26 de septiembre 2016    /   ENTRETENIMIENTO
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Los adultos también sueñan con ser músicos

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Uno lee los símbolos que motean un pentagrama, logra articular los dedos en la medida y el lugar precisos y, de pronto, vuelan notas y silencios, y crean una melodía. Los neurólogos han escaneado el cerebro humano en ese instante: las neuronas enloquecen, la química mental estalla como si fueran fuegos artificiales. Cuando uno consigue por primera vez que todo encaje y suene bien, vive algo parecido a una revelación. Pero esta sensación, la pérdida de la virginidad melódica, le está prácticamente vedada a los adultos.

No es raro que el aprendizaje musical se considere una actividad de niños o adolescentes. En la mayoría de los casos, se ve como una fantasía que acaba por abandonarse para dedicar el tiempo a tareas y obligaciones presuntamente más maduras.

Si un adulto desea formarse musicalmente, con vistas incluso a profesionalizarse, no encontrará lugar en el que hacerlo. La especialista Ana M. Vernia decidió acabar con esta discriminación y desarrolló el programa Educación Musical para Adultos (EMA) en la Comunidad Valenciana: «La UNESCO establece que no existan exclusiones educativas. En el caso de la música, los adultos están claramente excluidos», dice a Yorokobu.

La concentración, la creatividad, el manejo emocional, las habilidades sociolaborales. Todo se potencia o se pule a través de un instrumento

Si alguien a los 40 años decide cursar una nueva carrera, no tiene más que matricularse en la universidad. Sin embargo, si esa carrera es musical, primero, probablemente, a su alrededor se lo tomarán a broma y luego, cuando trate de matricularse, ningún conservatorio lo aceptará. De hecho, si alguno le da el visto bueno, tendrá que enfrentarse a unos horarios y unas pedagogías diseñadas para niños.

No obstante, dominar un instrumento, jugar con las armonías o deslizarse por la improvisación aporta unos beneficios colaterales que trascienden lo musical. La concentración, la creatividad, el manejo emocional, las habilidades sociolaborales. Todo se potencia o se pule a través de un instrumento. El experto del Instituto Tecnológico de Zúrich Lutz Jäncke propuso la música como terapia cognitiva por su capacidad de potenciar las habilidades lingüísticas y de análisis, la memoria o la inteligencia espacial. Su potencial llega extremos como mejorar la lectoescritura de las personas con dislexia.

Jordi A. Jauset, músico y neurobiólogo, explica qué hay detrás de los fuegos artificiales que se desatan en nuestro cerebro: «Es el arte que más carga cognitiva solicita. Implica muchas tareas: lectura, con su interpretación simbólica; la ejecución motora; atención y concentración; planificación de las acciones inmediatas; análisis del sonido emitido para su corrección; emotividad», detalla. Todo el cerebro se agita. «Se activan multitud de zonas de ambos hemisferios, cerebelo, áreas corticales y subcorticales: hay millones de neuronas conectándose». Una orgía sináptica que sucede a espaldas del auditorio mientras la cara del artista permanece impasible.

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Muchas empresas se han percatado de estas ventajas y ya empiezan a organizar terapias musicales de grupo, fundamentadas en la voz y en instrumentos de percusión. Una actividad descafeinada pero que, aun quedándose apenas en la superficie de lo que la música puede aportar, consigue generar cohesión grupal y motivación. «En cualquier interpretación en grupo», explica Jauset, «especialmente con el canto, aumenta la presencia de la neurohormona oxitocina (la hormona del amor, la que segrega la madre cuando amamanta al bebé); sincronizar la respiración y la tasa cardíaca se traduce en mayor unión personal».

Jauset revela que, en realidad, estas terapias de aire vanguardista promovidas por los departamentos de recursos humanos tienen un origen paleolítico: «Ya los neandertales se reunían en círculo alrededor de una hoguera para emitir sonidos guturales y lograr una mayor cohesión y confianza que les permitiera afrontar los peligros a los que se enfrentaban».

