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22 de septiembre 2016    /   BUSINESS
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Entrevista con el hijo de Pablo Escobar: «Mi padre me mostró el camino que no hay que recorrer»

22 de septiembre 2016    /   BUSINESS     por          
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Ser el hijo de Pablo Escobar fue primero el más dulce de los sueños y luego, la peor de las pesadillas. Juan Pablo Escobar tenía sólo 16 años cuando en 1993 su padre fue abatido (todavía no se sabe exactamente por quién ni en qué circunstancias) en  los tejados de Medellín, la ciudad desde la que había ejercido su dominio del mercado de la cocaína durante los años 80. Con tan pocos años, ya había vivido en el lujo absoluto en la Hacienda Nápoles, tuvo todo lo que deseó y cientos de personas estaban a su servicio, pero todo aquello se acabó pronto, conforme los crímenes de su padre y la violencia que los acompañó fueron en aumento. La riqueza dio paso a la guerra, la clandestinidad y posteriormente, al exilio en Argentina.

Desde hace unos años, y ya bajo el nuevo nombre de Juan Sebastián Marroquín (adoptado en su exilio argentino), el hijo de Escobar ha comenzado a poner orden en los capítulos de su vida relacionados con su padre. Lo hizo primero con la colaboración en el documental Pecados de mi padre dirigido por Nicolás Entel en 2009 y durante el cual se reunió, como símbolo de reconciliación, con los hijos de dos de los políticos asesinados por su padre, Rodrigo Lara y Luis Carlos Galán; y ha seguido con la publicación de un libro escrito por él mismo titulado Pablo Escobar, mi padre (2015, Península) en el que cuenta en primera persona todo lo que pasó durante aquellos años y en los que vinieron después de la muerte del jefe del cártel de Medellín, relativamente poco conocidos por el gran público. Juan Pablo, o Sebastián, se ha convertido en un defensor de la paz en Colombia y da charlas por todo el mundo contando su historia, según él un ejemplo de que la reconciliación y el perdón es posible en las circunstancias más adversas.

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Foto: Claudio Esses

Con el estreno el año pasado de la serie de Netflix Narcos y de la segunda temporada hace solo unos días, la figura de Escobar no puede estar más de actualidad.

Hola Sebastián. Me citaste a las 10 hora colombiana, por lo que deduzco que ahora mismo estás en ese país.

Juan Pablo Escobar: Así es.

¿Cuál es actualmente tu situación? ¿Puedes vivir tranquilamente en Colombia?

Llevo unos meses por aquí. Vine debido a la investigación que estoy realizando para la elaboración de un segundo libro en torno a mi padre que hablará de muchas cosas que no se han contado sobre él y que creo que van a sorprender al mundo porque ni yo mismo las conocía.

Y la verdad es que hasta ahora no ha sucedido nada, he podido ir tranquilo a cualquier lado. Lo cierto es que no suelo frecuentar lugares públicos, pero la gente que me ha reconocido ha sido amable. Las pocas personas que se me acercan lo hacen con respeto. Creo que Colombia, en ese aspecto, ha mejorado mucho. Por supuesto que la violencia no ha terminado, pero sí que se vive mucho más tranquilo.

¿Aún te consideras visitante allí en Colombia?

Mi casa no está en Colombia ahora mismo por la historia que nos condena aquí. Bueno, no a nosotros, pero sí a nuestro padre; y entendemos el dolor que muchas personas sufrieron a causa de la violencia que él desató. Sabemos que eso es una marca fuerte para la familia, imposible de borrar. Nuestra familia tiene que hacerse cargo moralmente de todos esos actos, aunque no penalmente ya que nosotros no los cometimos. De cualquier modo en Colombia se nos recibe bien porque ya no se nos ve como una amenaza para el país, sino como una familia que quiere apostar por la paz.

La nueva serie sobre tu padre ha dado a conocer su figura a muchos jóvenes que no lo conocían y que ni siquiera habían nacido cuando todo esto pasó. Tu libro Pablo Escobar, mi padre ha sido un éxito en España. Hace 23 años de la muerte de tu padre y está claro que nadie parece querer olvidarse de él. ¿Por qué crees que está ocurriendo esto?

Esta es una historia que involucra a todo un país, con miles de víctimas de una violencia que no ha terminado, que no terminó con Pablo Escobar. Al contrario, sigue vigente a pesar de que él hace ya muchos años que murió.

A la gente le atrae mucho esta historia: la primera edición en España de mi libro salió en abril del año pasado y se agotó en 24 horas. Ha sido un éxito y nos ha sorprendido gratamente. Ha pasado lo mismo en toda Latinoamérica y en todos los países en los que se ha publicado, incluido Brasil, Portugal… Por ahora se ha traducido a nueve idiomas.

Lo que creo que ha generado ese éxito es la honestidad con la que está escrito. Al lector no se le puede engañar fácilmente, detecta perfectamente cuándo le estás contando un cuento y cuándo no. Creo que la gente ha entendido que, como suelo decir, está escrito con lágrimas pero sin odio, y con la intención de dejar un mensaje inequívoco sobre lo que vivimos. No he querido hacer nunca apología del delito, sino una reflexión profunda sobre estos episodios de la vida nacional de Colombia, que esperamos que nunca se repitan y que con esa intención son publicados.

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Creo que mi función es contar la historia con responsabilidad. Es necesario trabajar para dar un mensaje positivo, pero tener mucho cuidado para no dar a los jóvenes la sensación de que mi padre era una estrella del rock. Me entristece mucho cuando me escriben chicos por las redes sociales y me dicen que quieren ser narcotraficantes como mi padre y que quieren que yo les ayude.

Hay que tener mucho cuidado y no añadir al narcotráfico un glamour que no tiene para evitar que los jóvenes crean que ser narco es algo cool. Yo tuve la oportunidad de convertirme en Pablo Escobar 2.0 y no lo hice debido a la gran cantidad de experiencias que me enseñaron que el camino que no tenía que recorrer era precisamente el que había recorrido mi padre.

