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20 de noviembre 2014    /   BUSINESS
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Diez ideas sobre cómo afrontar una entrevista

20 de noviembre 2014    /   BUSINESS     por          
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El 24 de marzo de 2013, un periodista escocés de 47 años llamado Eddie Mair saltaba a la fama. A él no le tocaba estar ahí, en realidad, pero estuvo. Él era el presentador sustituto de quien de verdad debía ocupar la silla: Andrew Marr. De hecho, el programa, emitido en la BBC, se llamaba The Andrew Marr Show. Mair estaba allí porque Marr estaba enfermo, y alguien tenía que salir a batirse en duelo con Boris Johnson, el polémico alcalde de Londres. Nada menos.
La cosa es que Andrew Marr era un elegante entrevistador: duro, pero educado y respetuoso. Lo suyo eran las entrevistas con guante de seda. Ni una voz, ni una palabra más alta que la otra. Johnson, el entrevistado del día, era otro rollo: histriónico, polémico, de carácter bullicioso, de una cultura tan grande que sólo era comparable a su ego, un polemista nato que gustaba y disgustaba a partes iguales en su partido. ¿Y quién demonios era ese Eddie Mair que se iba a medir a un político que devoraba periodistas con soltura?
Pues el tal Mair se merendó a Johnson. Le sacó a pasear sus escándalos pasados -engañar a su mujer, engañar a sus líderes políticos, mentiras y zafiedades variadas-. Le machacó como nunca se había visto. Al todopoderoso alcalde de Londres, un entrevistador sustituto y en la BBC. El propio entrevistado acabó reconociendo que Mair había hecho «un excelente trabajo».

Cierto es que la BBC es la BBC, y que ahí las entrevistas suelen sonar a nombres como el de Jeremy Paxman, que vapuleó en antena al máximo responsable de la emisora. Su estilo ha dejado huella durante los últimos años, y eso es por algo

En España tenemos otra forma de hacer las cosas. Aquí el paradigma de las entrevistas fue durante muchos años Jesús Hermida. Sí, ese mismo de la ‘entrevista‘ al Rey. O el Loco de la colina, pañuelo incluido. O, más recientemente, al ácido Risto Mejide o a Ana Pastor.

El primero siempre ha sido calmado, reflexivo, lento. Aburrido. El segundo era un tipo peculiar que hacía entrevistas en las que parecía que él era el entrevistado. Sin embargo, tenía habilidades innegables: la primera, hacer sentir cómodo al entrevistado como forma de sacarle información con una sonrisa en al boca; la segunda, el demoledor manejo del silencio.

La clave es lo que el silencio significa para los humanos: la muerte. Tenemos al silencio, nos incomoda, queremos romperlo permanentemente, y más si estamos con gente que no es de nuestra confianza. Piensa en ti y en el ascensor, en cómo entablas conversaciones estúpidas con gente con la que no quieres hablar para salvar ese tenso momento. Y ahora aplícalo a una entrevista: alguien te pregunta, tú respondes y el entrevistador te mira sonriendo y en silencio… En la gran mayoría de ocasiones el resultado será que seguirás hablando para llenar ese silencio, porque entenderás que si el entrevistador no hace una nueva pregunta es porque todavía espera más respuesta.
Los otros dos representan otra escuela: Risto Mejide es un personaje, producto de sí mismo y de un rol. Serio, adusto, inmisericorde, crítico por ser crítico. Ana Pastor fue la que resucitó el género de la entrevista y lo desempolvó en un momento en el que los políticos ni se dignaban a responder preguntas de la prensa: interrogatorios incómodos, llenos de tensión y -¡oh!- repreguntas para conseguir sacar la información o, en su defecto, dejar en evidencia que el interlocutor no quería responder.

