Publicado: 14 de marzo 2023 09:29  /   IDEAS
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¿Quieres demostrar que lo harás bien, aun siendo mujer? Empieza por sentir rabia

Publicado: 14 de marzo 2023 09:29  /   IDEAS     por          
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Emma Vallespinós

Resulta que eso que nos pasa a muchas mujeres, ese complejo de inferioridad que llamamos inseguridad y otros denominan síndrome del impostor, no es una cuestión de carácter, sino de educación. Es lo que el patriarcado lleva siglos enseñándonos, no es algo con lo que nacemos.

Y abrir los ojos, de repente, ante tal revelación, enfada, molesta, incomoda y da rabia, mucha rabia. Primero, por no haber sido conscientes de eso hasta ahora. Y segundo, porque estamos ya tan tocadas que la rehabilitación se nos presenta como una tarea muy muy complicada.

LA NECESIDAD DE SENTIR RABIA

Lo de la rabia es algo que la periodista Emma Vallespinós, autora de No lo haré bien (Arpa, 2023), considera que tiene un punto liberador. Ese es el objetivo que buscaba al escribir este ensayo, que nos enfademos juntas, porque es el primer paso necesario para empezar a cambiar las cosas. «La rabia es una herramienta muy muy útil porque abre ojos». La rabia bien canalizada, puntualiza. Esa que se llega a sentir con casos como la primera sentencia de la Manada y el despertar masivo que provocó aquel 8M de 2018, hechos que, a ella, reconoce, le abrieron los ojos.

«Yo tenía un feminismo más pacífico, menos beligerante, y todas estas cosas que nos han sucedido me han hecho despertar, y reflexionar y darme cuenta de que estas cosas no se pueden permitir. Que las hemos estado tolerando porque nos da mucho miedo ser las feministas pesadas, que nunca están satisfechas… Y el mensaje que nos lanzan es “bueno, ya habéis conseguido muchas cosas”. A mí este mensaje me pone nerviosísima. Siempre se nos pide paciencia, tranquilidad… Hacer las cosas desde la manera modélica, cuando a ningún movimiento se le ha pedido esto».

Por eso, opina, es fundamental «luchar por lo que creemos y por lo que merecemos, y, sobre todo, denunciar que ya no vamos a consentir. Sí es posible que nos llamen rabiosas, pero una de las cosas que he aprendido es a hacer oídos sordos a todo eso. ¿Que les chincha? Pues mejor».

Emma Vallespinós
Foto: Patricia J. Garcinuño

EL SÍNDROME DEL IMPOSTOR ES FEMENINO

El síndrome del impostor podría definirse como ese miedo irracional a pensar que todo lo bueno que te sucede, por ejemplo, en tu carrera profesional, es por casualidad y no por tu valía. Y sí, también lo sufren los hombres, pero en el caso de las mujeres, explica Vallespinós, es algo aprendido desde niñas. Lo asumieron nuestras abuelas, que se lo transmitieron a nuestras madres, ellas a nosotras y nosotras, maldita sea, puede que sigamos transmitiéndolo a nuestras hijas.

«Sí, esa es una de las cosas que me da más rabia, y sí creo que tenemos que fijarnos en esto y ser cuidadosas». Al final, todas nos movemos según el ejemplo que recibimos y lo que se nos ha transmitido hasta ahora son un montón de inseguridades. Toca poner fin a esta cadena.

[pullquote]«Las expectativas de los demás pesan y nos presionan, pero pesan aún más las propias expectativas, el nunca bajar el listón, ir siempre con la lengua fuera para llegar a todo»[/pullquote]

Para empezar, deberíamos asumir que todos nos equivocamos, que el error forma parte del aprendizaje y del crecimiento personal. Y que no pasa nada, NADA, si algo no sale bien a la primera. El problema es que, si en un hombre puede ser un problema, en una mujer es inadmisible. «Tengo derecho a no ser brillante», afirma Vallespinós en su ensayo. Y esta afirmación deberíamos grabárnosla a fuego las mujeres. Pero no es fácil aceptar que no somos perfectas. El error nos da miedo, es algo que no nos podemos permitir. Y pocas son las que están libres de ese temor, incluida la propia autora del ensayo.

