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10 de abril 2017    /   IDEAS
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Eres un ser superficial, así que acéptalo y disfruta

10 de abril 2017    /   IDEAS     por          
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Vivimos en la superficie de un planeta. Es decir, somos superficiales. Pero eso no quiere decir que la idea nos guste.  Prueba de ello es que llevamos siglos dedicados a fantasear sobre lo que sucede por encima y por debajo de nosotros: los Campos Elíseos y el Tártaro, El Olimpo y El Hádes, el Cielo y el Infierno… Y como consecuencia de tanto esfuerzo imaginativo, hemos terminando viviendo en tres lugares a la vez: arriba, abajo y en la superficie.

En todas las culturas existe una enorme coincidencia a este respecto: arriba vive el bien y abajo el mal. Arriba la esperanza y abajo el abismo. Muchos autores de las más diversas disciplinas se han servido de esta dualidad para contar historias. Y no les resulta difícil, ya que tenemos esos mundos tan interiorizados que cualquier herramienta narrativa les sirve para lograrlo.

Un ejemplo claro es Steven Spielberg. Si revisamos sus películas más taquilleras, E.T. y Tiburón, vemos que ambas se ajustan perfectamente a la fantasía universal del arriba y abajo. E.T. es un ser bondadoso que proviene del cielo. Permanece un tiempo entre nosotros mientras nos señala con su dedo aquel lugar que tanto añora: mi casa.

En cambio, Tiburón es el maligno que asciende desde las simas más profundas para adueñarse de nuestros cuerpos. Un monstruo contra el que debemos luchar permanentemente para alcanzar la salvación.

Pero Spielberg, con un conocimiento de nuestras creencias, anhelos y temores mucho más profundo de lo que su cine de aventuras pudiera revelar, también supo aprovecharlo al servirse de él en la superficie. No es casualidad que su tercera película más taquillera fuese Parque Jurásico, el enfrentamiento entre los dos amos de dicha superficie a través de los tiempos: los dinosaurios y el homo sapiens.

En su libro Manifiesto diferencialista, Henri Lefebvre hablaba de «calma abstracta en la altura, terrible reposo en las simas y agitación en la superficie». Y aunque su intención no era, ni remotamente, la de describir los éxitos cinematográficos de Spielberg, la frase se ajusta perfectamente a cada uno de ellos.

Somos superficiales y no dejaremos de serlo por elevarnos o descender unos cuantos kilómetros más allá de esta superficie. Los astronautas y los espeleólogos lo saben. Por eso nuestra única opción para viajar «hasta el infinito y más allá» es la narrativa. Las historias inventadas por nosotros mismos para habitar esos mundos de arriba y abajo que hemos ido alimentando a lo largo de la historia

En su discurso de ingreso a la RAE, Javier Marías dijo lo siguiente: «A veces las páginas de un libro nos han sumido en una especie de trance y nos han parecido mucho más importantes y vividas que nuestra realidad, y hemos dejado de comer o de dormir por causa de esas ficciones, como si, mientras las leíamos o nos aguardaban y nos llamaban, nada hubiera en el mundo más trascendental que ellas. A veces nos hemos instalado en su territorio hasta el punto de desear quedarnos a vivir allí, de renegar cuando se nos ha obligado a salir, o de sentir verdadera tristeza cuando sus personajes nos han dicho adiós».

Para evitar esa despedida, como la dolorosa marcha de E.T., la mejor solución es condensar esos tres lugares en uno solo. Superficie, altura y profundidad pueden convivir sin dificultad si admitimos que ficción y realidad son una misma cosa. Pues nunca sabremos del todo dónde empieza una y dónde termina la otra.

Vivimos en la superficie de un planeta. Es decir, somos superficiales. Pero eso no quiere decir que la idea nos guste.  Prueba de ello es que llevamos siglos dedicados a fantasear sobre lo que sucede por encima y por debajo de nosotros: los Campos Elíseos y el Tártaro, El Olimpo y El Hádes, el Cielo y el Infierno… Y como consecuencia de tanto esfuerzo imaginativo, hemos terminando viviendo en tres lugares a la vez: arriba, abajo y en la superficie.

En todas las culturas existe una enorme coincidencia a este respecto: arriba vive el bien y abajo el mal. Arriba la esperanza y abajo el abismo. Muchos autores de las más diversas disciplinas se han servido de esta dualidad para contar historias. Y no les resulta difícil, ya que tenemos esos mundos tan interiorizados que cualquier herramienta narrativa les sirve para lograrlo.

Un ejemplo claro es Steven Spielberg. Si revisamos sus películas más taquilleras, E.T. y Tiburón, vemos que ambas se ajustan perfectamente a la fantasía universal del arriba y abajo. E.T. es un ser bondadoso que proviene del cielo. Permanece un tiempo entre nosotros mientras nos señala con su dedo aquel lugar que tanto añora: mi casa.

En cambio, Tiburón es el maligno que asciende desde las simas más profundas para adueñarse de nuestros cuerpos. Un monstruo contra el que debemos luchar permanentemente para alcanzar la salvación.

Pero Spielberg, con un conocimiento de nuestras creencias, anhelos y temores mucho más profundo de lo que su cine de aventuras pudiera revelar, también supo aprovecharlo al servirse de él en la superficie. No es casualidad que su tercera película más taquillera fuese Parque Jurásico, el enfrentamiento entre los dos amos de dicha superficie a través de los tiempos: los dinosaurios y el homo sapiens.

En su libro Manifiesto diferencialista, Henri Lefebvre hablaba de «calma abstracta en la altura, terrible reposo en las simas y agitación en la superficie». Y aunque su intención no era, ni remotamente, la de describir los éxitos cinematográficos de Spielberg, la frase se ajusta perfectamente a cada uno de ellos.

Somos superficiales y no dejaremos de serlo por elevarnos o descender unos cuantos kilómetros más allá de esta superficie. Los astronautas y los espeleólogos lo saben. Por eso nuestra única opción para viajar «hasta el infinito y más allá» es la narrativa. Las historias inventadas por nosotros mismos para habitar esos mundos de arriba y abajo que hemos ido alimentando a lo largo de la historia

En su discurso de ingreso a la RAE, Javier Marías dijo lo siguiente: «A veces las páginas de un libro nos han sumido en una especie de trance y nos han parecido mucho más importantes y vividas que nuestra realidad, y hemos dejado de comer o de dormir por causa de esas ficciones, como si, mientras las leíamos o nos aguardaban y nos llamaban, nada hubiera en el mundo más trascendental que ellas. A veces nos hemos instalado en su territorio hasta el punto de desear quedarnos a vivir allí, de renegar cuando se nos ha obligado a salir, o de sentir verdadera tristeza cuando sus personajes nos han dicho adiós».

Para evitar esa despedida, como la dolorosa marcha de E.T., la mejor solución es condensar esos tres lugares en uno solo. Superficie, altura y profundidad pueden convivir sin dificultad si admitimos que ficción y realidad son una misma cosa. Pues nunca sabremos del todo dónde empieza una y dónde termina la otra.

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