientes exactos, pueden parecer un poco más difíciles.

Aun así, cuando se para a leer alguna de las recetas de Martorell, se puede ver que sus amigas tenían razón, porque la autora sí da indicaciones de qué vas a necesitar y cómo lo tendrás que hacer. Incluso ahora se podría hacer alguna de esas recetas siguiendo sus indicaciones.

[pullquote]Frente a los recetarios de grandes chefs y nombres conocidos, Martorell hablaba desde la experiencia propia y lo hacía de recetas del día a día[/pullquote]

Posiblemente, eso también le aseguró su larga vida editorial: según Moreno, hasta los años 70 era «referencia indispensable en la cocina de los hogares españoles». Cuando en 1968 Hoja oficial de la provincia de Barcelona da cuenta de la edición 38º, señala que «no nos ha sorprendido, pues es la obra de cocina más popular y conocida por todas las amas de casa aficionadas a la buena cocina».

El éxito del libro no implica que tengamos, ahora mismo, una biografía amplia y detallada de Martorell. La entrada en Wikipedia del recetario aporta su fecha de nacimiento y defunción (1848-1918) y su matrimonio con un militar barcelonés, Antonio Carpinell, en 1866. La propia firma que usa en la autoría del libro —Vda de Carpinell— deja claro que a finales del siglo XIX el militar había muerto.

¿Fue el libro de recetas una manera de lograr ingresos? No sería una teoría rocambolesca, porque, al quedarse viudas, las mujeres de esos años perdían la fuente de ingresos conectada a la actividad de su marido. Martorell logró una pensión del Estado por ser viuda de un comandante —1.125 pesetas anuales—, pero no fue aprobada hasta agosto de 1900, como se puede descubrir leyendo los breves de prensa de esos años.

Eladia Martorell

La cocina podría haberse convertido, así, en una fuente de ingresos, como lo fue para otras mujeres de esos años. La autora de uno de los primeros libros de cocina para el público general en inglés, Eliza Acton, lo escribió por cuestiones monetarias (hay, por supuesto, una novela sobre ello: El libro de cocina de la señorita Eliza, de Annabel Abbs).

Y, en España, Colombine, la gran pionera del periodismo, publicó durante las primeras décadas del siglo XX recetarios y guías de vida, porque era la manera de ganarse la vida. También escribía libros de cocina Emilia Pardo Bazán, aunque sus razones eran distintas.

Quizás ayuda a sostener esta teoría de las recetas de cocina como fuente de ingresos el hecho de que en 1911 Eladia Martorell tenía una Academia Culinaria para Señoritas, como desvela un anuncio en La Vanguardia. Era una «Institución única en España», prometía, y cada curso duraba dos meses. Enseñaba cocina española, francesa o italiana.

Eladia Martorell llevaba toda la vida acumulando recetas. Las escribía para que luego «sirvieran de alguna utilidad» a su hija Carmen. «Pero varias amigas mías, sosteniendo, no sé si con razón, que la claridad de las explicaciones, lo bien combinado de ciertos guisos y el exacto cálculo de las cantidades hacían dichas fórmulas de aplicación general, me han animado a publicarlas», escribe en el breve prólogo a Carmencita o la buena cocinera.

Quizás toda esa justificación era modestia. Quizás era una manera de blindarse contra lo que en aquel momento se pensaba sobre las mujeres que tenían la osadía de lanzar sus letras a imprenta.

Eladia Martorell publicó el recetario en 1899 en Barcelona y se convirtió en la autora de un long-seller, uno de esos libros que nunca dejan de venderse, aunque uno ahora un tanto olvidado de las letras en castellano.  «El éxito fue enorme y permanente», escribe María Ángeles Pérez Samper en Comer y beber. Una historia de la alimentación en España.

Eladia Martorell
Martorell, Eladia. Carmencita o La buena cocinera : manual práctico de cocina española, americana, francesa … – [S.l.] : [s.n.], 1899 (Barcelona : Tipolitgr. de Luis Tasso). – 26 2 p. : il. ; 17 cm. Biblioteca Nacional de España

Por tanto, esa edición de 1899 estuvo bien lejos de ser la última: el recetario se siguió reeditando.Le fueron añadidas recetas, primero 100 más (como dice un anuncio de principios de siglo) y después por la hija de la escritora, Carmen Capinell, y por Juan Cabané; y se mantuvo como una constante en ventas durante todo el siglo XX.

«Fue el libro de cocina más reeditado a lo largo del siglo XX», apunta Pérez Samper en su libro. Incluso ahora, más de 100 años después de su llegada al mercado, es muy fácil encontrarlo: más allá de que ya está en descarga libre en sitios como la web de la Biblioteca Nacional, todavía hay editoriales que lo publican.

Estas ventas constantes y continuadas en el tiempo ya le habrían asegurado a Martorell un cierto recuerdo de su nombre, pero además Eladia Martorell es una de las escasas mujeres que firmaron libros de cocina durante el siglo XIX en España, lo que la hace aún más interesante. Como apunta en De la página al plato María Paz Moreno, no es que no existiesen cocineras en España hasta entonces.

