27 de septiembre 2017    /   ENTRETENIMIENTO
por
 

¿Es una mierda la música de mierda?

27 de septiembre 2017    /   ENTRETENIMIENTO     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista Noviembre haciendo clic aquí.

¿Está reñido el éxito con la calidad? ¿Ningunea la crítica a quien congrega a muchos seguidores? Estas preguntas y otras parecidas circulan desde hace tiempo entre algunos estandartes de la información. O entre simples curiosos. Puede que fuera Umberto Eco y su escala de cultura el que popularizó el debate y dividió en grupos a las posturas enfrentadas. Por un lado, aquellos apocalípticos paladines de lo sofisticado que denostaban lo masivo. Por otro, los integrados en un sistema donde el aplauso mayoritario no tiene por qué ser igual a mediocre.

La polémica ha continuado en la literatura, el arte o la música. Hasta llegar a Carl Wilson, periodista y crítico canadiense que se vio despotricando contra su paisana Céline Dion sin razones de peso. Vale, tenía una: sus discos le parecían una basura, tanto en letra como en melodía. Pero ella reunía a millones de fans, ponía banda sonora a una de las películas más oscarizadas de la historia y tenía un espectáculo en Las Vegas que era reclamo suficiente para cruzar el desierto desde cualquier estado. Así que, ¿por qué tanta inquina? ¿Quién estaba equivocado, él o los miles de admiradores que abarrotaban las salas?

Varios interrogantes así le hicieron zambullirse en sus propios prejuicios y escribir Música de mierda, ensayo sobre el «buen gusto, el clasismo y los prejuicios en el pop» publicado en España por Blackie Books. Ahora, la segunda parte  —Mierda de música— da un viraje hacia nuestro contexto. Hacia lo que tenemos por aquí. Textos del escritor Rodrigo Fresán, el sociólogo César Renduelles o el cantante Nacho Vegas, entre otros, componen doce heterogéneos argumentos sobre el esnobismo en la cultura o la figura de las folclóricas.

isabel_pantoja_-_13

Antes, Wilson adelanta por correo electrónico algunas de las conclusiones a las que llegó: «No creo que la crítica tenga que ser elitista. En el mejor de los casos, puede ser un elemento democratizador: después de todo, gran parte de la cultura que encontramos llega al público de arriba abajo en muchos sentidos, ya sea a través del consumismo corporativo o del campo privilegiado del arte. Sin embargo, cuando los críticos se confunden acerca de si están criticando la obra de arte o la audiencia, o cuando dan por hecho que sus propios puntos de vista culturales y sesgos son verdades objetivas en lugar de percepciones subjetivas, eso tiene una tendencia a conducir a un elitismo implícito».

Por suerte, defiende el articulista, la opinión ha cambiado: de los veredictos desde la trona se ha pasado a los dictámenes mucho más horizontales. Al coro de comentarios vertido sin el filtro del académico. «También hay una vanguardia arrepentida de haber sido la vanguardia », apostilla en su escrito la filósofa y profesora Marina Garcés. «La música popular, por ser parte de la cultura popular, es en sí misma una marca de infamia, ya que funciona como un estigma impuesto a sus consumidores y productores (el estigma de clase baja) por sus antagonistas, los que hacen y difunden la alta cultura y se autodefinen como nobles », apunta por su parte el ensayista José Luis Pardo.

Como buena controversia, su naturaleza es orgánica, evolutiva. Si en el inicio se cuestiona quién decide qué es bueno o malo, en el segundo volumen se intenta encontrar a la Céline Dion ibérica. Salvando distancias, algunos coinciden en señalar al camaleónico Raphael o a tonadilleras como Isabel Pantoja y Rocío Jurado. Coinciden, en este sentido, dos fenómenos extraños: mientras la prensa seria los ha ignorado, su público se ha mantenido fiel. Es más: rémora de otros periodos históricos, de repente se han erigido como abanderados del posmodernismo, llegando a ocupar carteles de festivales indie (véase Raphael en el Sonorama).

Queda ilustrado en el libro Indies, hipsters y gafapastas de Víctor Lenore. En él se cuenta la anécdota de cómo el redactor de un periódico nacional menospreció al dúo Camela. «¿Y qué les voy a preguntar yo a esos?», soltó. Una banda que ha sido número uno (por encima de las Spice Girls en su momento más potente) y que aún agota bolos en estadios. Pasó lo mismo con El Barrio, conjunto encabezado por el gaditano José Luis Figuereo.

