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6 de febrero 2018    /   IDEAS
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Odeo, Burbn y otros fracasos que murieron de éxito

6 de febrero 2018    /   IDEAS     por          
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Hay algo que las notas Post-it, las pizzas de Papa John’s y Slack tienen en común: son negocios que surgieron casi de chiripa, mientras sus creadores trataban de ganarse la vida haciendo otra cosa. Al contrario de lo que se suele creer, el éxito de un proyecto emprendedor casi nunca está en nacer con una gran idea, sino en saber identificarla cuando surge.

Casi todos los gigantes de internet tuvieron que «pivotar» o nacieron de un side project, calco y anglicismos rimbombantes que emplean las start-ups para hablar de un cambio de rumbo y de un proyecto paralelo, respectivamente. ¿Te suena Odeo? Fue una empresa que desarrolló una plataforma de podcasts a mediados de la pasada década. No tuvo mucho tirón. De hecho, nadie la recordaría de no ser porque nació en su seno, por iniciativa de algunos empleados, una sencilla herramienta llamada Twttr. Con los años han sumado no solo algunas vocales a su nombre, sino también bastantes ceros a su cuenta corriente.

Pasó también con Burbn, una especie de Foursquare con fotos que unos universitarios crearon allá por 2010. Como los smartphones empezaban a tener cámaras decentes, las imágenes que se podían compartir con los check-ins resultaron ser lo más atractivo de la app. Sus creadores supieron dar un golpe de timón, que salió a pedir de boca, y acabaron vendiéndole su empresa a Facebook, tiempo después, por 1.000 millones. Para entonces se llamaba Instagram, era una de las redes sociales más prometedoras. Y no se parecía a Burbn ni en el blanco de los fondos.

Más drástico fue, si cabe, lo que sucedió con Glitch, un extraño y complejo videojuego que, tras innumerables horas de programación y un denodado esfuerzo de marketing, no logró cautivar a los usuarios. En noviembre de 2012, ya sin alternativas, llegó la hora de cerrar la persiana. El poco tiempo que restaba lo invirtieron en probar suerte, casi a la desesperada, con un sencillo chat que los miembros del equipo habían desarrollado para comunicarse internamente. Aunque era un tanto rudimentario, le vieron posibilidades. Y las tenía. Tantas que el side project se iba a convertir en Slack, la app corporativa que amenaza con enterrar al correo electrónico. De un fracaso estrepitoso a un negocio multimillonario hay solo una idea enterrada en un cajón. Lo difícil es sacarla a tiempo.

Años antes sucedió con una empresa de adhesivos que trataba de encontrar uno más fuerte. Tras muchos ensayos, el científico a cargo del proyecto descubrió casi lo opuesto: un pegamento que apenas se aferraba al papel, pudiéndose pegar y despegar de forma asombrosamente fácil. Otro investigador vio el enorme potencial del invento para reemplazar a los clásicos marcadores de los libros, que tendían a caerse. Y así surgió el producto más famoso de 3M, omnipresente en nuestras vidas: el Post-it.

Una de tantas y tantas cosas que hoy damos por sentadas, pero que no entraron en los planes de sus creadores en un primer momento. ¿Quién le iba a decir a un joven de Indiana que el ruinoso bar que había heredado de su padre se convertiría en una multinacional? ¿Cómo iba a imaginarlo de aquel antro frecuentado por moteros trasnochados? Cuando instaló un pequeño horno en el cuarto de las escobas y empezó a hacer pizzas, su idea era aumentar un poco los ingresos y pagar las deudas del Mick’s Lounge. Ni de lejos estaba sembrando la semilla de lo que es ahora Papa John’s… O lo estaba haciendo, pero, desde luego, no tenía ni idea.

Negocios de ayer y hoy, de antes y después de internet. Groupon, Twitch, Imgur y hasta WhatsApp. La enorme mayoría nacieron porque alguien decidió pringarse e inició un side project, o quiso ver ideas con tremendo potencial que no lo eran, pero supo abrir ojos y oídos y escuchó a los usuarios, que enseguida le marcaron el camino que debía seguir.

No hace falta una idea revolucionaria ni hay que dedicarle todo el tiempo del mundo. Un pequeño proyecto secundario o un volantazo a tiempo pueden ser más que suficientes para que un emprendedor sin miedo al cambio, como en los cuentos de hadas, tenga su final feliz. De historias de terror ya hablamos otro día, que falta demasiado para Halloween.