Por supuesto que las había: cocinar era una de tantas tareas domésticas que se atribuían al mundo de las mujeres. Pero, los chefs importantes, los que dejaron obra publicada, fueron hombres. Los recetarios que escribían las mujeres se quedaban en esa dimensión de lo doméstico.

Sin embargo, en el siglo XIX, sí se pueden localizar tres recetarios publicados por tres mujeres españolas. El primero, de Pilar Pascual de Sanjuán, de 1865, es más una guía de consejos para el hogar que uno de cocina. El siguiente es de 1892, La mesa española de Dolores Vedia de Uhagon, que ya es un libro de recetas como hoy identificaríamos. Y luego está Carmencita o la buena cocinera, publicado en 1899 y que fue muy popular desde ese primer momento.

Eladia Martorell

Moreno atribuye su éxito al hecho de que, frente a los recetarios de grandes chefs y nombres conocidos, Martorell hablaba desde la experiencia propia y lo hacía de recetas del día a día. Eran cosas que cualquiera podría poner en la mesa y que partían de los ingredientes y necesidades que existían en los hogares españoles de la Belle Époque.

Carmencita incluye hasta explicaciones de qué pueden ser aquellas cosas que suenan más desconocidas —como los polvos Royal— y platos de todo tipo, accesibles a todos los bolsillos. Quizás eso es lo que ahora resulta más sorprendente cuando se tiene entre las manos, porque las recetas de hígados o lengua que hubiesen formado parte de los menús de los hogares de entonces ahora nos resultan menos atractivas.

Hay recetas de helados, licores, arroces, ensaladas o rellenos, entre otros. Están escritas, eso sí, como eran los recetarios de hace un siglo, que para quienes viven en el siglo XXI, acostumbrados a las recetas paso a paso y a la lista previa de ingredientes exactos, pueden parecer un poco más difíciles.

Aun así, cuando se para a leer alguna de las recetas de Martorell, se puede ver que sus amigas tenían razón, porque la autora sí da indicaciones de qué vas a necesitar y cómo lo tendrás que hacer. Incluso ahora se podría hacer alguna de esas recetas siguiendo sus indicaciones.

[pullquote]Frente a los recetarios de grandes chefs y nombres conocidos, Martorell hablaba desde la experiencia propia y lo hacía de recetas del día a día[/pullquote]

Posiblemente, eso también le aseguró su larga vida editorial: según Moreno, hasta los años 70 era «referencia indispensable en la cocina de los hogares españoles». Cuando en 1968 Hoja oficial de la provincia de Barcelona da cuenta de la edición 38º, señala que «no nos ha sorprendido, pues es la obra de cocina más popular y conocida por todas las amas de casa aficionadas a la buena cocina».

El éxito del libro no implica que tengamos, ahora mismo, una biografía amplia y detallada de Martorell. La entrada en Wikipedia del recetario aporta su fecha de nacimiento y defunción (1848-1918) y su matrimonio con un militar barcelonés, Antonio Carpinell, en 1866. La propia firma que usa en la autoría del libro —Vda de Carpinell— deja claro que a finales del siglo XIX el militar había muerto.

¿Fue el libro de recetas una manera de lograr ingresos? No sería una teoría rocambolesca, porque, al quedarse viudas, las mujeres de esos años perdían la fuente de ingresos conectada a la actividad de su marido. Martorell logró una pensión del Estado por ser viuda de un comandante —1.125 pesetas anuales—, pero no fue aprobada hasta agosto de 1900, como se puede descubrir leyendo los breves de prensa de esos años.

Eladia Martorell

La cocina podría haberse convertido, así, en una fuente de ingresos, como lo fue para otras mujeres de esos años. La autora de uno de los primeros libros de cocina para el público general en inglés, Eliza Acton, lo escribió por cuestiones monetarias (hay, por supuesto, una novela sobre ello: El libro de cocina de la señorita Eliza, de Annabel Abbs).

Y, en España, Colombine, la gran pionera del periodismo, publicó durante las primeras décadas del siglo XX recetarios y guías de vida, porque era la manera de ganarse la vida. También escribía libros de cocina Emilia Pardo Bazán, aunque sus razones eran distintas.

Quizás ayuda a sostener esta teoría de las recetas de cocina como fuente de ingresos el hecho de que en 1911 Eladia Martorell tenía una Academia Culinaria para Señoritas, como desvela un anuncio en La Vanguardia. Era una «Institución única en España», prometía, y cada curso duraba dos meses. Enseñaba cocina española, francesa o italiana.

Compártelo twitter facebook whatsapp
Peleas de Tetas vs Peleas de Perros [NSFW]
Los GIF del más allá de Kevin Weir
Milagros musicales para cambiar el sistema educativo
Los diez subgéneros más disparatados del porno en Internet
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp
Opiniones 1
  • En mi caso, aun conservo el ejemplar de mi madre guardado con cariño. Está muy usado, amarillento casi deshilachado en el lomo. Pero todavía veo a mi madre y yo junto a ella, apoyada en el mármol de la cocina, sus manos llenas de harina y el libro frente a ella y me reconforta.

  • Comentarios cerrados.