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26 de noviembre 2018    /   DIGITAL
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Éric Sadin: «Hemos pasado de la Edad del Acceso a la Edad de la Cuantificación. Es el momento de rebelarse»

26 de noviembre 2018    /   DIGITAL     por          
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Vivimos en un guion de Black Mirror. En la primera secuencia, tú, tu familia y los amigos que hiciste en el trabajo sonreís felices en la terraza de un bar adornado con una guirnalda de luz de colores y unas margaritas de plástico blancas. La brisa es agradable, hacéis fotos que subís a Instagram y habéis pedido una ronda de un cóctel de melón servido en jarritos con tapa y pajita.

Mientras disfrutáis del control de vuestro destino, las máquinas hierven en la tramoya haciendo de esa percepción de control una ficción.

Millones de terabytes de datos se impulsan como destellos de luz por los cables de fibra de todo el mundo. Los procesadores analizan y ejecutan una inabarcable cantidad de algoritmos que regulan la economía, el comercio, las búsquedas en la red, las operaciones militares o la información que circula por las redes sociales. Es decir, tu vida viaja a los lomos de esos algoritmos reguladores de toda existencia.

No hace falta que te imagines la rendición ante la inteligencia artificial. Ya estamos viviendo esa escena y la distopía se ha convertido en lo cotidiano. Y no suenan las alarmas porque hemos asumido que eso es lo normal, es el futuro y, además, es un poder que no se puede cuestionar porque llega en nombre de la prosperidad.

El filósofo francés Éric Sadin lleva bastante tiempo dedicado a reflexionar sobre este cambio definitivo en la relación del hombre con el mundo. Sadin afirma que hemos pasado de la Edad del Acceso, que surgió hace unos 20 años con la irrupción doméstica de internet, a la Edad de la Cuantificación de la Vida.

Decía Sadin en una conversación en Madrid con la periodista Marta Peirano que «en la primera, teníamos acceso a corpus variados de información a costes reducidos. La apreciación de la tecnología se sitúa en este contexto, alrededor de lo que facilita el acceso».

Foto Dustin Giallanza (DTS).

Pero todo cambió con la extensión de sensores en cada milímetro de espacio vital y con el desarrollo de la inteligencia artificial. «La extensión de sensores y objetos conectados a los que estamos condenados a enfrentarnos a los que aspiran a cuantificarlo todo, incluso las horas de sueño. Esta arquitectura que se está construyendo tiene como consecuencia un testimonio y una trazabilidad integral de la vida». Todo lo que hacemos se mide, decía Sadin.

Además, «los datos captados por los sensores son tratados casi exclusivamente por inteligencias artificiales. Estos sistemas de IA son capaces de interpretar situaciones concretas, de sugerir ofertas que se suponen adecuadas para cada individuo y de tomar decisiones autónomas. Es decir, la tecnología toma decisiones hoy en día y aleja a los humanos del proceso de decisión», asegura el filósofo francés.

En paralelo, y en parte como consecuencia de todos estos cambios, la arquitectura de internet se ha hecho más dependiente de los poderes económicos. Como explicaba Marta Peirano, «en los inicios de la popularización de internet, había 70 millones de personas compartiendo ancho de banda, que además era mucho más caro que ahora, en múltiples redes P2P».

La siliconización del mundo, que es como llama Sadin al proceso al que se ha visto sometida la realidad, «nos ofreció comodidad a cambio de una arquitectura centralizada» que depende de los gigantes de Silicon Valley.

Más allá del control de la propia red, la consecuencia más preocupante es el sometimiento de cualquier parcela de la vida a este poder. Los gobiernos legislan para favorecer esta siliconización porque al final del arco iris se encuentra el desarrollo económico de crecimiento infinito.

Foto de Julien Tell (DTS)

A la vez, los investigadores se pliegan a las necesidades de este poder económico que traerá la prosperidad de los ciudadanos. «La tecnología y la ciencia ya no existen como campos autónomos. Antes se desarrollaba en una pluralidad de intereses que ya no existe. Solo existe un mundo tecnoeconómico donde los investigadores responden a pautas del poder económico, de la rentabilidad. Es decir, el mundo científico se orienta casi en exclusiva a la satisfacción de intereses privados», explica Sadin.