«Las expectativas de los demás pesan y nos presionan, pero pesan aún más las propias expectativas, el nunca bajar el listón, ir siempre con la lengua fuera para llegar a todo. Eso es ponernos palos en las ruedas. Y es un ideal imposible, nunca vamos a llegar a la perfección absoluta. Pero tenemos esa necesidad uno, de no fallar; y dos, de estar siempre con unas expectativas altísimas que son siempre imposibles de cumplir».

LA IMPORTANCIA DE LOS REFERENTES

Pero, claro, cómo aspirar a ser algo distinto si nos faltan referentes. ¿Qué niña quería ser futbolista, hasta que llegó Alexia Putellas? ¿O cómo querer ser científica si los premios Nobel son hombres? Afortunadamente, algo empieza a cambiar, pero no es suficiente. ¿Cuándo empezaremos a ver fontaneras, albañilas y mecánicas?

«Yo tengo claro que, si no existe, no puedes aspirar a ello porque si no has visto un referente, no querrás serlo tú también», corrobora Emma Vallespinós.

«Yo tengo clarísimo que el síndrome de la impostora es tan común en nuestra generación porque nos faltaba el referente completamente. En la tele de los 80, por ejemplo, no estaban ellas. Si estaban, era como mujeres florero. Lo demás eran todo hombres: el presidente del gobierno, el de la Generalitat, el del Barça, el futbolista, el bombero… Todos esos eran señores: el corresponsal, el que opinaba… los importantes. Y eso nos ha generado una falta de referentes de vernos en lo público. Porque el síndrome de la impostora, en el ámbito privado, en el doméstico, no nos pasa. Nos pasa cuando nos toca vernos en esas cosas en las que nunca hemos estado, en las expertas vulcanólogas que no quieren aparecer en las entrevistas».

Cuando la erupción del volcán de Cumbre Vieja, un programa de la cadena de televisión catalana trató de buscar vulcanólogas para que explicaran la situación. No consiguieron encontrar a ninguna que quisiera hacer declaraciones en público. Una vez más, se imponía el miedo. De nuevo la inseguridad, otra vez el maldito síndrome del impostor.

[pullquote]«Yo tengo claro que, si no existe, no puedes aspirar a ello porque si no has visto un referente, no querrás serlo tú también»[/pullquote]

Ese deseo de no destacar para no ser acusadas de sabiondas, de marisabidillas, y ahorrarse el señalamiento social, está detrás también de las niñas con altas capacidades. Está demostrado que detectar a estas chicas es mucho más difícil que en el caso de los niños porque tienden a ocultar su inteligencia. Es lo que se conoce como síndrome de la abeja reina. «Esto me parece tremendo —corrobora la autora de No lo haré bien—. Comentándolo con muchas compañeras, muchas me han dicho “pues es verdad que yo en clase no quería participar… ”. Y eso es porque nos han faltado referentes a punta pala».

«Tengo mucha esperanza en las generaciones de nuestros hijos, de nuestras hijas en este caso, porque ellas sí que lo están viendo. Ya ven que hay políticas, ministras, científicas, mujeres importantes explicando cosas, expertas… Y eso es básico para entender que tú también puedes».

Para que destaquen esos nuevos referentes es necesario que las mujeres conquistemos el espacio público. Históricamente se nos ha arrinconada al espacio privado. Es fundamental que se nos reconozca como iguales en esos terrenos hasta el momento dominados por hombres: la política, la dirección empresarial, la presencia de expertas en cualquier materia al mismo nivel que lo están sus compañeros. De ahí la importancia de leyes como la recientemente anunciada por el presidente del Gobierno sobre la paridad en la política, la Administración y la empresa.

