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23 de diciembre 2012    /   IDEAS
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Encajando a Dios

23 de diciembre 2012    /   IDEAS     por          
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1god

Dios, así, con mayúsculas. No ya tanto por respeto, sino por norma lingüística. Si tú preguntas a la gente si cree en Dios o no, probablemente un número más alto del que esperes conteste afirmativamente. Lo malo, que los datos lo desmienten. ¿Encaja Dios en la vida de hoy? Complicado.

La religión cristiana es, de largo, la más seguida en todo el mundo, con hasta dos tercios de la humanidad, según estimaciones (seguramente exageradas) del Vaticano. Obviando lo cristiano, la enorme mayoría de las civilizaciones a lo largo de la historia han creído de una u otra forma en un dios. Una planta, un astro, un animal, un monstruo vengador… En esencia, un ser superior a quien adorar y rogar al mismo tiempo.

La religión ha sido, a la vez, motor y freno del progreso. Como motor, ayudó de forma determinante a la fijación del lenguaje mediante la escritura, promovió la cultura y el arte, y fue vehículo de comunicación entre personas.

Como freno, un largo etcétera de crímenes, imposiciones morales y chanchullos políticos variados. Ha sido también la religión una certera radiografía del ser humano: de la oscuridad, el miedo milenario y la idea de un dios vengador del Románico de edificios pequeños, fríos, recios y oscuros, a la luminosidad y grandiosidad del Gótico, símbolo de un progreso arquitectónico que permitió adelgazar muros y abrir cristaleras al tiempo que ese pensamiento se combinaba con una idea optimista de Dios amante. Un pasado glorioso para un presente comprometido.

Si preguntas a la iglesia española cuántos cristianos hay, hablarán (inexactamente) de millones. Millones hay, sí, pero cada vez menos. Pese a la honda tradición religiosa del país, actualmente casi el 40% de los hijos nacen de padres no casados, según los últimos datos del INE.

Además, recientemente se invirtió la balanza: ya hay más matrimonios por lo civil que por lo religioso, y eso por no hablar del desplome de vocaciones religiosas y asistencia a iglesias, donde la población natural tiende a extinguirse por falta de renovación. Difícil encajar ambas piezas ¿verdad?

La clave del conteo es ver qué considera la Iglesia qué es un fiel. Para ellos, cualquiera que esté en sus archivos, es decir, cualquier bautizado. Por decirlo suavemente tus datos están en un enorme fichero que la Iglesia usa para reclamar fondos al Estado avalando la masa crítica de sus fieles, un fichero en el que se entra sin tener uso de razón y del que para salir tienes que poner en marcha el farragoso y costoso proceso de la apostasía, así, a lo bruto: a renegar de Dios. ¿Representativo y fiable?

Si hiláramos más fino en las preguntas, posiblemente obtuviéramos respuestas más llamativas. Por ejemplo, la gran cantidad de personas que asegura creer en Dios, pero no en la Iglesia, como si ambas cosas pudieran disociarse. ¿Es aceptable una distinción así? Desde el punto de vista religioso no, en absoluto, pero refleja algo muy propio de la sociedad: tenemos todo y queremos todo, y se cree que la religión (que es, en definitiva, un estricto conjunto de normas a seguir con un fin determinado) puede configurarse a nuestro gusto.

Nietzsche, uno de los filósofos más conocidos de la era moderna –y de los más oscuros– hablaba de la religión como «una moral de débiles». Qué son sino débiles los que solo usan la religión para pedir, para consolarse pensando que algo o alguien superior e inabarcable les protegerá y procurará suerte en tal examen o tal decisión. Qué son sino débiles los que se creen estrictos observantes de las normas correctas y luego desprecian a los semejantes.

¿Puede tener encaje la religión en un mundo como el actual? Si por las noticias fuera, la iglesia sería noticia por historias de abusos sexuales, de robos de bebés, de enriquecimiento en condiciones muy ventajosas… Pero también perviven en ella centenares de personas que lo dejan todo para ayudar a gente que, ni ahora ni nunca, salen en los informativos.

Hubo un tiempo en el que la religión era el motor del cambio. Hoy es claramente el freno, entendido éste como distancia entre el mundo social real y el religioso. Nada de mujeres, nada de prescindir de los lujos del Vaticano, nada de homosexualidad, nada de anticonceptivos. Y todo eso en un momento en el que a la gente le gusta no solo hacer lo que quiere, sino no tener que escuchar que nadie te diga qué hacer.