Sus remixes aflamencados y sus baladas melindrosas no habían captado la atención de los medios hasta que era inevitable sacarlo: llenó el Palacio de los deportes de Madrid tanto o más que Alejandro Sanz. Cualquiera de ellos podría haberse apropiado de aquella famosa sentencia del novelista Ken Follet: «Detrás de cada crítico tengo a 1.000 lectores contentos».

«¿Debe la crítica o en qué dirección se debe educar el gusto? ¿Siempre contra la mayoría?, ¿siempre contra el discurso popular?, ¿siempre contra la felicidad?, ¿siempre contra la ideología dominante?», plantea Marta Sanz, una de las participantes, cuando se cuestiona la función de los especialistas.

«Creo que la crítica podría ser un actividad educativa, además de poner orden en el fárrago del mercado», continúa, «el problema es que la educación está mal vista: cada vez menos gente se atreve a colocarse en la posición de educar y, a la vez, nadie quiere ser educado porque todos nos creemos demagógicamente iguales y asumimos todas las violencias económicas del sistema, pero nos negamos a asumir que tanto la educación como el amor reflejan también relaciones de poder y establecen jerarquías. La crítica elitista es ese tipo de crítica mesiánica, pija y para iniciados (¡muy iniciados!) que va de que “no crítica” y con deshonestidad dice hablar desde ninguna parte y sin la pretensión de convencer».

celine dion

Para la ganadora del premio Anagrama de Novela por Farándula, Isabel Pantoja es un claro ejemplo de esa tirria racial que ejercen sus compatriotas como lo hacen los canadienses con Céline Dion. «Las dos apelan a la emoción y a la víscera del oyente, y convierten el gorgorito o la letra sentida en elementos de suntuosidad y desclasamiento positivo. Ambas cuentan además con historias para vender y erigirse en personajes de la épica rosa más allá de los talentos musicales propiamente dichos», razona.

Algo que Sergio del Molino, en plena promoción de su tercera novela, La mirada de los peces, lleva aún más lejos: «No hay una figura equivalente, porque hasta Julio Iglesias ha sido recuperado por algunos posmodernos y tiene una lectura irónica. Tal vez el heavy de los ochenta, Barón Rojo y demás, que se resiste a ser releído, que no encaja nunca en el buen gusto ni siquiera desde la ironía».

¿Y cómo educamos ese gusto o, volviendo al principio, lo clasificamos de bueno o malo? Para Del Molino, «sin educación, en rigor, no podemos hablar de gusto, pues el gusto involucra al criterio, y el criterio son elecciones; y no podemos hacer elecciones si no estamos informados suficientemente sobre la existencia de alternativas».

«Alguien no formado solo puede acceder y disfrutar de un repertorio muy limitado de creaciones, por lo que, en rigor, no elige, se resigna a lo que le llega», arguye quien cree que un buen crítico es aquel que evalúa si el autor cumple sus intenciones. Que divulga ciñéndose a un determinado contexto, sin ningún tipo de elitismo. «Lo más importante para aprender sobre el propio gusto es que no es objetivo, que no apareció de la nada», sostiene Wilson.

«Obviamente, siempre puedes aprender más y alcanzar una mayor refinación en tus elecciones. Cuando te das cuenta de que cada uno tiene sus razones para defender sus gustos, eres capaz de tener una relación menos instintiva y apreciar la diversidad de gustos de otras personas», concluye. Más o menos lo que resume Del Molino: «Ahora podré entender a Bach de muchas maneras, pero si no lo he recibido en los años iniciáticos —cuando la educación es sentimental y aún no del todo intelectual— no lo disfrutaré tanto como Barricada».

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista Noviembre haciendo clic aquí.

¿Está reñido el éxito con la calidad? ¿Ningunea la crítica a quien congrega a muchos seguidores? Estas preguntas y otras parecidas circulan desde hace tiempo entre algunos estandartes de la información. O entre simples curiosos. Puede que fuera Umberto Eco y su escala de cultura el que popularizó el debate y dividió en grupos a las posturas enfrentadas. Por un lado, aquellos apocalípticos paladines de lo sofisticado que denostaban lo masivo. Por otro, los integrados en un sistema donde el aplauso mayoritario no tiene por qué ser igual a mediocre.

La polémica ha continuado en la literatura, el arte o la música. Hasta llegar a Carl Wilson, periodista y crítico canadiense que se vio despotricando contra su paisana Céline Dion sin razones de peso. Vale, tenía una: sus discos le parecían una basura, tanto en letra como en melodía. Pero ella reunía a millones de fans, ponía banda sonora a una de las películas más oscarizadas de la historia y tenía un espectáculo en Las Vegas que era reclamo suficiente para cruzar el desierto desde cualquier estado. Así que, ¿por qué tanta inquina? ¿Quién estaba equivocado, él o los miles de admiradores que abarrotaban las salas?

