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12 de agosto 2014    /   IDEAS
por
 

Emociones naturales

12 de agosto 2014    /   IDEAS     por          
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Desconcierta que una persona exprese sus emociones fuera de la costumbre y lo que enseñan las películas y las series.

El edificio era tan nuevo que aún quedaban operarios rematándolo por dentro y por fuera. Los dueños de los pisos entraban y salían con ideas para decorarlo y una lista de desperfectos. Yo era uno de esos ilusionados propietarios que con regla extensible había tomado medidas para cerrar el balcón y evitar que las gatas se precipitaran desde la quinta planta.
Era cerca de las siete de la tarde de un viernes y salí del piso porque pronto se iría la luz. Monté en el ascensor que se cerró, pero no bajó. (Más adelante supe que el ascensor estaba en pruebas, como tantas cosas en aquel edificio). Pulsé el botón para abrir, para subir y para bajar, pero ninguno funcionó. Cogí el teléfono de emergencias y una locución femenina me indicó que el teléfono solo funcionaba en caso de emergencia. Quise llamar a mi mujer, pero no tenía cobertura telefónica ni datos para enviar un mensaje de WhatsApp contando la situación. Me sentía contrariado. Nada más.
En ese momento pensé que sería cuestión de tiempo que mi mujer llamara a mi madre para preguntar por mí y que pensaría que quizá estaría en el piso. Abrí en el móvil la versión digital de El curioso incidente del perro a medianoche.
El ascensor emitía pitidos. Una persona intentaba usarlo. Mi primera reacción fue mantenerme callado por un extraño pudor. No quería convertirme en «el vecino que se quedó encerrado en el ascensor». Cuando la persona insistió en llamar al ascensor alcé la voz:
—¡No funciona; está estropeado!
La voz se transmitió por el hueco del ascensor.
—¿Estás encerrado! —dijo una mujer joven.
—¡Si! —aumentado la sensación de bochorno.
—¿Dónde!
—¡En la quinta planta!
—¡Espera!
Pasados dos minutos, la vecina me habló al otro lado de la puerta:
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Estás tranquilo?
—Sí.
—Espera, voy a ver si hay alguien de la obra…
Pasados unos minutos la vecina volvió con otro vecino que, como los demás, aún no estaba instalado.
—¿Estás bien? —el vecino al otro lado.
—Sí.
—¿Estás tranquilo?
—Sí.
—Voy a llamar a mantenimiento… —y llamó—. Estarán en media hora.
Durante la espera, que pasó de la media hora otros dos vecinos que se interesaron por mí. Allí estábamos todos los que habíamos ido esa tarde a echar un vistazo al piso.
—¿Estás bien? —cada uno de los vecinos, al otro lado.
—Sí.
—¿Estás tranquilo?
—Aburrido.
Al otro lado, un momento de silencio.
—¿Aburrido? —al otro lado.
—Sí.
—¿De verdad que estás tranquilo?
—Estoy tranquilo y aburrido.
Dije que estaba aburrido otras seis o siete veces a los tres o cuatro vecinos. Me pregunté por qué desconcertaba que estuviera aburrido en lugar de angustiado o pegando gritos. La situación carecía de peligro. Me pregunté qué culpa tenían las películas y las series en la apreciación sobre lo que era un emoción aceptable.