Sin embargo hay fe, y mucha. Quizá ya no tanta en España, pero sí en países cercanos como Italia o Polonia. En Latinoamérica la religión es tan incuestionable que hasta los representantes de la izquierda más combativa, como Hugo Chávez o Cristina Fernández de Kirchner, hacen gala ostensible de sus creencias. En zonas de África o Asia el poder de sus representantes es enorme en lo político.

En EEUU el lobby católico fue determinante en las victorias de George W. Bush. Y es la pervivencia de esa influencia posiblemente la que más fieles le reste a la Iglesia, además de sus posturas completamente alejadas en hábitos vitales. Jesús, Mahoma o Siddartha, si es que existieron, no fueron poderosos cubiertos de oro con un evidente poder en la sociedad. Más bien al contrario, su fortaleza estaba en la sencillez y humildad que sus aprendices olvidaron mucho atrás.

La Iglesia sigue queriendo vivir de la misma forma que está implantada en el imaginario de muchos: las ideas de que creer es normal, la introducción desde la niñez con la mitología religiosa y el afianzamiento con los ritos sociales rodeados de juguetes, como con la Comunión, completan un proceso que inicia la educación religiosa aprendida en la escuela y en casa.

Pero la gente pide otra fe. Es justamente ahora, cuando todos parecemos poder encontrar respuestas para casi todo, cuando más gente se encuentra sola y perdida, falta de referentes en la vorágine de cosas que es la vida diaria. Cuanto más desarrollo, más misticismo. Los movimientos sociales son en parte eso, búsqueda de respuestas. Y en cierto modo estallidos sociales y culturales de las últimas décadas reflejan esa tendencia: cuanto más desarrollo, más misticismo ante el vacío.

También el interés por las supersticiones, miedos atávicos a la muerte y la soledad vestidos de profecías apocalípticas, momentos en los que -dando la razón a Nietzsche- muchos buscan un dios al que encomendarse. La fe es eso, fe. Creer en que algo existe y es real. Creer, no saber. Con lo que implica creer en el sentido de la duda y en el sentido de la no imposición.

Yo creo algo y eso no implica que tú no puedas creer otra cosa. Ese esquema de respeto ideal que hoy, por desgracia, no existe. No existe cuando hay representantes de ese culto pidiendo el voto para unos, cuando hay representantes de ese culto que no se dirigen a sus fieles cuando dicen lo que hay y no hay que hacer, sino al conjunto de la sociedad comparta o no sus creencias.

La fe se tiene y se siente, no se estudia ni aprende. Por eso no tiene sentido en la escuela. La fe se elige, no se impone. La moral, mientras no afecte a la vida de terceros, se debe regir solo por los límites de la ley y no por lo que es o no aceptable para un culto. La fe es privada y solo pública cuando no coarta o intenta imponerse, por eso los símbolos religiosos no deberían tener cabida en despachos públicos o aulas.

Cada año menos fieles y más viejos. Cada año miles de misioneros más. Cada año más lejos de lo que la sociedad hace. Cada año más ayuda a quien lo necesita, a pesar de la crisis. Cada vez menos vocaciones sacerdotales. Y así hasta el infinito.

Imagen de Beznoznik bajo licencia CC.

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Dios, así, con mayúsculas. No ya tanto por respeto, sino por norma lingüística. Si tú preguntas a la gente si cree en Dios o no, probablemente un número más alto del que esperes conteste afirmativamente. Lo malo, que los datos lo desmienten. ¿Encaja Dios en la vida de hoy? Complicado.

La religión cristiana es, de largo, la más seguida en todo el mundo, con hasta dos tercios de la humanidad, según estimaciones (seguramente exageradas) del Vaticano. Obviando lo cristiano, la enorme mayoría de las civilizaciones a lo largo de la historia han creído de una u otra forma en un dios. Una planta, un astro, un animal, un monstruo vengador… En esencia, un ser superior a quien adorar y rogar al mismo tiempo.

La religión ha sido, a la vez, motor y freno del progreso. Como motor, ayudó de forma determinante a la fijación del lenguaje mediante la escritura, promovió la cultura y el arte, y fue vehículo de comunicación entre personas.

Como freno, un largo etcétera de crímenes, imposiciones morales y chanchullos políticos variados. Ha sido también la religión una certera radiografía del ser humano: de la oscuridad, el miedo milenario y la idea de un dios vengador del Románico de edificios pequeños, fríos, recios y oscuros, a la luminosidad y grandiosidad del Gótico, símbolo de un progreso arquitectónico que permitió adelgazar muros y abrir cristaleras al tiempo que ese pensamiento se combinaba con una idea optimista de Dios amante. Un pasado glorioso para un presente comprometido.