En ese escenario dibujado, todo aquel que se atreve a cuestionar este proceso es tomado como un loco que trata de obstaculizar el desarrollo de las sociedades. Además, ¿quién va a poner en solfa las decisiones adoptadas por inteligencias artificiales casi infalibles? El poder que no se discute ya está aquí.

«Las consecuencias de todo esto pasan por una mercantilización integral de la vida», dice Éric Sadin. «El tecnoliberalismo ya no tiene obstáculos que impidan operaciones comerciales» si se puede desplazar la soberanía de las ideas y de las decisiones a inteligencias artificiales ajenas a las personas. «Estamos ante la negación de la espontaneidad humana. Las máquinas toman decisiones y ahora los robots son de carne y hueso».

Uno de los ejemplos más impactantes de lo que Sadin entiende como deshumanización se encuentra en algunos de los almacenes de distribución de Amazon. Allí, los trabajadores son algoritmos de carne guiados por un casco que les dice dónde se encuentra cada producto.

Esos productos se ordenan según la lógica de las máquinas y no bajo lo que podría considerarse como una lógica humana. «Los productos se agrupan según los que se compran juntos y no según categorías o tipos. Esto, además de volver locos a los trabajadores, los tienen indefensos porque ni siquiera pueden ir a su sindicato a quejarse de ello, de que la máquina está volviéndoles literalmente locos», cuenta Marta Peirano. La lógica artificial y unas condiciones de trabajo totalmente nuevas están transformando también los entornos laborales.

Para Éric Sadin es el momento de rebelarse. Dice que «nos dirigimos a un utilitarismo extremo en el que cada acción tiene un fin. Vamos a un antihumanismo radical, a una negación de lo que somos». El problema reside en quién empieza la rebelión contra las máquinas. El primero que dé un paso al frente tendrá que enfrentarse a la incompresión de los pragmáticos, de los que creen que mientras las cifras engorden, el sacrificio merece la pena.

Vivimos en un guion de Black Mirror. En la primera secuencia, tú, tu familia y los amigos que hiciste en el trabajo sonreís felices en la terraza de un bar adornado con una guirnalda de luz de colores y unas margaritas de plástico blancas. La brisa es agradable, hacéis fotos que subís a Instagram y habéis pedido una ronda de un cóctel de melón servido en jarritos con tapa y pajita.

Mientras disfrutáis del control de vuestro destino, las máquinas hierven en la tramoya haciendo de esa percepción de control una ficción.

Millones de terabytes de datos se impulsan como destellos de luz por los cables de fibra de todo el mundo. Los procesadores analizan y ejecutan una inabarcable cantidad de algoritmos que regulan la economía, el comercio, las búsquedas en la red, las operaciones militares o la información que circula por las redes sociales. Es decir, tu vida viaja a los lomos de esos algoritmos reguladores de toda existencia.

No hace falta que te imagines la rendición ante la inteligencia artificial. Ya estamos viviendo esa escena y la distopía se ha convertido en lo cotidiano. Y no suenan las alarmas porque hemos asumido que eso es lo normal, es el futuro y, además, es un poder que no se puede cuestionar porque llega en nombre de la prosperidad.

El filósofo francés Éric Sadin lleva bastante tiempo dedicado a reflexionar sobre este cambio definitivo en la relación del hombre con el mundo. Sadin afirma que hemos pasado de la Edad del Acceso, que surgió hace unos 20 años con la irrupción doméstica de internet, a la Edad de la Cuantificación de la Vida.

Decía Sadin en una conversación en Madrid con la periodista Marta Peirano que «en la primera, teníamos acceso a corpus variados de información a costes reducidos. La apreciación de la tecnología se sitúa en este contexto, alrededor de lo que facilita el acceso».

Foto Dustin Giallanza (DTS).

Pero todo cambió con la extensión de sensores en cada milímetro de espacio vital y con el desarrollo de la inteligencia artificial. «La extensión de sensores y objetos conectados a los que estamos condenados a enfrentarnos a los que aspiran a cuantificarlo todo, incluso las horas de sueño. Esta arquitectura que se está construyendo tiene como consecuencia un testimonio y una trazabilidad integral de la vida». Todo lo que hacemos se mide, decía Sadin.