Me ha resultado muy interesante que empieces el relato de tu libro en el momento en el que estáis recluidos en las Residencias Tequendama de Bogotá tras la muerte de tu padre. De hecho, es curioso que la historia de la vida de tu padre empiece nada menos que en la página 97. ¿Por qué lo hiciste así?

Esa idea se la debo a un amigo. Cuando terminé el libro, se lo pasé para que lo leyera y, tras hacerlo, me lanzó un comentario lapidario: «Es aburridísimo». Entonces le pregunté cuál creía él que podría ser la solución y me sugirió comenzar por el final, por lo que la gente no conocía. Así conseguiría la atención del lector. Esa etapa de la historia también revela a mi juicio algunas claves de la misma.

Creo que la historia de tu padre tiene tres grandes capítulos. Una primera etapa idílica, con los lujos de la Hacienda Nápoles; una segunda política, que será el desencadenante de la tercera y última, la de la guerra y la muerte. Me interesa mucho la primera etapa, la de la opulencia extrema y luego la pérdida de todo eso y el exilio en Argentina. ¿Cómo fue vivir así siendo un niño?

De aquella primera época recuerdo una opulencia absoluta. No había límites para lo que quisieras tener o comprar. El dinero dejó de ser una preocupación para nosotros. Entonces no sabíamos que en el futuro se convertiría en un gran problema. De hecho, cuanto mayor cantidad de riquezas comenzamos a tener, mayores fueron las limitaciones que comenzamos a sufrir. Esa desproporción de dinero en la que nadábamos nos llevó a vivir en un mundo de fantasía, una época que pensábamos que iba a durar toda la vida.

Cuando estás rodeado de tantísimo poder, no solo económico sino militar, no piensas con claridad. Mi padre se llegó a creer dueño no sé si del mundo, pero desde luego de una buena parte de él. Nadie está acostumbrado a administrar esa cantidad de poder y menos una persona que tiene un origen campesino y que de repente se encuentra con millones de dólares y un poder militar desproporcionado.

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Cortesía de la familia Escobar Henao

Yo suelo pensar que aquella época de Nápoles fueron unos 5 minutos de disfrute en medio de toda una vida de ataques y de persecuciones, huidas, bombas y masacres. Lo que pasó después oscurece totalmente para mí esa época dorada en la que vivíamos en una finca de 3.000 hectáreas con zoológico privado con más de 1.200 especies, 27 lagos artificiales, 700 empleados, 10 casas para atenderte, aeropuerto, helipuerto… Muchas cosas materiales y muchos falsos amigos, que era casi lo que más abundaba; había más de esos que dólares.

Realmente eso duró poco y a lo que me dedico ahora es a dejar claro a los jóvenes en mis conferencias que esos pequeños instantes de disfrute no valieron la pena. Mis recuerdos más queridos de aquellos años no son las riquezas, sino los momentos en los que pudimos estar tranquilos con mi padre, en familia, momentos que fueron muy escasos y que seguramente son los que él hubiera querido tener y cuya fortuna nunca pudo comprar.

¿Qué ocurre cuando tu padre comienza a ser perseguido?

Nuestras propiedades comenzaron a ser allanadas, nos comenzaron a perseguir, tuvimos que huir a Panamá, a Nicaragua… Es cierto que todavía teníamos mucho dinero, pero no lo podíamos gastar en nada. Cuando la libertad y el dinero no van de la mano, no eres nadie, eres más pobre que el más pobre.

Recuerdo un momento muy revelador que ocurrió en 1993, poco tiempo antes de la muerte de mi padre. Estábamos escondidos con él, acosados por la policía sin que ellos lo supieran, en una casa en la que había varios millones de dólares en efectivo, pero muriéndonos de hambre porque no podíamos salir a comprar ni un kilo de arroz. Esas son lecciones de vida que a mí me han marcado para siempre.

¿Hablabais en ese momento de estas paradojas? ¿O en momentos tan complejos no se llega a pensar en estas cosas?

En aquellos momentos en los que estábamos acosados por la justicia, pasando hambre, con millones a nuestro alrededor, con nuestras propiedades, nuestras colecciones de obras de arte y automóviles siendo bombardeadas e incendiadas, mi madre lloraba y se angustiaba por lo que estaba pasando. Entonces mi padre siempre la calmaba diciéndole: «La mayor fortuna que tenemos y que no hemos perdido somos nosotros, la familia. Lo que bombardean son cuestiones materiales que van y vienen; lo importante somos nosotros, los miembros de nuestra familia que estamos vivos y unidos y eso vale más que todo el oro del mundo». Esa era la visión de mi padre frente a todo lo que estaba pasando, la cual ayudó a mi madre a cambiar su mirada respecto a lo que nos ocurría entonces y a lo que vino después.

Realmente sí que es una visión muy sencilla, de alguien pegado a la tierra.

Sí, él siempre decía: «mientras tu refrigerador tenga comida, no tienes de qué preocuparte».

¿En qué momento eres consciente de que algo no es normal a tu alrededor?

Evidentemente, desde muy pequeño en mi casa había más lujos que en cualquier otra casa de mis compañeros, con lo cual yo tenía claro que era un privilegiado y que tenía cosas que otros no podían tener. Mi padre se encargaba de marcarme eso, porque él no quería que yo me lo creyera, que no pensara que era Carlos Gardel, que no me podía dejar obnubilar por esa gran cantidad de cosas que tenía. Siempre me inculcó esa manera de relacionarme tanto con lo material como con las personas a raíz de tener todas esas cosas.

A pesar de todas las riquezas que acumuló, mi padre continuó siendo la misma persona en el trato directo que había sido siempre. Nunca modificó su actitud frente a la vida a pesar de que, sin ninguna duda, esta lo convirtió en un hombre más violento. Pero en esencia, él hizo grandes esfuerzos por seguir siendo la misma persona.

Pablo-Escobar-muerto-de-Botero

¿Pudiste ir a un colegio normal con otros niños?

