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19 de julio 2016    /   DIGITAL
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Las redes sociales y el cabreo constante

19 de julio 2016    /   DIGITAL     por          
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El asesinato de un bebé es un suceso aberrante para cualquier «persona normal». La muerte de un político, por poner un ejemplo, puede ser motivo de duelo para unos y de alegría para otros. El asesinato de un bebé se archiva y se olvida. La muerte de un político corre la misma suerte de olvido; sin embargo, generan rencores entre detractores y seguidores. Una prueba de que las redes sociales tienen gran parte de culpa de que las opiniones (ajenas) sobre la noticias molesten más que las mismas noticias.

CABREOS DE ANTES

Antes de los foros y de las redes sociales, el cabreo o el júbilo por alguna noticia duraba lo que un telediario o el paso de una página a otra del periódico. «Las personas normales» etiquetaban las noticias y continuaban con sus vidas ajenas a la actualidad. El repaso de la actualidad al minuto no era posible. Esta «deficiencia tecnológica» permitía que la gente no viviera en constante malestar. Por supuesto, había amantes de la gresca que sin venir a cuento sacaban temas espinosos en el bar o el trabajo. Para evitarlos, bastaba irse del bar en cuanto llegaba un fulano con su metralla verbal.

Esto no significa que «la gente normal» quisiera eludir la realidad. La democracia no llegó a España tras un millón de tuits y mensajes de Whatsapp de cabreos cruzados. La gente, la que quiso la democracia —porque sí o por conveniencia— hizo lo que tenía que hacer.

CABREOS DE AHORA

Las noticias de hoy cabrean o satisfacen como las antiguas (a cada persona, según sus intereses). Pero muchas personas, en vez de etiquetar las noticias y seguir con la vida, exponen sus opiniones al momento, sin filtro, al mundo. Unos escriben en las redes: «Hay que ser hijo de puta para…» Otros replican, al momento: «Hijos de puta vosotros, que…» Acabando el tema en trending topic y dolores de cabeza. Y cuando «la gente normal» calla, los palmeros políticos y los cruzados de tal o cual causa rancia o moderna avivan las llamas.

Esto puede deberse a que no tenemos control sobre las noticias. Las noticias caen como la lluvia repentina cuando vamos sin paraguas por la calle. Aceptamos la lluvia o no; nos molesta o no, pero no nos cabreamos con las nubes. Sin embargo, se tiene la esperanza de convencer al que piensa distinto. Y cuando no, se busca tumbarlo, su desprestigio, obligarlo a aceptar «la verdad» o aburrirlo para que abandone la discusión.

De manera que lo que quita el tiempo y las energías son las opiniones ajenas sobre las noticias más que las noticias. ¿Qué energía queda para hacer algo útil o bello o necesario? ¿Qué energía queda para llevar a cabo acciones para mejorar las cosas? Lo que queda es un poso de amargura que aprovechan políticos, tertulias políticas y columnistas de prensa. Gente que crea rencor alimentándose del rencor ajeno. Tan grotesco como los pollos que se alimentaban de restos de pollo.

La vida es demasiado corta para estar siempre cabreado leyendo opiniones en las redes sociales. Cabrearse tiene además un problema añadido: descabrearse.

El asesinato de un bebé es un suceso aberrante para cualquier «persona normal». La muerte de un político, por poner un ejemplo, puede ser motivo de duelo para unos y de alegría para otros. El asesinato de un bebé se archiva y se olvida. La muerte de un político corre la misma suerte de olvido; sin embargo, generan rencores entre detractores y seguidores. Una prueba de que las redes sociales tienen gran parte de culpa de que las opiniones (ajenas) sobre la noticias molesten más que las mismas noticias.

CABREOS DE ANTES

Antes de los foros y de las redes sociales, el cabreo o el júbilo por alguna noticia duraba lo que un telediario o el paso de una página a otra del periódico. «Las personas normales» etiquetaban las noticias y continuaban con sus vidas ajenas a la actualidad. El repaso de la actualidad al minuto no era posible. Esta «deficiencia tecnológica» permitía que la gente no viviera en constante malestar. Por supuesto, había amantes de la gresca que sin venir a cuento sacaban temas espinosos en el bar o el trabajo. Para evitarlos, bastaba irse del bar en cuanto llegaba un fulano con su metralla verbal.

Esto no significa que «la gente normal» quisiera eludir la realidad. La democracia no llegó a España tras un millón de tuits y mensajes de Whatsapp de cabreos cruzados. La gente, la que quiso la democracia —porque sí o por conveniencia— hizo lo que tenía que hacer.

CABREOS DE AHORA

Las noticias de hoy cabrean o satisfacen como las antiguas (a cada persona, según sus intereses). Pero muchas personas, en vez de etiquetar las noticias y seguir con la vida, exponen sus opiniones al momento, sin filtro, al mundo. Unos escriben en las redes: «Hay que ser hijo de puta para…» Otros replican, al momento: «Hijos de puta vosotros, que…» Acabando el tema en trending topic y dolores de cabeza. Y cuando «la gente normal» calla, los palmeros políticos y los cruzados de tal o cual causa rancia o moderna avivan las llamas.

