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26 de enero 2018    /   ENTRETENIMIENTO
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Explicando el chiste: una conversación de humor y filosofía con Ernesto Castro

26 de enero 2018    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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El humor lleva tiempo mutando. Mientras el humor clásico se servía de personajes cargados de estereotipos consabidos y, en última instancia, ampliados a fin de posibilitar el chiste fácil, el llamado poshumor cambia el objeto parodiado y centra su atención en la construcción del propio chiste, funcionando, para alivio de jaimitos y leperos, con una lógica performativa y autorreferencial.

La risa es compleja, no cabe duda, y para entenderla hemos acudido a una de las mentes más lúcidas de la generación milenial: el filósofo Ernesto Castro (Madrid, 1990). Hablamos con él de filosofía y humor, de Zizek y Hitler, de Ignatius y sus desavenencias con el feminismo, de censura o de la República Cuántica de Puigdemont.

En relación al humor y la filosofía, hay un libro llamado La sonrisa de Voltaire que recopila chascarrillos proferidos por filósofos clásicos frecuentemente cómodos en el sarcasmo. ¿Eran los clásicos humoristas hirientes?

Más que en el sarcasmo, los filósofos clásicos se centran en la ironía, que es un distanciamiento crítico no necesariamente vinculado con la risa ni con la vocación de humillar u ofender. En esa línea está la famosa ironía socrática, una forma de destruir el prejuicio. Existen ciertas visiones pesimistas de la disciplina asociadas a la idea de que la filosofía es una preparación para la muerte. Frente a ellas digamos que más bien tiene una visión ligera y desapegada de la vida, y de ahí viene la expresión tomarse las cosas con filosofía.

Hablemos de un filósofo más actual: en alguna ocasión has dicho que Zizek es un discípulo de los Monty Python. ¿Puedes ampliar la reflexión?

La forma que Zizek tiene de argumentar la filosofía consiste precisamente en hacer esos quiebros, en violar esas expectativas que estaban dadas. Por ejemplo, él suele decir mucho la frase: «El problema de Hitler no es que fuera muy violento, sino que no fue lo bastante». A partir de ahí lo que hace es seguir con esa lógica de liante y explicar por qué Hitler no fue lo bastante violento. Evidentemente luego todo tiene sentido, porque el término se utiliza de manera equívoca. Es la misma forma que tienen muchos gags de los Monty Phyton. Ocurre, por ejemplo, con el famoso gag de qué han hecho los romanos por nosotros, que termina volviéndose en contra de la propia pregunta.

¿Existe una fórmula del humor? ¿Consideras que el humor es inherente al mensaje o, al contrario, está en la lectura que hacen los demás de él?

Supongo que hay una relación entre esos dos aspectos. En todo buen chiste tiene que haber una complicidad entre el emisor y el receptor. Más bien digamos que el humor no tiene una fórmula dada como si fuera una especie de ecuación, pero sí tiene que ver en general con la subversión del medio. La forma más clásica del chiste consiste en la violación de unas expectativas dadas, la violación de una especie como de gran suceso final que termina siendo deformado o alterado.

¿Cómo definirías el poshumor?

El poshumor es la evacuación del contenido del chiste. El hecho de que se haga humor sobre el humor mismo, o precisamente en el juego puramente formal de los tiempos, los sujetos, los espacios, sin introducir los elementos clásicos que están en el humor popular: Jaimito, el cornudo, el carnicero, el médico, etc. A pesar de que en buena parte estos poshumoristas sí que incorporan a ciertas figuras o ciertas referencias política y sociales, la clave está en la evacuación del contenido, en la cuestión puramente formal.

Uno de los abanderados de esta nueva corriente humorística es Ignatius Farray; quizás él represente como nadie el formalismo del que hablas.