Hasta quinto de primaria (11 años) pude ir con cierta normalidad. Posteriormente, mi padre decidió que yo no debía ir más al colegio debido a que ya habían intentado secuestrarme muchas veces y no quería que me arriesgara más. Todo mi bachillerato lo cursé en escondites con profesores particulares y con autorización del Ministerio de Educación.

Uno de los momentos más interesantes para mí es cuando salís de Colombia tras la muerte de tu padre y, tras pasar mil vicisitudes, os exiliáis en Argentina. ¿Cómo viviste el cambio de nombre y estudiar en la universidad? ¿Cómo gestionaste el convertirte en alguien anónimo de la noche a la mañana?

Fue maravilloso tener el privilegio de no ser nadie después de todo lo que había pasado. Fui despojado de forma automática de todas las ventajas de las que había disfrutado toda la vida gracias a ser el hijo de quien era. La experiencia argentina fue muy enriquecedora gracias a eso, a que nunca utilizamos nuestro apellido para obtener nada, lo que nos permitió enterarnos de cómo era la vida real.

Al principio teníamos mucho miedo a esa vida que no habíamos experimentado nunca. Hablo de cosas como tener que superar el miedo a pedirle una hamburguesa al cajero de un McDonald’s sencillamente porque nunca habíamos interactuado con el mundo exterior. Siempre teníamos un séquito de guardaespaldas que lo hacían todo por nosotros; ni siquiera pagabas la cuenta. Por eso cuando miras a tu alrededor y no hay nadie, tienes hambre y quieres una hamburguesa, pues tienes que ir tú mismo a por ella. Antes yo deseaba la comida y esta aparecía en la mesa como por arte de magia.

Eso fue al principio. Luego sí que ya llegó el karma del exilio, la melancolía por haber tenido que abandonar tu patria, algo que hemos estado sufriendo todos estos años. Un exilio en el que todavía estamos a consecuencia de la violencia de mi padre y por las amenazas que yo en su momento lancé contra el país y contra los que habían matado a mi padre diciendo que iba a vengar su muerte. La gente recuerda esas amenazas, pero no recuerda que yo, diez minutos después, me retracté y juré ser un hombre de paz, que ha sido lo que he venido cumpliendo desde entonces. 23 años de paz por mi parte creo que dejan bastante clara la intención de que no tenemos ganas de convertirnos en capos de la droga. Yo soy un hombre de paz y me gusta más el aire acondicionado que el calor de la selva.

En este sentido es bastante emocionante el momento, retratado en Pecados de mi padre, del encuentro con los hijos de Rodrigo Lara y Luis Carlos Galán, dos de los políticos más importantes asesinados a órdenes de Pablo Escobar. ¿Cómo viviste este encuentro? ¿Sigues teniendo alguna relación con ellos?

Sí, tenemos contactos esporádicos para temas muy puntuales en los que a ellos, que están involucrados en temas políticos en Colombia, les interesa mi opinión. Desde aquel encuentro hemos tenido una comunicación cordial. Pero es cierto que yo tampoco buscaba tener una amistad con ellos porque, evidentemente, las historias de dolor que nos unen lo hacen muy difícil.

Pero sí que es muy esperanzador cómo con la familia del ministro Rodrigo Lara, concretamente con su hijo menor, Jorge, tengo una gran amistad y cada vez que viajo a Bogotá nos encontramos, me invita a su casa, él prepara la cena… Tenemos una relación que a mí me sorprende y que me llena de esperanza. No es una relación muy pública, pero yo quiero que lo sea en algún momento porque es un gran ejemplo de convivencia para los colombianos, que demuestra que es perfectamente posible que nos reconciliemos y podamos seguir adelante. Esto tiene que ser un ejemplo para Colombia en este momento en el que estamos tratando de encontrar la manera de dejar atrás 50 años de odio y de violencia.

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Foto: Claudio Esses

Y con el resto de los hijos que acudieron a ese encuentro, ¿cómo te llevas?

Con el resto la relación es más distante. A varios de ellos no les gustaron mucho algunos apartados de mi libro, porque, siendo francos, no les favorecen en sus intereses políticos. Yo lo lamento mucho; estoy contando la verdad, una verdad que a todos nos duele. A mí más que a nadie, porque reconocer que tu padre fue un asesino, un narcoterrorista, un secuestrador, un torturador… no es tan sencillo. Sin embargo yo lo he hecho justamente y con un amplio sentido de la responsabilidad.

Por supuesto que cuando cuentas este tipo de historias hablas de personas, de intereses, y a los aludidos no les gusta, pero yo no estoy aquí para disfrazar la verdad y tengo que contarla como fue. Espero que ellos entiendan que no fue mi intención hacer nada en su contra, que simplemente cuento las cosas que averigüé sobre mi padre.

En este sentido, tras las noticias del proceso de paz en Colombia, ¿cómo ves tú el presente y el futuro de tu país?

Yo puedo decir, por mi experiencia en las negociaciones de paz con los cárteles de la droga después de la muerte de mi padre, que mi familia fue capaz de hacer la paz con todos ellos en las condiciones más desventajosas que te puedas imaginar. No había quién peleara por nosotros y teníamos delante a todos los grandes jefes del narcotráfico de Colombia que me querían ver muerto. Nosotros conseguimos la paz y llevamos 23 años sin un solo tiro por ninguna de las partes.

Según mi experiencia, la paz a cualquier precio es barata. Creo que vale la pena hacer todos los esfuerzos necesarios para conseguir que esta paz actual se pueda firmar y votemos todos por el sí. Porque, ¿cuál es la propuesta de la oposición? ¿Que nos sigamos matando 50 años más? ¿Que sigamos viendo cómo la guerrilla llena los campos de minas antipersona, como el ejército extermina a guerrilleros y cómo los guerrilleros matan soldados? ¿Vamos a seguir todavía más tiempo probando la misma fórmula? ¿Cuándo ha hecho la guerra algo bueno por Colombia? Que me den un solo ejemplo y me plantearé votar no. Porque hasta ahora no he visto más que un reguero de sangre, muertes, gente que se ha tenido que ir de sus casas… Con lo cual, para mí, están completamente locos aquellos que proponen no aceptar la oportunidad de paz que tenemos frente a nosotros. Creo que es una actitud muy irresponsable defender la violencia.

