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6 de junio 2016    /   ENTRETENIMIENTO
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Diálogo fotográfico entre balas perdidas y tiros en la nuca

6 de junio 2016    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Viven a los dos lados del océano Atlántico, separados por 8.140 kilómetros de distancia, y no se conocen. Son dos fotógrafos que trabajan desde hace años con una temática parecida, local y universal al mismo tiempo. Lo hacen con un lenguaje narrativo análogo, abarcando conceptos como la muerte, el dolor, la impotencia y, por encima de todo, la ausencia.

En Río de Janeiro son las balas pérdidas de una guerra no declarada las que se llevan por delante a centenares de víctimas inocentes, entre la consternación de unos y la indiferencia de otros. En España, cuatro décadas de tiros en la nuca y de coches bomba se han cebado con más de 800 personas igualmente inocentes, causando rabia, tormento y desconsuelo.

Bala perdida/Anna Kahn
Bala perdida/Anna Kahn

Ambos han recurrido a la contundencia de espacios desangelados y desiertos para sacudir la conciencia del espectador con imágenes inquietantes. La casualidad ha querido que los dos expongan su trabajo simultáneamente, una en Brasil y el otro en España.

«Es un desafío retratar una bala perdida. Es algo que ya ha ocurrido: en el escenario ya no queda ni la bala ni la víctima. Por eso tuve la idea de contar esa historia a través de la ausencia, porque es algo que incomoda mucho», explica Anna Kahn, fotógrafa carioca que el 8 de junio inaugura su exposición en el Museo de Arte (MAR) de Río de Janeiro.

Bala perdida/Anna Kahn
Bala perdida/Anna Kahn

«Todo mi trabajo se basa en la ausencia, la memoria y los espacio vacíos», reconoce Eduardo Nave, autor del fotolibro A la hora, en el lugar, que reconstruye la sangrienta historia de las víctimas del grupo terrorista ETA de una forma completamente inédita. Las fotos estarán expuestas hasta el 26 de junio en el Centro Cultural Montehermoso de Vitoria.

A la hora, en el lugar/Eduardo Nave
A la hora, en el lugar/Eduardo Nave

Anna Kahn comenzó Bala perdida cuando vivía en París. «La década de los 90 fue el periodo más sangriento en Río de Janeiro. Las muertes por balas perdidas eran una noticia casi cotidiana. Este tipo de suceso me emocionaba mucho, necesitaba contarlo. Entre 2000 y 2005, cada vez que visitaba mi ciudad me dediqué a retratar los lugares donde había fallecido fortuitamente alguna persona», relata.

Su proyecto es atrevido. Kahn escoge lugares de la periferia y los explora de noche con una cámara de medio formato, que no pasa desapercibida. «Esta elección me ha complicado bastante. Montada en el trípode, es casi un arma. En muchos sitios, resultaba realmente peligroso transitar sola en el medio de la noche. En alguna ocasión tuve que contratar a un vigilante», asegura.

Bala perdida/Anna Kahn
Bala perdida/Anna Kahn

En 2002, en Río de Janeiro una persona moría cada seis días por el impacto fortuito de una bala perdida. Aun así, no fue fácil recopilar la información en una época en la que el acceso a internet era limitado y los periódicos todavía no habían digitalizado sus archivos.

«Nadie hablaba de las balas perdidas. Ni siquiera había un registro oficial. Tuve que sumergirme en los archivos de papel de los diarios y pedir la ayuda de alguna ONG para encontrar los casos uno a uno. Tampoco había Google Maps. Me tocó ir a cada localización y buscar el sitio exacto», recuerda Kahn. A diferencia de lo que ocurre con las víctimas de ETA, tampoco existe una asociación de afectados por las balas perdidas que pudiese aportar datos e información.

Bala perdida/Anna Kahn
Bala perdida/Anna Kahn

La fotógrafa brasileña elige a propósito una narración vertical. «Este tipo de imagen sugiere que allí existió una persona. También refuerza la unidad narrativa: es una tragedia que se repite. Todos los casos siguen un patrón y por eso la repetición es muy importante», cuenta.