Aquel momento me recordó a los ejercicios que propongo a los alumnos de los talleres de guión. Las escenas resultantes suelen estár llenas de clichés. Por ejemplo, que una mujer a la que han dicho que ha muerto su marido, tira a manotazos todo lo que encuentra a su paso o arrastra la espalda por la pared. O una persona cuya relación acaba de terminar toma alcohol entre lágrimas hasta reventar. O que un personaje encerrado en un ascensor se angustia como si estuviera entre fuego cruzado en el Golfo Pérsico.
—¿No estás asustado?
—Aburrido.
—Es para asustarse.
Sin embargo, aún no he visto a una mujer arrastrando la espalda por la pared ante una noticia luctuosa. En un caso así, en el mundo real, unas personas lloran y gritan, pero otras no lloran ni gritan, se quedan pasmadas, estupefactas, sorprendidas, en estado de shock… Otras personas, sienten alivio… En una familia hay una reacción distinta, una por cada miembro. Hay quien llora pasado el tiempo. En cualquier caso, necesita explicación expresar alivio o tranquilidad por la muerte de un familiar que padeció una enfermedad terminal: «No es que sienta alivio porque se haya muerto mi padre, es que ha sufrido mucho».
Me pregunté cómo reaccionaban las personas antes del cine y la televisión, si las personas expresaban emociones estandarizadas para no desconcertar al prójimo, para no dar que hablar, para tranquilizar. Y por un momento estuve tentado de decir: «Estoy muy nervioso, ¿cuándo vendrán a sacarme de aquí? Esto es insoportable». Quizá así, tranquilizaría a quiénes estaban al otro lado del ascensor al darles la oportunidad de actuar conforme a una situación que conocían por las películas: la oportunidad para decir palabras tranquilizadoras. Aquí no pone en duda en ningún momento la disposición de ayudar de los vecinos, que es de elogiar, sino cómo las emociones han sido estandarizadas. En algunos casos es visto más natural el dolor, la angustia o el drama que sensaciones unos peldaños más abajos como la molestia, la desazón o la contrariedad.
La estandarización sobre los sentimientos está presente en distintas situaciones, unas más cotidianas que otras. Si una persona afectada expresa que está bien o tranquila, el interlocutor desconcertado quiere asegurarse:
—¿De verdad que no estás asustado/enfadado/triste…?
Esta estandarización de las emociones aparece reflejada en la publicidad de marcas privadas e instituacionales: «Emociónate con…», «¡Indígnate!», «Siente…» También es otra forma de actuar de policía de las emociones de las redes sociales: unas veces elogian la tristeza, otras veces la alegría; en cualquier caso, aprueba emociones estandarizadas, y desaprueba las emociones naturales e individuales.
Frente a estas frases apelando a dirigir las emociones hay opositores que, lejos de expresar emociones naturales, toman la oposición como un juego. De manera que entre unos y otros, las emociones verdaderas no afloran, sino la interpretación de los eslóganes.
Para un guionista, un escritor o un dramaturgo, todo esto es muy interesante. Por un lado, puede retratar la masa, la que expresa las emociones dentro de un marco, como expresar euforia porque gana la Selección de fútbol o indignación por un conflicto bélico eterno pero que ha vuelto a la portada de los periódicos. Por otro lado, el protagonista, que tiene emociones propias, no de segunda mano, no como le han dicho que debe sentirse.

