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22 de abril 2019    /   CREATIVIDAD
por
Fotos  marcosGpunto - CDN (INAEM)

Elogio de la pereza

Reflexiones sobre el trabajo, la precariedad y la autoexplotación en un escenario

22 de abril 2019    /   CREATIVIDAD     por        Fotos  marcosGpunto - CDN (INAEM)
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DRAMATIS PERSONAE
Elena Olivieri, actriz, en su papel de entrevistada
Mar Abad, periodista, en el papel de entrevistadora

ESCENA PRIMERA

Año 2019, Madrid. Elena Olivieri abre un mail: una periodista quiere hablar con ella porque es una de las actrices de la obra de teatro ‘Elogio de la pereza’.

MAR: ¿Te parece bien si te llamo mañana y charlamos sobre la obra?

ELENA: Tengo una cita a las 12 h. Acabaré a las 13 h. Si me llamas y estoy saliendo, te devuelvo la llamada enseguida.

ESCENA SEGUNDA

13.00 horas de un viernes de invierno primaveral. Elena camina por la calle. Deprisa. Recibe una llamada. La atiende con voz de velocidad. Acuerda hablar en unos minutos. Al poco, ya en calma, la conversación transcurre como si no hubiera un teléfono por medio. Como si estuvieran en una terraza tomando un té al sol.

MAR: Elogio de la pereza parte de unas entrevistas que hicisteis a varias personas sobre su trabajo y sobre su tiempo libre. ¿Cómo fue la investigación y el proceso creativo hasta construir la obra?

ELENA: Empezamos por un círculo cercano (entrevistamos a personas conocidas) y lo fuimos ampliando hasta incluir a desconocidos que encontrábamos por la calle. Íbamos a hacer 30 entrevistas y acabamos haciendo más de 60. Hablamos con personas de todas las edades: desde adolescentes hasta octogenarios. Personas de todas las profesiones: costureras, marineras, manteros, cirujanos, dependientes de tiendas… Escuchamos lo que nos decían para transformarlo en ficción.

Después leímos las entrevistas y buscamos noticias relacionadas con el trabajo (una nos impactó tanto que acabamos incluyéndola en la obra: un padre estaba tan ocupado que olvidó a su hija dentro del coche y la niña murió). Juntamos toda la información y la directora dramaturga empezó a escribir. En los primeros ensayos nos dedicamos a improvisar y de ahí salieron más escenas.

MAR: ¿Qué queríais contar en esta obra?

ELENA: La directora, Gianina Carbunariu, se enfocó en la situación actual del trabajo: la autoexplotación, la exposición continua al trabajo a través del móvil y el mail (ese asunto aparecía en todas las entrevistas). Sufrimos una incapacidad de parar. Dedicamos la totalidad del tiempo al trabajo.

MAR: En la obra hay un Museo del Trabajo y la Explotación. ¿Qué representa?

ELENA: La acción se sitúa en un futuro optimista: es una época en la que solo se trabaja tres horas al día. El museo muestra a los espectadores cómo era el trabajo en el pasado (es decir, el trabajo de hoy). Tratamos al público como si fueran personas liberadas que visitan el museo para conocer cómo era el trabajo de sus antepasados.

MAR: Y lo que ven es que el autoesclavismo y la precariedad marcaron este presente.

ELENA: Es una de las lecturas que se podrían hacer de esta obra. La función está dividida en distintas salas del museo. En una de ellas hay un monólogo de un trabajador que va repartiendo comida rápida en su bici. Ese es el apoteosis de la autoexplotación. El personaje dice: «No puedo más… Llueve… No me dan las piernas…», pero sigue pedaleando. Estos trabajadores son autónomos. Tienen que pagarse su bicicleta, su mochila, su Seguridad Social… Les pagan la hora a cinco euros y, para colmo, desempeñan un trabajo peligroso. Las condiciones laborales están empeorando. Estamos llegando a unos límites… Una persona nos contó que en una entrevista de trabajo le preguntaron: «¿Qué estarías dispuesto a hacer por esta empresa?».

ESCENA TERCERA

Elena habla con una locuacidad admirable. La grabadora sigue recogiendo la conversación.

MAR: Elogio de la pereza visibiliza un trabajo invisible: las mujeres cuidan a sus hijos, a sus padres, a sus maridos, a todo el mundo, pero nadie lo considera un trabajo. Se toma como un deber genético: eres mujer, pues a lavar y a hacer bocadillos.