Buena parte del show de Ignatius consiste en presentarse desnudo y hacer burla o mofa de sí mismo. En La vida moderna ha tenido que orientarse, pero antes teníamos un Ignatius que daba un bolo de Pascuas a Ramos y que empleaba una serie de formalismos, una evacuación del contenido, que pasaba por contar siempre los mismos chistes. Ya formaba parte casi de una especie de rito, la gente sabía lo que iba a venir a continuación, y aun así seguía gustándole. Ahora le lame el sobaco a uno, ahora viene el chiste del padre que le cuenta a la hija…

Ocurre con Ignatius que suele hacer chistes sobre minorías desfavorecidas dando por válida esa especie de regla que obliga a mofarse de un colectivo solo cuando perteneces a él (o algún otro que te valide). Ignatius no pertenece a ninguno, de modo que se ha construido una minoría a medida: padre soltero, miope, canario, etc. Partiendo de esa idea, ¿qué diferencia hay entre sus chistes y los de Arévalo con los «mariquitas»? 

Hace poco hubo una polémica en torno a una situación que sugirió en Twitter, algo así como que en una manifestación feminista un hombre le arrima la cebolleta a una señora y los dos se lo toman con commedia. Bueno, hay un problema de enunciación en todo lo que tiene que ver con el humor. Los humoristas políticamente correctos tienen esta máxima de que no se puede hacer humor de los que están en la situación peor o desfavorecida dentro de la sociedad, pero lo que no entienden estos humoristas políticamente correctos es que toda forma de humor pone en solfa esa figura de la que se está hablando.

Por mucho que se hable de Donald Trump en un chiste, no se trata de él en sus mejores aspectos, e incluso si se trata de él por aquellos aspectos que le hacen distinguido socialmente, se le da una vuelta subversiva a ese planteamiento. Entonces, no existen, por así decirlo, chistes de poderosos, porque el poderoso en el momento que es objeto del chiste (por lo menos retóricamente) se convierte en un objeto débil y frágil. El problema es cuando esto intersecta con corrientes políticas como la feminista, que han convertido el lenguaje en un campo de batalla. Para bien y para mal.

No es la primera vez que Ignatius cabrea al colectivo feminista en Twitter. Siempre que lo hace termina siendo linchado. Algunos hablan de «censura de la izquierda».

No creo que la situación sea más peligrosa que la que tenía un Lenny Bruce o alguien por estilo en los años 50 o 60. Me parece que muchos humoristas exageran cuando hablan de censura. Si conocieran la censura que existía por aquel entonces en Estados Unidos o en otros países, como la propia España franquista, medirían mucho más las palabras en relación a la situación actual.

Lo único que hay por parte de estos movimientos es una llamada a modificar el humor y crear nuevas posibilidades de humor que no estén regidas por los viejos patrones clásicos heteropatriarcales.

Si no existe tal censura, ¿crees que la dinámica de las redes sociales termina generando autocensura?

El buen humorista sería aquel que pudiera ver con distancia filosófica e irónica el linchamiento tuitero, de la misma manera que él pide a sus espectadores que vean con distancia sus chistes. Esa idea de la cuarta pared con los chistes que uno hace en calidad de humorista, porque el humorista al fin y al cabo tampoco es una persona que tenga que ser especialmente graciosa, sino simplemente que tenga el suficiente aplomo como para decirlo en público, con un determinado tempo y con una determinada regularidad. Es muy difícil construir un registro humorístico. Parece sencillo cuando se hace de manera espontánea, pero cuando se trata de una profesión, requiere de una técnica bastante compleja.

¿Qué opinas del humor como herramienta política?

Un compañero mío de filosofía, Ismael Crespo (de la Universidad Autónoma de Madrid), con el cual tengo una página de Facebook titulada Cuñadología, contaba ahí que buena parte de los humoristas, caso de Ignatius, lo único que hacen es parasitar revoluciones previas en el campo de la semántica, la lingüística o la política. Ese humor se regodea en la crítica de lo existente, pero no transforma la realidad, la deja un poco como está.

