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2 de mayo 2012    /   CIENCIA
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Entrecot de mamut sobre lecho de bayas silvestres

2 de mayo 2012    /   CIENCIA     por          
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Sin la agricultura no existiría la civilización, ni el mundo estaría poblado por 7.000 millones de almas ni, por supuesto, existirían las estrellas Michelín. Pero la agricultura no sólo ha traído bondades, sino un sinfín de enfermedades directamente relacionadas con la alimentación, incluyendo alergias, cánceres y una creciente pandemia de obesidad que se nos viene encima como un tsunami de carne cebada por dulces, cereales refinados y gasas trans.

Cada día cobra más presencia un movimiento que promueve el retorno a la dieta paleolítica: volver a comer los alimentos que consumían nuestros ancestros hace más de 15.000 años, cuando los primeros brotes verdes de trigo domesticado empezaban a crecer en el Creciente Fértil. El motivo de este aparente anacronismo es que “nuestro genoma es idéntico al de nuestros antecesores paleolíticos de hace 200.000 años, por lo que nuestros genes están más adaptados a la alimentación de nuestros ancestros”, dice el doctor José Enrique Campillo, autor del libro ‘El mono obeso’.

La paleodieta fue popularizada a mediados de los años 70 por el gastroenterólogo Walter Voegtlin y llegó al Viejo Continente de la mano del Staffan Lindeberg, un médico sueco que descubrió que la población de Kitava -una isla del archipiélago Trobiand, Nueva Guinea- no sufría diabetes, hipertensión, enfermedades coronarias, ni obesidad. ¿El motivo? Los “kitaveños” son uno de los últimos pueblos del planeta cuyos hábitos alimenticios se mantienen prácticamente idénticos a la de los primeros homo sapiens que habitaron la isla.

Eso sí, “en cuanto los habitantes de Kitava empiezan a consumir una dieta occidental, enferman”, sostiene el nutriólogo canario Malean Fontes, investigador del Center for Primary Health, que dirige Lindeberg. Fontes es un ferviente seguidor de la dieta paleolítica: jamás come cereales, con excepción de “un plato de arroz” de tarde en tarde, ni productos lácteos, ni dulces.

El “tabú” de los cereales es el punto más controvertido de la paleodieta. Los cereales –arroz, trigo, maíz, cebada – son, con diferencia, la primera fuente de alimentos para la humanidad. Sin embargo, el sector más ortodoxo de la paleodieta recomienda suprimir totalmente su consumo: “Los cereales como un arma de doble filo para la humanidad –asegura Fontes-: Permiten que la mitad de la población mundial puede sobrevivir pero a cambio provocan un sinfín de enfermedades”.

El doctor Campillo no está de acuerdo: “No hay que renunciar al consumo de cereales, sobre todo el trigo y sus derivados, lo que pasa es que hay que comerlos integrales, porque los que comemos hoy en día están tan refinados que son basura”. “Los cereales –prosigue el autor de ‘El mono obeso’- no se pudieron digerir hasta que se inventó el fuego. De hecho, hay legumbres como la judía blanca que son venenosas y que sólo podemos consumir gracias a la cocción”.

Más consenso hay con la leche, un “antialimento” para los seguidores de la dieta paleolítica. En realidad, tres de cada cinco seres humanos son incapaces de digerir la lactosa y los que sí somos capaces –básicamente europeos y norteamericanos, más cuanto más al norte- lo hacemos desde hace dos días, en términos evolutivos: hace 7.500 años que nuestros ancestros empezaron a consumir leche de vaca en Escandinavia para suplir la falta de vitamina D provocada por la baja radiación solar en esa zona. Eso explica, por ejemplo, que el 90% de los negros sea incapaz de digerir derivados de los lácteos: donde luce el sol sobra la leche (que no venga de mamá).

Si bien es la leche “un alimento rico en nutrientes, calcio, oligosacáridos y proteínas”, también tiene una “cara oculta”, explica Manel Fontes: los antinutrientes, que pueden causar en el humano “predisposición a la escleriosis múltiple, eczemas y dermatitis”. Una opinión que comparte Enrique Campillo, para quien la leche “es un elemento antinatural. No existe ningún mamífero que sea capaz de consumir leche tras el destete, incluidos los seres humanos”. Su recomendación: suplirla por otros alimentos: “Todo lo bueno que tiene la leche lo tenemos en cualquier otro alimento”.

La paleodieta también tiene sus detractores: pocas cosas causan más controversia que una dieta, más aún cuando es extrema y proclive al chiste fácil (valga el título de este artículo como muestra). Antropólogos consideran que las 500 generaciones transcurridas desde la invención de la agricultura son más que suficientes para que nos hayamos adaptado a la “nueva” alimentación. Defensor como es de la dieta paleolítica, el doctor Campillo no es ajeno a los extremismos que encierra: “Bajo el término de paelodieta ya se están cometiendo desmanes, hay asociaciones que llegan a estrenos de que comen sólo lo que cazan, pero eso son desviaciones”, remata.