«Podría haber escogido localizaciones interiores o mezclar los paisajes urbanos con el retrato de alguna víctima. Hay una infinidad de enfoques posibles, pero fui estrechando el cerco. Incluso los pies de foto se repiten a propósito: volviendo a casa, de vuelta a casa, camino de casa… Quería reforzar la banalidad de las situaciones en contrapunto a lo trágico», señala Kahn, que ha expuesto este trabajo también en Berlín.

Bala perdida/Anna Kahn
Bala perdida/Anna Kahn

Por supuesto, hay una motivación autobiográfica detrás de su ensayo. «Tendría unos 10 años cuando la violencia se me aproximó por primera vez. En un autobús, en Copacabana, apuntaron una arma a la cabeza de mi abuela. Era un atraco. Su anillo fue arrancado delante de mis ojos. Allí fue robada también la imagen que yo tenía del mundo», revela Kahn. A los 14 años vio cómo su hermano fue apuñalado. A los 22, fue asaltada en un autobús y casi resultó herida por una bala perdida. Todo en su vida carioca conducía irremediablemente a la violencia.

«Es una historia muy emblemática en una ciudad como Río de Janeiro», afirma. «De alguna forma quise reflexionar sobre el exceso de armas que existe en mi ciudad. La gente no puede acostumbrarse a ello. Las balas perdidas alcanzan a la persona errada en el momento y en el lugar errado. Es algo tan absurdamente aleatorio», añade. Es lo opuesto de lo que acontecía con las balas de ETA, que buscaban a la persona exacta a la hora exacta.

Bala perdida/Anna Kahn
Bala perdida/Anna Kahn

También en el caso de Eduardo Nave hay un acontecimiento autobiográfico que le llevó a concebir su proyecto. «Tenía 15 años cuando ETA mató al padre de un compañero de colegio. Recuerdo el impacto que me produjo la noticia y la conmoción que sentí al atravesar los jardines de la Avenida de Blasco Ibáñez, donde Manuel Broseta había sido disparado», cuenta el fotógrafo valenciano.

Casi dos décadas después, Nave comenzó a recorrer la geografía española con el fin de llegar a los escenarios de estos crímenes en el día y a la hora exacta en que se produjeron los atentados. «Quería estar a la hora y en el lugar. Es un intento de recuperar la memoria de aquellos sucesos», aclara.

A la hora, en el lugar muestra aquellos lugares anodinos que quedaron marcados por la muerte, consecuencia de atentados terroristas perpetrados por ETA. «Son sitios ordinarios, sin interés, sin especificidad, escenarios no de la memoria sino del olvido. Lugares donde hoy no queda nada, sólo el vacío», explica Nave.

El fotógrafo, que ha usado una cámara de placas, escoge el tiempo de exposición basándose en el tipo de atentado. Si es un tiro en la nuca, la exposición es más corta. En el caso de un coche bomba, el fotógrafo calcula lo que pudo durar la explosión y adecua el diafragma de su cámara al caso que pretende retratar. «El fotoperiodismo del siglo XXI tiene un tempo muy rápido. Las noticias caducan enseguida. A mí me apetecía contar esta historia de una forma más pausada», señala Nave.

A la hora, en el lugar/Eduardo Nave
A la hora, en el lugar/Eduardo Nave

En su obra la ausencia es una constante. La utiliza tanto en el trabajo Normandie: les rivages du débarquement, como en el ensayo Once de marzo, sobre los atentados de Madrid de 2004. «Creo que retratando la ausencia, de alguna forma, haces más presente a la persona. Parece una contradicción, pero muchas veces la gente ve más en un espacio vacío que si le mostraras un cadáver», reflexiona.

«Al final, cada fotógrafo en cierta medida habla de su vida. Cada uno intenta recordar los atentados que le pasan en la vida. A mí me parece aburrido hablar de mí mismo en primera persona. Prefiero exteriorizar a través de otros conflictos, que podrían ser los míos», agrega.

