25 de septiembre 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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Palabras con mucho cuento: «Embelesar»

25 de septiembre 2015    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Que vuestros sentidos, a pesar del significado de esta palabra, no se suspendan, arrebaten ni cautiven. Prestad atención a esta historia que va a comenzar y luego, cuando el relato acabe, si lo queréis, embelesaos.
Preguntaba el nieto a su abuelo, sentados los dos frente a la chimenea que caldeaba la cocina, qué era aquella música que sonaba en la radio. Era tan dulce, tan embriagadora que el niño se sentía acunado entre sus notas y los ojos se le cargaban de sueño. «Es una nana», respondió el abuelo sin apartar sus ojos de las llamas. «Y te está embelesando». El nieto, extrañado ante el cultismo que su abuelo había utilizado, quiso saber más y dejando de prestar atención durante un momento a la melodía que sonaba, preguntó al abuelo qué era aquella palabra tan rara que había pronunciado y de dónde venía.
«Si fueras pescador, zagal, ya lo sabrías», respondió el anciano. Y empezó a contar.
Cuando los peces eran tan avispados que no se dejaban atrapar y se burlaban del anzuelo que les lanzaban desde la orilla, los pescadores, poco dados a regresar con el cesto vacío de pescado a su casa, se veían obligados a usar otras artes menos nobles. Quería la naturaleza facilitarles la pesca y ponía a su disposición la belesa, una planta de la que se extraía un narcótico capaz de dormir al más pintado. Los pescadores, sabedores del poder adormecedor de la belesa, arrojaban a las aguas del río unas cuantas plantas para atontar a sus presas. Y los peces, embelesados, subían a la superficie para ser capturados sin esfuerzo por los pescadores.
«Pero eso es trampa, abuelo», respondió el nieto.
Y el abuelo, sonriendo al niño, guiñó un ojo sin decir nada más.

Que vuestros sentidos, a pesar del significado de esta palabra, no se suspendan, arrebaten ni cautiven. Prestad atención a esta historia que va a comenzar y luego, cuando el relato acabe, si lo queréis, embelesaos.
Preguntaba el nieto a su abuelo, sentados los dos frente a la chimenea que caldeaba la cocina, qué era aquella música que sonaba en la radio. Era tan dulce, tan embriagadora que el niño se sentía acunado entre sus notas y los ojos se le cargaban de sueño. «Es una nana», respondió el abuelo sin apartar sus ojos de las llamas. «Y te está embelesando». El nieto, extrañado ante el cultismo que su abuelo había utilizado, quiso saber más y dejando de prestar atención durante un momento a la melodía que sonaba, preguntó al abuelo qué era aquella palabra tan rara que había pronunciado y de dónde venía.
«Si fueras pescador, zagal, ya lo sabrías», respondió el anciano. Y empezó a contar.
Cuando los peces eran tan avispados que no se dejaban atrapar y se burlaban del anzuelo que les lanzaban desde la orilla, los pescadores, poco dados a regresar con el cesto vacío de pescado a su casa, se veían obligados a usar otras artes menos nobles. Quería la naturaleza facilitarles la pesca y ponía a su disposición la belesa, una planta de la que se extraía un narcótico capaz de dormir al más pintado. Los pescadores, sabedores del poder adormecedor de la belesa, arrojaban a las aguas del río unas cuantas plantas para atontar a sus presas. Y los peces, embelesados, subían a la superficie para ser capturados sin esfuerzo por los pescadores.
«Pero eso es trampa, abuelo», respondió el nieto.
Y el abuelo, sonriendo al niño, guiñó un ojo sin decir nada más.

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