Esto puede deberse a que no tenemos control sobre las noticias. Las noticias caen como la lluvia repentina cuando vamos sin paraguas por la calle. Aceptamos la lluvia o no; nos molesta o no, pero no nos cabreamos con las nubes. Sin embargo, se tiene la esperanza de convencer al que piensa distinto. Y cuando no, se busca tumbarlo, su desprestigio, obligarlo a aceptar «la verdad» o aburrirlo para que abandone la discusión.

De manera que lo que quita el tiempo y las energías son las opiniones ajenas sobre las noticias más que las noticias. ¿Qué energía queda para hacer algo útil o bello o necesario? ¿Qué energía queda para llevar a cabo acciones para mejorar las cosas? Lo que queda es un poso de amargura que aprovechan políticos, tertulias políticas y columnistas de prensa. Gente que crea rencor alimentándose del rencor ajeno. Tan grotesco como los pollos que se alimentaban de restos de pollo.

La vida es demasiado corta para estar siempre cabreado leyendo opiniones en las redes sociales. Cabrearse tiene además un problema añadido: descabrearse.

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Opiniones 15
  • Muy buen artículo y muy actual. No hace mucho tras varios «debates» en fb decidí convertir mi muro en algo mucho más aséptico y dejé de entrar al trapo incluso en los comentarios que me aludían personalmente. Los resultados de paz, calma y desapego fueron increíbles. Lo recomendando fervientemente. Saludos.

  • Magnífico artículo. Pienso igual. Gracias. Lo compartiré entre mis amigos virtuales, aunque tengo el gusto de no tener que sufrir indignados permanentes sin filtro y, cuando alguno se pone así, lo llevo al grupo de «conocidos» y así no tengo que leerlo. Después de un tiempo lo recupero a ver si se ha calmado. En cuanto a los comentarios de las noticias, muy pocas veces los leo y nunca participo. Creo que el cara a cara es necesario la mayor parte de ocasiones. Un saludo y buen día. 😉

  • A la circunstancia política de cada uno, seamos soñadores o egoístas hay que añadir mucha frustración y la cobardía de algunos que mas o menos amparados por el anonimato escupen su odio o simplemente salen del armario para demostrar lo nazis que son, cuando en la vida real son mas comedidos en su lenguaje. Nada que un psicólogo o sociólogo no sepan

  • La vistas de la ascensión del Kilimal son muy bonitas.
    Pero eso no impide que opine, con muchos argumentos en la mano, ya sea considerado gente normal o un participante de redes sociales cabreado,
    QUE TODOS LOS VOTANTES del PP, son CÓMPLICES, de los ROBOS DE LOS MIEMBROS DEL PP,
    Y esto no se a ti, pero a mi me parece NORMAL que CABREE……B

    • Claro que es normal que cabree, y es justo que cabree. El cabreo nos motiva para la acción y para corregir la situación que nos cabrea.

      Sin embargo, el cabreo ante cosas sobre las que no tenemos ningún poder (millones de votantes) no permite esa solución y deriva en frustración. De ahí que la gente frustrada suelte tacos, golpee las paredes, conduzca agresivamente, etc. Es la manera que tenemos de soltar esa necesidad instintiva de acción, hasta que olvidamos o nos alejamos de la fuente de ese cabreo sobre la cual no tenemos influencia.

      Lo que entiendo que dice Javier Meléndez en su artículo es que las redes sociales no nos permiten ni olvidar ni alejarnos de esas fuentes de cabreo sobre las que cada uno es impotente. Si a eso le sumamos que la gente suelta su frustración recordando públicamente de maneras cada vez más tremendistas la causa de su cabreo, acabamos en una frustración y estrés constante dirigidos por un círculo vicioso.

      El cabreo es sano si lleva a una acción productiva para remediar lo que lo ocasionó. Cuando esto no es posible, lo único saludable es hacer el esfuerzo de aceptar que hay cosas horribles en el mundo (terrorismo, machismo, injusticia, votantes que nos parecen idiotas, la paella con chorizo) y, cuando podamos, hacer las pequeñas acciones que puedan mejorar la situación a sabiendas de que no veremos el cambio que hemos producido.

      Por contra el cabreo permanente, además de no dejarnos vivir en paz, no nos permite actuar de manera meditada y paciente para resolver problemas. El cabreo nos exige satisfacción inmediata por medio de actos visibles, chocantes, a veces violentos, que en el mejor de los casos no ayudan y en el peor agravan la situación. El cabreo frustrado nos hace confundir la agradable sensación de habernos desahogado con haber hecho realmente algo para mejorar el mundo.

    • Por supuesto, Luisa. Provoca asco la corrupción del PP, la del PSOE, etc. Entretenerse en ver cómo los afiliados y simpatizantes de unos y otros juegan a «y tú más» me provoca pereza. No conduce a nada.

  • Me siento totalmente identificado, has expresado muy bien el cabreo que provocan las redes sociales, las cuales a veces en la caja de comentarios se producen batallas campales y donde puedes encontrar comentarios que hacen que te cabreen mas que la propia noticia. Me he cabreado hasta tal punto que he llegado a pensar dejar de leer noticias o estar tanto a las redes sociales para escapar de esos cabreos innecesarios.
    Gran articulo, de verdad.

    • Lo de apartarme lo he hecho durante semanas e inclusos meses. Realmente, de las noticias que nos afectan nos acabamos enterando sin quererlo. Están en la calle. Gracias, Diego.

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