9 de agosto 2016    /   CINE/TV
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Por qué engancha First Dates

9 de agosto 2016    /   CINE/TV     por          
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¿Por qué First Dates engancha? La respuesta corta: nos gusta criticar a los demás. Poco importa qué han hecho o dejado de hacer los otros: basta que existan, y salir en televisión convierte a cualquiera en blanco fácil. Nos gusta criticar en público o en familia, de palabra o de pensamiento. Criticamos lo que otros dicen y hacen, como visten y calzan. Y quien no critica, ríe las gracias de los criticones.

Los participantes de First Dates critican a otros participantes a la cara o a la espalda. Y el público critica a todos. First Dates no embrutece, como comenta algún crítico de televisión, más bien nos retrata como sociedad. El espacio, como el esperpento valleinclaniano, deforma la realidad y resalta lo grotesco y lo absurdo. Al menos, expone a una parte de la sociedad: la que participa en el programa y la espectadora. Una clase media cansada y con las aspiraciones limitadas por la realidad. Una clase media que necesita salir de la rutina del trabajo a casa y de casa al trabajo. Las provocadas citas a ciegas son como golosinas para los niños. Recuerdo para unos; aspiración para otros.

Por supuesto que faltan tribus urbanas y la representación de tendencias de mercado encarnadas. Sobran clichés. Muchos. Como el sevillano-rociero, la latina ardiente o el tipo-gym que critica a las mujeres que llevan pestañas postizas. Clichés que en una parte se debe a la selección de participantes y otra al montaje. Aunque clichés en vivo eficientes para las necesidades del espectáculo. Estos clichés son cebos para un público que necesita desfogarse no con lo diferente, sino con lo común o, mejor dicho, los prejuicios sobre las personas. (Ahí están Los Simpsons: más de veinte años haciendo chistes de lugares comunes, clichés y prejuicios). Quizá con más tiempo, estas personas-clichés no lo parezcan tanto, pero First Dates no busca la empatía demorada. Hace honor a la mecánica: los participantes gustan o no por unos momentos, unos trocitos de sí mismos.

No tengo datos de audiencia, pero intuyo que el público está formado en su mayoría por parejas y familias, y por espectadores solitarios conectados a las redes sociales. First Dates no está concebido para espectadores aislados. No es una serie que provoque una satisfacción con un visionado en solitario.

En el programa de parejas se da el mismo fenómeno que en los acontecimientos deportivos. No gusta ver el fútbol en solitario: se necesita de un grupo. Para quien no ve First Dates en familia ni pareja, las redes sirven como comunidad pasajera con un fin: la crítica. Este sentido comunitario provoca una mezcla de chismorreo de comadres en la esquina y niños en el patio del colegio para «meterse con…».

Fuera de este visionado en comunidad, First Dates carece de sentido. No produce un sentido de urgencia de apurar capítulos o recuperar los perdidos. Esta «crítica en comunidad» convierte al presentador en un invitado de piedra. (De hecho, Carlos Sobera está ausente en algunas emisiones).

El programa hubiera sido inconcebible años atrás, sin las redes sociales. La mayoría de los programas necesitan un presentador que hilvane los momentos y aporte sal o comente las jugadas. (Las píldoras sobre el amor de Sobera son innecesarias; pretenden dar trascendencia a un programa que no la tiene). De hecho, salvo los concursos, el cambio de presentador ha matado más de un programa.

Este sentido de comunidad efímera entre los espectadores los lleva a mantenerse pegados a las redes sociales. Todos quieren saber qué han dicho todos. Nadie zapea: tuitea. Aunque quizá, dentro de poco nadie lo haga entre más de cien canales. Con la vista en los móviles y las tablets, los anuncios donde las palabras pesan más que las imágenes calan, y también son los más odiados. (Un tema quizá para otro artículo).

Pero que nos guste criticar en grupo no explica lo suficiente el éxito de un espacio que muchos dieron por muerte en cuanto se anunció. Aquí podría aplicarse la frase con la que Ed Harris/Christof definió El Show de Truman: «No es Shakespeare, pero es real».

Tal y como en la película, dentro de la artificiosidad y la manipulación de la edición hay un núcleo de verdad. Salvo excepciones, los participantes no son actores: son como son. (Una amiga cercana da fe de ello: su sobrina participó en el programa para echarse unas risas y quizá conocer a alguien interesante). El núcleo de verdad en First Dates no es incompatible con la paradoja de Heisenberg aplicada a la televisión: las escrutadoras cámaras influyen en lo que observan. Las cámaras provocan que algunos participantes actúen en la primera cita como si fuera la décima y hubiera confianza entre las partes. De hecho, una crítica corriente en las redes es: «¿Cómo dice (…) en una primera cita…?»

A pesar de esto, el núcleo de verdad persiste. Aquí no hay un grupo de individuos encerrados en una casa que son conducidos a la enemistad por los guionistas a través de pruebas de equipo y castigos. Sin la manipulación de lo guionistas, Gran Hermano hubiera fenecido, y de manera justa y necesaria, en la primera temporada. Este núcleo de verdad encierra otra paradoja. Cuando acaba queda cierto poso de culpabilidad, como cuando nos reímos de las torpezas cometidas por ancianos o niños. Nos hemos reído de gente corriente con o sin justificación. Este sentimiento de culpa forma parte del engranaje del espectáculo. Viendo el programa uno recuerda a Orson Welles:

«Odio la televisión del mismo modo que detesto los cacahuetes. Pero no puedo dejar de comer cacahuetes».