Si preguntas a la iglesia española cuántos cristianos hay, hablarán (inexactamente) de millones. Millones hay, sí, pero cada vez menos. Pese a la honda tradición religiosa del país, actualmente casi el 40% de los hijos nacen de padres no casados, según los últimos datos del INE.

Además, recientemente se invirtió la balanza: ya hay más matrimonios por lo civil que por lo religioso, y eso por no hablar del desplome de vocaciones religiosas y asistencia a iglesias, donde la población natural tiende a extinguirse por falta de renovación. Difícil encajar ambas piezas ¿verdad?

La clave del conteo es ver qué considera la Iglesia qué es un fiel. Para ellos, cualquiera que esté en sus archivos, es decir, cualquier bautizado. Por decirlo suavemente tus datos están en un enorme fichero que la Iglesia usa para reclamar fondos al Estado avalando la masa crítica de sus fieles, un fichero en el que se entra sin tener uso de razón y del que para salir tienes que poner en marcha el farragoso y costoso proceso de la apostasía, así, a lo bruto: a renegar de Dios. ¿Representativo y fiable?

Si hiláramos más fino en las preguntas, posiblemente obtuviéramos respuestas más llamativas. Por ejemplo, la gran cantidad de personas que asegura creer en Dios, pero no en la Iglesia, como si ambas cosas pudieran disociarse. ¿Es aceptable una distinción así? Desde el punto de vista religioso no, en absoluto, pero refleja algo muy propio de la sociedad: tenemos todo y queremos todo, y se cree que la religión (que es, en definitiva, un estricto conjunto de normas a seguir con un fin determinado) puede configurarse a nuestro gusto.

Nietzsche, uno de los filósofos más conocidos de la era moderna –y de los más oscuros– hablaba de la religión como «una moral de débiles». Qué son sino débiles los que solo usan la religión para pedir, para consolarse pensando que algo o alguien superior e inabarcable les protegerá y procurará suerte en tal examen o tal decisión. Qué son sino débiles los que se creen estrictos observantes de las normas correctas y luego desprecian a los semejantes.

¿Puede tener encaje la religión en un mundo como el actual? Si por las noticias fuera, la iglesia sería noticia por historias de abusos sexuales, de robos de bebés, de enriquecimiento en condiciones muy ventajosas… Pero también perviven en ella centenares de personas que lo dejan todo para ayudar a gente que, ni ahora ni nunca, salen en los informativos.

Hubo un tiempo en el que la religión era el motor del cambio. Hoy es claramente el freno, entendido éste como distancia entre el mundo social real y el religioso. Nada de mujeres, nada de prescindir de los lujos del Vaticano, nada de homosexualidad, nada de anticonceptivos. Y todo eso en un momento en el que a la gente le gusta no solo hacer lo que quiere, sino no tener que escuchar que nadie te diga qué hacer.

Sin embargo hay fe, y mucha. Quizá ya no tanta en España, pero sí en países cercanos como Italia o Polonia. En Latinoamérica la religión es tan incuestionable que hasta los representantes de la izquierda más combativa, como Hugo Chávez o Cristina Fernández de Kirchner, hacen gala ostensible de sus creencias. En zonas de África o Asia el poder de sus representantes es enorme en lo político.

En EEUU el lobby católico fue determinante en las victorias de George W. Bush. Y es la pervivencia de esa influencia posiblemente la que más fieles le reste a la Iglesia, además de sus posturas completamente alejadas en hábitos vitales. Jesús, Mahoma o Siddartha, si es que existieron, no fueron poderosos cubiertos de oro con un evidente poder en la sociedad. Más bien al contrario, su fortaleza estaba en la sencillez y humildad que sus aprendices olvidaron mucho atrás.

La Iglesia sigue queriendo vivir de la misma forma que está implantada en el imaginario de muchos: las ideas de que creer es normal, la introducción desde la niñez con la mitología religiosa y el afianzamiento con los ritos sociales rodeados de juguetes, como con la Comunión, completan un proceso que inicia la educación religiosa aprendida en la escuela y en casa.

