6 de agosto 2012    /   IDEAS
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El único problema de la India…

6 de agosto 2012    /   IDEAS     por          
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“El apagón más grande de la historia”, “efectos catastróficos”, “600 millones de afectados”. Son algunos de los titulares que han aparecido estos días en las noticias. “El país paralizado”, “caos por falta de servicio de trenes, metro y semáforos”. “Paralización de cientos de trenes, lo que dejó varados a unos 300.000 pasajeros, y provocó la suspensión del servicio de metro de las urbes de Calcuta y Nueva Delhi, utilizado diariamente por 1,8 millones de personas solo en la capital”. Personas atrapadas, trenes parados entre montañas y bosques “sin comida ni agua, con niños pequeños y ancianos hacinados en vagones sin aire acondicionado”.

Abro el ordenador y se conecta skype. Me encuentro una amiga de aquí que vive en la India hace años. “Oye, ¿qué pasa? ¿Cómo es que tienes internet?”, le digo, “¿no dicen que hay apagones?”. “¿Apagones?”, responde, “sí, bueno… el otro día se paró el ventilador y estuvo sin funcionar cinco horas. Tuve que dejar de bailar”, (estudia danza), “¡no podía con tanto calor!”. “Pues en Europa dicen que ha sido tremendo, ¡600 millones de personas sin energía eléctrica!”. “¿Tremendo? Pero si, bueno, ¿no te acuerdas? Vamos, que es lo de siempre…”.

¿Lo de siempre? ¿Es lo de siempre? Ummmm…

Recuerdo. Hará poco menos de un año. Estaba en la India, en Delhi, trabajando en mi casa. Oscurecía y se hacía de noche. La calle se quedaba en silencio de los últimos coches pitando, pocos, unas cuantas decenas. De repente me quedo a oscuras y se para el ventilador del techo. La luz del cable del ordenador también se ha quedado a oscuras y veo que internet no funciona. Bueno, nada nuevo, pasa algunas veces. Así que hago lo que hago siempre: me echo hacia atrás en mi asiento esperando hasta que la luz vuelva. Sólo que esta vez va para largo. Tanto, tanto, que es que no vuelve.

Salgo del cuarto, bajo la escalera. En el camino me doy cuenta de que está todo el barrio a oscuras. Llego abajo y me encuentro al dueño de la casa que alquilo, que me mira con su sonrisa de siempre. “¿Qué ocurre?”, pregunto. “Nada, un… corte… un corte de… la luz”, me dice, en su mal inglés de acento hindi. “Pero esta vez tarda mucho. Quiero decir, en volver la luz. ¿Es normal? Ayer hubo otro apagón, pero la electricidad volvió pronto”. “Es… estamos… problemas con las compañías eléctricas. Hay… problemas entre los… estados”. “¿Entre los estados?”, me extraño. “Sí. La corriente que nos llega a Delhi viene… viene del estado de…” noséqué (no lo entendí, otro estado de la India), “están enfadados con Delhi porque… bueno, cuestiones políticas”, me dice sin perder la sonrisa. “Nos cortan la energía un rato, pero no te preocupes, no, vuelve pronto”.

Sus dientes blancos son lo único que se ve claro en la negrura. La noche está cayendo del todo y la neblina fina y polvorienta tan típica del invierno de Delhi se está levantando entre nosotros, sumergiendo a la ciudad en tinieblas. Qué puedo hacer, me quedo allí, charlando con el señor Ashok. Sus ojos rojizos sobre la piel oscura me miran nerviosos mientras hablan. “¿Y qué pasa con el tráfico, con las farolas, con los semáforos?”. Me respondo a mí mismo mientras lo pregunto: ¿y qué más da, si no los respetan? Si de todas formas hay atascos, embotellamientos masivos, si esta ciudad, la séptima más grande del mundo, es ya ella sola un caos. “No pasa nada”, me dice, “aquí… estamos… acostumbrados. La gente conduce con prudencia. La luz se va de vez en cuando, pero… bueno, no pasa nada…”.

Sus palabras casi no se escuchan cuando en el barrio estalla un estruendo. Parece que explota el cielo, pero en realidad es otra cosa. No me muevo de mi asiento, a eso sí estoy acostumbrado. Son tambores, pero no de guerra. “Vaya, así que tenemos boda”, le digo. “Sí, es el hijo de un vecino. Lo están trayendo a caballo”. Subo a mi cuarto, salgo a la terraza. Esto sí que no me lo pierdo. En medio de la oscuridad inmensa, un generador a gasoil montado en un camión anciano lleva entre luces al novio, vestido con un traje blanco. Me quedo allí una de media hora, asistiendo al espectáculo.

Recuerdo. Era solo un recuerdo. “En la India hay solo un problema”, empieza a decirme mi amiga. “Sí, me lo dijiste una vez”, le respondo a través del skype. “Pero no te creas que es una frase mía. Creo que la dijo un inglés, ya sabes, durante la dominación británica. Bueno, tengo que seguir bailando. Un besito, nos vemos pronto”. Cierro skype. Sonrío. Pienso mientras vuelvo al trabajo: “El único problema de la India es que…” eso, que no hay problemas. En la India nunca hay un problema.