«Ahora mismo, tal y como está el panorama, si no fuera por esto no nos verían», justifica la necesidad de este tipo de leyes la periodista. «No nos ven, no nos escogen, no pasa por su cabeza. Las mujeres con poder son la excepción. Ojalá en algunos años esto no haga falta, pero ahora mismo, si no lo exigimos, no van a contar con nosotras».

Emma Vallespinós

NO HAY JEFA BUENA

Sí, es cierto, cada vez oímos hablar más de ministras y de gerentes de grandes empresas, pero si ponemos en una balanza a mujeres y a hombres en estos puestos de poder, ¿hacia dónde se inclinaría?

Y si observamos bien el comportamiento de ellas en estos puestos, comprobaremos que muchas asumen roles masculinos a la hora de ejercer el mando. «Como nos da miedo hacerlo distinto, como no ha habido modelos y no queremos que se nos ponga en duda, no queremos hacer cosas muy extrañas por el miedo al qué pasará; tendemos a hacerlo a la manera de ellos», confirma Vallespinós. «Nos olvidamos de que quizá haya una manera propia de ser política, de ser jefa». Una vez más, golpea el martillo del cuestionamiento, y eso, paraliza.

Seguramente, afirma la periodista, todo irá cambiando poco a poco, a medida que esos referentes femeninos en puestos de poder sean cada vez más numerosos, pero reconoce que nos queda aún mucho trabajo de pico y pala. «Tampoco nos lo pondrán fácil, porque no quieren perder las posiciones privilegiadas. El privilegio y el poder es una tarta superapetitosa, pero es una tarta que hay que compartir. Y a medida que vayamos estando en sitios no como invitadas o como la excepción, va a empezar a ser todo mucho más hostil».

De hecho, ya se ve. Sigue aún muy presente la imagen de una jefa como alguien perverso. Lo que en ellos es un signo de autoridad, en nosotras es un sinónimo de hijas de puta. Somos siempre cuestionadas y tildadas de soberbias, de rancias, de bordes. Como si fuera obligatorio, por el hecho de haber nacido mujer, ser majísima, amorosísima, ejemplar y modélica. No se nos permite tomar decisiones, poner límites, dictar normas. Si lo hacemos, somos antipáticas, unas chungas.

[pullquote]«Se nos exige que seamos seres de luz y no, también podemos ser unas hijas de puta, es nuestro derecho también ser malas»[/pullquote]

«A los jefes se les ha presupuesto una serie de cosas porque eran señores, y podían ser bordes, muy serios, muy de cerrar puertas y no dejar entrar…, pero a ellas no. A ellas se las exige que sean perfectas, lo de siempre; unas jefas ejemplares: que no levanten la voz, que no molesten, que pasen un poco desapercibidas. Que manden, pero que no se les note mucho que son las jefas». Y, por supuesto, estaba en las funciones de una jefa atacar a sus contrincantes femeninas. La rivalidad entre mujeres viene de serie.

«Este imaginario tan de hombre de que nosotras somos superarpías entre nosotras… Se nos exige que seamos seres de luz y no, también podemos ser unas hijas de puta, es nuestro derecho también ser malas», se reafirma la autora de No lo haré bien. «En cierto modo, nos transmitieron que esa era la manera que teníamos de relacionarnos entre nosotras, la desconfianza y el “te la va a pegar, qué arpía, qué trepa”.

¿Pero cómo debería ejercerse el poder femenino?, ¿cómo no repetir esos roles masculinos que mencionábamos antes? Lo cierto es que nos falta bagaje. «Y entiendo que debe generar un pavor increíble, porque todas las mujeres políticas que hay ahora mismo en el gobierno, todas, son permanentemente cuestionadas: desde su juventud a sus decisiones. Mira los ataques que sufrió Nadia Calviño cuando decidió que no posaría en un photocall solo con hombres. Y esa sí podría ser una decisión que podría ser propia de una mujer gobernando».

También la generosidad, la comprensión, el saber confiar en la valía de sus trabajadores. «En la confianza, el otro se crece, y saber mandar es saber ver qué te puede dar cada uno, qué talentos tiene cada uno». Pero, tranquilas, aprenderemos, siempre hemos aprendido. «Yo creo que va a ser todo prueba y error», pronostica la periodista.