¿Cuál es tu opinión sobre la legalización de las drogas?

Es un tema complejo y largo. Pero me gustaría decirte alguna cosa sobre el tema. Lo primero: las drogas ya están legalizadas en todo el planeta porque llegan a tu casa sin problemas. Nadie las detiene en el camino. Si tú quieres tomar drogas, nadie te impide hacerlo, te llegan antes que una pizza.

El problema que tienen ahora los países es cómo regularizar esas sustancias. La prohibición nos tiene en la guerra en la que estamos, ha traído la enorme violencia, la financiación de esa violencia y la corrupción que ha permitido que el tráfico internacional de drogas siga hoy intacto. Los precios de la droga se han mantenido prácticamente invariables desde la muerte de mi padre. Si la lucha antidroga hubiera tenido algún éxito, no habría cocaína y sería muy caro conseguirla. Sin embargo, en las noticias nos bombardean con detenciones, aprehensiones, cárteles desarticulados… Pero la cocaína sigue llegando a destino a tiempo y en cantidades ilimitadas.

En la medida en la que las drogas no se regularicen, los Estados seguirán entregando la responsabilidad de la administración y el negocio de las drogas a los narcotraficantes, a los delincuentes. Para mí la prohibición es el mayor acto de irresponsabilidad de los líderes del mundo, que han elegido dejar en manos de los narcos el negocio de las drogas. ¿Y sabes cuánto le importa a un narco la salud de sus clientes? Cero. Es más, si puede empeorarla, mejor para su negocio.

Al no regular las drogas, los estados están eludiendo su propia responsabilidad frente a los ciudadanos y además garantizan la reaparición sistemática de personajes como mi padre, capaces de desafiar a todas las democracias del planeta. Eso es la prohibición para mí, una herramienta que garantiza la violencia, que garantiza la corrupción y que garantiza el tráfico internacional de armas y hasta de personas.

¿Tienes actualmente alguna relación con las personas que formaban parte de los cárteles colombianos de la droga cuando murió tu padre? ¿O nunca más volviste a saber de ellos?

Yo me crié entre bandidos. Los peores criminales de Colombia fueron mis niñeras. Crecí entre ellos y me hice amigo de muchos de ellos, yo no conocía otro mundo. Me hubiera encantado crecer junto a gente educada en Harvard, pero yo nací donde nací y eso implica que, aunque el tiempo pase, muchas personas conserven afecto por los momentos compartidos, por la gratitud que tienen a la figura de mi padre. Lo cierto es que la gran mayoría de ellos ya han muerto, porque esta guerra fue devastadora. De la multitud de personas que estaban al servicio de mi papá, hoy deben quedar en pie cinco como mucho.

Ellos también me respetan por cómo he contado la historia de mi padre, que también es la suya, con responsabilidad para todo el mundo. Y también porque soy un hombre de paz. Nadie de aquellos tiempos me llama para otra cosa que no sea para saludarme.

Ahora, con la investigación de mi segundo libro, también he contactado con mucha gente cercana a mi padre precisamente porque ellos son las personas que conocen esas historias.

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Cortesía de la familia Escobar Henao

Háblame un poco de ese libro que estás redactando…

¡Va a ser mucho más interesante de lo que yo imaginaba! Porque tiene unas historias muy complejas y llenas de datos muy novedosos. Creo que la principal consecuencia de este libro, aparte de traerme muchos problemas, va a ser destapar la gran hipocresía que hay en el mundo del narcotráfico y lo que lo rodea. Espero que haga que nos pongamos a hablar en serio de estos temas y dejemos de poner paños calientes a un problema para el que hay que buscar una solución en serio.

Si hacemos esto, quizá haya una posibilidad cierta de que el mundo pueda replantearse una postura global contra las drogas y que se acostumbre a convivir con ellas como una parte de nuestra cultura. Esto no quiere decir que sean buenas, sino que tenemos que ser consecuentes con el hecho de que existen y de que van a seguir existiendo.

El libro contará también muchas otras historias muy poderosas de mi padre que desconocía. Conforme he ido levantando capas y capas, he descubierto a un Pablo Escobar intenso, profundo y también perverso.

¿Se centra sólo en Pablo o va más allá en cuanto a personajes, temas, países?

Los protagonistas del libro son mi padre y muchas otras figuras. Nunca nadie se preguntó quién era el jefe de Pablo Escobar. En mi nuevo libro podremos descubrirlo. Siempre hay un pez más grande.

Mi padre siempre decía que el puesto de presidente de la República no era el puesto más importante de Colombia.

¿Cuándo planeas publicarlo? ¿Saldrá a la vez en todos los países hispanohablantes?

Saldrá este año y, aunque desconozco las gestiones de la editorial debido al éxito del primer libro, espero que se haga un lanzamiento masivo. El estreno de la segunda temporada de Narcos también ayudará, por supuesto.

¿Cuánto tiempo llevas trabajando en él?

Llevo unos seis meses aproximadamente. La mayor parte de las investigaciones se han hecho aquí, en Colombia. Y creo que con él me estoy asegurando que nunca más me van a conceder la visa.

Me gustaría acabar haciéndote una pregunta bastante personal. Tu padre fue una figura muy controvertida, casi icónica, y supongo que eso, de por sí, marca bastante. Pero me gustaría que me dijeras qué aprendiste a nivel personal de tu padre. Cuándo piensas en él, ¿qué es lo primero que te viene a la mente?

Hay una frase de mi libro que creo que resume bien la lección más valiosa que aprendí de él. Aparece en los agradecimientos finales: «A mi padre, que me mostró el camino que no hay que recorrer».

También es cierto que en la vida de mi padre hay muchas cosas que merecen ser imitadas, porque no todo fueron bombas, asesinatos selectivos, magnicidios… Hubo otras etapas de su vida, anteriores a la violencia, que fueron positivas. Ayudó a mucha gente. Aunque eso no lo exculpa de la responsabilidad por los crímenes cometidos, claro, pero nos permiten entender su personalidad y sus extremos, tanto en la bondad como en la maldad. Su personaje es contradictorio de principio a fin, lo mires por donde lo mires.