“El apagón más grande de la historia”, “efectos catastróficos”, “600 millones de afectados”. Son algunos de los titulares que han aparecido estos días en las noticias. “El país paralizado”, “caos por falta de servicio de trenes, metro y semáforos”. “Paralización de cientos de trenes, lo que dejó varados a unos 300.000 pasajeros, y provocó la suspensión del servicio de metro de las urbes de Calcuta y Nueva Delhi, utilizado diariamente por 1,8 millones de personas solo en la capital”. Personas atrapadas, trenes parados entre montañas y bosques “sin comida ni agua, con niños pequeños y ancianos hacinados en vagones sin aire acondicionado”.

Abro el ordenador y se conecta skype. Me encuentro una amiga de aquí que vive en la India hace años. “Oye, ¿qué pasa? ¿Cómo es que tienes internet?”, le digo, “¿no dicen que hay apagones?”. “¿Apagones?”, responde, “sí, bueno… el otro día se paró el ventilador y estuvo sin funcionar cinco horas. Tuve que dejar de bailar”, (estudia danza), “¡no podía con tanto calor!”. “Pues en Europa dicen que ha sido tremendo, ¡600 millones de personas sin energía eléctrica!”. “¿Tremendo? Pero si, bueno, ¿no te acuerdas? Vamos, que es lo de siempre…”.

¿Lo de siempre? ¿Es lo de siempre? Ummmm…

Recuerdo. Hará poco menos de un año. Estaba en la India, en Delhi, trabajando en mi casa. Oscurecía y se hacía de noche. La calle se quedaba en silencio de los últimos coches pitando, pocos, unas cuantas decenas. De repente me quedo a oscuras y se para el ventilador del techo. La luz del cable del ordenador también se ha quedado a oscuras y veo que internet no funciona. Bueno, nada nuevo, pasa algunas veces. Así que hago lo que hago siempre: me echo hacia atrás en mi asiento esperando hasta que la luz vuelva. Sólo que esta vez va para largo. Tanto, tanto, que es que no vuelve.

Salgo del cuarto, bajo la escalera. En el camino me doy cuenta de que está todo el barrio a oscuras. Llego abajo y me encuentro al dueño de la casa que alquilo, que me mira con su sonrisa de siempre. “¿Qué ocurre?”, pregunto. “Nada, un… corte… un corte de… la luz”, me dice, en su mal inglés de acento hindi. “Pero esta vez tarda mucho. Quiero decir, en volver la luz. ¿Es normal? Ayer hubo otro apagón, pero la electricidad volvió pronto”. “Es… estamos… problemas con las compañías eléctricas. Hay… problemas entre los… estados”. “¿Entre los estados?”, me extraño. “Sí. La corriente que nos llega a Delhi viene… viene del estado de…” noséqué (no lo entendí, otro estado de la India), “están enfadados con Delhi porque… bueno, cuestiones políticas”, me dice sin perder la sonrisa. “Nos cortan la energía un rato, pero no te preocupes, no, vuelve pronto”.

Sus dientes blancos son lo único que se ve claro en la negrura. La noche está cayendo del todo y la neblina fina y polvorienta tan típica del invierno de Delhi se está levantando entre nosotros, sumergiendo a la ciudad en tinieblas. Qué puedo hacer, me quedo allí, charlando con el señor Ashok. Sus ojos rojizos sobre la piel oscura me miran nerviosos mientras hablan. “¿Y qué pasa con el tráfico, con las farolas, con los semáforos?”. Me respondo a mí mismo mientras lo pregunto: ¿y qué más da, si no los respetan? Si de todas formas hay atascos, embotellamientos masivos, si esta ciudad, la séptima más grande del mundo, es ya ella sola un caos. “No pasa nada”, me dice, “aquí… estamos… acostumbrados. La gente conduce con prudencia. La luz se va de vez en cuando, pero… bueno, no pasa nada…”.

Sus palabras casi no se escuchan cuando en el barrio estalla un estruendo. Parece que explota el cielo, pero en realidad es otra cosa. No me muevo de mi asiento, a eso sí estoy acostumbrado. Son tambores, pero no de guerra. “Vaya, así que tenemos boda”, le digo. “Sí, es el hijo de un vecino. Lo están trayendo a caballo”. Subo a mi cuarto, salgo a la terraza. Esto sí que no me lo pierdo. En medio de la oscuridad inmensa, un generador a gasoil montado en un camión anciano lleva entre luces al novio, vestido con un traje blanco. Me quedo allí una de media hora, asistiendo al espectáculo.

Recuerdo. Era solo un recuerdo. “En la India hay solo un problema”, empieza a decirme mi amiga. “Sí, me lo dijiste una vez”, le respondo a través del skype. “Pero no te creas que es una frase mía. Creo que la dijo un inglés, ya sabes, durante la dominación británica. Bueno, tengo que seguir bailando. Un besito, nos vemos pronto”. Cierro skype. Sonrío. Pienso mientras vuelvo al trabajo: “El único problema de la India es que…” eso, que no hay problemas. En la India nunca hay un problema.

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