6 de mayo 2011    /   IDEAS
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En la escuela más triste de China los niños se sientan sobre un ataúd

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La escuela primaria del poblado de Jiudu, en la Región Autónoma de Zhuang de Guangxi (China), se encuentra ubicada en la profundidades de las montañas. Se necesitan por lo menos 4 horas largas para llegar serpenteando por caminos desde la capital de la región, Nanning.
Construida en 1953, solía ser un centro relativamente bien equipado. Hasta que el estado ruinoso de sus muros obligó a derruirla en 2007.

Después de aquello, la escuela de enseñanza primaria se vio obligada a instalarse en una habitación alquilada de una casa contigua, a un precio de 100 yuanes cada semestre. Ahora allí estudian 19 alumnos, incluidos 7 en la clase de preescolar, 5 en el primer grado y 7 en el segundo grado. Todos ellos vienen de un radio de 10 kilómetros y la mayoría acuden a clase andando según un artículo de China Daily.
El aula es una casa con paredes de bambú llena de agujeros, con un suelo inclinado que roza el colapso en cualquier momento. Las tablas de madera del suelo necesitan una buena reparación desde hace mucho tiempo y, según los lugareños, algunos niños ya se han caído al piso de abajo al romperse algunas zonas; afortunadamente, ninguno ha resultado herido gravemente.

Por supuesto, no existen escritorios, que los han tenido que fabricar de tosca madera. Y cada estudiante debe traerse su silla de casa al principio del curso. Para los que no tienen ni para traerse una silla, el maestro ha prestado a la escuela el ataúd de su madre de 80 años. Los niños se sientan sobre él sin prestarle demasiada atención, pues tienen otras cosas más importantes en las que pensar.
Quizá en comer. Lógicamente, la escuela no tienen comedor, así que los niños tienen que volver a sus casas a la hora del almuerzo. Los que viven cerca lo hacen andando; los que viven a kilómetros se ven obligados a permanecer en el centro hasta la hora de la cena, en la que regresan a sus casas.
Al estar en una región sumamente montañosa, cuando los niños y sus padres se desplazan deben rodear peligrosos acantilado y cortadas, que salvan con desvencijadas escalera de madera de fabricación casera, unos instrumentos que los niños han tenido que aprender a usar en su desplazamiento diario.

Es precisamente la dificultad del camino la que impide que la escuela nueva pueda construirse, pues la comunicación con el pueblo más cercano queda demasiado lejos e inaccesible, así que sin coches ni camiones no hay equipos de construcción dispuestos a llevar hasta allí los materiales a mano.
Además, todos piensan que la escuela nueva debe ser construida cerca de sus pueblos. Por consiguiente, el proyecto tampoco cumple con la demanda de los oriundos de la región, por lo que ellos también se niegan a ayudar a construir la escuela donde ahora está, lo que ha provocado la paralización de proyecto del nuevo centro desde hace más de 4 años.
Aún así, los niños todas las mañanas realizan el camino a su escuela con una sonrisa, sabiendo que, aunque se jueguen la vida entre desfiladeros, y que al llegar se tendrán que sentar sobre un ataúd, por lo menos en el colegio se supone que aprenderán la forma en que un día podrán cambiar las cosas.
Sin embargo, al final del túnel también aparece un candil. El pasado 18 de abril los habitantes del poblado de Jiudu decidieron organizarse para construir por sus propios medios la escuela nueva.
Ellos mismos hicieron el camino que todos los días hacen los niños; pero esta vez llevando sobre sus hombros, como hormigas, los módulos que conformarían la nueva escuela donde a partir de ahora estudiarán sus hijos.

(Dedicado a todos aquellos padres que pitan hasta gastar la batería de sus coches cuando no pueden aparcar en doble fila en la puerta del colegio inglés de turno)
Fuente y fotos: China Daily

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La escuela primaria del poblado de Jiudu, en la Región Autónoma de Zhuang de Guangxi (China), se encuentra ubicada en la profundidades de las montañas. Se necesitan por lo menos 4 horas largas para llegar serpenteando por caminos desde la capital de la región, Nanning.
Construida en 1953, solía ser un centro relativamente bien equipado. Hasta que el estado ruinoso de sus muros obligó a derruirla en 2007.