Ser el hijo de Pablo Escobar fue primero el más dulce de los sueños y luego, la peor de las pesadillas. Juan Pablo Escobar tenía sólo 16 años cuando en 1993 su padre fue abatido (todavía no se sabe exactamente por quién ni en qué circunstancias) en  los tejados de Medellín, la ciudad desde la que había ejercido su dominio del mercado de la cocaína durante los años 80. Con tan pocos años, ya había vivido en el lujo absoluto en la Hacienda Nápoles, tuvo todo lo que deseó y cientos de personas estaban a su servicio, pero todo aquello se acabó pronto, conforme los crímenes de su padre y la violencia que los acompañó fueron en aumento. La riqueza dio paso a la guerra, la clandestinidad y posteriormente, al exilio en Argentina.

Desde hace unos años, y ya bajo el nuevo nombre de Juan Sebastián Marroquín (adoptado en su exilio argentino), el hijo de Escobar ha comenzado a poner orden en los capítulos de su vida relacionados con su padre. Lo hizo primero con la colaboración en el documental Pecados de mi padre dirigido por Nicolás Entel en 2009 y durante el cual se reunió, como símbolo de reconciliación, con los hijos de dos de los políticos asesinados por su padre, Rodrigo Lara y Luis Carlos Galán; y ha seguido con la publicación de un libro escrito por él mismo titulado Pablo Escobar, mi padre (2015, Península) en el que cuenta en primera persona todo lo que pasó durante aquellos años y en los que vinieron después de la muerte del jefe del cártel de Medellín, relativamente poco conocidos por el gran público. Juan Pablo, o Sebastián, se ha convertido en un defensor de la paz en Colombia y da charlas por todo el mundo contando su historia, según él un ejemplo de que la reconciliación y el perdón es posible en las circunstancias más adversas.

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Foto: Claudio Esses

Con el estreno el año pasado de la serie de Netflix Narcos y de la segunda temporada hace solo unos días, la figura de Escobar no puede estar más de actualidad.

Hola Sebastián. Me citaste a las 10 hora colombiana, por lo que deduzco que ahora mismo estás en ese país.

Juan Pablo Escobar: Así es.

¿Cuál es actualmente tu situación? ¿Puedes vivir tranquilamente en Colombia?

Llevo unos meses por aquí. Vine debido a la investigación que estoy realizando para la elaboración de un segundo libro en torno a mi padre que hablará de muchas cosas que no se han contado sobre él y que creo que van a sorprender al mundo porque ni yo mismo las conocía.

Y la verdad es que hasta ahora no ha sucedido nada, he podido ir tranquilo a cualquier lado. Lo cierto es que no suelo frecuentar lugares públicos, pero la gente que me ha reconocido ha sido amable. Las pocas personas que se me acercan lo hacen con respeto. Creo que Colombia, en ese aspecto, ha mejorado mucho. Por supuesto que la violencia no ha terminado, pero sí que se vive mucho más tranquilo.

¿Aún te consideras visitante allí en Colombia?

Mi casa no está en Colombia ahora mismo por la historia que nos condena aquí. Bueno, no a nosotros, pero sí a nuestro padre; y entendemos el dolor que muchas personas sufrieron a causa de la violencia que él desató. Sabemos que eso es una marca fuerte para la familia, imposible de borrar. Nuestra familia tiene que hacerse cargo moralmente de todos esos actos, aunque no penalmente ya que nosotros no los cometimos. De cualquier modo en Colombia se nos recibe bien porque ya no se nos ve como una amenaza para el país, sino como una familia que quiere apostar por la paz.

La nueva serie sobre tu padre ha dado a conocer su figura a muchos jóvenes que no lo conocían y que ni siquiera habían nacido cuando todo esto pasó. Tu libro Pablo Escobar, mi padre ha sido un éxito en España. Hace 23 años de la muerte de tu padre y está claro que nadie parece querer olvidarse de él. ¿Por qué crees que está ocurriendo esto?

Esta es una historia que involucra a todo un país, con miles de víctimas de una violencia que no ha terminado, que no terminó con Pablo Escobar. Al contrario, sigue vigente a pesar de que él hace ya muchos años que murió.

A la gente le atrae mucho esta historia: la primera edición en España de mi libro salió en abril del año pasado y se agotó en 24 horas. Ha sido un éxito y nos ha sorprendido gratamente. Ha pasado lo mismo en toda Latinoamérica y en todos los países en los que se ha publicado, incluido Brasil, Portugal… Por ahora se ha traducido a nueve idiomas.

Lo que creo que ha generado ese éxito es la honestidad con la que está escrito. Al lector no se le puede engañar fácilmente, detecta perfectamente cuándo le estás contando un cuento y cuándo no. Creo que la gente ha entendido que, como suelo decir, está escrito con lágrimas pero sin odio, y con la intención de dejar un mensaje inequívoco sobre lo que vivimos. No he querido hacer nunca apología del delito, sino una reflexión profunda sobre estos episodios de la vida nacional de Colombia, que esperamos que nunca se repitan y que con esa intención son publicados.

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Creo que mi función es contar la historia con responsabilidad. Es necesario trabajar para dar un mensaje positivo, pero tener mucho cuidado para no dar a los jóvenes la sensación de que mi padre era una estrella del rock. Me entristece mucho cuando me escriben chicos por las redes sociales y me dicen que quieren ser narcotraficantes como mi padre y que quieren que yo les ayude.

Hay que tener mucho cuidado y no añadir al narcotráfico un glamour que no tiene para evitar que los jóvenes crean que ser narco es algo cool. Yo tuve la oportunidad de convertirme en Pablo Escobar 2.0 y no lo hice debido a la gran cantidad de experiencias que me enseñaron que el camino que no tenía que recorrer era precisamente el que había recorrido mi padre.