¿Cómo es un buen entrevistador? Los cuatro lo son -ellos y muchos más que quedan en el tintero-, pero posiblemente una mezcla del primer mundo -el sosiego, la empatía y la sonrisa- con el segundo -la acidez y la tensión-. Sin la tendencia a ponerse en medio de la entrevista que tienen Jesús Quintero o Risto Mejide, sin el corazón en el puño de Ana Pastor, sin el ritmo cadencioso y monótono de Hermida.
Una entrevista es, al final, conocer a alguien o algo a través de alguien. Llevar a los lectores a saber cómo es y cómo piensa alguien, pero también a entender por qué eso es así. Y para eso hacen falta dos cosas: una parte de empatía, de ponerse en el lugar del otro, y dos de combate, por si las respuestas no llegan o no son suficientemente claras.
En cualquier caso, y sea cual sea el estilo, hay diez cosas que todo entrevistador debe plantearse al ponerse manos a la obra e interpelar a alguien.
Primero:  ¿Es el recurso correcto?
A veces se tiende a abusar de los formatos. Una entrevista sirve para lo que sirve (hablar con alguien y que conozcamos a esa persona a través de lo que nos cuenta, o que nos revele algo que no entendemos o sabemos). Y no, una entrevista no sirve para nada más.
Segundo: Finalidad de la entrevista
A la hora de hacer una entrevista hay que pensar qué uso se le va a dar: ¿se va a publicar íntegra o es para un espacio reducido?, por ejemplo. Pero la pregunta clave es si la entrevista será un fin en sí mismo (una entrevista) o será parte de algo mayor (declaraciones para un artículo, por ejemplo). Decidir eso condiciona la forma de hacer y plantear la entrevista.
Tercero: ¿Dónde se va a publicar?
No es lo mismo una entrevista radiofónica que una televisiva, una para papel que una para web. Ni es lo mismo una entrevista para un medio que para otro, tanto por estilo, extensión, intereses, ideología (no sólo política) o público. Cada medio elige tratar unos temas y no otros, o hacerlo de determinada forma. Cada medio elige si hace contenido generalista o especializado y a quién se dirige, y en función de todo eso el planteamiento será muy diferente
Cuarto: ¿A quién entrevistamos?
Quien sea quien tengamos enfrente también condiciona la entrevista. Si es famoso, habrá detalles concretos que interesarán; pero si no lo es, lo primero será acercarlo a la audiencia. Si es un experto del que interesan declaraciones o una explicación, las preguntas sobre su vida o algo que no tenga que ver con su dedicación no serán interesantes. Si el interés de la entrevista recae en la persona, la entrevista será de un tipo, pero si el interés recae en la historia de esa persona, la entrevista será de otro tipo. Y así sucesivamente
Quinto: ¿De qué hablamos?
No es lo mismo entrevistar a un científico que a un político, o a un músico que a un futbolista. Cada profesión o persona tiene un significado, y se le pueden aplicar un tipo de preguntas y unos tonos u otros. Un político, por ejemplo, debería tener la obligación moral de responder por dedicarse a ser un servidor público, mientras un científico seguramente tendrá una entrevista mucho más explicativa que apelativa.
Sexto: El trabajo previo es clave
Entrevistes a quien entrevistes, casi seguro que a esa persona le han hecho decenas o centenares de entrevistas anteriores, lo cual quiere decir que, o bien la persona o el momento son de vital importancia, o tu entrevista será sólo una más entre tantas. Una de las mejores formas de poder aportar una diferenciación del resto es el tener una pregunta o una respuesta diferentes… y para eso el trabajo previo es clave. Preparar una entrevista en cinco minutos, o hacer a un autor una pregunta del estilo ‘resúmeme en un párrafo tu última obra’ son señales claras de que tu entrevista será un desastre.
Séptimo: Ante todo, conversación
Una entrevista, aunque sea tensa y dura, debe ser fluida. Aunque haya silencios, hasta gritos, pero se necesita una estructura de conversación. Por eso es importante confiar en la grabadora y no dedicarse a apuntar todo lo que dice el entrevistado, anotando como mucho palabras o ideas sueltas y códigos de tiempo para demarcar respuestas o posibles ideas destacables. Antes de que el entrevistado vaya a terminar la respuesta, un rápido vistazo a la siguiente pregunta para poder hacerla sin retirar la mirada, partiendo el ritmo de conversación… y viendo las reacciones a cada pregunta.
Octavo: Entorno, forma y distancia
Elegir un lugar adecuado, con el ruido adecuado y la luz adecuada, es clave. No sentarse justo enfrente, sino en ángulo recto, para relajar la tensión de oposición, atender a los detalles del entrevistado -desde la ropa a los gestos, los silencios, las muletillas y las dudas-. Todo eso dice casi tanto del entrevistado como sus respuestas, y por tanto -y aunque sea subjetivo- puede ser un valioso recurso en el texto final. Recuerda: el objetivo es que el lector entienda con quién estás hablando.
Noveno: Quitar, pero no cambiar
Una entrevista es, en parte, una conversación, y por tanto es oral. Traducir lo oral a lo escrito (si es el caso) no suele ser fácil, porque hay muchas redundancias, circunloquios, dudas y gestos visuales que refuerzan la conversación pero que son difíciles de llevar al papel. Al final, una entrevista de apenas media hora supone un montón de hojas de texto que no tendrá cabida en casi ningún medio. Por tanto, se necesita edición: eliminar preguntas en las que no estabas interesado, pero que hiciste para que tu entrevistado se sintiera cómodo y empezara a hablar, quitar redundancias o duplicidades, cambiar el orden de respuestas para dar coherencia al relato…
La edición posterior a una entrevista es clave para su éxito, la cuestión son los límites: se pueden quitar cosas, incluso cambiar el orden, pero siempre y cuando no se cambien las palabras del entrevistado ni se pervierta el sentido de lo que quiso decir. Un consejo: un sinónimo no siempre es un sinónimo, así que nunca cambies palabras.
Décimo: Honestidad
Hay muchas formas de ser honesto (o deshonesto) entrevistando. Por ejemplo, si se elige una cita para el titular se supone que es importante, así que esa frase no puede estar al final de la entrevista o tener una importancia residual en el conjunto del texto. O, un ejemplo muy común, olvidar que una entrevista es una entrevista, cara a cara, con la única salvedad de que se haga a alguien que viva realmente lejos: los cuestionarios por mail son el mal, porque dime tú cómo compruebas que efectivamente es esa persona quien te responde a las preguntas y no otra persona.
Una última cosa: no olvides ponerle pilas a la grabadora. No conozco a un solo periodista al que en una entrevista no se le haya jodido parte de la grabación, al menos una vez.
Ahora ya estás preparado para elegir tu estilo: el gesto contrahecho de Mejide, el foulard de Quintero, los golpes de cabeza de Hermida o la apertura de ojos de Pastor. El objetivo, al final, siempre es el mismo.