A la hora, en el lugar/Eduardo Nave
A la hora, en el lugar/Eduardo Nave

En ambos casos, salta a la cabeza la referencia al trabajo de Joel Sternfeld, On this Site. Sin embargo, ninguno de los dos fotógrafos conocía este ensayo al concebir sus respectivos proyectos. «Yo vi On this Site cuando ya había empezado A la hora, en el lugar», revela Nave. «No tenía esta referencia. Llegué a la ausencia por ensayo y error», reconoce Kahn. Es otra curiosa casualidad que aproxima a los dos fotógrafos.

«Para mí es reconfortante saber que al otro lado del charco hay gente que hace cosas similares a las mías. Te alegra saber que no estás solo en el mundo», dice Nave. «El trabajo de Ana me ha parecido potente, sincero, interesante y duro. Son lugares complicados de fotografiar, llenos de obstáculos visuales», añade. «La obra de Eduardo tiene mucho que ver con la mía, sobre todo el silencio que transmiten sus fotos. Es algo que yo también intenté conseguir», concluye Kahn.

Bala perdida/Anna Kahn
Bala perdida/Anna Kahn

 

Bala perdida/Anna Kahn
Bala perdida/Anna Kahn

 

Bala perdida/Anna Kahn
Bala perdida/Anna Kahn

 

Bala perdida/Anna Kahn
Bala perdida/Anna Kahn

 

Bala perdida/Anna Kahn
Bala perdida/Anna Kahn

 

Bala perdida/Anna Kahn
Bala perdida/Anna Kahn

 

A la hora, en el lugar/Eduardo Nave
A la hora, en el lugar/Eduardo Nave

 

A la hora, en el lugar/Eduardo Nave
A la hora, en el lugar/Eduardo Nave

 

A la hora, en el lugar/Eduardo Nave
A la hora, en el lugar/Eduardo Nave

 

A la hora, en el lugar/Eduardo Nave
A la hora, en el lugar/Eduardo Nave

 

A la hora, en el lugar/Eduardo Nave
A la hora, en el lugar/Eduardo Nave

 

A la hora, en el lugar/Eduardo Nave
A la hora, en el lugar/Eduardo Nave

Viven a los dos lados del océano Atlántico, separados por 8.140 kilómetros de distancia, y no se conocen. Son dos fotógrafos que trabajan desde hace años con una temática parecida, local y universal al mismo tiempo. Lo hacen con un lenguaje narrativo análogo, abarcando conceptos como la muerte, el dolor, la impotencia y, por encima de todo, la ausencia.

En Río de Janeiro son las balas pérdidas de una guerra no declarada las que se llevan por delante a centenares de víctimas inocentes, entre la consternación de unos y la indiferencia de otros. En España, cuatro décadas de tiros en la nuca y de coches bomba se han cebado con más de 800 personas igualmente inocentes, causando rabia, tormento y desconsuelo.

Bala perdida/Anna Kahn
Bala perdida/Anna Kahn

Ambos han recurrido a la contundencia de espacios desangelados y desiertos para sacudir la conciencia del espectador con imágenes inquietantes. La casualidad ha querido que los dos expongan su trabajo simultáneamente, una en Brasil y el otro en España.

«Es un desafío retratar una bala perdida. Es algo que ya ha ocurrido: en el escenario ya no queda ni la bala ni la víctima. Por eso tuve la idea de contar esa historia a través de la ausencia, porque es algo que incomoda mucho», explica Anna Kahn, fotógrafa carioca que el 8 de junio inaugura su exposición en el Museo de Arte (MAR) de Río de Janeiro.

Bala perdida/Anna Kahn
Bala perdida/Anna Kahn

«Todo mi trabajo se basa en la ausencia, la memoria y los espacio vacíos», reconoce Eduardo Nave, autor del fotolibro A la hora, en el lugar, que reconstruye la sangrienta historia de las víctimas del grupo terrorista ETA de una forma completamente inédita. Las fotos estarán expuestas hasta el 26 de junio en el Centro Cultural Montehermoso de Vitoria.