Varios interrogantes así le hicieron zambullirse en sus propios prejuicios y escribir Música de mierda, ensayo sobre el «buen gusto, el clasismo y los prejuicios en el pop» publicado en España por Blackie Books. Ahora, la segunda parte  —Mierda de música— da un viraje hacia nuestro contexto. Hacia lo que tenemos por aquí. Textos del escritor Rodrigo Fresán, el sociólogo César Renduelles o el cantante Nacho Vegas, entre otros, componen doce heterogéneos argumentos sobre el esnobismo en la cultura o la figura de las folclóricas.

isabel_pantoja_-_13

Antes, Wilson adelanta por correo electrónico algunas de las conclusiones a las que llegó: «No creo que la crítica tenga que ser elitista. En el mejor de los casos, puede ser un elemento democratizador: después de todo, gran parte de la cultura que encontramos llega al público de arriba abajo en muchos sentidos, ya sea a través del consumismo corporativo o del campo privilegiado del arte. Sin embargo, cuando los críticos se confunden acerca de si están criticando la obra de arte o la audiencia, o cuando dan por hecho que sus propios puntos de vista culturales y sesgos son verdades objetivas en lugar de percepciones subjetivas, eso tiene una tendencia a conducir a un elitismo implícito».

Por suerte, defiende el articulista, la opinión ha cambiado: de los veredictos desde la trona se ha pasado a los dictámenes mucho más horizontales. Al coro de comentarios vertido sin el filtro del académico. «También hay una vanguardia arrepentida de haber sido la vanguardia », apostilla en su escrito la filósofa y profesora Marina Garcés. «La música popular, por ser parte de la cultura popular, es en sí misma una marca de infamia, ya que funciona como un estigma impuesto a sus consumidores y productores (el estigma de clase baja) por sus antagonistas, los que hacen y difunden la alta cultura y se autodefinen como nobles », apunta por su parte el ensayista José Luis Pardo.

Como buena controversia, su naturaleza es orgánica, evolutiva. Si en el inicio se cuestiona quién decide qué es bueno o malo, en el segundo volumen se intenta encontrar a la Céline Dion ibérica. Salvando distancias, algunos coinciden en señalar al camaleónico Raphael o a tonadilleras como Isabel Pantoja y Rocío Jurado. Coinciden, en este sentido, dos fenómenos extraños: mientras la prensa seria los ha ignorado, su público se ha mantenido fiel. Es más: rémora de otros periodos históricos, de repente se han erigido como abanderados del posmodernismo, llegando a ocupar carteles de festivales indie (véase Raphael en el Sonorama).

Queda ilustrado en el libro Indies, hipsters y gafapastas de Víctor Lenore. En él se cuenta la anécdota de cómo el redactor de un periódico nacional menospreció al dúo Camela. «¿Y qué les voy a preguntar yo a esos?», soltó. Una banda que ha sido número uno (por encima de las Spice Girls en su momento más potente) y que aún agota bolos en estadios. Pasó lo mismo con El Barrio, conjunto encabezado por el gaditano José Luis Figuereo.

Sus remixes aflamencados y sus baladas melindrosas no habían captado la atención de los medios hasta que era inevitable sacarlo: llenó el Palacio de los deportes de Madrid tanto o más que Alejandro Sanz. Cualquiera de ellos podría haberse apropiado de aquella famosa sentencia del novelista Ken Follet: «Detrás de cada crítico tengo a 1.000 lectores contentos».

«¿Debe la crítica o en qué dirección se debe educar el gusto? ¿Siempre contra la mayoría?, ¿siempre contra el discurso popular?, ¿siempre contra la felicidad?, ¿siempre contra la ideología dominante?», plantea Marta Sanz, una de las participantes, cuando se cuestiona la función de los especialistas.