EDUCAR EN EL FEMINISMO

¿Cómo podemos, mientras vamos abriéndonos paso en ese espacio público que nos ha estado vedado, transformar la sociedad desde abajo? Emma Vallespinós lo tiene claro: educando también a los niños en el feminismo. Eso es lo que hará cambiar la mirada de cómo nos veremos y de cómo nos verán. Porque, como dice la autora en su ensayo, «nos construimos, también, a través de la mirada del otro: de lo que se espera de nosotras, de la confianza que se nos deposita, de cómo se nos juzga».

«Yo tengo niño y niña —explica—. Con la niña yo tenía cosas muy claras, y con el niño, que es el pequeño, me empezaron a sorprender ciertas cosas que, para empezar, yo no tenía interiorizadas. Es verdad que mi hijo jugaba a las cocinitas y a las muñecas, y quería salir a la calle con el carrito del bebé, y yo nunca le dije que no. Pero había gente que me decía: “¿de verdad que le vas a dejar salir así?”. O el caso del carnaval en el colegio de mis hijos que cuento en el libro».

El tema de aquel carnaval escolar fue las pintoras. No se les exigía vestirse de mujeres artistas, bastaba con que se disfrazaran, por ejemplo, de una obra de arte pintada por una mujer. Hablamos de niños de diez años que se prefirieron desfilar en chándal, «con las manos en los bolsillos, en actitud desafiante», describe la periodista. Sin embargo, las niñas no tuvieron ningún problema en disfrazarse de Dalí, con sus bigotes bien puestos y con total normalidad.

«Con las niñas tenemos muy claro lo que tenemos que hacer, pero con los niños yo creo que es donde nos la jugamos muchísimo. Yo creo que ahí hay que tener una maternidad y una paternidad muy activos, muy de estar alerta de lo que les transmitimos. Cosas básicas que parecen enormes como el consentimiento. Eso ya se puede enseñar en la infancia: no des un beso sin pedir permiso primero, pregunta si puedes abrazar a esta niña o a este compañero, y que ellos reciban lo mismo. Aquí hay que ser muy claros».

[pullquote]«Nos construimos, también, a través de la mirada del otro: de lo que se espera de nosotras, de la confianza que se nos deposita, de cómo se nos juzga»[/pullquote]

No es lo único: llevarlos a las manifestaciones, por ejemplo, hacerles formar parte de todo lo que eso conlleva, les hará sentirse uno más del equipo. «Eso tiene sus frutos porque aprenden a identificar sexismo y otras violencias. Y es lo que tenemos que hacer, porque sin ellos… Estos niños serán adolescentes en cinco años y no queremos encontrarnos con lo que está habiendo ya, con esos datos terribles de chavales que niegan la existencia de la violencia machista».

Vallespinós cree que esas conductas negativas se aprenden en ciertos discursos muy tóxicos de ciertos streamers que circulan en redes sociales como TikTok y que se hacen tremendamente virales. «Y por la ultraderecha, que vive a base de bulos y de mensajes tóxicos que, al final, les acaban llegando. Y si son chavales que, por otra parte, afirman que no les interesa estar informados, ni leer un periódico, ni escuchar un boletín informativo, solo reciben una parte del mensaje: el de ellas mienten, feminazis, que el Gobierno solo gobierna para las mujeres… Eso, si nadie se lo contradice, acaban asumiéndolo como suyo».

Costará, claro que costará. Debemos empezar, sin embargo, por hablarnos a nosotras mismas de otra manera. Asumir que somos igual de válidas que ellos, que no es cierto lo que el patriarcado nos ha hecho creer. Para ello, además de abrazar la rabia, debemos ser tozudas, como nos invita la propia Vallespinós en su ensayo.

«Que nos demos la bienvenida en todos los lugares que no nos quieren. Que convirtamos su hostilidad en un felpudo en el que limpiarnos los pies. Y que nos apliquemos el cuento con nosotras mismas. Tenemos que echar a la voz de la impostura por inepta. Plantarle cara». Para conseguirlo, basta con dar un primer paso.