Pero la gente pide otra fe. Es justamente ahora, cuando todos parecemos poder encontrar respuestas para casi todo, cuando más gente se encuentra sola y perdida, falta de referentes en la vorágine de cosas que es la vida diaria. Cuanto más desarrollo, más misticismo. Los movimientos sociales son en parte eso, búsqueda de respuestas. Y en cierto modo estallidos sociales y culturales de las últimas décadas reflejan esa tendencia: cuanto más desarrollo, más misticismo ante el vacío.

También el interés por las supersticiones, miedos atávicos a la muerte y la soledad vestidos de profecías apocalípticas, momentos en los que -dando la razón a Nietzsche- muchos buscan un dios al que encomendarse. La fe es eso, fe. Creer en que algo existe y es real. Creer, no saber. Con lo que implica creer en el sentido de la duda y en el sentido de la no imposición.

Yo creo algo y eso no implica que tú no puedas creer otra cosa. Ese esquema de respeto ideal que hoy, por desgracia, no existe. No existe cuando hay representantes de ese culto pidiendo el voto para unos, cuando hay representantes de ese culto que no se dirigen a sus fieles cuando dicen lo que hay y no hay que hacer, sino al conjunto de la sociedad comparta o no sus creencias.

La fe se tiene y se siente, no se estudia ni aprende. Por eso no tiene sentido en la escuela. La fe se elige, no se impone. La moral, mientras no afecte a la vida de terceros, se debe regir solo por los límites de la ley y no por lo que es o no aceptable para un culto. La fe es privada y solo pública cuando no coarta o intenta imponerse, por eso los símbolos religiosos no deberían tener cabida en despachos públicos o aulas.

Cada año menos fieles y más viejos. Cada año miles de misioneros más. Cada año más lejos de lo que la sociedad hace. Cada año más ayuda a quien lo necesita, a pesar de la crisis. Cada vez menos vocaciones sacerdotales. Y así hasta el infinito.

Imagen de Beznoznik bajo licencia CC.

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Opiniones 8
  • Estimado Borja Ventura, mentiría si no te dijera que tu post no puede estar más cargado de falsedades, prejuicios y tergiversación de la realidad. No digo que lo hayas hecho a propósito, pero si tal vez desde el desconocimiento y la ignorancia.

    La Iglesia como tal no obliga a nadie a votar en ningún sentido. Recomienda a los fieles católicos que voten en conciencia de su fe. Natural, la Iglesia como institución orienta a sus fieles a votar en función de los programas que más o menos se acerquen a su magisterio. ¿Qué hay de malo en ello? Parece molestarte la libertad de conciencia. Cualquier institución tiene derecho a opinar acerca de cualquier cuestión ¿y la Iglesia no va a poder hacerlo? Condenar y gritar contra el derecho de la Iglesia a opinar libremente es típicamente totalitario, pura demagogia, sectarismo. La Iglesia opinará lo que tenga que opinar, y luego cada cual votará lo que le plazca. Simple, se llama libertad. Otra cosa es que haya, que los hay, sacerdotes que animen a votar a unos y otros partidos (conozco casos en los que piden el voto para los dos partidos mayoritarios) pero nunca será una consigna de la Iglesia, sino una opinión particular.

    ¿Cada vez menos fieles? ¿de verdad? ¿Ya has olvidado el completo éxito de las JMJ de Madrid del 2011. Millones de jóvenes y no tan jóvenes presentes en Madrid y millones y millones siguiéndolas en todos los lugares del mundo, y ¿cada vez hay menos fieles? Más bien al contrario, lo que está ocurriendo es una Nueva Evangelización, y es que las personas, cuando nos acercamos a la Iglesia católica y la vivimos por dentro, se nos caen los prejuicios que desde los medios, tú y otros como tú, habéis intentado inculcarnos en las «sociedades modernas». Cuando nos acercamos sin prejuicios comprobamos que la Iglesia no es un conjunto ni un sistema rígido de cosas que se pueden y no se pueden hacer. La Iglesia no impone, sino que propone una nueva vida. Ser católico no es seguir una idea, es seguir a una persona, Cristo, simple y llanamente, y eso implica el cambio y la renovación.