Ana M. Vernia dedicó su tesis doctoral a explorar la relación de la música con las competencias personales y sociales. Cuando inició el proyecto EMA, se marcó dos objetivos: uno burocrático y otro más trascendental. Por un lado, deseaba satisfacer la demanda real de formación por parte de los adultos y, por otro, comprobar en primera persona cómo la práctica instrumental flexibiliza los dedos para flexibilizar la mente. Los alumnos se armaron de saxofones, guitarras, xilófonos, trompetas, violines o clarinetes.

En el cerebro de un músico, los recuerdos son más ricos y fáciles de localizar

Durante dos cursos, nota a nota, los estudiantes solidificaron su autoestima, impulsaron su iniciativa e incrementaron la concentración en el trabajo: «Incluso participantes que, en ese momento, estaban moralmente hundidos, sin trabajo y con una personalidad que no les permitía afrontar la situación, se vieron capacitados para acudir a entrevistas de trabajo y conseguir un puesto. No lo buscábamos, pero sucedió». También aquellos que se sentían incapaces de hablar en público desecharon sus miedos cuando comprobaron que podían cantar delante de otras personas.

La directora de orquesta Carolyn Phillips detalló en sus Twelve Benefits of Musical Education que la frecuencia con que la interpretación obliga a enfrentarse a la ansiedad hace que, con el tiempo, aprendamos a manejarla. Al igual, destacó sus aportaciones a la empleabilidad: «Las empresas están buscando trabajadores multidimensionales con el tipo de inteligencias flexibles y dúctiles que la educación musical ayuda a crear».

Vernia aplicó pedagogías activas adaptadas exclusivamente para adultos, el aprendizaje se desarrollaba a través del canto, el movimiento o la expresión corporal. También se incidió en la composición y la improvisación. «Era un gran reto», reconoce Vernia. La improvisación exige que las armonías dejen de formar parte de una construcción teórica, que la música abandone la estructura fija de un compás y se desborde como la miel. Un ejercicio de este tipo es como un día de mucha presión en el trabajo: el tiempo es limitado, aparecen problemas para los que no hay respuesta y la experiencia debe subordinarse a la imaginación. Se requiere concentración, pero sobre todo emoción y ganas de jugar.

Porque, por mucho que la madurez exija seriedad, «que un adulto rechace todo tipo de juego es señal de que existe algún problema psicológico», señala Vernia. Como dijo el fundador del National Institute for Play, Stuart Brown, todos tenemos una «personalidad de juego». La clave es encontrarla.

Si un adulto, finalmente, se decide por tremolear una guitarra o por soplar un saxo y se aplica a ello durante años, su vida será más completa. Esto no es una frase publicitaria. En el cerebro de un músico, los recuerdos son más ricos y fáciles de localizar: clasifican cada frame del pasado colocándole más etiquetas que el resto de los mortales: sonidos, información, sentimientos, contextos, texturas. Todo a la vez. Y el volumen de una vida se mide por lo que se recuerda.    

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Uno lee los símbolos que motean un pentagrama, logra articular los dedos en la medida y el lugar precisos y, de pronto, vuelan notas y silencios, y crean una melodía. Los neurólogos han escaneado el cerebro humano en ese instante: las neuronas enloquecen, la química mental estalla como si fueran fuegos artificiales. Cuando uno consigue por primera vez que todo encaje y suene bien, vive algo parecido a una revelación. Pero esta sensación, la pérdida de la virginidad melódica, le está prácticamente vedada a los adultos.

No es raro que el aprendizaje musical se considere una actividad de niños o adolescentes. En la mayoría de los casos, se ve como una fantasía que acaba por abandonarse para dedicar el tiempo a tareas y obligaciones presuntamente más maduras.

Si un adulto desea formarse musicalmente, con vistas incluso a profesionalizarse, no encontrará lugar en el que hacerlo. La especialista Ana M. Vernia decidió acabar con esta discriminación y desarrolló el programa Educación Musical para Adultos (EMA) en la Comunidad Valenciana: «La UNESCO establece que no existan exclusiones educativas. En el caso de la música, los adultos están claramente excluidos», dice a Yorokobu.