Resulta que eso que nos pasa a muchas mujeres, ese complejo de inferioridad que llamamos inseguridad y otros denominan síndrome del impostor, no es una cuestión de carácter, sino de educación. Es lo que el patriarcado lleva siglos enseñándonos, no es algo con lo que nacemos.

Y abrir los ojos, de repente, ante tal revelación, enfada, molesta, incomoda y da rabia, mucha rabia. Primero, por no haber sido conscientes de eso hasta ahora. Y segundo, porque estamos ya tan tocadas que la rehabilitación se nos presenta como una tarea muy muy complicada.

LA NECESIDAD DE SENTIR RABIA

Lo de la rabia es algo que la periodista Emma Vallespinós, autora de No lo haré bien (Arpa, 2023), considera que tiene un punto liberador. Ese es el objetivo que buscaba al escribir este ensayo, que nos enfademos juntas, porque es el primer paso necesario para empezar a cambiar las cosas. «La rabia es una herramienta muy muy útil porque abre ojos». La rabia bien canalizada, puntualiza. Esa que se llega a sentir con casos como la primera sentencia de la Manada y el despertar masivo que provocó aquel 8M de 2018, hechos que, a ella, reconoce, le abrieron los ojos.

«Yo tenía un feminismo más pacífico, menos beligerante, y todas estas cosas que nos han sucedido me han hecho despertar, y reflexionar y darme cuenta de que estas cosas no se pueden permitir. Que las hemos estado tolerando porque nos da mucho miedo ser las feministas pesadas, que nunca están satisfechas… Y el mensaje que nos lanzan es “bueno, ya habéis conseguido muchas cosas”. A mí este mensaje me pone nerviosísima. Siempre se nos pide paciencia, tranquilidad… Hacer las cosas desde la manera modélica, cuando a ningún movimiento se le ha pedido esto».

Por eso, opina, es fundamental «luchar por lo que creemos y por lo que merecemos, y, sobre todo, denunciar que ya no vamos a consentir. Sí es posible que nos llamen rabiosas, pero una de las cosas que he aprendido es a hacer oídos sordos a todo eso. ¿Que les chincha? Pues mejor».

Emma Vallespinós
Foto: Patricia J. Garcinuño

EL SÍNDROME DEL IMPOSTOR ES FEMENINO

El síndrome del impostor podría definirse como ese miedo irracional a pensar que todo lo bueno que te sucede, por ejemplo, en tu carrera profesional, es por casualidad y no por tu valía. Y sí, también lo sufren los hombres, pero en el caso de las mujeres, explica Vallespinós, es algo aprendido desde niñas. Lo asumieron nuestras abuelas, que se lo transmitieron a nuestras madres, ellas a nosotras y nosotras, maldita sea, puede que sigamos transmitiéndolo a nuestras hijas.

«Sí, esa es una de las cosas que me da más rabia, y sí creo que tenemos que fijarnos en esto y ser cuidadosas». Al final, todas nos movemos según el ejemplo que recibimos y lo que se nos ha transmitido hasta ahora son un montón de inseguridades. Toca poner fin a esta cadena.

[pullquote]«Las expectativas de los demás pesan y nos presionan, pero pesan aún más las propias expectativas, el nunca bajar el listón, ir siempre con la lengua fuera para llegar a todo»[/pullquote]

Para empezar, deberíamos asumir que todos nos equivocamos, que el error forma parte del aprendizaje y del crecimiento personal. Y que no pasa nada, NADA, si algo no sale bien a la primera. El problema es que, si en un hombre puede ser un problema, en una mujer es inadmisible. «Tengo derecho a no ser brillante», afirma Vallespinós en su ensayo. Y esta afirmación deberíamos grabárnosla a fuego las mujeres. Pero no es fácil aceptar que no somos perfectas. El error nos da miedo, es algo que no nos podemos permitir. Y pocas son las que están libres de ese temor, incluida la propia autora del ensayo.