ELENA: En las entrevistas, una mujer hablaba del conflicto que le suponía tener un mes de vacaciones. Ella se ocupaba de su marido, de sus hijos, de su madre… ¿Quién cuidaría ahora de su madre? En una escena tratamos este asunto y lo llamamos «El tiempo libre». Muchas personas dedican su tiempo de descanso a cuidar a otros, a limpiar, a recoger… Es un trabajo sin remuneración y sin reconocimiento. Ni siquiera está considerado trabajo. Lo tomamos como tiempo libre. Pero en realidad no tenemos tiempo libre y, si lo tenemos, lo organizamos para hacer algo. Tenemos horror vacui: miedo a estar.

La obra era, realmente, un encuentro con el público. Muchos nos decían que se sentían demasiado representados. Una señora nos contó que, cuando se jubiló como profesora, recibió una carta del Ministerio de Educación que le decía qué hacer ahora en su tiempo libre. Incluso hay gente que enferma cuando deja de trabajar.

MAR: La falta de trabajo tampoco es un consuelo.

ELENA: En las entrevistas a personas retiradas y desempleados descubrimos que la identificación social no se produce por quién eres, sino por qué haces. Lo que haces te define. Los individuos en paro de larga duración disfrutan de mucho tiempo libre, pero, en lo social, es durísimo. Había una chica que hasta se sentía culpable. No tener un empleo es una tragedia social. No eres nadie.

MAR: Después de crear y representar esta obra, durante semanas, en el Teatro Valle-Inclán de Madrid, ¿qué sientes sobre el trabajo, la pereza y la esclavitud?

ELENA: Me quedo con dos reflexiones. La primera: ¿por qué culpamos la pobreza? En una sala de la obra hay un personaje que representa a Paul Lafargue. El autor del libro El derecho a la pereza cuenta un cuento de un hombre pobre, perezoso, que no quiere hacer nada. Los habitantes de su pueblo no pueden tolerar su desgana y lo matan. Lafargue se pregunta por qué en los ricos se acepta la pereza y en los pobres no. Hay una demonización de los pobres. Deberíamos replanteárnoslo. ¿Por qué se considera la pereza un privilegio de los ricos?

La segunda reflexión es sobre el tiempo. Hoy es muy fácil autoexplotarse. No sabemos ponernos límites. Pero tenemos un tiempo de vida limitado. Deberíamos cuestionarnos a qué dedico mi tiempo, a qué dedico mi vida. Llevo mucho tiempo dando vueltas a esta cuestión.

FIN

 

DRAMATIS PERSONAE
Elena Olivieri, actriz, en su papel de entrevistada
Mar Abad, periodista, en el papel de entrevistadora

ESCENA PRIMERA

Año 2019, Madrid. Elena Olivieri abre un mail: una periodista quiere hablar con ella porque es una de las actrices de la obra de teatro ‘Elogio de la pereza’.

MAR: ¿Te parece bien si te llamo mañana y charlamos sobre la obra?

ELENA: Tengo una cita a las 12 h. Acabaré a las 13 h. Si me llamas y estoy saliendo, te devuelvo la llamada enseguida.

ESCENA SEGUNDA

13.00 horas de un viernes de invierno primaveral. Elena camina por la calle. Deprisa. Recibe una llamada. La atiende con voz de velocidad. Acuerda hablar en unos minutos. Al poco, ya en calma, la conversación transcurre como si no hubiera un teléfono por medio. Como si estuvieran en una terraza tomando un té al sol.

MAR: Elogio de la pereza parte de unas entrevistas que hicisteis a varias personas sobre su trabajo y sobre su tiempo libre. ¿Cómo fue la investigación y el proceso creativo hasta construir la obra?

ELENA: Empezamos por un círculo cercano (entrevistamos a personas conocidas) y lo fuimos ampliando hasta incluir a desconocidos que encontrábamos por la calle. Íbamos a hacer 30 entrevistas y acabamos haciendo más de 60. Hablamos con personas de todas las edades: desde adolescentes hasta octogenarios. Personas de todas las profesiones: costureras, marineras, manteros, cirujanos, dependientes de tiendas… Escuchamos lo que nos decían para transformarlo en ficción.

Después leímos las entrevistas y buscamos noticias relacionadas con el trabajo (una nos impactó tanto que acabamos incluyéndola en la obra: un padre estaba tan ocupado que olvidó a su hija dentro del coche y la niña murió). Juntamos toda la información y la directora dramaturga empezó a escribir. En los primeros ensayos nos dedicamos a improvisar y de ahí salieron más escenas.

MAR: ¿Qué queríais contar en esta obra?