La concentración, la creatividad, el manejo emocional, las habilidades sociolaborales. Todo se potencia o se pule a través de un instrumento

Si alguien a los 40 años decide cursar una nueva carrera, no tiene más que matricularse en la universidad. Sin embargo, si esa carrera es musical, primero, probablemente, a su alrededor se lo tomarán a broma y luego, cuando trate de matricularse, ningún conservatorio lo aceptará. De hecho, si alguno le da el visto bueno, tendrá que enfrentarse a unos horarios y unas pedagogías diseñadas para niños.

No obstante, dominar un instrumento, jugar con las armonías o deslizarse por la improvisación aporta unos beneficios colaterales que trascienden lo musical. La concentración, la creatividad, el manejo emocional, las habilidades sociolaborales. Todo se potencia o se pule a través de un instrumento. El experto del Instituto Tecnológico de Zúrich Lutz Jäncke propuso la música como terapia cognitiva por su capacidad de potenciar las habilidades lingüísticas y de análisis, la memoria o la inteligencia espacial. Su potencial llega extremos como mejorar la lectoescritura de las personas con dislexia.

Jordi A. Jauset, músico y neurobiólogo, explica qué hay detrás de los fuegos artificiales que se desatan en nuestro cerebro: «Es el arte que más carga cognitiva solicita. Implica muchas tareas: lectura, con su interpretación simbólica; la ejecución motora; atención y concentración; planificación de las acciones inmediatas; análisis del sonido emitido para su corrección; emotividad», detalla. Todo el cerebro se agita. «Se activan multitud de zonas de ambos hemisferios, cerebelo, áreas corticales y subcorticales: hay millones de neuronas conectándose». Una orgía sináptica que sucede a espaldas del auditorio mientras la cara del artista permanece impasible.

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Muchas empresas se han percatado de estas ventajas y ya empiezan a organizar terapias musicales de grupo, fundamentadas en la voz y en instrumentos de percusión. Una actividad descafeinada pero que, aun quedándose apenas en la superficie de lo que la música puede aportar, consigue generar cohesión grupal y motivación. «En cualquier interpretación en grupo», explica Jauset, «especialmente con el canto, aumenta la presencia de la neurohormona oxitocina (la hormona del amor, la que segrega la madre cuando amamanta al bebé); sincronizar la respiración y la tasa cardíaca se traduce en mayor unión personal».

Jauset revela que, en realidad, estas terapias de aire vanguardista promovidas por los departamentos de recursos humanos tienen un origen paleolítico: «Ya los neandertales se reunían en círculo alrededor de una hoguera para emitir sonidos guturales y lograr una mayor cohesión y confianza que les permitiera afrontar los peligros a los que se enfrentaban».

Ana M. Vernia dedicó su tesis doctoral a explorar la relación de la música con las competencias personales y sociales. Cuando inició el proyecto EMA, se marcó dos objetivos: uno burocrático y otro más trascendental. Por un lado, deseaba satisfacer la demanda real de formación por parte de los adultos y, por otro, comprobar en primera persona cómo la práctica instrumental flexibiliza los dedos para flexibilizar la mente. Los alumnos se armaron de saxofones, guitarras, xilófonos, trompetas, violines o clarinetes.

En el cerebro de un músico, los recuerdos son más ricos y fáciles de localizar

Durante dos cursos, nota a nota, los estudiantes solidificaron su autoestima, impulsaron su iniciativa e incrementaron la concentración en el trabajo: «Incluso participantes que, en ese momento, estaban moralmente hundidos, sin trabajo y con una personalidad que no les permitía afrontar la situación, se vieron capacitados para acudir a entrevistas de trabajo y conseguir un puesto. No lo buscábamos, pero sucedió». También aquellos que se sentían incapaces de hablar en público desecharon sus miedos cuando comprobaron que podían cantar delante de otras personas.