    Por último. La asignatura de religión es hoy más que nunca necesaria en la educación, en las escuelas e incluso institutos. ¿Cómo entender el hecho religioso, y no me refiero sólamente al católico, de tantos millones y millones de seres humanos en el mundo? ¿Cómo entender a los católicos, y al resto de confesiones de raíz cristiana, a los islámicos, a los budistas, hindues, sintoistas, animistas, etc, etc? Estudiando el hecho religioso y ayudando y fomentando que los jóvenes reflexionen, maduren y a que saquen sus propias conclusiones y tomen sus propias decisiones. Nadie pide que la religión católica se imponga en la educación, sino que se estudie la religión, tan importante como cualquier otra disciplina. Y por supuesto que se recupere el estudio de las lenguas y el mundo clásico, cuyo aprendizaje es tan importante como el de la resolución de ecuaciones en derivadas parciales. Yo me siento ultrajado y ofendido por los años durante los que he estado sometido a la cultura «moderna», en la que se me ha adoctrinado en el hedonismo, y el materialismo, robándome la posibilidad de la trascendencia, y cuyos protagonistas son el estado y los medios de comunicación.

    Las sociedades occidentales han llegado hasta donde están por su pasado basado en el humanismo cristiano, mal que le pese a muchos. El cristianismo fue el responsable e impulsor del humanismo que hoy conocemos frente a la barbarie existente en las sociedades pretéritas. Cambió la ley del «ojo por ojo, y diente por diente» al «amaos unos a otros como yo os he amado». Todo lo demás falsear, tergiversar, y entenebrecer la realidad, para crear una cultura que nace muerta y sin vida.

    Las Madres Teresas, los Vicentes de Paules y tantos y tantos otros han surgido de vivir el Evangelio, de aceptarlo, estudiarlo y aplicarlo en sus vidas, y de seguir a una persona, a Cristo, a Dios. Estas personas no surgieron de la democracia de las urnas, como así ocurrió con Hitler, por poner un ejemplo. En nombre de esa sacrosanta palabra que tanto gusta hoy en día, la democracia, se han cometido las mayores barbaridades de la historia de la humanidad. No por algo los regímenes comunistas la utilizan en su concepto de «democracias populares». La «Ley» y su imperio sólo tiene valor cuando está al servicio de las personas, y no al contrario, tal y como ocurría en el caso de los fariseos. Los hubo entonces, y los hay ahora, incluidos en los medios.

    Un saludo y feliz domingo.

    @majovimo
    http://about.me/majovimo

  • Lo realmente preocupante de la Iglesia es su utilización política de la fe. Siguen amenazando a la gente en plan «haz esto o quedarás excomulgado». Y en este país todavía hay gente que le tiene respeto a esa institución. Así nos va

  • Soy homosexual y creo en Dios. Es esto incompatible? Por qué? Por qué una religión que defiende la ayuda al prójimo tiene tantos bienes materiales? Por qué alguien que hace que sus evangelizadores hagan voto de pobreza tienen tanto boato en sus celebraciones? Por qué los obispos y cardenales, incluido el papa utilizan vestimentas tan caras? Por qué alguien que predica que todas las personas somos iguales hace tantas discriminaciones con las mujeres? Por qué alguien que predica el amor al prójimo no lo cumple? Por qué alguien que predica que debemos olvidarnos de los bienes terrenales es tan afin a grupos religiosos con tanto poder económico? Por que solo existe un tipo de familia? Por que no respetan? Creo qué hay gente creyente que es un gran ejemplo para el mundo por el trabajo que hacen. Los misioneros son personas que no tienen que ver nada con el estamento que dirige la religión cristiana. Hay gente alucinante dentro de la religión cristiana que no se siente representada por sus dirigentes, los cuales no predican con el ejemplo. Ojalá esto cambie, pero creo que es necesaria una revolución en la Iglesia católica. El mundo no es como unos pocos lo ven.

  • En los tiempos que corren, no hago más que oír una y otra vez los mismos argumentos y no deja de parecerme paradójico que en una disertación que ataca tan claramente a las personas que tienen Fe (débiles, solitarios, conformistas y acostumbrados a la educación recibida…) se pida respeto para los que no la tienen.
    Yo suelo ir los domingos a misa, a diferentes iglesias, y en ninguna de ellas oigo hablar de los que no están allí con tan despectivos términos.
    ¿no será que la intransigencia, el despotismo, la intolerancia y el desdén se encuentra más bien en los que están fuera y no dentro de la Iglesia?
    Claro que lo de ser católico no es Cool, y no está nada de moda, y por los argumento esgrimidos, da la sensación de que aquellos que son anti-religión están recubiertos de un halo de superioridad, y que tienen un coeficiente intelectual mayor que la media. Pero me da, que como con muchas otras cosas, no es más que una fachada que recubre una triste existencia vacía e insustancial y tanto grito anti-fe no es más que un intento de justificar u ocultar mucha angustia existencial.

    Feliz Año Nuevo a todos.

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