Me ha resultado muy interesante que empieces el relato de tu libro en el momento en el que estáis recluidos en las Residencias Tequendama de Bogotá tras la muerte de tu padre. De hecho, es curioso que la historia de la vida de tu padre empiece nada menos que en la página 97. ¿Por qué lo hiciste así?

Esa idea se la debo a un amigo. Cuando terminé el libro, se lo pasé para que lo leyera y, tras hacerlo, me lanzó un comentario lapidario: «Es aburridísimo». Entonces le pregunté cuál creía él que podría ser la solución y me sugirió comenzar por el final, por lo que la gente no conocía. Así conseguiría la atención del lector. Esa etapa de la historia también revela a mi juicio algunas claves de la misma.

Creo que la historia de tu padre tiene tres grandes capítulos. Una primera etapa idílica, con los lujos de la Hacienda Nápoles; una segunda política, que será el desencadenante de la tercera y última, la de la guerra y la muerte. Me interesa mucho la primera etapa, la de la opulencia extrema y luego la pérdida de todo eso y el exilio en Argentina. ¿Cómo fue vivir así siendo un niño?

De aquella primera época recuerdo una opulencia absoluta. No había límites para lo que quisieras tener o comprar. El dinero dejó de ser una preocupación para nosotros. Entonces no sabíamos que en el futuro se convertiría en un gran problema. De hecho, cuanto mayor cantidad de riquezas comenzamos a tener, mayores fueron las limitaciones que comenzamos a sufrir. Esa desproporción de dinero en la que nadábamos nos llevó a vivir en un mundo de fantasía, una época que pensábamos que iba a durar toda la vida.

Cuando estás rodeado de tantísimo poder, no solo económico sino militar, no piensas con claridad. Mi padre se llegó a creer dueño no sé si del mundo, pero desde luego de una buena parte de él. Nadie está acostumbrado a administrar esa cantidad de poder y menos una persona que tiene un origen campesino y que de repente se encuentra con millones de dólares y un poder militar desproporcionado.

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Cortesía de la familia Escobar Henao

Yo suelo pensar que aquella época de Nápoles fueron unos 5 minutos de disfrute en medio de toda una vida de ataques y de persecuciones, huidas, bombas y masacres. Lo que pasó después oscurece totalmente para mí esa época dorada en la que vivíamos en una finca de 3.000 hectáreas con zoológico privado con más de 1.200 especies, 27 lagos artificiales, 700 empleados, 10 casas para atenderte, aeropuerto, helipuerto… Muchas cosas materiales y muchos falsos amigos, que era casi lo que más abundaba; había más de esos que dólares.

Realmente eso duró poco y a lo que me dedico ahora es a dejar claro a los jóvenes en mis conferencias que esos pequeños instantes de disfrute no valieron la pena. Mis recuerdos más queridos de aquellos años no son las riquezas, sino los momentos en los que pudimos estar tranquilos con mi padre, en familia, momentos que fueron muy escasos y que seguramente son los que él hubiera querido tener y cuya fortuna nunca pudo comprar.

¿Qué ocurre cuando tu padre comienza a ser perseguido?

Nuestras propiedades comenzaron a ser allanadas, nos comenzaron a perseguir, tuvimos que huir a Panamá, a Nicaragua… Es cierto que todavía teníamos mucho dinero, pero no lo podíamos gastar en nada. Cuando la libertad y el dinero no van de la mano, no eres nadie, eres más pobre que el más pobre.

Recuerdo un momento muy revelador que ocurrió en 1993, poco tiempo antes de la muerte de mi padre. Estábamos escondidos con él, acosados por la policía sin que ellos lo supieran, en una casa en la que había varios millones de dólares en efectivo, pero muriéndonos de hambre porque no podíamos salir a comprar ni un kilo de arroz. Esas son lecciones de vida que a mí me han marcado para siempre.

¿Hablabais en ese momento de estas paradojas? ¿O en momentos tan complejos no se llega a pensar en estas cosas?

En aquellos momentos en los que estábamos acosados por la justicia, pasando hambre, con millones a nuestro alrededor, con nuestras propiedades, nuestras colecciones de obras de arte y automóviles siendo bombardeadas e incendiadas, mi madre lloraba y se angustiaba por lo que estaba pasando. Entonces mi padre siempre la calmaba diciéndole: «La mayor fortuna que tenemos y que no hemos perdido somos nosotros, la familia. Lo que bombardean son cuestiones materiales que van y vienen; lo importante somos nosotros, los miembros de nuestra familia que estamos vivos y unidos y eso vale más que todo el oro del mundo». Esa era la visión de mi padre frente a todo lo que estaba pasando, la cual ayudó a mi madre a cambiar su mirada respecto a lo que nos ocurría entonces y a lo que vino después.

Realmente sí que es una visión muy sencilla, de alguien pegado a la tierra.

Sí, él siempre decía: «mientras tu refrigerador tenga comida, no tienes de qué preocuparte».

¿En qué momento eres consciente de que algo no es normal a tu alrededor?

Evidentemente, desde muy pequeño en mi casa había más lujos que en cualquier otra casa de mis compañeros, con lo cual yo tenía claro que era un privilegiado y que tenía cosas que otros no podían tener. Mi padre se encargaba de marcarme eso, porque él no quería que yo me lo creyera, que no pensara que era Carlos Gardel, que no me podía dejar obnubilar por esa gran cantidad de cosas que tenía. Siempre me inculcó esa manera de relacionarme tanto con lo material como con las personas a raíz de tener todas esas cosas.

A pesar de todas las riquezas que acumuló, mi padre continuó siendo la misma persona en el trato directo que había sido siempre. Nunca modificó su actitud frente a la vida a pesar de que, sin ninguna duda, esta lo convirtió en un hombre más violento. Pero en esencia, él hizo grandes esfuerzos por seguir siendo la misma persona.

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¿Pudiste ir a un colegio normal con otros niños?

Hasta quinto de primaria (11 años) pude ir con cierta normalidad. Posteriormente, mi padre decidió que yo no debía ir más al colegio debido a que ya habían intentado secuestrarme muchas veces y no quería que me arriesgara más. Todo mi bachillerato lo cursé en escondites con profesores particulares y con autorización del Ministerio de Educación.

