9 de abril 2014    /   IDEAS
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Encuentran el avión desaparecido en el Triángulo de las Bermudas

9 de abril 2014    /   IDEAS     por          
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Una vez me lié con una brasileña. No lo hice solo para contarlo, la verdad es que me gustaba mucho. Vivimos dos o tres noches de pura samba y empezó a llamarme «cariño» y a decirme que quería presentarme a su madre, y me asusté. No sabía cómo cortar la relación, así que me inventé una historia muy enrevesada que incluía un viaje sin retorno y la imposibilidad de mantener nuestro idilio a distancia. Se lo solté todo en una cafetería bastante céntrica y ella se echó a llorar.
Me sentí tan mal conmigo mismo por mentirle así y hacerle visiblemente daño, que salí en busca de un regalo. Tenía en mente un recuerdo que ella había compartido conmigo sobre un libro extraviado del Triángulo de las Bermudas (vaya paradoja). Era su libro de cabecera favorito y lo había perdido para siempre durante una mudanza.
Pensé que regalarle otro libro sobre el Triángulo de las Bermudas podría gustarle mucho –lo que le hubiese encantando era recuperar el primero, pero ese se había quedado en el otro piso–, y recorrí varias librerías. Resultó mucho más difícil de lo que esperaba encontrar páginas a la venta con esa temática. Al final tuve que hacerme con un ejemplar de Misterios del Mundo Sin Resolver que incluía un capítulo bastante gordo sobre el Triángulo de las Bermudas.

Imaginémonos viviendo por un instante en un mundo en el que hubiésemos erradicado El Misterio


Le pedí al librero que me lo envolviese para regalo y volví a llamarla diciendo que quería darle algo. Tardó mucho en bajar y terminé abriendo el paquete mientras esperaba en el coche. Me leí la mitad del capítulo del Triángulo de las Bermudas. Era realmente interesante. Un misterio muy misterioso, digamos. Como he olvidado la mayoría de detalles, voy a hacer aquí un copia y pega del artículo de Wikipedia sobre el tema.
«Uno de los incidentes más conocidos y probablemente el más famoso sobre el Triángulo de las Bermudas es acerca de la pérdida de un escuadrón de cinco bombarderos TBM Avenger de la marina de Estados Unidos durante un vuelo de entrenamiento que salió de Fort Lauderdale (Florida) el 5 de diciembre de 1945. (…) Varios aviadores navales simplemente desaparecieron después de que informaran de varios efectos visuales extraños. Los restos de los TBM Avenger no solo no pudieron ser encontrados, sino que un avión de búsqueda y rescate de la Marina que mandaron también se perdió. El informe del accidente de la Marina lo atribuyó a «causas o razones desconocidas»».
«La hostia», pensaba yo en el coche aparcado frente al portal de la brasileña, «ya no quedan misterios así». Y mira que nunca me han ido las ikerjimenadas, soy un tío demasiado racional como para creerme mierdas esotéricas y caras de Bélmez, pero aquel día sentí nostalgia de un mundo que nunca había conocido. Un mundo plano. Con dos gigantescas cascadas en los confines del mapa por donde se despeñaba el Kraken y demás monstruos marinos.
Eché de menos una época histórica anterior a mi nacimiento en la que no existía el GPS, Google Maps o las Flos Mariae. Lo peor que ha traído consigo la revolución digital ha sido la pérdida del Misterio. Véase: «me gustaría hacerme un viaje por el Amazonas de puta madre; solo ahí, a la aventura, entre la vegetación y los indios». Lo piensas y lo compartes en tu muro, y a los cinco minutos tienes a tres gilipollas enlazándote vídeos de Vimeo sobre viajes en el Amazonas con una Go Pro. Te miras un par de ellos, te vas a la cocina y te haces un sándwich de Nocilla de dos pisos. A tomar por culo el Amazonas.
Pero hace más de treinta días desaparece un jodido Boing 777 del cielo malasio y no le encuentran explicación. Y, con perdón para los familiares de los pasajeros, es maravilloso. Los titulares se suceden: «Un atentado terrorista entre las hipótesis del Gobierno malasio». «Un avión vietnamita localiza dos posibles restos del B-777». «Las autoridades malasias: un misterio sin precedentes». «El B777 en un punto entre Himalaya y Australia». «Es imposible que no sepan nada con la tecnología de hoy». «Un atentado terrorista entre las hipótesis del Gobierno malasio». «¿Qué pudo impedir a los pilotos comunicar un problema?». «Ni una llamada, ni un mensaje».
Ni un wasap de los pasajeros. Ni una foto en Instagram de otra dimensión con el filtro Valencia. Nada. Cómo nos asusta el silencio. Qué miedito nos da lo desconocido: la muerte; por qué no te acepta en Facebook si te liaste con ella la noche anterior; a dónde ha ido un avión con 239 personas a bordo que se dirigía a Pekin. ¿A dónde? Como en el mundo los Iker Jiménez son minoría, las primeras hipótesis son de corte racionalista (casi tópico).
A) Pasajeros terroristas.
B) Tripulantes terroristas.
C) Fallo del avión.
Nadie tiene huevos para escribir un editorial sobre abducciones extraterrestres en un periódico generalista, porque nadie le creería. Hemos inventado tal cantidad de aparatitos que hacen tantas cositas. Tostadoras. Automóviles. Smartphones. Cortauñas. Que nos creemos con absoluta potestad sobre este plano de la existencia. Incluyendo las tostadas. Por eso, el vuelo MH370 es un hostión de realidad en toda regla. Y nunca mejor dicho. Porque ha superado a la ficción. Todos los que no estamos o estábamos subidos en ese avión, podremos diseccionar o literaturizar su historia. Anclarnos a la esperanza del descubrimiento de las cajas negras o restarle dramatismo haciendo chistes inspirados en Lost. Pero lo mejor que podría pasarnos, y vuelvo a disculparme con los familiares de los pasajeros, sería que no lo encontrásemos nunca, y que tampoco nunca pudiésemos justificar su desaparición.
Imaginémonos viviendo por un instante en un mundo en el que hubiésemos erradicado El Misterio. Después de matar a los Reyes Magos, fusilar al Ratoncito Pérez y mandar a la cruz a Jesús, algún cabrón con un iPhone volvería de la muerte con un archivo en jpg y nos jodería del todo. Aunque la foto estuviese en negro.
Si alguien me preguntase cuál es mi teoría conspiranoide sobre la desaparición del Boeing 777, le diría muy seguro que el avión está en El Triángulo de las Bermudas.
«-¡Pero si el Triángulo de las Bermudas está en el Atlántico y el avión sobrevolaba el Índico».
Aquí cada uno cree lo que quiera creer.