En buena medida, la evolución social no se da tanto por la crítica de lo existente como en la apertura de nuevas posibilidades. Yo no sé hasta qué punto el humor, que tiene también mucho de parroquiano, fomenta esa apertura de nuevas posibilidades. Como es sabido, no hay nada más pueblerino que el propio humor. Pasa con Chiquito de la Calzada: es el humorista español que más gracia ha hecho y tiene películas que son imposibles de traducir.

Me gustaría terminar con una mención al colectivo Homo Velamine, que llevan tiempo conjugando de manera magistral el humor con la filosofía y la política. ¿Cómo los valoras?

En Homo Velamine tienen esa teoría del ultrarracionalismo, de la cual Ismael Crespo está preparando un libro gordo tipo tratado filosófico, que consiste en extraer las consecuencias racionales de la existencia ontológica de María Teresa Campos, Bertín Osborne y sujetos semejantes. Tomarse en serio esa existencia, que es una existencia que no se puede negar como la de las ideas o el ser de Parménides.

No puedo decir nada malo de ellos, porque son mis colegas; si acaso, que ha habido una sensación de que en los últimos años todos estos fenómenos han quedado un poco aplastados por la lógica mucho más de liante de la realidad. Por ejemplo, el problema de la pieza Hipsters con Rajoy de Homo Velamine es que el propio Rajoy es el rey del absurdo.

Y no solo eso, frente a él tiene a otro tipo increíble que hizo el contrachiste más brutal de toda la historia de la humanidad: proclamar una república y suspenderla a los ocho segundos. Frente a la República Cuántica, cualquier cosa que haga Homo Velamine se queda en mantillas.

El humor lleva tiempo mutando. Mientras el humor clásico se servía de personajes cargados de estereotipos consabidos y, en última instancia, ampliados a fin de posibilitar el chiste fácil, el llamado poshumor cambia el objeto parodiado y centra su atención en la construcción del propio chiste, funcionando, para alivio de jaimitos y leperos, con una lógica performativa y autorreferencial.

La risa es compleja, no cabe duda, y para entenderla hemos acudido a una de las mentes más lúcidas de la generación milenial: el filósofo Ernesto Castro (Madrid, 1990). Hablamos con él de filosofía y humor, de Zizek y Hitler, de Ignatius y sus desavenencias con el feminismo, de censura o de la República Cuántica de Puigdemont.

En relación al humor y la filosofía, hay un libro llamado La sonrisa de Voltaire que recopila chascarrillos proferidos por filósofos clásicos frecuentemente cómodos en el sarcasmo. ¿Eran los clásicos humoristas hirientes?

Más que en el sarcasmo, los filósofos clásicos se centran en la ironía, que es un distanciamiento crítico no necesariamente vinculado con la risa ni con la vocación de humillar u ofender. En esa línea está la famosa ironía socrática, una forma de destruir el prejuicio. Existen ciertas visiones pesimistas de la disciplina asociadas a la idea de que la filosofía es una preparación para la muerte. Frente a ellas digamos que más bien tiene una visión ligera y desapegada de la vida, y de ahí viene la expresión tomarse las cosas con filosofía.

Hablemos de un filósofo más actual: en alguna ocasión has dicho que Zizek es un discípulo de los Monty Python. ¿Puedes ampliar la reflexión?

La forma que Zizek tiene de argumentar la filosofía consiste precisamente en hacer esos quiebros, en violar esas expectativas que estaban dadas. Por ejemplo, él suele decir mucho la frase: «El problema de Hitler no es que fuera muy violento, sino que no fue lo bastante». A partir de ahí lo que hace es seguir con esa lógica de liante y explicar por qué Hitler no fue lo bastante violento. Evidentemente luego todo tiene sentido, porque el término se utiliza de manera equívoca. Es la misma forma que tienen muchos gags de los Monty Phyton. Ocurre, por ejemplo, con el famoso gag de qué han hecho los romanos por nosotros, que termina volviéndose en contra de la propia pregunta.