Foto: Shutterstock

El 24 de marzo de 2013, un periodista escocés de 47 años llamado Eddie Mair saltaba a la fama. A él no le tocaba estar ahí, en realidad, pero estuvo. Él era el presentador sustituto de quien de verdad debía ocupar la silla: Andrew Marr. De hecho, el programa, emitido en la BBC, se llamaba The Andrew Marr Show. Mair estaba allí porque Marr estaba enfermo, y alguien tenía que salir a batirse en duelo con Boris Johnson, el polémico alcalde de Londres. Nada menos.
La cosa es que Andrew Marr era un elegante entrevistador: duro, pero educado y respetuoso. Lo suyo eran las entrevistas con guante de seda. Ni una voz, ni una palabra más alta que la otra. Johnson, el entrevistado del día, era otro rollo: histriónico, polémico, de carácter bullicioso, de una cultura tan grande que sólo era comparable a su ego, un polemista nato que gustaba y disgustaba a partes iguales en su partido. ¿Y quién demonios era ese Eddie Mair que se iba a medir a un político que devoraba periodistas con soltura?
Pues el tal Mair se merendó a Johnson. Le sacó a pasear sus escándalos pasados -engañar a su mujer, engañar a sus líderes políticos, mentiras y zafiedades variadas-. Le machacó como nunca se había visto. Al todopoderoso alcalde de Londres, un entrevistador sustituto y en la BBC. El propio entrevistado acabó reconociendo que Mair había hecho «un excelente trabajo».

Cierto es que la BBC es la BBC, y que ahí las entrevistas suelen sonar a nombres como el de Jeremy Paxman, que vapuleó en antena al máximo responsable de la emisora. Su estilo ha dejado huella durante los últimos años, y eso es por algo

En España tenemos otra forma de hacer las cosas. Aquí el paradigma de las entrevistas fue durante muchos años Jesús Hermida. Sí, ese mismo de la ‘entrevista‘ al Rey. O el Loco de la colina, pañuelo incluido. O, más recientemente, al ácido Risto Mejide o a Ana Pastor.

El primero siempre ha sido calmado, reflexivo, lento. Aburrido. El segundo era un tipo peculiar que hacía entrevistas en las que parecía que él era el entrevistado. Sin embargo, tenía habilidades innegables: la primera, hacer sentir cómodo al entrevistado como forma de sacarle información con una sonrisa en al boca; la segunda, el demoledor manejo del silencio.