«Las expectativas de los demás pesan y nos presionan, pero pesan aún más las propias expectativas, el nunca bajar el listón, ir siempre con la lengua fuera para llegar a todo. Eso es ponernos palos en las ruedas. Y es un ideal imposible, nunca vamos a llegar a la perfección absoluta. Pero tenemos esa necesidad uno, de no fallar; y dos, de estar siempre con unas expectativas altísimas que son siempre imposibles de cumplir».

LA IMPORTANCIA DE LOS REFERENTES

Pero, claro, cómo aspirar a ser algo distinto si nos faltan referentes. ¿Qué niña quería ser futbolista, hasta que llegó Alexia Putellas? ¿O cómo querer ser científica si los premios Nobel son hombres? Afortunadamente, algo empieza a cambiar, pero no es suficiente. ¿Cuándo empezaremos a ver fontaneras, albañilas y mecánicas?

«Yo tengo claro que, si no existe, no puedes aspirar a ello porque si no has visto un referente, no querrás serlo tú también», corrobora Emma Vallespinós.

«Yo tengo clarísimo que el síndrome de la impostora es tan común en nuestra generación porque nos faltaba el referente completamente. En la tele de los 80, por ejemplo, no estaban ellas. Si estaban, era como mujeres florero. Lo demás eran todo hombres: el presidente del gobierno, el de la Generalitat, el del Barça, el futbolista, el bombero… Todos esos eran señores: el corresponsal, el que opinaba… los importantes. Y eso nos ha generado una falta de referentes de vernos en lo público. Porque el síndrome de la impostora, en el ámbito privado, en el doméstico, no nos pasa. Nos pasa cuando nos toca vernos en esas cosas en las que nunca hemos estado, en las expertas vulcanólogas que no quieren aparecer en las entrevistas».

Cuando la erupción del volcán de Cumbre Vieja, un programa de la cadena de televisión catalana trató de buscar vulcanólogas para que explicaran la situación. No consiguieron encontrar a ninguna que quisiera hacer declaraciones en público. Una vez más, se imponía el miedo. De nuevo la inseguridad, otra vez el maldito síndrome del impostor.

[pullquote]«Yo tengo claro que, si no existe, no puedes aspirar a ello porque si no has visto un referente, no querrás serlo tú también»[/pullquote]

Ese deseo de no destacar para no ser acusadas de sabiondas, de marisabidillas, y ahorrarse el señalamiento social, está detrás también de las niñas con altas capacidades. Está demostrado que detectar a estas chicas es mucho más difícil que en el caso de los niños porque tienden a ocultar su inteligencia. Es lo que se conoce como síndrome de la abeja reina. «Esto me parece tremendo —corrobora la autora de No lo haré bien—. Comentándolo con muchas compañeras, muchas me han dicho “pues es verdad que yo en clase no quería participar… ”. Y eso es porque nos han faltado referentes a punta pala».

«Tengo mucha esperanza en las generaciones de nuestros hijos, de nuestras hijas en este caso, porque ellas sí que lo están viendo. Ya ven que hay políticas, ministras, científicas, mujeres importantes explicando cosas, expertas… Y eso es básico para entender que tú también puedes».

Para que destaquen esos nuevos referentes es necesario que las mujeres conquistemos el espacio público. Históricamente se nos ha arrinconada al espacio privado. Es fundamental que se nos reconozca como iguales en esos terrenos hasta el momento dominados por hombres: la política, la dirección empresarial, la presencia de expertas en cualquier materia al mismo nivel que lo están sus compañeros. De ahí la importancia de leyes como la recientemente anunciada por el presidente del Gobierno sobre la paridad en la política, la Administración y la empresa.

«Ahora mismo, tal y como está el panorama, si no fuera por esto no nos verían», justifica la necesidad de este tipo de leyes la periodista. «No nos ven, no nos escogen, no pasa por su cabeza. Las mujeres con poder son la excepción. Ojalá en algunos años esto no haga falta, pero ahora mismo, si no lo exigimos, no van a contar con nosotras».