A la hora, en el lugar/Eduardo Nave
A la hora, en el lugar/Eduardo Nave

Anna Kahn comenzó Bala perdida cuando vivía en París. «La década de los 90 fue el periodo más sangriento en Río de Janeiro. Las muertes por balas perdidas eran una noticia casi cotidiana. Este tipo de suceso me emocionaba mucho, necesitaba contarlo. Entre 2000 y 2005, cada vez que visitaba mi ciudad me dediqué a retratar los lugares donde había fallecido fortuitamente alguna persona», relata.

Su proyecto es atrevido. Kahn escoge lugares de la periferia y los explora de noche con una cámara de medio formato, que no pasa desapercibida. «Esta elección me ha complicado bastante. Montada en el trípode, es casi un arma. En muchos sitios, resultaba realmente peligroso transitar sola en el medio de la noche. En alguna ocasión tuve que contratar a un vigilante», asegura.

Bala perdida/Anna Kahn
Bala perdida/Anna Kahn

En 2002, en Río de Janeiro una persona moría cada seis días por el impacto fortuito de una bala perdida. Aun así, no fue fácil recopilar la información en una época en la que el acceso a internet era limitado y los periódicos todavía no habían digitalizado sus archivos.

«Nadie hablaba de las balas perdidas. Ni siquiera había un registro oficial. Tuve que sumergirme en los archivos de papel de los diarios y pedir la ayuda de alguna ONG para encontrar los casos uno a uno. Tampoco había Google Maps. Me tocó ir a cada localización y buscar el sitio exacto», recuerda Kahn. A diferencia de lo que ocurre con las víctimas de ETA, tampoco existe una asociación de afectados por las balas perdidas que pudiese aportar datos e información.

Bala perdida/Anna Kahn
Bala perdida/Anna Kahn

La fotógrafa brasileña elige a propósito una narración vertical. «Este tipo de imagen sugiere que allí existió una persona. También refuerza la unidad narrativa: es una tragedia que se repite. Todos los casos siguen un patrón y por eso la repetición es muy importante», cuenta.

«Podría haber escogido localizaciones interiores o mezclar los paisajes urbanos con el retrato de alguna víctima. Hay una infinidad de enfoques posibles, pero fui estrechando el cerco. Incluso los pies de foto se repiten a propósito: volviendo a casa, de vuelta a casa, camino de casa… Quería reforzar la banalidad de las situaciones en contrapunto a lo trágico», señala Kahn, que ha expuesto este trabajo también en Berlín.

Bala perdida/Anna Kahn
Bala perdida/Anna Kahn

Por supuesto, hay una motivación autobiográfica detrás de su ensayo. «Tendría unos 10 años cuando la violencia se me aproximó por primera vez. En un autobús, en Copacabana, apuntaron una arma a la cabeza de mi abuela. Era un atraco. Su anillo fue arrancado delante de mis ojos. Allí fue robada también la imagen que yo tenía del mundo», revela Kahn. A los 14 años vio cómo su hermano fue apuñalado. A los 22, fue asaltada en un autobús y casi resultó herida por una bala perdida. Todo en su vida carioca conducía irremediablemente a la violencia.

«Es una historia muy emblemática en una ciudad como Río de Janeiro», afirma. «De alguna forma quise reflexionar sobre el exceso de armas que existe en mi ciudad. La gente no puede acostumbrarse a ello. Las balas perdidas alcanzan a la persona errada en el momento y en el lugar errado. Es algo tan absurdamente aleatorio», añade. Es lo opuesto de lo que acontecía con las balas de ETA, que buscaban a la persona exacta a la hora exacta.

Bala perdida/Anna Kahn
Bala perdida/Anna Kahn

También en el caso de Eduardo Nave hay un acontecimiento autobiográfico que le llevó a concebir su proyecto. «Tenía 15 años cuando ETA mató al padre de un compañero de colegio. Recuerdo el impacto que me produjo la noticia y la conmoción que sentí al atravesar los jardines de la Avenida de Blasco Ibáñez, donde Manuel Broseta había sido disparado», cuenta el fotógrafo valenciano.

