ÂżPor quĂ© First Dates engancha? La respuesta corta: nos gusta criticar a los demás. Poco importa quĂ© han hecho o dejado de hacer los otros: basta que existan, y salir en televisiĂłn convierte a cualquiera en blanco fácil. Nos gusta criticar en pĂşblico o en familia, de palabra o de pensamiento. Criticamos lo que otros dicen y hacen, como visten y calzan. Y quien no critica, rĂe las gracias de los criticones.
Los participantes de First Dates critican a otros participantes a la cara o a la espalda. Y el pĂşblico critica a todos. First Dates no embrutece, como comenta algĂşn crĂtico de televisiĂłn, más bien nos retrata como sociedad. El espacio, como el esperpento valleinclaniano, deforma la realidad y resalta lo grotesco y lo absurdo. Al menos, expone a una parte de la sociedad: la que participa en el programa y la espectadora. Una clase media cansada y con las aspiraciones limitadas por la realidad. Una clase media que necesita salir de la rutina del trabajo a casa y de casa al trabajo. Las provocadas citas a ciegas son como golosinas para los niños. Recuerdo para unos; aspiraciĂłn para otros.
Por supuesto que faltan tribus urbanas y la representaciĂłn de tendencias de mercado encarnadas. Sobran clichĂ©s. Muchos. Como el sevillano-rociero, la latina ardiente o el tipo-gym que critica a las mujeres que llevan pestañas postizas. ClichĂ©s que en una parte se debe a la selecciĂłn de participantes y otra al montaje. Aunque clichĂ©s en vivo eficientes para las necesidades del espectáculo. Estos clichĂ©s son cebos para un pĂşblico que necesita desfogarse no con lo diferente, sino con lo comĂşn o, mejor dicho, los prejuicios sobre las personas. (AhĂ están Los Simpsons: más de veinte años haciendo chistes de lugares comunes, clichĂ©s y prejuicios). Quizá con más tiempo, estas personas-clichĂ©s no lo parezcan tanto, pero First Dates no busca la empatĂa demorada. Hace honor a la mecánica: los participantes gustan o no por unos momentos, unos trocitos de sĂ mismos.
No tengo datos de audiencia, pero intuyo que el pĂşblico está formado en su mayorĂa por parejas y familias, y por espectadores solitarios conectados a las redes sociales. First Dates no está concebido para espectadores aislados. No es una serie que provoque una satisfacciĂłn con un visionado en solitario.
En el programa de parejas se da el mismo fenĂłmeno que en los acontecimientos deportivos. No gusta ver el fĂştbol en solitario: se necesita de un grupo. Para quien no ve First Dates en familia ni pareja, las redes sirven como comunidad pasajera con un fin: la crĂtica. Este sentido comunitario provoca una mezcla de chismorreo de comadres en la esquina y niños en el patio del colegio para «meterse con…».
Fuera de este visionado en comunidad, First Dates carece de sentido. No produce un sentido de urgencia de apurar capĂtulos o recuperar los perdidos. Esta «crĂtica en comunidad» convierte al presentador en un invitado de piedra. (De hecho, Carlos Sobera está ausente en algunas emisiones).
El programa hubiera sido inconcebible años atrás, sin las redes sociales. La mayorĂa de los programas necesitan un presentador que hilvane los momentos y aporte sal o comente las jugadas. (Las pĂldoras sobre el amor de Sobera son innecesarias; pretenden dar trascendencia a un programa que no la tiene). De hecho, salvo los concursos, el cambio de presentador ha matado más de un programa.
Este sentido de comunidad efĂmera entre los espectadores los lleva a mantenerse pegados a las redes sociales. Todos quieren saber quĂ© han dicho todos. Nadie zapea: tuitea. Aunque quizá, dentro de poco nadie lo haga entre más de cien canales. Con la vista en los mĂłviles y las tablets, los anuncios donde las palabras pesan más que las imágenes calan, y tambiĂ©n son los más odiados. (Un tema quizá para otro artĂculo).
Pero que nos guste criticar en grupo no explica lo suficiente el Ă©xito de un espacio que muchos dieron por muerte en cuanto se anunciĂł. AquĂ podrĂa aplicarse la frase con la que Ed Harris/Christof definiĂł El Show de Truman: «No es Shakespeare, pero es real».
Tal y como en la pelĂcula, dentro de la artificiosidad y la manipulaciĂłn de la ediciĂłn hay un nĂşcleo de verdad. Salvo excepciones, los participantes no son actores: son como son. (Una amiga cercana da fe de ello: su sobrina participĂł en el programa para echarse unas risas y quizá conocer a alguien interesante). El nĂşcleo de verdad en First Dates no es incompatible con la paradoja de Heisenberg aplicada a la televisiĂłn: las escrutadoras cámaras influyen en lo que observan. Las cámaras provocan que algunos participantes actĂşen en la primera cita como si fuera la dĂ©cima y hubiera confianza entre las partes. De hecho, una crĂtica corriente en las redes es: «¿CĂłmo dice (…) en una primera cita…?»
A pesar de esto, el nĂşcleo de verdad persiste. AquĂ no hay un grupo de individuos encerrados en una casa que son conducidos a la enemistad por los guionistas a travĂ©s de pruebas de equipo y castigos. Sin la manipulaciĂłn de lo guionistas, Gran Hermano hubiera fenecido, y de manera justa y necesaria, en la primera temporada. Este nĂşcleo de verdad encierra otra paradoja. Cuando acaba queda cierto poso de culpabilidad, como cuando nos reĂmos de las torpezas cometidas por ancianos o niños. Nos hemos reĂdo de gente corriente con o sin justificaciĂłn. Este sentimiento de culpa forma parte del engranaje del espectáculo. Viendo el programa uno recuerda a Orson Welles:
«Odio la televisión del mismo modo que detesto los cacahuetes. Pero no puedo dejar de comer cacahuetes».
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