Después de aquello, la escuela de enseñanza primaria se vio obligada a instalarse en una habitación alquilada de una casa contigua, a un precio de 100 yuanes cada semestre. Ahora allí estudian 19 alumnos, incluidos 7 en la clase de preescolar, 5 en el primer grado y 7 en el segundo grado. Todos ellos vienen de un radio de 10 kilómetros y la mayoría acuden a clase andando según un artículo de China Daily.
El aula es una casa con paredes de bambú llena de agujeros, con un suelo inclinado que roza el colapso en cualquier momento. Las tablas de madera del suelo necesitan una buena reparación desde hace mucho tiempo y, según los lugareños, algunos niños ya se han caído al piso de abajo al romperse algunas zonas; afortunadamente, ninguno ha resultado herido gravemente.

Por supuesto, no existen escritorios, que los han tenido que fabricar de tosca madera. Y cada estudiante debe traerse su silla de casa al principio del curso. Para los que no tienen ni para traerse una silla, el maestro ha prestado a la escuela el ataúd de su madre de 80 años. Los niños se sientan sobre él sin prestarle demasiada atención, pues tienen otras cosas más importantes en las que pensar.
Quizá en comer. Lógicamente, la escuela no tienen comedor, así que los niños tienen que volver a sus casas a la hora del almuerzo. Los que viven cerca lo hacen andando; los que viven a kilómetros se ven obligados a permanecer en el centro hasta la hora de la cena, en la que regresan a sus casas.
Al estar en una región sumamente montañosa, cuando los niños y sus padres se desplazan deben rodear peligrosos acantilado y cortadas, que salvan con desvencijadas escalera de madera de fabricación casera, unos instrumentos que los niños han tenido que aprender a usar en su desplazamiento diario.

Es precisamente la dificultad del camino la que impide que la escuela nueva pueda construirse, pues la comunicación con el pueblo más cercano queda demasiado lejos e inaccesible, así que sin coches ni camiones no hay equipos de construcción dispuestos a llevar hasta allí los materiales a mano.
Además, todos piensan que la escuela nueva debe ser construida cerca de sus pueblos. Por consiguiente, el proyecto tampoco cumple con la demanda de los oriundos de la región, por lo que ellos también se niegan a ayudar a construir la escuela donde ahora está, lo que ha provocado la paralización de proyecto del nuevo centro desde hace más de 4 años.
Aún así, los niños todas las mañanas realizan el camino a su escuela con una sonrisa, sabiendo que, aunque se jueguen la vida entre desfiladeros, y que al llegar se tendrán que sentar sobre un ataúd, por lo menos en el colegio se supone que aprenderán la forma en que un día podrán cambiar las cosas.
Sin embargo, al final del túnel también aparece un candil. El pasado 18 de abril los habitantes del poblado de Jiudu decidieron organizarse para construir por sus propios medios la escuela nueva.
Ellos mismos hicieron el camino que todos los días hacen los niños; pero esta vez llevando sobre sus hombros, como hormigas, los módulos que conformarían la nueva escuela donde a partir de ahora estudiarán sus hijos.

(Dedicado a todos aquellos padres que pitan hasta gastar la batería de sus coches cuando no pueden aparcar en doble fila en la puerta del colegio inglés de turno)
Fuente y fotos: China Daily

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Opiniones 6
  • Preciosa y triste historia. E impagable la dedicatoria final del post, Daniel. Me recordó un comentario del fotoperiodista asturiano y premio Pulitzer Javier Bauluz, de vuelta de un desolador periplo por África: «Allí la gente se mata por una lata de comida y aquí nos matamos por un rayonazo en el coche».

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