Una vez me lié con una brasileña. No lo hice solo para contarlo, la verdad es que me gustaba mucho. Vivimos dos o tres noches de pura samba y empezó a llamarme «cariño» y a decirme que quería presentarme a su madre, y me asusté. No sabía cómo cortar la relación, así que me inventé una historia muy enrevesada que incluía un viaje sin retorno y la imposibilidad de mantener nuestro idilio a distancia. Se lo solté todo en una cafetería bastante céntrica y ella se echó a llorar.
Me sentí tan mal conmigo mismo por mentirle así y hacerle visiblemente daño, que salí en busca de un regalo. Tenía en mente un recuerdo que ella había compartido conmigo sobre un libro extraviado del Triángulo de las Bermudas (vaya paradoja). Era su libro de cabecera favorito y lo había perdido para siempre durante una mudanza.
Pensé que regalarle otro libro sobre el Triángulo de las Bermudas podría gustarle mucho –lo que le hubiese encantando era recuperar el primero, pero ese se había quedado en el otro piso–, y recorrí varias librerías. Resultó mucho más difícil de lo que esperaba encontrar páginas a la venta con esa temática. Al final tuve que hacerme con un ejemplar de Misterios del Mundo Sin Resolver que incluía un capítulo bastante gordo sobre el Triángulo de las Bermudas.

Imaginémonos viviendo por un instante en un mundo en el que hubiésemos erradicado El Misterio


