Publicado: 21 de febrero 2019 10:29  | Actualizado: 21 de julio 2023 10:30    /   Logo School
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Conversaciones ortográficas: Usas mogollón de epónimos, aunque no sepas lo que son

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epónimos

—¿Vas a salir?

—Sí, quiero ir un rato a correr.

—¿Podrías pasar por el súper cuando vuelvas y me compras unas cosillas?

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—Con tal de no mover tú el culo eres capaz de todo. ¿Qué quieres?

—Unos polos de limón, unas gominolas y unas gulas para la cena.

—Hijo, no sé si podré soportar tanta comida saludable. ¿Algo más?

—Sí, pásate por la farmacia después y compra potitos para el niño, aspirinas, mercromina y unas tiritas.

—Sí, mi rey. ¿Algo más?

—Y un poquito de vaselina, que parece que te escuece darme un gusto.

La lista de la compra, saludable o no, está llena de epónimos (y nosotros sin saberlo). Un epónimo es un adjetivo al que el DRAE define así: « Que tiene un nombre con el que se pasa a denominar un pueblo, una ciudad, una enfermedad, etc.». La catedrática de Lengua Española e investigadora en Historia de la Lengua por la Universidad de Sevilla Lola Pons lo explica de una manera mucho más sencilla: «La conversión de un nombre propio a un nombre común».

Epónimos hay muchos en nuestra lengua, y no es un recurso novedoso. En su origen, era frecuente bautizar con el nombre de un emperador, un césar o un poderoso cualquier cosilla en forma de país, isla, mes o día de la semana que se pusiera por el medio. Agosto se llama así en honor a César Augusto. Filipinas, por la gracia y el garbo de Felipe II; y Bolivia, por el muy bolivariano Simón Bolívar. La lista es larga, así que bucead un poquito en el diccionario (versión digital o impresa, según de analógico que tengáis el espíritu en este momento) y descubrid nuevos mundos.

Como vivimos en una sociedad de consumo, las marcas comerciales se han convertido en los epónimos de la modernidad. Las marcas se vulgarizan y se convierten en nombres comunes, perdiendo su idiosincrasia original. Por el camino, pierden letras o las cambian, pasan a tener género y toman número para convertirse también en plurales. Y aunque la globalización es patente, lo curioso del caso es que en el español de España han triunfado algunas que no lo han hecho fuera de la península. Por eso en España llamamos celo (Sello-Tape) a lo que en México llaman diurex y scotch (Diurex y Scotch).

Epónimos son también aspirina (Aspirine), vaselina (Vaseline), los potitos, la mercromina, el burofax, el fotomatón (Photomaton), las gulas, la licra (Lycra), el neopreno (Neoprene) y un larguísimo etcétera.

En ciencia los epónimos son también numerosos. Los más claros, los que nombran síndromes (asperger, down, alzhéimer…), que lucen el nombre de su descubridor. Y otros algo más escondidos como guarismo y algoritmo, que vienen del matemático y astrónomo persa Al-Juarismi; pasterización o pasteurización, de Louis Pasteur; o fucsia, que debe su nombre al botánico alemán Leonhart Fuchs.

—¿Vas a salir?

—Sí, quiero ir un rato a correr.

—¿Podrías pasar por el súper cuando vuelvas y me compras unas cosillas?

—Con tal de no mover tú el culo eres capaz de todo. ¿Qué quieres?

—Unos polos de limón, unas gominolas y unas gulas para la cena.

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—Hijo, no sé si podré soportar tanta comida saludable. ¿Algo más?

—Sí, pásate por la farmacia después y compra potitos para el niño, aspirinas, mercromina y unas tiritas.

—Sí, mi rey. ¿Algo más?

—Y un poquito de vaselina, que parece que te escuece darme un gusto.

La lista de la compra, saludable o no, está llena de epónimos (y nosotros sin saberlo). Un epónimo es un adjetivo al que el DRAE define así: « Que tiene un nombre con el que se pasa a denominar un pueblo, una ciudad, una enfermedad, etc.». La catedrática de Lengua Española e investigadora en Historia de la Lengua por la Universidad de Sevilla Lola Pons lo explica de una manera mucho más sencilla: «La conversión de un nombre propio a un nombre común».

Epónimos hay muchos en nuestra lengua, y no es un recurso novedoso. En su origen, era frecuente bautizar con el nombre de un emperador, un césar o un poderoso cualquier cosilla en forma de país, isla, mes o día de la semana que se pusiera por el medio. Agosto se llama así en honor a César Augusto. Filipinas, por la gracia y el garbo de Felipe II; y Bolivia, por el muy bolivariano Simón Bolívar. La lista es larga, así que bucead un poquito en el diccionario (versión digital o impresa, según de analógico que tengáis el espíritu en este momento) y descubrid nuevos mundos.

Como vivimos en una sociedad de consumo, las marcas comerciales se han convertido en los epónimos de la modernidad. Las marcas se vulgarizan y se convierten en nombres comunes, perdiendo su idiosincrasia original. Por el camino, pierden letras o las cambian, pasan a tener género y toman número para convertirse también en plurales. Y aunque la globalización es patente, lo curioso del caso es que en el español de España han triunfado algunas que no lo han hecho fuera de la península. Por eso en España llamamos celo (Sello-Tape) a lo que en México llaman diurex y scotch (Diurex y Scotch).

Epónimos son también aspirina (Aspirine), vaselina (Vaseline), los potitos, la mercromina, el burofax, el fotomatón (Photomaton), las gulas, la licra (Lycra), el neopreno (Neoprene) y un larguísimo etcétera.

En ciencia los epónimos son también numerosos. Los más claros, los que nombran síndromes (asperger, down, alzhéimer…), que lucen el nombre de su descubridor. Y otros algo más escondidos como guarismo y algoritmo, que vienen del matemático y astrónomo persa Al-Juarismi; pasterización o pasteurización, de Louis Pasteur; o fucsia, que debe su nombre al botánico alemán Leonhart Fuchs.

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