Uno de los momentos más interesantes para mí es cuando salís de Colombia tras la muerte de tu padre y, tras pasar mil vicisitudes, os exiliáis en Argentina. ¿Cómo viviste el cambio de nombre y estudiar en la universidad? ¿Cómo gestionaste el convertirte en alguien anónimo de la noche a la mañana?

Fue maravilloso tener el privilegio de no ser nadie después de todo lo que había pasado. Fui despojado de forma automática de todas las ventajas de las que había disfrutado toda la vida gracias a ser el hijo de quien era. La experiencia argentina fue muy enriquecedora gracias a eso, a que nunca utilizamos nuestro apellido para obtener nada, lo que nos permitió enterarnos de cómo era la vida real.

Al principio teníamos mucho miedo a esa vida que no habíamos experimentado nunca. Hablo de cosas como tener que superar el miedo a pedirle una hamburguesa al cajero de un McDonald’s sencillamente porque nunca habíamos interactuado con el mundo exterior. Siempre teníamos un séquito de guardaespaldas que lo hacían todo por nosotros; ni siquiera pagabas la cuenta. Por eso cuando miras a tu alrededor y no hay nadie, tienes hambre y quieres una hamburguesa, pues tienes que ir tú mismo a por ella. Antes yo deseaba la comida y esta aparecía en la mesa como por arte de magia.

Eso fue al principio. Luego sí que ya llegó el karma del exilio, la melancolía por haber tenido que abandonar tu patria, algo que hemos estado sufriendo todos estos años. Un exilio en el que todavía estamos a consecuencia de la violencia de mi padre y por las amenazas que yo en su momento lancé contra el país y contra los que habían matado a mi padre diciendo que iba a vengar su muerte. La gente recuerda esas amenazas, pero no recuerda que yo, diez minutos después, me retracté y juré ser un hombre de paz, que ha sido lo que he venido cumpliendo desde entonces. 23 años de paz por mi parte creo que dejan bastante clara la intención de que no tenemos ganas de convertirnos en capos de la droga. Yo soy un hombre de paz y me gusta más el aire acondicionado que el calor de la selva.

En este sentido es bastante emocionante el momento, retratado en Pecados de mi padre, del encuentro con los hijos de Rodrigo Lara y Luis Carlos Galán, dos de los políticos más importantes asesinados a órdenes de Pablo Escobar. ¿Cómo viviste este encuentro? ¿Sigues teniendo alguna relación con ellos?

Sí, tenemos contactos esporádicos para temas muy puntuales en los que a ellos, que están involucrados en temas políticos en Colombia, les interesa mi opinión. Desde aquel encuentro hemos tenido una comunicación cordial. Pero es cierto que yo tampoco buscaba tener una amistad con ellos porque, evidentemente, las historias de dolor que nos unen lo hacen muy difícil.

Pero sí que es muy esperanzador cómo con la familia del ministro Rodrigo Lara, concretamente con su hijo menor, Jorge, tengo una gran amistad y cada vez que viajo a Bogotá nos encontramos, me invita a su casa, él prepara la cena… Tenemos una relación que a mí me sorprende y que me llena de esperanza. No es una relación muy pública, pero yo quiero que lo sea en algún momento porque es un gran ejemplo de convivencia para los colombianos, que demuestra que es perfectamente posible que nos reconciliemos y podamos seguir adelante. Esto tiene que ser un ejemplo para Colombia en este momento en el que estamos tratando de encontrar la manera de dejar atrás 50 años de odio y de violencia.

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Foto: Claudio Esses

Y con el resto de los hijos que acudieron a ese encuentro, ¿cómo te llevas?

Con el resto la relación es más distante. A varios de ellos no les gustaron mucho algunos apartados de mi libro, porque, siendo francos, no les favorecen en sus intereses políticos. Yo lo lamento mucho; estoy contando la verdad, una verdad que a todos nos duele. A mí más que a nadie, porque reconocer que tu padre fue un asesino, un narcoterrorista, un secuestrador, un torturador… no es tan sencillo. Sin embargo yo lo he hecho justamente y con un amplio sentido de la responsabilidad.

Por supuesto que cuando cuentas este tipo de historias hablas de personas, de intereses, y a los aludidos no les gusta, pero yo no estoy aquí para disfrazar la verdad y tengo que contarla como fue. Espero que ellos entiendan que no fue mi intención hacer nada en su contra, que simplemente cuento las cosas que averigüé sobre mi padre.

En este sentido, tras las noticias del proceso de paz en Colombia, ¿cómo ves tú el presente y el futuro de tu país?

Yo puedo decir, por mi experiencia en las negociaciones de paz con los cárteles de la droga después de la muerte de mi padre, que mi familia fue capaz de hacer la paz con todos ellos en las condiciones más desventajosas que te puedas imaginar. No había quién peleara por nosotros y teníamos delante a todos los grandes jefes del narcotráfico de Colombia que me querían ver muerto. Nosotros conseguimos la paz y llevamos 23 años sin un solo tiro por ninguna de las partes.

Según mi experiencia, la paz a cualquier precio es barata. Creo que vale la pena hacer todos los esfuerzos necesarios para conseguir que esta paz actual se pueda firmar y votemos todos por el sí. Porque, ¿cuál es la propuesta de la oposición? ¿Que nos sigamos matando 50 años más? ¿Que sigamos viendo cómo la guerrilla llena los campos de minas antipersona, como el ejército extermina a guerrilleros y cómo los guerrilleros matan soldados? ¿Vamos a seguir todavía más tiempo probando la misma fórmula? ¿Cuándo ha hecho la guerra algo bueno por Colombia? Que me den un solo ejemplo y me plantearé votar no. Porque hasta ahora no he visto más que un reguero de sangre, muertes, gente que se ha tenido que ir de sus casas… Con lo cual, para mí, están completamente locos aquellos que proponen no aceptar la oportunidad de paz que tenemos frente a nosotros. Creo que es una actitud muy irresponsable defender la violencia.

¿Cuál es tu opinión sobre la legalización de las drogas?