Además, «los datos captados por los sensores son tratados casi exclusivamente por inteligencias artificiales. Estos sistemas de IA son capaces de interpretar situaciones concretas, de sugerir ofertas que se suponen adecuadas para cada individuo y de tomar decisiones autónomas. Es decir, la tecnología toma decisiones hoy en día y aleja a los humanos del proceso de decisión», asegura el filósofo francés.

En paralelo, y en parte como consecuencia de todos estos cambios, la arquitectura de internet se ha hecho más dependiente de los poderes económicos. Como explicaba Marta Peirano, «en los inicios de la popularización de internet, había 70 millones de personas compartiendo ancho de banda, que además era mucho más caro que ahora, en múltiples redes P2P».

La siliconización del mundo, que es como llama Sadin al proceso al que se ha visto sometida la realidad, «nos ofreció comodidad a cambio de una arquitectura centralizada» que depende de los gigantes de Silicon Valley.

Más allá del control de la propia red, la consecuencia más preocupante es el sometimiento de cualquier parcela de la vida a este poder. Los gobiernos legislan para favorecer esta siliconización porque al final del arco iris se encuentra el desarrollo económico de crecimiento infinito.

Foto de Julien Tell (DTS)

A la vez, los investigadores se pliegan a las necesidades de este poder económico que traerá la prosperidad de los ciudadanos. «La tecnología y la ciencia ya no existen como campos autónomos. Antes se desarrollaba en una pluralidad de intereses que ya no existe. Solo existe un mundo tecnoeconómico donde los investigadores responden a pautas del poder económico, de la rentabilidad. Es decir, el mundo científico se orienta casi en exclusiva a la satisfacción de intereses privados», explica Sadin.

En ese escenario dibujado, todo aquel que se atreve a cuestionar este proceso es tomado como un loco que trata de obstaculizar el desarrollo de las sociedades. Además, ¿quién va a poner en solfa las decisiones adoptadas por inteligencias artificiales casi infalibles? El poder que no se discute ya está aquí.

«Las consecuencias de todo esto pasan por una mercantilización integral de la vida», dice Éric Sadin. «El tecnoliberalismo ya no tiene obstáculos que impidan operaciones comerciales» si se puede desplazar la soberanía de las ideas y de las decisiones a inteligencias artificiales ajenas a las personas. «Estamos ante la negación de la espontaneidad humana. Las máquinas toman decisiones y ahora los robots son de carne y hueso».

Uno de los ejemplos más impactantes de lo que Sadin entiende como deshumanización se encuentra en algunos de los almacenes de distribución de Amazon. Allí, los trabajadores son algoritmos de carne guiados por un casco que les dice dónde se encuentra cada producto.

Esos productos se ordenan según la lógica de las máquinas y no bajo lo que podría considerarse como una lógica humana. «Los productos se agrupan según los que se compran juntos y no según categorías o tipos. Esto, además de volver locos a los trabajadores, los tienen indefensos porque ni siquiera pueden ir a su sindicato a quejarse de ello, de que la máquina está volviéndoles literalmente locos», cuenta Marta Peirano. La lógica artificial y unas condiciones de trabajo totalmente nuevas están transformando también los entornos laborales.

Para Éric Sadin es el momento de rebelarse. Dice que «nos dirigimos a un utilitarismo extremo en el que cada acción tiene un fin. Vamos a un antihumanismo radical, a una negación de lo que somos». El problema reside en quién empieza la rebelión contra las máquinas. El primero que dé un paso al frente tendrá que enfrentarse a la incompresión de los pragmáticos, de los que creen que mientras las cifras engorden, el sacrificio merece la pena.

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Opiniones 2
  • El artículo me parece interesante, pero no pude evitar quedarme pillado en “la siliconización”. Dudo mucho que nuestro querido filósofo francés estuviera pensando en prótesis mamarias o sistemas de impermeabilización. Casi seguro que van los tiros por el silicio, material de la era digital, pero de ladino nombre en inglés para nosotros los hispanohablantes.

    • Hola Pablo, tienes razón que choca un poco. Pero La Siliconización del Mundo es el nombre que se ha dado a su ensayo. Hace referencia a Silicon Valley, que sí, que es el valle del silicio, pero creo que tienes más sentido si se entiende que se refiere a la ciudad. Gracias por pasar a comentar! Un abrazo!

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