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22 de enero 2019    /   ENTRETENIMIENTO
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Electroduendes: la historia de los míticos personajes de ‘La bola de cristal’

22 de enero 2019    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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(Este texto pertenece al libro ‘De estraperlo a postureo’, VOX, Larousse Editorial).

Un sábado por la mañana del otoño de 1984 aparecieron unas marionetas de nariz achatada en televisión. Eran los electroduendes, los «duendes de la electrónica», y hablaban un lenguaje que tomaba sus voces de la electricidad: «Se me erizan los baudios», «me tiemblan los émbolos».

Los trajo La Bola de Cristal, un programa mítico por sus chispazos creativos y transgresores en un país que, eufórico, por fin echaba a andar por las rutas desconocidas de la libertad. La Bola estrenaba una fórmula inédita hasta entonces: hablar en dos idiomas a la vez. Uno para los niños, que al parecer del guionista que los escribía, Santiago Alba Rico, «disfrutaban el sabor, la materialidad sonora y narrativa de las palabras y de los personajes», y otro que emocionaba a los adultos que reconocían entre los versos «una crítica a una transición democrática que muchos ya percibían como insuficiente o truncada».

El programa infundía también el entusiasmo tecnológico de los ochenta. Los primeros ordenadores y las maquinitas anunciaban un mundo lleno de cables y fusibles, como los que rodeaban a la mala, malísima, Bruja Avería.

Lolo Rico, la directora de La Bola, pretendía trasladar las fábulas y leyendas al nuevo mundo tecnificado. Al situar a hadas y ogros en el fin de un siglo XX que corría hacia el futuro atestado de pilas y enchufes, aspiradoras y batidoras, amplificadores y videocasetes, surgieron una especie de duendes cíborg o mejorados por la técnica: los electroduendes. Seres que, en una canción del programa, se presentaban así:

El nuevo universo en el que aterrizaron requería un lenguaje nuevo. A los sapos y culebras se unieron objetos que emitían destellos y descargas, sonidos y luz. El vocabulario de urracas y amuletos, raíces y esqueletos, debía actualizarse como un programa informático cuando se descarga la última versión.

Palabras como electroduende o librovisor fueron creadas para el programa. Otras simplemente eran tan desconocidas que parecían parte del juego. Ya existían, por ejemplo, el faradio y el culombio. Eran unidades de carga eléctrica que debían su nombre a un hombre. La primera, al físico británico Michael Faraday; la segunda, al francés Charles-Augustin de Coulomb. «A partir de esos términos electrónicos, inventamos expresiones, refranes, nuevos insultos, nuevas fórmulas», explica Alba Rico, treinta años después.

De ese propósito surgieron «vas de culombio», «de pila máster» o «estoy hasta los baudios». A ojos de 2017, estrábicos por el apagón lingüístico que producen los eufemismos y lo políticamente correcto, pudiera parecer que los creadores de La Bola no querían malear el vocabulario de los niños ni herir la sensibilidad de los adultos, pero nada quedaba más lejos de su intención. «Se trataba de trasladar, o traducir, nuestras expresiones más coloquiales a la jerga eléctrica o electrónica», indica el guionista. «Los electroduendes dicen palabrotas en su propio idioma». ¡No te funde!

A oídos de hoy, La Bola podría resultar políticamente incorrecta. No se cortaban. De sus programas salieron lemas críticos, como chispazos, hacia el sistema neoliberal que sobrevolaba el país y que los niños y adolescentes repetían como una letanía:

Aunque Alba Rico piensa que «más que una vocación subversiva, había mucha espontaneidad disruptiva». La genialidad de aquel programa que arrastraba frente al televisor a millones de personas, cada sábado por la mañana, surgió de una fusión del talento de la generación X (nacidos entre 1960 y 1980), los baby boomers (nacidos entre 1940 y 1960) y los silenciosos (nacidos entre 1920 y 1940).

A los silenciosos pertenecía la directora del programa, Lolo Rico, nacida en 1935 y fallecida el 20 de enero de 2019. «En La Bola coincidieron varias generaciones de creadores que expresaban las transformaciones culturales y políticas de la época. Es un programa de “encrucijada” en una época aún sin fraguar, en la que lo más natural era decir disparates, a veces para mal y a veces para bien».