Hay algo que las notas Post-it, las pizzas de Papa John’s y Slack tienen en común: son negocios que surgieron casi de chiripa, mientras sus creadores trataban de ganarse la vida haciendo otra cosa. Al contrario de lo que se suele creer, el éxito de un proyecto emprendedor casi nunca está en nacer con una gran idea, sino en saber identificarla cuando surge.

Casi todos los gigantes de internet tuvieron que «pivotar» o nacieron de un side project, calco y anglicismos rimbombantes que emplean las start-ups para hablar de un cambio de rumbo y de un proyecto paralelo, respectivamente. ¿Te suena Odeo? Fue una empresa que desarrolló una plataforma de podcasts a mediados de la pasada década. No tuvo mucho tirón. De hecho, nadie la recordaría de no ser porque nació en su seno, por iniciativa de algunos empleados, una sencilla herramienta llamada Twttr. Con los años han sumado no solo algunas vocales a su nombre, sino también bastantes ceros a su cuenta corriente.

Pasó también con Burbn, una especie de Foursquare con fotos que unos universitarios crearon allá por 2010. Como los smartphones empezaban a tener cámaras decentes, las imágenes que se podían compartir con los check-ins resultaron ser lo más atractivo de la app. Sus creadores supieron dar un golpe de timón, que salió a pedir de boca, y acabaron vendiéndole su empresa a Facebook, tiempo después, por 1.000 millones. Para entonces se llamaba Instagram, era una de las redes sociales más prometedoras. Y no se parecía a Burbn ni en el blanco de los fondos.

Más drástico fue, si cabe, lo que sucedió con Glitch, un extraño y complejo videojuego que, tras innumerables horas de programación y un denodado esfuerzo de marketing, no logró cautivar a los usuarios. En noviembre de 2012, ya sin alternativas, llegó la hora de cerrar la persiana. El poco tiempo que restaba lo invirtieron en probar suerte, casi a la desesperada, con un sencillo chat que los miembros del equipo habían desarrollado para comunicarse internamente. Aunque era un tanto rudimentario, le vieron posibilidades. Y las tenía. Tantas que el side project se iba a convertir en Slack, la app corporativa que amenaza con enterrar al correo electrónico. De un fracaso estrepitoso a un negocio multimillonario hay solo una idea enterrada en un cajón. Lo difícil es sacarla a tiempo.

Años antes sucedió con una empresa de adhesivos que trataba de encontrar uno más fuerte. Tras muchos ensayos, el científico a cargo del proyecto descubrió casi lo opuesto: un pegamento que apenas se aferraba al papel, pudiéndose pegar y despegar de forma asombrosamente fácil. Otro investigador vio el enorme potencial del invento para reemplazar a los clásicos marcadores de los libros, que tendían a caerse. Y así surgió el producto más famoso de 3M, omnipresente en nuestras vidas: el Post-it.

Una de tantas y tantas cosas que hoy damos por sentadas, pero que no entraron en los planes de sus creadores en un primer momento. ¿Quién le iba a decir a un joven de Indiana que el ruinoso bar que había heredado de su padre se convertiría en una multinacional? ¿Cómo iba a imaginarlo de aquel antro frecuentado por moteros trasnochados? Cuando instaló un pequeño horno en el cuarto de las escobas y empezó a hacer pizzas, su idea era aumentar un poco los ingresos y pagar las deudas del Mick’s Lounge. Ni de lejos estaba sembrando la semilla de lo que es ahora Papa John’s… O lo estaba haciendo, pero, desde luego, no tenía ni idea.

Negocios de ayer y hoy, de antes y después de internet. Groupon, Twitch, Imgur y hasta WhatsApp. La enorme mayoría nacieron porque alguien decidió pringarse e inició un side project, o quiso ver ideas con tremendo potencial que no lo eran, pero supo abrir ojos y oídos y escuchó a los usuarios, que enseguida le marcaron el camino que debía seguir.

No hace falta una idea revolucionaria ni hay que dedicarle todo el tiempo del mundo. Un pequeño proyecto secundario o un volantazo a tiempo pueden ser más que suficientes para que un emprendedor sin miedo al cambio, como en los cuentos de hadas, tenga su final feliz. De historias de terror ya hablamos otro día, que falta demasiado para Halloween.

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