Emma Vallespinós

NO HAY JEFA BUENA

Sí, es cierto, cada vez oímos hablar más de ministras y de gerentes de grandes empresas, pero si ponemos en una balanza a mujeres y a hombres en estos puestos de poder, ¿hacia dónde se inclinaría?

Y si observamos bien el comportamiento de ellas en estos puestos, comprobaremos que muchas asumen roles masculinos a la hora de ejercer el mando. «Como nos da miedo hacerlo distinto, como no ha habido modelos y no queremos que se nos ponga en duda, no queremos hacer cosas muy extrañas por el miedo al qué pasará; tendemos a hacerlo a la manera de ellos», confirma Vallespinós. «Nos olvidamos de que quizá haya una manera propia de ser política, de ser jefa». Una vez más, golpea el martillo del cuestionamiento, y eso, paraliza.

Seguramente, afirma la periodista, todo irá cambiando poco a poco, a medida que esos referentes femeninos en puestos de poder sean cada vez más numerosos, pero reconoce que nos queda aún mucho trabajo de pico y pala. «Tampoco nos lo pondrán fácil, porque no quieren perder las posiciones privilegiadas. El privilegio y el poder es una tarta superapetitosa, pero es una tarta que hay que compartir. Y a medida que vayamos estando en sitios no como invitadas o como la excepción, va a empezar a ser todo mucho más hostil».

De hecho, ya se ve. Sigue aún muy presente la imagen de una jefa como alguien perverso. Lo que en ellos es un signo de autoridad, en nosotras es un sinónimo de hijas de puta. Somos siempre cuestionadas y tildadas de soberbias, de rancias, de bordes. Como si fuera obligatorio, por el hecho de haber nacido mujer, ser majísima, amorosísima, ejemplar y modélica. No se nos permite tomar decisiones, poner límites, dictar normas. Si lo hacemos, somos antipáticas, unas chungas.

[pullquote]«Se nos exige que seamos seres de luz y no, también podemos ser unas hijas de puta, es nuestro derecho también ser malas»[/pullquote]

«A los jefes se les ha presupuesto una serie de cosas porque eran señores, y podían ser bordes, muy serios, muy de cerrar puertas y no dejar entrar…, pero a ellas no. A ellas se las exige que sean perfectas, lo de siempre; unas jefas ejemplares: que no levanten la voz, que no molesten, que pasen un poco desapercibidas. Que manden, pero que no se les note mucho que son las jefas». Y, por supuesto, estaba en las funciones de una jefa atacar a sus contrincantes femeninas. La rivalidad entre mujeres viene de serie.

«Este imaginario tan de hombre de que nosotras somos superarpías entre nosotras… Se nos exige que seamos seres de luz y no, también podemos ser unas hijas de puta, es nuestro derecho también ser malas», se reafirma la autora de No lo haré bien. «En cierto modo, nos transmitieron que esa era la manera que teníamos de relacionarnos entre nosotras, la desconfianza y el “te la va a pegar, qué arpía, qué trepa”.

¿Pero cómo debería ejercerse el poder femenino?, ¿cómo no repetir esos roles masculinos que mencionábamos antes? Lo cierto es que nos falta bagaje. «Y entiendo que debe generar un pavor increíble, porque todas las mujeres políticas que hay ahora mismo en el gobierno, todas, son permanentemente cuestionadas: desde su juventud a sus decisiones. Mira los ataques que sufrió Nadia Calviño cuando decidió que no posaría en un photocall solo con hombres. Y esa sí podría ser una decisión que podría ser propia de una mujer gobernando».

También la generosidad, la comprensión, el saber confiar en la valía de sus trabajadores. «En la confianza, el otro se crece, y saber mandar es saber ver qué te puede dar cada uno, qué talentos tiene cada uno». Pero, tranquilas, aprenderemos, siempre hemos aprendido. «Yo creo que va a ser todo prueba y error», pronostica la periodista.