La clave es lo que el silencio significa para los humanos: la muerte. Tenemos al silencio, nos incomoda, queremos romperlo permanentemente, y más si estamos con gente que no es de nuestra confianza. Piensa en ti y en el ascensor, en cómo entablas conversaciones estúpidas con gente con la que no quieres hablar para salvar ese tenso momento. Y ahora aplícalo a una entrevista: alguien te pregunta, tú respondes y el entrevistador te mira sonriendo y en silencio… En la gran mayoría de ocasiones el resultado será que seguirás hablando para llenar ese silencio, porque entenderás que si el entrevistador no hace una nueva pregunta es porque todavía espera más respuesta.
Los otros dos representan otra escuela: Risto Mejide es un personaje, producto de sí mismo y de un rol. Serio, adusto, inmisericorde, crítico por ser crítico. Ana Pastor fue la que resucitó el género de la entrevista y lo desempolvó en un momento en el que los políticos ni se dignaban a responder preguntas de la prensa: interrogatorios incómodos, llenos de tensión y -¡oh!- repreguntas para conseguir sacar la información o, en su defecto, dejar en evidencia que el interlocutor no quería responder.

¿Cómo es un buen entrevistador? Los cuatro lo son -ellos y muchos más que quedan en el tintero-, pero posiblemente una mezcla del primer mundo -el sosiego, la empatía y la sonrisa- con el segundo -la acidez y la tensión-. Sin la tendencia a ponerse en medio de la entrevista que tienen Jesús Quintero o Risto Mejide, sin el corazón en el puño de Ana Pastor, sin el ritmo cadencioso y monótono de Hermida.
Una entrevista es, al final, conocer a alguien o algo a través de alguien. Llevar a los lectores a saber cómo es y cómo piensa alguien, pero también a entender por qué eso es así. Y para eso hacen falta dos cosas: una parte de empatía, de ponerse en el lugar del otro, y dos de combate, por si las respuestas no llegan o no son suficientemente claras.
En cualquier caso, y sea cual sea el estilo, hay diez cosas que todo entrevistador debe plantearse al ponerse manos a la obra e interpelar a alguien.
Primero:  ¿Es el recurso correcto?
A veces se tiende a abusar de los formatos. Una entrevista sirve para lo que sirve (hablar con alguien y que conozcamos a esa persona a través de lo que nos cuenta, o que nos revele algo que no entendemos o sabemos). Y no, una entrevista no sirve para nada más.
Segundo: Finalidad de la entrevista
A la hora de hacer una entrevista hay que pensar qué uso se le va a dar: ¿se va a publicar íntegra o es para un espacio reducido?, por ejemplo. Pero la pregunta clave es si la entrevista será un fin en sí mismo (una entrevista) o será parte de algo mayor (declaraciones para un artículo, por ejemplo). Decidir eso condiciona la forma de hacer y plantear la entrevista.
Tercero: ¿Dónde se va a publicar?
No es lo mismo una entrevista radiofónica que una televisiva, una para papel que una para web. Ni es lo mismo una entrevista para un medio que para otro, tanto por estilo, extensión, intereses, ideología (no sólo política) o público. Cada medio elige tratar unos temas y no otros, o hacerlo de determinada forma. Cada medio elige si hace contenido generalista o especializado y a quién se dirige, y en función de todo eso el planteamiento será muy diferente
Cuarto: ¿A quién entrevistamos?
Quien sea quien tengamos enfrente también condiciona la entrevista. Si es famoso, habrá detalles concretos que interesarán; pero si no lo es, lo primero será acercarlo a la audiencia. Si es un experto del que interesan declaraciones o una explicación, las preguntas sobre su vida o algo que no tenga que ver con su dedicación no serán interesantes. Si el interés de la entrevista recae en la persona, la entrevista será de un tipo, pero si el interés recae en la historia de esa persona, la entrevista será de otro tipo. Y así sucesivamente
Quinto: ¿De qué hablamos?
No es lo mismo entrevistar a un científico que a un político, o a un músico que a un futbolista. Cada profesión o persona tiene un significado, y se le pueden aplicar un tipo de preguntas y unos tonos u otros. Un político, por ejemplo, debería tener la obligación moral de responder por dedicarse a ser un servidor público, mientras un científico seguramente tendrá una entrevista mucho más explicativa que apelativa.
Sexto: El trabajo previo es clave
Entrevistes a quien entrevistes, casi seguro que a esa persona le han hecho decenas o centenares de entrevistas anteriores, lo cual quiere decir que, o bien la persona o el momento son de vital importancia, o tu entrevista será sólo una más entre tantas. Una de las mejores formas de poder aportar una diferenciación del resto es el tener una pregunta o una respuesta diferentes… y para eso el trabajo previo es clave. Preparar una entrevista en cinco minutos, o hacer a un autor una pregunta del estilo ‘resúmeme en un párrafo tu última obra’ son señales claras de que tu entrevista será un desastre.
Séptimo: Ante todo, conversación
Una entrevista, aunque sea tensa y dura, debe ser fluida. Aunque haya silencios, hasta gritos, pero se necesita una estructura de conversación. Por eso es importante confiar en la grabadora y no dedicarse a apuntar todo lo que dice el entrevistado, anotando como mucho palabras o ideas sueltas y códigos de tiempo para demarcar respuestas o posibles ideas destacables. Antes de que el entrevistado vaya a terminar la respuesta, un rápido vistazo a la siguiente pregunta para poder hacerla sin retirar la mirada, partiendo el ritmo de conversación… y viendo las reacciones a cada pregunta.
Octavo: Entorno, forma y distancia
Elegir un lugar adecuado, con el ruido adecuado y la luz adecuada, es clave. No sentarse justo enfrente, sino en ángulo recto, para relajar la tensión de oposición, atender a los detalles del entrevistado -desde la ropa a los gestos, los silencios, las muletillas y las dudas-. Todo eso dice casi tanto del entrevistado como sus respuestas, y por tanto -y aunque sea subjetivo- puede ser un valioso recurso en el texto final. Recuerda: el objetivo es que el lector entienda con quién estás hablando.
Noveno: Quitar, pero no cambiar
Una entrevista es, en parte, una conversación, y por tanto es oral. Traducir lo oral a lo escrito (si es el caso) no suele ser fácil, porque hay muchas redundancias, circunloquios, dudas y gestos visuales que refuerzan la conversación pero que son difíciles de llevar al papel. Al final, una entrevista de apenas media hora supone un montón de hojas de texto que no tendrá cabida en casi ningún medio. Por tanto, se necesita edición: eliminar preguntas en las que no estabas interesado, pero que hiciste para que tu entrevistado se sintiera cómodo y empezara a hablar, quitar redundancias o duplicidades, cambiar el orden de respuestas para dar coherencia al relato…
La edición posterior a una entrevista es clave para su éxito, la cuestión son los límites: se pueden quitar cosas, incluso cambiar el orden, pero siempre y cuando no se cambien las palabras del entrevistado ni se pervierta el sentido de lo que quiso decir. Un consejo: un sinónimo no siempre es un sinónimo, así que nunca cambies palabras.
Décimo: Honestidad
Hay muchas formas de ser honesto (o deshonesto) entrevistando. Por ejemplo, si se elige una cita para el titular se supone que es importante, así que esa frase no puede estar al final de la entrevista o tener una importancia residual en el conjunto del texto. O, un ejemplo muy común, olvidar que una entrevista es una entrevista, cara a cara, con la única salvedad de que se haga a alguien que viva realmente lejos: los cuestionarios por mail son el mal, porque dime tú cómo compruebas que efectivamente es esa persona quien te responde a las preguntas y no otra persona.
Una última cosa: no olvides ponerle pilas a la grabadora. No conozco a un solo periodista al que en una entrevista no se le haya jodido parte de la grabación, al menos una vez.
Ahora ya estás preparado para elegir tu estilo: el gesto contrahecho de Mejide, el foulard de Quintero, los golpes de cabeza de Hermida o la apertura de ojos de Pastor. El objetivo, al final, siempre es el mismo.