La directora de orquesta Carolyn Phillips detalló en sus Twelve Benefits of Musical Education que la frecuencia con que la interpretación obliga a enfrentarse a la ansiedad hace que, con el tiempo, aprendamos a manejarla. Al igual, destacó sus aportaciones a la empleabilidad: «Las empresas están buscando trabajadores multidimensionales con el tipo de inteligencias flexibles y dúctiles que la educación musical ayuda a crear».

Vernia aplicó pedagogías activas adaptadas exclusivamente para adultos, el aprendizaje se desarrollaba a través del canto, el movimiento o la expresión corporal. También se incidió en la composición y la improvisación. «Era un gran reto», reconoce Vernia. La improvisación exige que las armonías dejen de formar parte de una construcción teórica, que la música abandone la estructura fija de un compás y se desborde como la miel. Un ejercicio de este tipo es como un día de mucha presión en el trabajo: el tiempo es limitado, aparecen problemas para los que no hay respuesta y la experiencia debe subordinarse a la imaginación. Se requiere concentración, pero sobre todo emoción y ganas de jugar.

Porque, por mucho que la madurez exija seriedad, «que un adulto rechace todo tipo de juego es señal de que existe algún problema psicológico», señala Vernia. Como dijo el fundador del National Institute for Play, Stuart Brown, todos tenemos una «personalidad de juego». La clave es encontrarla.

Si un adulto, finalmente, se decide por tremolear una guitarra o por soplar un saxo y se aplica a ello durante años, su vida será más completa. Esto no es una frase publicitaria. En el cerebro de un músico, los recuerdos son más ricos y fáciles de localizar: clasifican cada frame del pasado colocándole más etiquetas que el resto de los mortales: sonidos, información, sentimientos, contextos, texturas. Todo a la vez. Y el volumen de una vida se mide por lo que se recuerda.    

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Opiniones 5
  • Estoy de acuerdo con este articulo.
    La mayoria de las academias de musica estan enfocadas a los chavales. Si alguien esta interesado siendo adulto en estudiar música, solo le queda el recurso de las clases privadas. Eso además si siendo un chaval tienes la posibilidad de estudiar en algun conservatorio si vives en Barcelona.
    La enseñanza de música es un lujo en Barcelona, no existe apoyo por parte de la administración.

  • Si bien es verdad que la enseñanza de música está enfocada en los jovenes no veo por que una persona no podría registrarse en una academia, de cualquier forma también puede ser un buen campo a llenar por un negocio.

  • Siempre he sido musico. No profesional, no estudiado, ni estudioso, solo por vocación y devoción. Ser músico no es vivir de la música, es vivir en la música, así que decidí organizar el caos de conocimientos dispersos del cual estaba hecha mi educación musical y decidí intentar acceder al conservatorio. Con cuarenta añitos!

    Me busque un profesor que me enseñara a leer de un pentagrama, armonia, teoria, … Y me presenté a las pruebas de acceso. Aprobé y accedí al conservatorio en grado profesional. Increíble pensé, dada mi inexistente educación musical.

    Fue un error. Empecé a sufrir la música y los métodos absurdos de algunos de mis profesores. Horarios imposibles de cuadrar con la vida laboral de un adulto, métodos inapropiados, grandes músicos que no saben enseñar….lo que me hizo salir de allí en cuanto me di cuenta que mi amor por la música se marchitaba.

    Señores profesores. No hay nadie más interesado en aprender que un adulto que sacrifica horarios de trabajo, tiempo libre y las neuronas que le quedan vivas ( entre tanto telediario, debate y ronaldos y Messis).

  • Totalmente de acuerdo. Empecé a los 16 años a estudiar música. Lo dejé durante el servicio militar y varios años después, al querer retomar los estudios, únicamente me quedaban las academias privadas por quedar excluido por edad de la enseñanza en conservatorio.

  • Comentarios cerrados.

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