Es un tema complejo y largo. Pero me gustaría decirte alguna cosa sobre el tema. Lo primero: las drogas ya están legalizadas en todo el planeta porque llegan a tu casa sin problemas. Nadie las detiene en el camino. Si tú quieres tomar drogas, nadie te impide hacerlo, te llegan antes que una pizza.

El problema que tienen ahora los países es cómo regularizar esas sustancias. La prohibición nos tiene en la guerra en la que estamos, ha traído la enorme violencia, la financiación de esa violencia y la corrupción que ha permitido que el tráfico internacional de drogas siga hoy intacto. Los precios de la droga se han mantenido prácticamente invariables desde la muerte de mi padre. Si la lucha antidroga hubiera tenido algún éxito, no habría cocaína y sería muy caro conseguirla. Sin embargo, en las noticias nos bombardean con detenciones, aprehensiones, cárteles desarticulados… Pero la cocaína sigue llegando a destino a tiempo y en cantidades ilimitadas.

En la medida en la que las drogas no se regularicen, los Estados seguirán entregando la responsabilidad de la administración y el negocio de las drogas a los narcotraficantes, a los delincuentes. Para mí la prohibición es el mayor acto de irresponsabilidad de los líderes del mundo, que han elegido dejar en manos de los narcos el negocio de las drogas. ¿Y sabes cuánto le importa a un narco la salud de sus clientes? Cero. Es más, si puede empeorarla, mejor para su negocio.

Al no regular las drogas, los estados están eludiendo su propia responsabilidad frente a los ciudadanos y además garantizan la reaparición sistemática de personajes como mi padre, capaces de desafiar a todas las democracias del planeta. Eso es la prohibición para mí, una herramienta que garantiza la violencia, que garantiza la corrupción y que garantiza el tráfico internacional de armas y hasta de personas.

¿Tienes actualmente alguna relación con las personas que formaban parte de los cárteles colombianos de la droga cuando murió tu padre? ¿O nunca más volviste a saber de ellos?

Yo me crié entre bandidos. Los peores criminales de Colombia fueron mis niñeras. Crecí entre ellos y me hice amigo de muchos de ellos, yo no conocía otro mundo. Me hubiera encantado crecer junto a gente educada en Harvard, pero yo nací donde nací y eso implica que, aunque el tiempo pase, muchas personas conserven afecto por los momentos compartidos, por la gratitud que tienen a la figura de mi padre. Lo cierto es que la gran mayoría de ellos ya han muerto, porque esta guerra fue devastadora. De la multitud de personas que estaban al servicio de mi papá, hoy deben quedar en pie cinco como mucho.

Ellos también me respetan por cómo he contado la historia de mi padre, que también es la suya, con responsabilidad para todo el mundo. Y también porque soy un hombre de paz. Nadie de aquellos tiempos me llama para otra cosa que no sea para saludarme.

Ahora, con la investigación de mi segundo libro, también he contactado con mucha gente cercana a mi padre precisamente porque ellos son las personas que conocen esas historias.

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Cortesía de la familia Escobar Henao

Háblame un poco de ese libro que estás redactando…

¡Va a ser mucho más interesante de lo que yo imaginaba! Porque tiene unas historias muy complejas y llenas de datos muy novedosos. Creo que la principal consecuencia de este libro, aparte de traerme muchos problemas, va a ser destapar la gran hipocresía que hay en el mundo del narcotráfico y lo que lo rodea. Espero que haga que nos pongamos a hablar en serio de estos temas y dejemos de poner paños calientes a un problema para el que hay que buscar una solución en serio.

Si hacemos esto, quizá haya una posibilidad cierta de que el mundo pueda replantearse una postura global contra las drogas y que se acostumbre a convivir con ellas como una parte de nuestra cultura. Esto no quiere decir que sean buenas, sino que tenemos que ser consecuentes con el hecho de que existen y de que van a seguir existiendo.

El libro contará también muchas otras historias muy poderosas de mi padre que desconocía. Conforme he ido levantando capas y capas, he descubierto a un Pablo Escobar intenso, profundo y también perverso.

¿Se centra sólo en Pablo o va más allá en cuanto a personajes, temas, países?

Los protagonistas del libro son mi padre y muchas otras figuras. Nunca nadie se preguntó quién era el jefe de Pablo Escobar. En mi nuevo libro podremos descubrirlo. Siempre hay un pez más grande.

Mi padre siempre decía que el puesto de presidente de la República no era el puesto más importante de Colombia.

¿Cuándo planeas publicarlo? ¿Saldrá a la vez en todos los países hispanohablantes?

Saldrá este año y, aunque desconozco las gestiones de la editorial debido al éxito del primer libro, espero que se haga un lanzamiento masivo. El estreno de la segunda temporada de Narcos también ayudará, por supuesto.

¿Cuánto tiempo llevas trabajando en él?

Llevo unos seis meses aproximadamente. La mayor parte de las investigaciones se han hecho aquí, en Colombia. Y creo que con él me estoy asegurando que nunca más me van a conceder la visa.

Me gustaría acabar haciéndote una pregunta bastante personal. Tu padre fue una figura muy controvertida, casi icónica, y supongo que eso, de por sí, marca bastante. Pero me gustaría que me dijeras qué aprendiste a nivel personal de tu padre. Cuándo piensas en él, ¿qué es lo primero que te viene a la mente?

Hay una frase de mi libro que creo que resume bien la lección más valiosa que aprendí de él. Aparece en los agradecimientos finales: «A mi padre, que me mostró el camino que no hay que recorrer».

También es cierto que en la vida de mi padre hay muchas cosas que merecen ser imitadas, porque no todo fueron bombas, asesinatos selectivos, magnicidios… Hubo otras etapas de su vida, anteriores a la violencia, que fueron positivas. Ayudó a mucha gente. Aunque eso no lo exculpa de la responsabilidad por los crímenes cometidos, claro, pero nos permiten entender su personalidad y sus extremos, tanto en la bondad como en la maldad. Su personaje es contradictorio de principio a fin, lo mires por donde lo mires.

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