Este artículo fue publicado en el número de mayo de Ling Magazine.

Ilustración: Juan Díaz Faes

Sin la agricultura no existiría la civilización, ni el mundo estaría poblado por 7.000 millones de almas ni, por supuesto, existirían las estrellas Michelín. Pero la agricultura no sólo ha traído bondades, sino un sinfín de enfermedades directamente relacionadas con la alimentación, incluyendo alergias, cánceres y una creciente pandemia de obesidad que se nos viene encima como un tsunami de carne cebada por dulces, cereales refinados y gasas trans.

Cada día cobra más presencia un movimiento que promueve el retorno a la dieta paleolítica: volver a comer los alimentos que consumían nuestros ancestros hace más de 15.000 años, cuando los primeros brotes verdes de trigo domesticado empezaban a crecer en el Creciente Fértil. El motivo de este aparente anacronismo es que “nuestro genoma es idéntico al de nuestros antecesores paleolíticos de hace 200.000 años, por lo que nuestros genes están más adaptados a la alimentación de nuestros ancestros”, dice el doctor José Enrique Campillo, autor del libro ‘El mono obeso’.

La paleodieta fue popularizada a mediados de los años 70 por el gastroenterólogo Walter Voegtlin y llegó al Viejo Continente de la mano del Staffan Lindeberg, un médico sueco que descubrió que la población de Kitava -una isla del archipiélago Trobiand, Nueva Guinea- no sufría diabetes, hipertensión, enfermedades coronarias, ni obesidad. ¿El motivo? Los “kitaveños” son uno de los últimos pueblos del planeta cuyos hábitos alimenticios se mantienen prácticamente idénticos a la de los primeros homo sapiens que habitaron la isla.

Eso sí, “en cuanto los habitantes de Kitava empiezan a consumir una dieta occidental, enferman”, sostiene el nutriólogo canario Malean Fontes, investigador del Center for Primary Health, que dirige Lindeberg. Fontes es un ferviente seguidor de la dieta paleolítica: jamás come cereales, con excepción de “un plato de arroz” de tarde en tarde, ni productos lácteos, ni dulces.

El “tabú” de los cereales es el punto más controvertido de la paleodieta. Los cereales –arroz, trigo, maíz, cebada – son, con diferencia, la primera fuente de alimentos para la humanidad. Sin embargo, el sector más ortodoxo de la paleodieta recomienda suprimir totalmente su consumo: “Los cereales como un arma de doble filo para la humanidad –asegura Fontes-: Permiten que la mitad de la población mundial puede sobrevivir pero a cambio provocan un sinfín de enfermedades”.

El doctor Campillo no está de acuerdo: “No hay que renunciar al consumo de cereales, sobre todo el trigo y sus derivados, lo que pasa es que hay que comerlos integrales, porque los que comemos hoy en día están tan refinados que son basura”. “Los cereales –prosigue el autor de ‘El mono obeso’- no se pudieron digerir hasta que se inventó el fuego. De hecho, hay legumbres como la judía blanca que son venenosas y que sólo podemos consumir gracias a la cocción”.

Más consenso hay con la leche, un “antialimento” para los seguidores de la dieta paleolítica. En realidad, tres de cada cinco seres humanos son incapaces de digerir la lactosa y los que sí somos capaces –básicamente europeos y norteamericanos, más cuanto más al norte- lo hacemos desde hace dos días, en términos evolutivos: hace 7.500 años que nuestros ancestros empezaron a consumir leche de vaca en Escandinavia para suplir la falta de vitamina D provocada por la baja radiación solar en esa zona. Eso explica, por ejemplo, que el 90% de los negros sea incapaz de digerir derivados de los lácteos: donde luce el sol sobra la leche (que no venga de mamá).

Si bien es la leche “un alimento rico en nutrientes, calcio, oligosacáridos y proteínas”, también tiene una “cara oculta”, explica Manel Fontes: los antinutrientes, que pueden causar en el humano “predisposición a la escleriosis múltiple, eczemas y dermatitis”. Una opinión que comparte Enrique Campillo, para quien la leche “es un elemento antinatural. No existe ningún mamífero que sea capaz de consumir leche tras el destete, incluidos los seres humanos”. Su recomendación: suplirla por otros alimentos: “Todo lo bueno que tiene la leche lo tenemos en cualquier otro alimento”.

La paleodieta también tiene sus detractores: pocas cosas causan más controversia que una dieta, más aún cuando es extrema y proclive al chiste fácil (valga el título de este artículo como muestra). Antropólogos consideran que las 500 generaciones transcurridas desde la invención de la agricultura son más que suficientes para que nos hayamos adaptado a la “nueva” alimentación. Defensor como es de la dieta paleolítica, el doctor Campillo no es ajeno a los extremismos que encierra: “Bajo el término de paelodieta ya se están cometiendo desmanes, hay asociaciones que llegan a estrenos de que comen sólo lo que cazan, pero eso son desviaciones”, remata.

Este artículo fue publicado en el número de mayo de Ling Magazine.

Ilustración: Juan Díaz Faes

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