Desconcierta que una persona exprese sus emociones fuera de la costumbre y lo que enseñan las películas y las series.

El edificio era tan nuevo que aún quedaban operarios rematándolo por dentro y por fuera. Los dueños de los pisos entraban y salían con ideas para decorarlo y una lista de desperfectos. Yo era uno de esos ilusionados propietarios que con regla extensible había tomado medidas para cerrar el balcón y evitar que las gatas se precipitaran desde la quinta planta.
Era cerca de las siete de la tarde de un viernes y salí del piso porque pronto se iría la luz. Monté en el ascensor que se cerró, pero no bajó. (Más adelante supe que el ascensor estaba en pruebas, como tantas cosas en aquel edificio). Pulsé el botón para abrir, para subir y para bajar, pero ninguno funcionó. Cogí el teléfono de emergencias y una locución femenina me indicó que el teléfono solo funcionaba en caso de emergencia. Quise llamar a mi mujer, pero no tenía cobertura telefónica ni datos para enviar un mensaje de WhatsApp contando la situación. Me sentía contrariado. Nada más.
En ese momento pensé que sería cuestión de tiempo que mi mujer llamara a mi madre para preguntar por mí y que pensaría que quizá estaría en el piso. Abrí en el móvil la versión digital de El curioso incidente del perro a medianoche.
El ascensor emitía pitidos. Una persona intentaba usarlo. Mi primera reacción fue mantenerme callado por un extraño pudor. No quería convertirme en «el vecino que se quedó encerrado en el ascensor». Cuando la persona insistió en llamar al ascensor alcé la voz:
—¡No funciona; está estropeado!
La voz se transmitió por el hueco del ascensor.
—¿Estás encerrado! —dijo una mujer joven.
—¡Si! —aumentado la sensación de bochorno.
—¿Dónde!
—¡En la quinta planta!
—¡Espera!
Pasados dos minutos, la vecina me habló al otro lado de la puerta:
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Estás tranquilo?
—Sí.
—Espera, voy a ver si hay alguien de la obra…
Pasados unos minutos la vecina volvió con otro vecino que, como los demás, aún no estaba instalado.
—¿Estás bien? —el vecino al otro lado.
—Sí.
—¿Estás tranquilo?
—Sí.
—Voy a llamar a mantenimiento… —y llamó—. Estarán en media hora.
Durante la espera, que pasó de la media hora otros dos vecinos que se interesaron por mí. Allí estábamos todos los que habíamos ido esa tarde a echar un vistazo al piso.
—¿Estás bien? —cada uno de los vecinos, al otro lado.
—Sí.
—¿Estás tranquilo?
—Aburrido.
Al otro lado, un momento de silencio.
—¿Aburrido? —al otro lado.
—Sí.
—¿De verdad que estás tranquilo?
—Estoy tranquilo y aburrido.
Dije que estaba aburrido otras seis o siete veces a los tres o cuatro vecinos. Me pregunté por qué desconcertaba que estuviera aburrido en lugar de angustiado o pegando gritos. La situación carecía de peligro. Me pregunté qué culpa tenían las películas y las series en la apreciación sobre lo que era un emoción aceptable.
Aquel momento me recordó a los ejercicios que propongo a los alumnos de los talleres de guión. Las escenas resultantes suelen estár llenas de clichés. Por ejemplo, que una mujer a la que han dicho que ha muerto su marido, tira a manotazos todo lo que encuentra a su paso o arrastra la espalda por la pared. O una persona cuya relación acaba de terminar toma alcohol entre lágrimas hasta reventar. O que un personaje encerrado en un ascensor se angustia como si estuviera entre fuego cruzado en el Golfo Pérsico.
—¿No estás asustado?
—Aburrido.
—Es para asustarse.
Sin embargo, aún no he visto a una mujer arrastrando la espalda por la pared ante una noticia luctuosa. En un caso así, en el mundo real, unas personas lloran y gritan, pero otras no lloran ni gritan, se quedan pasmadas, estupefactas, sorprendidas, en estado de shock… Otras personas, sienten alivio… En una familia hay una reacción distinta, una por cada miembro. Hay quien llora pasado el tiempo. En cualquier caso, necesita explicación expresar alivio o tranquilidad por la muerte de un familiar que padeció una enfermedad terminal: «No es que sienta alivio porque se haya muerto mi padre, es que ha sufrido mucho».
Me pregunté cómo reaccionaban las personas antes del cine y la televisión, si las personas expresaban emociones estandarizadas para no desconcertar al prójimo, para no dar que hablar, para tranquilizar. Y por un momento estuve tentado de decir: «Estoy muy nervioso, ¿cuándo vendrán a sacarme de aquí? Esto es insoportable». Quizá así, tranquilizaría a quiénes estaban al otro lado del ascensor al darles la oportunidad de actuar conforme a una situación que conocían por las películas: la oportunidad para decir palabras tranquilizadoras. Aquí no pone en duda en ningún momento la disposición de ayudar de los vecinos, que es de elogiar, sino cómo las emociones han sido estandarizadas. En algunos casos es visto más natural el dolor, la angustia o el drama que sensaciones unos peldaños más abajos como la molestia, la desazón o la contrariedad.
La estandarización sobre los sentimientos está presente en distintas situaciones, unas más cotidianas que otras. Si una persona afectada expresa que está bien o tranquila, el interlocutor desconcertado quiere asegurarse:
—¿De verdad que no estás asustado/enfadado/triste…?
Esta estandarización de las emociones aparece reflejada en la publicidad de marcas privadas e instituacionales: «Emociónate con…», «¡Indígnate!», «Siente…» También es otra forma de actuar de policía de las emociones de las redes sociales: unas veces elogian la tristeza, otras veces la alegría; en cualquier caso, aprueba emociones estandarizadas, y desaprueba las emociones naturales e individuales.
Frente a estas frases apelando a dirigir las emociones hay opositores que, lejos de expresar emociones naturales, toman la oposición como un juego. De manera que entre unos y otros, las emociones verdaderas no afloran, sino la interpretación de los eslóganes.
Para un guionista, un escritor o un dramaturgo, todo esto es muy interesante. Por un lado, puede retratar la masa, la que expresa las emociones dentro de un marco, como expresar euforia porque gana la Selección de fútbol o indignación por un conflicto bélico eterno pero que ha vuelto a la portada de los periódicos. Por otro lado, el protagonista, que tiene emociones propias, no de segunda mano, no como le han dicho que debe sentirse.

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