***

Imagen: Mano de mujer con copa de vino por pexels.com libre de derechos bajo las reglas del autor.

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¿Por qué First Dates engancha? La respuesta corta: nos gusta criticar a los demás. Poco importa qué han hecho o dejado de hacer los otros: basta que existan, y salir en televisión convierte a cualquiera en blanco fácil. Nos gusta criticar en público o en familia, de palabra o de pensamiento. Criticamos lo que otros dicen y hacen, como visten y calzan. Y quien no critica, ríe las gracias de los criticones.

Los participantes de First Dates critican a otros participantes a la cara o a la espalda. Y el público critica a todos. First Dates no embrutece, como comenta algún crítico de televisión, más bien nos retrata como sociedad. El espacio, como el esperpento valleinclaniano, deforma la realidad y resalta lo grotesco y lo absurdo. Al menos, expone a una parte de la sociedad: la que participa en el programa y la espectadora. Una clase media cansada y con las aspiraciones limitadas por la realidad. Una clase media que necesita salir de la rutina del trabajo a casa y de casa al trabajo. Las provocadas citas a ciegas son como golosinas para los niños. Recuerdo para unos; aspiración para otros.

Por supuesto que faltan tribus urbanas y la representación de tendencias de mercado encarnadas. Sobran clichés. Muchos. Como el sevillano-rociero, la latina ardiente o el tipo-gym que critica a las mujeres que llevan pestañas postizas. Clichés que en una parte se debe a la selección de participantes y otra al montaje. Aunque clichés en vivo eficientes para las necesidades del espectáculo. Estos clichés son cebos para un público que necesita desfogarse no con lo diferente, sino con lo común o, mejor dicho, los prejuicios sobre las personas. (Ahí están Los Simpsons: más de veinte años haciendo chistes de lugares comunes, clichés y prejuicios). Quizá con más tiempo, estas personas-clichés no lo parezcan tanto, pero First Dates no busca la empatía demorada. Hace honor a la mecánica: los participantes gustan o no por unos momentos, unos trocitos de sí mismos.

No tengo datos de audiencia, pero intuyo que el público está formado en su mayoría por parejas y familias, y por espectadores solitarios conectados a las redes sociales. First Dates no está concebido para espectadores aislados. No es una serie que provoque una satisfacción con un visionado en solitario.

En el programa de parejas se da el mismo fenómeno que en los acontecimientos deportivos. No gusta ver el fútbol en solitario: se necesita de un grupo. Para quien no ve First Dates en familia ni pareja, las redes sirven como comunidad pasajera con un fin: la crítica. Este sentido comunitario provoca una mezcla de chismorreo de comadres en la esquina y niños en el patio del colegio para «meterse con…».

Fuera de este visionado en comunidad, First Dates carece de sentido. No produce un sentido de urgencia de apurar capítulos o recuperar los perdidos. Esta «crítica en comunidad» convierte al presentador en un invitado de piedra. (De hecho, Carlos Sobera está ausente en algunas emisiones).

El programa hubiera sido inconcebible años atrás, sin las redes sociales. La mayoría de los programas necesitan un presentador que hilvane los momentos y aporte sal o comente las jugadas. (Las píldoras sobre el amor de Sobera son innecesarias; pretenden dar trascendencia a un programa que no la tiene). De hecho, salvo los concursos, el cambio de presentador ha matado más de un programa.

Este sentido de comunidad efímera entre los espectadores los lleva a mantenerse pegados a las redes sociales. Todos quieren saber qué han dicho todos. Nadie zapea: tuitea. Aunque quizá, dentro de poco nadie lo haga entre más de cien canales. Con la vista en los móviles y las tablets, los anuncios donde las palabras pesan más que las imágenes calan, y también son los más odiados. (Un tema quizá para otro artículo).

Pero que nos guste criticar en grupo no explica lo suficiente el éxito de un espacio que muchos dieron por muerte en cuanto se anunció. Aquí podría aplicarse la frase con la que Ed Harris/Christof definió El Show de Truman: «No es Shakespeare, pero es real».

Tal y como en la película, dentro de la artificiosidad y la manipulación de la edición hay un núcleo de verdad. Salvo excepciones, los participantes no son actores: son como son. (Una amiga cercana da fe de ello: su sobrina participó en el programa para echarse unas risas y quizá conocer a alguien interesante). El núcleo de verdad en First Dates no es incompatible con la paradoja de Heisenberg aplicada a la televisión: las escrutadoras cámaras influyen en lo que observan. Las cámaras provocan que algunos participantes actúen en la primera cita como si fuera la décima y hubiera confianza entre las partes. De hecho, una crítica corriente en las redes es: «¿Cómo dice (…) en una primera cita…?»

A pesar de esto, el núcleo de verdad persiste. Aquí no hay un grupo de individuos encerrados en una casa que son conducidos a la enemistad por los guionistas a través de pruebas de equipo y castigos. Sin la manipulación de lo guionistas, Gran Hermano hubiera fenecido, y de manera justa y necesaria, en la primera temporada. Este núcleo de verdad encierra otra paradoja. Cuando acaba queda cierto poso de culpabilidad, como cuando nos reímos de las torpezas cometidas por ancianos o niños. Nos hemos reído de gente corriente con o sin justificación. Este sentimiento de culpa forma parte del engranaje del espectáculo. Viendo el programa uno recuerda a Orson Welles:

«Odio la televisión del mismo modo que detesto los cacahuetes. Pero no puedo dejar de comer cacahuetes».

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Imagen: Mano de mujer con copa de vino por pexels.com libre de derechos bajo las reglas del autor.

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