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Opiniones 2
  • El mito de que Ana Pastor es una buena entrevistadora es una leyenda urbana alimentada por ella misma. De hecho, en su programa, que tiene un gran equipo muy bien dirigido por ella y cada día es más interesante, lo peor con muchísima diferencia son las entrevistas. Posiblemente es que estoy viejo y caduco, pero siempre he entendido la entrevista como un arte más parecido al baile que al boxeo. Una actividad entre dos en la que la compenetración es clave. Y mucho ojo, cuando hablo de compenetración no me refiero a servilismo ni preguntas amables; todo lo contrario. Me refiero a la complicidad que hace que alguien esté dispuesto a preguntar lo que interesa y el otro esté dispuesto a responder lo que es pertinente y que lo haga de manera voluntaria y hasta gozosa. Hablando en términos soeces, una buena entrevista es como un buen polvo: tiene unas partes más sucias que otras pero acaba siendo una gozada para ambas partes y quienes asisten a ello tienen la sensación de estar siendo testigos privilegiados de una verdad tan desnuda como íntima y hermosa. Por desgracia, lo que se lleva en nuestras televisiones, llamémosle Mejide o Pastor, es un acto de onanismo egocéntrico que poco tiene de amor y mucho de violación. No deja de ser bastante patético que hablan de sus entrevistados como piezas de caza. Con su pan se lo coman; sin duda, a ellos les va mucho mejor que a mí, o sea, que posiblemente yo esté equivocado y ellos en lo correcto, pero creo que su estilo es el «Sálvame» de la entrevusta televisiva.

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