La fusión de dos corrientes muy distintas produjo destellos brillantes en La Bola de Cristal. Ahí se unieron la movida, con su lenguaje y su actitud descarada, y el marxismo, del que surgieron los famosos versos críticos. «Fue un feliz apareamiento irrepetible entre dos corrientes condenadas a separarse enseguida: la movida oficial (frente a otras periféricas, no madrileñas) acabó en el poder, mientras que el marxismo terminó en la marginación y el olvido».

De aquel idioma eléctrico saltaron rimas incendiarias:

Y puede que esa musicalidad lingüística impregnara el lenguaje juvenil de ese afán por colocar cada sílaba para formar versos gamberros al estilo de «me piro, vampiro» o «de qué vas, Bitter Kas». Alba Rico no tiene la respuesta del origen del uso y abuso que hicieron los miembros de la generación X de las asonancias y consonancias. «Puede que las rimas estuvieran en el aire pero desde el principio estaban en mi cabeza», apunta.

Carlo Frabetti escribía alejandrinos satíricos para la sección del Librovisor. Carlos Fernández Liria armaba falsos eslóganes mitológicos, como «¡Homero, se te ha visto el plumero!». A los electroduendes Alba Rico reservaba unos pareados «claramente “terroristas”, ripios intencionadamente rechinantes que intentaban “hacer oír” lo que habitualmente no se escucha». Detrás de sus guiones, cuando los escribía, estaban el dramaturgo Bertolt Brecht y el poeta satírico Jonathan Swift. Y así, rememora, «teníamos un pie en la calle y otro en los libros».

Aquella bola por un tiempo rodó sin freno. En ella cantaban, sin pudor y sin miedo, sin remilgos ni sobreprotección, temas que decían a los niños X:

«Parece mentira, pero la única televisión que existía, la pública, era mucho más libre que las plurales e infinitas redes sociales donde ya no se puede contar un chiste», lamenta el guionista. «La combinación de leyes represivas y de tenazas políticamente correctas ha contraído enormemente el ámbito de la libertad de expresión, que hay que defender con uñas y dientes, incluso o sobre todo para quienes dicen cosas que preferiríamos no escuchar».

(Este texto pertenece al libro ‘De estraperlo a postureo’, VOX, Larousse Editorial).

Un sábado por la mañana del otoño de 1984 aparecieron unas marionetas de nariz achatada en televisión. Eran los electroduendes, los «duendes de la electrónica», y hablaban un lenguaje que tomaba sus voces de la electricidad: «Se me erizan los baudios», «me tiemblan los émbolos».

Los trajo La Bola de Cristal, un programa mítico por sus chispazos creativos y transgresores en un país que, eufórico, por fin echaba a andar por las rutas desconocidas de la libertad. La Bola estrenaba una fórmula inédita hasta entonces: hablar en dos idiomas a la vez. Uno para los niños, que al parecer del guionista que los escribía, Santiago Alba Rico, «disfrutaban el sabor, la materialidad sonora y narrativa de las palabras y de los personajes», y otro que emocionaba a los adultos que reconocían entre los versos «una crítica a una transición democrática que muchos ya percibían como insuficiente o truncada».

El programa infundía también el entusiasmo tecnológico de los ochenta. Los primeros ordenadores y las maquinitas anunciaban un mundo lleno de cables y fusibles, como los que rodeaban a la mala, malísima, Bruja Avería.

Lolo Rico, la directora de La Bola, pretendía trasladar las fábulas y leyendas al nuevo mundo tecnificado. Al situar a hadas y ogros en el fin de un siglo XX que corría hacia el futuro atestado de pilas y enchufes, aspiradoras y batidoras, amplificadores y videocasetes, surgieron una especie de duendes cíborg o mejorados por la técnica: los electroduendes. Seres que, en una canción del programa, se presentaban así:

El nuevo universo en el que aterrizaron requería un lenguaje nuevo. A los sapos y culebras se unieron objetos que emitían destellos y descargas, sonidos y luz. El vocabulario de urracas y amuletos, raíces y esqueletos, debía actualizarse como un programa informático cuando se descarga la última versión.