«Creo que la crítica podría ser un actividad educativa, además de poner orden en el fárrago del mercado», continúa, «el problema es que la educación está mal vista: cada vez menos gente se atreve a colocarse en la posición de educar y, a la vez, nadie quiere ser educado porque todos nos creemos demagógicamente iguales y asumimos todas las violencias económicas del sistema, pero nos negamos a asumir que tanto la educación como el amor reflejan también relaciones de poder y establecen jerarquías. La crítica elitista es ese tipo de crítica mesiánica, pija y para iniciados (¡muy iniciados!) que va de que “no crítica” y con deshonestidad dice hablar desde ninguna parte y sin la pretensión de convencer».

celine dion

Para la ganadora del premio Anagrama de Novela por Farándula, Isabel Pantoja es un claro ejemplo de esa tirria racial que ejercen sus compatriotas como lo hacen los canadienses con Céline Dion. «Las dos apelan a la emoción y a la víscera del oyente, y convierten el gorgorito o la letra sentida en elementos de suntuosidad y desclasamiento positivo. Ambas cuentan además con historias para vender y erigirse en personajes de la épica rosa más allá de los talentos musicales propiamente dichos», razona.

Algo que Sergio del Molino, en plena promoción de su tercera novela, La mirada de los peces, lleva aún más lejos: «No hay una figura equivalente, porque hasta Julio Iglesias ha sido recuperado por algunos posmodernos y tiene una lectura irónica. Tal vez el heavy de los ochenta, Barón Rojo y demás, que se resiste a ser releído, que no encaja nunca en el buen gusto ni siquiera desde la ironía».

¿Y cómo educamos ese gusto o, volviendo al principio, lo clasificamos de bueno o malo? Para Del Molino, «sin educación, en rigor, no podemos hablar de gusto, pues el gusto involucra al criterio, y el criterio son elecciones; y no podemos hacer elecciones si no estamos informados suficientemente sobre la existencia de alternativas».

«Alguien no formado solo puede acceder y disfrutar de un repertorio muy limitado de creaciones, por lo que, en rigor, no elige, se resigna a lo que le llega», arguye quien cree que un buen crítico es aquel que evalúa si el autor cumple sus intenciones. Que divulga ciñéndose a un determinado contexto, sin ningún tipo de elitismo. «Lo más importante para aprender sobre el propio gusto es que no es objetivo, que no apareció de la nada», sostiene Wilson.

«Obviamente, siempre puedes aprender más y alcanzar una mayor refinación en tus elecciones. Cuando te das cuenta de que cada uno tiene sus razones para defender sus gustos, eres capaz de tener una relación menos instintiva y apreciar la diversidad de gustos de otras personas», concluye. Más o menos lo que resume Del Molino: «Ahora podré entender a Bach de muchas maneras, pero si no lo he recibido en los años iniciáticos —cuando la educación es sentimental y aún no del todo intelectual— no lo disfrutaré tanto como Barricada».

Compártelo twitter facebook whatsapp
Los papás y mamás que se tocan con Carlos Herrera y Bertín Osborne
‘Periferias’: 150 historias de Ricardo Cavolo que te harán replantearte qué es «lo normal»
El sistema es antisistema
Las tres fotos que Kodak podría haberse hecho (y que, inexplicablemente, no se hizo)
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp
Opiniones 3
  • Pues te cuento algo bonito:
    Verás, la música ha de elevar el espíritu, ensalzar los sentimientos y hacerte sentir vivo (o muerto). Pero en definitiva: hacerte sentir, emocionarte.

    TODO depende de lo grande que sea tu espíritu.

    Hay quienes gritamos con Black Sabbath y lloramos con Chopin. Quienes nos deleitamos con la experimentación electrónica y sus sonidos inimaginables, pero a la par también nos conmueve la música de cámara.

    Otros, sólo son capaces de atender al Pop y sus fórmulas repetidas hasta la saciedad. ¿Por qué? Pues porque no han recibido mayor formación.

    Saludos.

    • Pues te cuento algo bonito:
      Verás, la música ha de elevar el espíritu, ensalzar los sentimientos y hacerte sentir vivo (o muerto). Pero en definitiva: hacerte sentir, emocionarte.

      TODO depende de lo grande que sea tu espíritu.

      Hay quienes gritamos con Gorgoroth y lloramos con Rachmaninoff. Quienes nos deleitamos con el breakcore y sus sonidos inimaginables, pero a la par también nos conmueve la música de cámara.

      Otros, sólo son capaces de atender al Rock comercial y música “clásica” digna de ser banda sonora de una película familiar o de tono de llamada. ¿Por qué? Pues porque no han recibido mayor formación.

  • Completamente de acuerdo con David. Te pueden gustar muchos estilos o tipos de música, pero la curiosidad de espíritu, también te lleva a afinar el oído… y si afinas el espíritu y el oído solo querrás música de calidad, sea esta cual sea. Por cierto, descanse en paz Tom Petty.

  • Comentarios cerrados.

    Publicidad