Le pedí al librero que me lo envolviese para regalo y volví a llamarla diciendo que quería darle algo. Tardó mucho en bajar y terminé abriendo el paquete mientras esperaba en el coche. Me leí la mitad del capítulo del Triángulo de las Bermudas. Era realmente interesante. Un misterio muy misterioso, digamos. Como he olvidado la mayoría de detalles, voy a hacer aquí un copia y pega del artículo de Wikipedia sobre el tema.
«Uno de los incidentes más conocidos y probablemente el más famoso sobre el Triángulo de las Bermudas es acerca de la pérdida de un escuadrón de cinco bombarderos TBM Avenger de la marina de Estados Unidos durante un vuelo de entrenamiento que salió de Fort Lauderdale (Florida) el 5 de diciembre de 1945. (…) Varios aviadores navales simplemente desaparecieron después de que informaran de varios efectos visuales extraños. Los restos de los TBM Avenger no solo no pudieron ser encontrados, sino que un avión de búsqueda y rescate de la Marina que mandaron también se perdió. El informe del accidente de la Marina lo atribuyó a «causas o razones desconocidas»».
«La hostia», pensaba yo en el coche aparcado frente al portal de la brasileña, «ya no quedan misterios así». Y mira que nunca me han ido las ikerjimenadas, soy un tío demasiado racional como para creerme mierdas esotéricas y caras de Bélmez, pero aquel día sentí nostalgia de un mundo que nunca había conocido. Un mundo plano. Con dos gigantescas cascadas en los confines del mapa por donde se despeñaba el Kraken y demás monstruos marinos.
Eché de menos una época histórica anterior a mi nacimiento en la que no existía el GPS, Google Maps o las Flos Mariae. Lo peor que ha traído consigo la revolución digital ha sido la pérdida del Misterio. Véase: «me gustaría hacerme un viaje por el Amazonas de puta madre; solo ahí, a la aventura, entre la vegetación y los indios». Lo piensas y lo compartes en tu muro, y a los cinco minutos tienes a tres gilipollas enlazándote vídeos de Vimeo sobre viajes en el Amazonas con una Go Pro. Te miras un par de ellos, te vas a la cocina y te haces un sándwich de Nocilla de dos pisos. A tomar por culo el Amazonas.
Pero hace más de treinta días desaparece un jodido Boing 777 del cielo malasio y no le encuentran explicación. Y, con perdón para los familiares de los pasajeros, es maravilloso. Los titulares se suceden: «Un atentado terrorista entre las hipótesis del Gobierno malasio». «Un avión vietnamita localiza dos posibles restos del B-777». «Las autoridades malasias: un misterio sin precedentes». «El B777 en un punto entre Himalaya y Australia». «Es imposible que no sepan nada con la tecnología de hoy». «Un atentado terrorista entre las hipótesis del Gobierno malasio». «¿Qué pudo impedir a los pilotos comunicar un problema?». «Ni una llamada, ni un mensaje».
Ni un wasap de los pasajeros. Ni una foto en Instagram de otra dimensión con el filtro Valencia. Nada. Cómo nos asusta el silencio. Qué miedito nos da lo desconocido: la muerte; por qué no te acepta en Facebook si te liaste con ella la noche anterior; a dónde ha ido un avión con 239 personas a bordo que se dirigía a Pekin. ¿A dónde? Como en el mundo los Iker Jiménez son minoría, las primeras hipótesis son de corte racionalista (casi tópico).
A) Pasajeros terroristas.
B) Tripulantes terroristas.
C) Fallo del avión.
Nadie tiene huevos para escribir un editorial sobre abducciones extraterrestres en un periódico generalista, porque nadie le creería. Hemos inventado tal cantidad de aparatitos que hacen tantas cositas. Tostadoras. Automóviles. Smartphones. Cortauñas. Que nos creemos con absoluta potestad sobre este plano de la existencia. Incluyendo las tostadas. Por eso, el vuelo MH370 es un hostión de realidad en toda regla. Y nunca mejor dicho. Porque ha superado a la ficción. Todos los que no estamos o estábamos subidos en ese avión, podremos diseccionar o literaturizar su historia. Anclarnos a la esperanza del descubrimiento de las cajas negras o restarle dramatismo haciendo chistes inspirados en Lost. Pero lo mejor que podría pasarnos, y vuelvo a disculparme con los familiares de los pasajeros, sería que no lo encontrásemos nunca, y que tampoco nunca pudiésemos justificar su desaparición.
Imaginémonos viviendo por un instante en un mundo en el que hubiésemos erradicado El Misterio. Después de matar a los Reyes Magos, fusilar al Ratoncito Pérez y mandar a la cruz a Jesús, algún cabrón con un iPhone volvería de la muerte con un archivo en jpg y nos jodería del todo. Aunque la foto estuviese en negro.
Si alguien me preguntase cuál es mi teoría conspiranoide sobre la desaparición del Boeing 777, le diría muy seguro que el avión está en El Triángulo de las Bermudas.
«-¡Pero si el Triángulo de las Bermudas está en el Atlántico y el avión sobrevolaba el Índico».
Aquí cada uno cree lo que quiera creer.

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Opiniones 14
  • Un artículo genial, me ha encantado.
    Sé que no tiene nada que ver con el fondo principal del asunto, pero mi vena «marujil» no puede evitar preguntarse cómo terminó el encuentro con la brasileña. ¿Le gustó el regalo? ¿Te lo tiró a la cara?
    Al margen de ello, enhorabuena, geniales reflexiones magníficamente expuestas.

  • Enhorabuena, un articulo buenísimo, me ha hecho pensar y por un momento olvidarme de lo que había a mi alrededor.
    Me encanta como escribes.
    Felicidades.

  • De hecho por la parte de Japón, al sureste, hay otro triángulo, el del dragón, y hay un estudio (lo leí poco despues de que desapareciera el avión malasio) que dice que hay muchos más triángulos en torno a ese mismo paralelo en el que se sitúan el triángulo de las bermudas y el del dragón (Japón tiene declarada esa zona como catastrófica)

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