Palabras como electroduende o librovisor fueron creadas para el programa. Otras simplemente eran tan desconocidas que parecían parte del juego. Ya existían, por ejemplo, el faradio y el culombio. Eran unidades de carga eléctrica que debían su nombre a un hombre. La primera, al físico británico Michael Faraday; la segunda, al francés Charles-Augustin de Coulomb. «A partir de esos términos electrónicos, inventamos expresiones, refranes, nuevos insultos, nuevas fórmulas», explica Alba Rico, treinta años después.

De ese propósito surgieron «vas de culombio», «de pila máster» o «estoy hasta los baudios». A ojos de 2017, estrábicos por el apagón lingüístico que producen los eufemismos y lo políticamente correcto, pudiera parecer que los creadores de La Bola no querían malear el vocabulario de los niños ni herir la sensibilidad de los adultos, pero nada quedaba más lejos de su intención. «Se trataba de trasladar, o traducir, nuestras expresiones más coloquiales a la jerga eléctrica o electrónica», indica el guionista. «Los electroduendes dicen palabrotas en su propio idioma». ¡No te funde!

A oídos de hoy, La Bola podría resultar políticamente incorrecta. No se cortaban. De sus programas salieron lemas críticos, como chispazos, hacia el sistema neoliberal que sobrevolaba el país y que los niños y adolescentes repetían como una letanía:

Aunque Alba Rico piensa que «más que una vocación subversiva, había mucha espontaneidad disruptiva». La genialidad de aquel programa que arrastraba frente al televisor a millones de personas, cada sábado por la mañana, surgió de una fusión del talento de la generación X (nacidos entre 1960 y 1980), los baby boomers (nacidos entre 1940 y 1960) y los silenciosos (nacidos entre 1920 y 1940).

A los silenciosos pertenecía la directora del programa, Lolo Rico, nacida en 1935 y fallecida el 20 de enero de 2019. «En La Bola coincidieron varias generaciones de creadores que expresaban las transformaciones culturales y políticas de la época. Es un programa de “encrucijada” en una época aún sin fraguar, en la que lo más natural era decir disparates, a veces para mal y a veces para bien».

La fusión de dos corrientes muy distintas produjo destellos brillantes en La Bola de Cristal. Ahí se unieron la movida, con su lenguaje y su actitud descarada, y el marxismo, del que surgieron los famosos versos críticos. «Fue un feliz apareamiento irrepetible entre dos corrientes condenadas a separarse enseguida: la movida oficial (frente a otras periféricas, no madrileñas) acabó en el poder, mientras que el marxismo terminó en la marginación y el olvido».

De aquel idioma eléctrico saltaron rimas incendiarias:

Y puede que esa musicalidad lingüística impregnara el lenguaje juvenil de ese afán por colocar cada sílaba para formar versos gamberros al estilo de «me piro, vampiro» o «de qué vas, Bitter Kas». Alba Rico no tiene la respuesta del origen del uso y abuso que hicieron los miembros de la generación X de las asonancias y consonancias. «Puede que las rimas estuvieran en el aire pero desde el principio estaban en mi cabeza», apunta.

Carlo Frabetti escribía alejandrinos satíricos para la sección del Librovisor. Carlos Fernández Liria armaba falsos eslóganes mitológicos, como «¡Homero, se te ha visto el plumero!». A los electroduendes Alba Rico reservaba unos pareados «claramente “terroristas”, ripios intencionadamente rechinantes que intentaban “hacer oír” lo que habitualmente no se escucha». Detrás de sus guiones, cuando los escribía, estaban el dramaturgo Bertolt Brecht y el poeta satírico Jonathan Swift. Y así, rememora, «teníamos un pie en la calle y otro en los libros».

Aquella bola por un tiempo rodó sin freno. En ella cantaban, sin pudor y sin miedo, sin remilgos ni sobreprotección, temas que decían a los niños X:

«Parece mentira, pero la única televisión que existía, la pública, era mucho más libre que las plurales e infinitas redes sociales donde ya no se puede contar un chiste», lamenta el guionista. «La combinación de leyes represivas y de tenazas políticamente correctas ha contraído enormemente el ámbito de la libertad de expresión, que hay que defender con uñas y dientes, incluso o sobre todo para quienes dicen cosas que preferiríamos no escuchar».

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