ELENA: La directora, Gianina Carbunariu, se enfocó en la situación actual del trabajo: la autoexplotación, la exposición continua al trabajo a través del móvil y el mail (ese asunto aparecía en todas las entrevistas). Sufrimos una incapacidad de parar. Dedicamos la totalidad del tiempo al trabajo.

MAR: En la obra hay un Museo del Trabajo y la Explotación. ¿Qué representa?

ELENA: La acción se sitúa en un futuro optimista: es una época en la que solo se trabaja tres horas al día. El museo muestra a los espectadores cómo era el trabajo en el pasado (es decir, el trabajo de hoy). Tratamos al público como si fueran personas liberadas que visitan el museo para conocer cómo era el trabajo de sus antepasados.

MAR: Y lo que ven es que el autoesclavismo y la precariedad marcaron este presente.

ELENA: Es una de las lecturas que se podrían hacer de esta obra. La función está dividida en distintas salas del museo. En una de ellas hay un monólogo de un trabajador que va repartiendo comida rápida en su bici. Ese es el apoteosis de la autoexplotación. El personaje dice: «No puedo más… Llueve… No me dan las piernas…», pero sigue pedaleando. Estos trabajadores son autónomos. Tienen que pagarse su bicicleta, su mochila, su Seguridad Social… Les pagan la hora a cinco euros y, para colmo, desempeñan un trabajo peligroso. Las condiciones laborales están empeorando. Estamos llegando a unos límites… Una persona nos contó que en una entrevista de trabajo le preguntaron: «¿Qué estarías dispuesto a hacer por esta empresa?».

ESCENA TERCERA

Elena habla con una locuacidad admirable. La grabadora sigue recogiendo la conversación.

MAR: Elogio de la pereza visibiliza un trabajo invisible: las mujeres cuidan a sus hijos, a sus padres, a sus maridos, a todo el mundo, pero nadie lo considera un trabajo. Se toma como un deber genético: eres mujer, pues a lavar y a hacer bocadillos.

ELENA: En las entrevistas, una mujer hablaba del conflicto que le suponía tener un mes de vacaciones. Ella se ocupaba de su marido, de sus hijos, de su madre… ¿Quién cuidaría ahora de su madre? En una escena tratamos este asunto y lo llamamos «El tiempo libre». Muchas personas dedican su tiempo de descanso a cuidar a otros, a limpiar, a recoger… Es un trabajo sin remuneración y sin reconocimiento. Ni siquiera está considerado trabajo. Lo tomamos como tiempo libre. Pero en realidad no tenemos tiempo libre y, si lo tenemos, lo organizamos para hacer algo. Tenemos horror vacui: miedo a estar.

La obra era, realmente, un encuentro con el público. Muchos nos decían que se sentían demasiado representados. Una señora nos contó que, cuando se jubiló como profesora, recibió una carta del Ministerio de Educación que le decía qué hacer ahora en su tiempo libre. Incluso hay gente que enferma cuando deja de trabajar.

MAR: La falta de trabajo tampoco es un consuelo.

ELENA: En las entrevistas a personas retiradas y desempleados descubrimos que la identificación social no se produce por quién eres, sino por qué haces. Lo que haces te define. Los individuos en paro de larga duración disfrutan de mucho tiempo libre, pero, en lo social, es durísimo. Había una chica que hasta se sentía culpable. No tener un empleo es una tragedia social. No eres nadie.

MAR: Después de crear y representar esta obra, durante semanas, en el Teatro Valle-Inclán de Madrid, ¿qué sientes sobre el trabajo, la pereza y la esclavitud?

ELENA: Me quedo con dos reflexiones. La primera: ¿por qué culpamos la pobreza? En una sala de la obra hay un personaje que representa a Paul Lafargue. El autor del libro El derecho a la pereza cuenta un cuento de un hombre pobre, perezoso, que no quiere hacer nada. Los habitantes de su pueblo no pueden tolerar su desgana y lo matan. Lafargue se pregunta por qué en los ricos se acepta la pereza y en los pobres no. Hay una demonización de los pobres. Deberíamos replanteárnoslo. ¿Por qué se considera la pereza un privilegio de los ricos?

La segunda reflexión es sobre el tiempo. Hoy es muy fácil autoexplotarse. No sabemos ponernos límites. Pero tenemos un tiempo de vida limitado. Deberíamos cuestionarnos a qué dedico mi tiempo, a qué dedico mi vida. Llevo mucho tiempo dando vueltas a esta cuestión.

FIN

 

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