Casi dos décadas después, Nave comenzó a recorrer la geografía española con el fin de llegar a los escenarios de estos crímenes en el día y a la hora exacta en que se produjeron los atentados. «Quería estar a la hora y en el lugar. Es un intento de recuperar la memoria de aquellos sucesos», aclara.

A la hora, en el lugar muestra aquellos lugares anodinos que quedaron marcados por la muerte, consecuencia de atentados terroristas perpetrados por ETA. «Son sitios ordinarios, sin interés, sin especificidad, escenarios no de la memoria sino del olvido. Lugares donde hoy no queda nada, sólo el vacío», explica Nave.

El fotógrafo, que ha usado una cámara de placas, escoge el tiempo de exposición basándose en el tipo de atentado. Si es un tiro en la nuca, la exposición es más corta. En el caso de un coche bomba, el fotógrafo calcula lo que pudo durar la explosión y adecua el diafragma de su cámara al caso que pretende retratar. «El fotoperiodismo del siglo XXI tiene un tempo muy rápido. Las noticias caducan enseguida. A mí me apetecía contar esta historia de una forma más pausada», señala Nave.

A la hora, en el lugar/Eduardo Nave
A la hora, en el lugar/Eduardo Nave

En su obra la ausencia es una constante. La utiliza tanto en el trabajo Normandie: les rivages du débarquement, como en el ensayo Once de marzo, sobre los atentados de Madrid de 2004. «Creo que retratando la ausencia, de alguna forma, haces más presente a la persona. Parece una contradicción, pero muchas veces la gente ve más en un espacio vacío que si le mostraras un cadáver», reflexiona.

«Al final, cada fotógrafo en cierta medida habla de su vida. Cada uno intenta recordar los atentados que le pasan en la vida. A mí me parece aburrido hablar de mí mismo en primera persona. Prefiero exteriorizar a través de otros conflictos, que podrían ser los míos», agrega.

A la hora, en el lugar/Eduardo Nave
A la hora, en el lugar/Eduardo Nave

En ambos casos, salta a la cabeza la referencia al trabajo de Joel Sternfeld, On this Site. Sin embargo, ninguno de los dos fotógrafos conocía este ensayo al concebir sus respectivos proyectos. «Yo vi On this Site cuando ya había empezado A la hora, en el lugar», revela Nave. «No tenía esta referencia. Llegué a la ausencia por ensayo y error», reconoce Kahn. Es otra curiosa casualidad que aproxima a los dos fotógrafos.

«Para mí es reconfortante saber que al otro lado del charco hay gente que hace cosas similares a las mías. Te alegra saber que no estás solo en el mundo», dice Nave. «El trabajo de Ana me ha parecido potente, sincero, interesante y duro. Son lugares complicados de fotografiar, llenos de obstáculos visuales», añade. «La obra de Eduardo tiene mucho que ver con la mía, sobre todo el silencio que transmiten sus fotos. Es algo que yo también intenté conseguir», concluye Kahn.

Bala perdida/Anna Kahn
Bala perdida/Anna Kahn

 

Bala perdida/Anna Kahn
Bala perdida/Anna Kahn

 

Bala perdida/Anna Kahn
Bala perdida/Anna Kahn

 

Bala perdida/Anna Kahn
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Bala perdida/Anna Kahn
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Bala perdida/Anna Kahn
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A la hora, en el lugar/Eduardo Nave
A la hora, en el lugar/Eduardo Nave

 

A la hora, en el lugar/Eduardo Nave
A la hora, en el lugar/Eduardo Nave

 

A la hora, en el lugar/Eduardo Nave
A la hora, en el lugar/Eduardo Nave

 

A la hora, en el lugar/Eduardo Nave
A la hora, en el lugar/Eduardo Nave

 

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A la hora, en el lugar/Eduardo Nave
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