EDUCAR EN EL FEMINISMO

¿Cómo podemos, mientras vamos abriéndonos paso en ese espacio público que nos ha estado vedado, transformar la sociedad desde abajo? Emma Vallespinós lo tiene claro: educando también a los niños en el feminismo. Eso es lo que hará cambiar la mirada de cómo nos veremos y de cómo nos verán. Porque, como dice la autora en su ensayo, «nos construimos, también, a través de la mirada del otro: de lo que se espera de nosotras, de la confianza que se nos deposita, de cómo se nos juzga».

«Yo tengo niño y niña —explica—. Con la niña yo tenía cosas muy claras, y con el niño, que es el pequeño, me empezaron a sorprender ciertas cosas que, para empezar, yo no tenía interiorizadas. Es verdad que mi hijo jugaba a las cocinitas y a las muñecas, y quería salir a la calle con el carrito del bebé, y yo nunca le dije que no. Pero había gente que me decía: “¿de verdad que le vas a dejar salir así?”. O el caso del carnaval en el colegio de mis hijos que cuento en el libro».

El tema de aquel carnaval escolar fue las pintoras. No se les exigía vestirse de mujeres artistas, bastaba con que se disfrazaran, por ejemplo, de una obra de arte pintada por una mujer. Hablamos de niños de diez años que se prefirieron desfilar en chándal, «con las manos en los bolsillos, en actitud desafiante», describe la periodista. Sin embargo, las niñas no tuvieron ningún problema en disfrazarse de Dalí, con sus bigotes bien puestos y con total normalidad.

«Con las niñas tenemos muy claro lo que tenemos que hacer, pero con los niños yo creo que es donde nos la jugamos muchísimo. Yo creo que ahí hay que tener una maternidad y una paternidad muy activos, muy de estar alerta de lo que les transmitimos. Cosas básicas que parecen enormes como el consentimiento. Eso ya se puede enseñar en la infancia: no des un beso sin pedir permiso primero, pregunta si puedes abrazar a esta niña o a este compañero, y que ellos reciban lo mismo. Aquí hay que ser muy claros».

[pullquote]«Nos construimos, también, a través de la mirada del otro: de lo que se espera de nosotras, de la confianza que se nos deposita, de cómo se nos juzga»[/pullquote]

No es lo único: llevarlos a las manifestaciones, por ejemplo, hacerles formar parte de todo lo que eso conlleva, les hará sentirse uno más del equipo. «Eso tiene sus frutos porque aprenden a identificar sexismo y otras violencias. Y es lo que tenemos que hacer, porque sin ellos… Estos niños serán adolescentes en cinco años y no queremos encontrarnos con lo que está habiendo ya, con esos datos terribles de chavales que niegan la existencia de la violencia machista».

Vallespinós cree que esas conductas negativas se aprenden en ciertos discursos muy tóxicos de ciertos streamers que circulan en redes sociales como TikTok y que se hacen tremendamente virales. «Y por la ultraderecha, que vive a base de bulos y de mensajes tóxicos que, al final, les acaban llegando. Y si son chavales que, por otra parte, afirman que no les interesa estar informados, ni leer un periódico, ni escuchar un boletín informativo, solo reciben una parte del mensaje: el de ellas mienten, feminazis, que el Gobierno solo gobierna para las mujeres… Eso, si nadie se lo contradice, acaban asumiéndolo como suyo».

Costará, claro que costará. Debemos empezar, sin embargo, por hablarnos a nosotras mismas de otra manera. Asumir que somos igual de válidas que ellos, que no es cierto lo que el patriarcado nos ha hecho creer. Para ello, además de abrazar la rabia, debemos ser tozudas, como nos invita la propia Vallespinós en su ensayo.

«Que nos demos la bienvenida en todos los lugares que no nos quieren. Que convirtamos su hostilidad en un felpudo en el que limpiarnos los pies. Y que nos apliquemos el cuento con nosotras mismas. Tenemos que echar a la voz de la impostura por inepta. Plantarle cara». Para conseguirlo, basta con dar un primer paso.

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