¿Existe una fórmula del humor? ¿Consideras que el humor es inherente al mensaje o, al contrario, está en la lectura que hacen los demás de él?

Supongo que hay una relación entre esos dos aspectos. En todo buen chiste tiene que haber una complicidad entre el emisor y el receptor. Más bien digamos que el humor no tiene una fórmula dada como si fuera una especie de ecuación, pero sí tiene que ver en general con la subversión del medio. La forma más clásica del chiste consiste en la violación de unas expectativas dadas, la violación de una especie como de gran suceso final que termina siendo deformado o alterado.

¿Cómo definirías el poshumor?

El poshumor es la evacuación del contenido del chiste. El hecho de que se haga humor sobre el humor mismo, o precisamente en el juego puramente formal de los tiempos, los sujetos, los espacios, sin introducir los elementos clásicos que están en el humor popular: Jaimito, el cornudo, el carnicero, el médico, etc. A pesar de que en buena parte estos poshumoristas sí que incorporan a ciertas figuras o ciertas referencias política y sociales, la clave está en la evacuación del contenido, en la cuestión puramente formal.

Uno de los abanderados de esta nueva corriente humorística es Ignatius Farray; quizás él represente como nadie el formalismo del que hablas.

Buena parte del show de Ignatius consiste en presentarse desnudo y hacer burla o mofa de sí mismo. En La vida moderna ha tenido que orientarse, pero antes teníamos un Ignatius que daba un bolo de Pascuas a Ramos y que empleaba una serie de formalismos, una evacuación del contenido, que pasaba por contar siempre los mismos chistes. Ya formaba parte casi de una especie de rito, la gente sabía lo que iba a venir a continuación, y aun así seguía gustándole. Ahora le lame el sobaco a uno, ahora viene el chiste del padre que le cuenta a la hija…

Ocurre con Ignatius que suele hacer chistes sobre minorías desfavorecidas dando por válida esa especie de regla que obliga a mofarse de un colectivo solo cuando perteneces a él (o algún otro que te valide). Ignatius no pertenece a ninguno, de modo que se ha construido una minoría a medida: padre soltero, miope, canario, etc. Partiendo de esa idea, ¿qué diferencia hay entre sus chistes y los de Arévalo con los «mariquitas»? 

Hace poco hubo una polémica en torno a una situación que sugirió en Twitter, algo así como que en una manifestación feminista un hombre le arrima la cebolleta a una señora y los dos se lo toman con commedia. Bueno, hay un problema de enunciación en todo lo que tiene que ver con el humor. Los humoristas políticamente correctos tienen esta máxima de que no se puede hacer humor de los que están en la situación peor o desfavorecida dentro de la sociedad, pero lo que no entienden estos humoristas políticamente correctos es que toda forma de humor pone en solfa esa figura de la que se está hablando.

Por mucho que se hable de Donald Trump en un chiste, no se trata de él en sus mejores aspectos, e incluso si se trata de él por aquellos aspectos que le hacen distinguido socialmente, se le da una vuelta subversiva a ese planteamiento. Entonces, no existen, por así decirlo, chistes de poderosos, porque el poderoso en el momento que es objeto del chiste (por lo menos retóricamente) se convierte en un objeto débil y frágil. El problema es cuando esto intersecta con corrientes políticas como la feminista, que han convertido el lenguaje en un campo de batalla. Para bien y para mal.

No es la primera vez que Ignatius cabrea al colectivo feminista en Twitter. Siempre que lo hace termina siendo linchado. Algunos hablan de «censura de la izquierda».

No creo que la situación sea más peligrosa que la que tenía un Lenny Bruce o alguien por estilo en los años 50 o 60. Me parece que muchos humoristas exageran cuando hablan de censura. Si conocieran la censura que existía por aquel entonces en Estados Unidos o en otros países, como la propia España franquista, medirían mucho más las palabras en relación a la situación actual.

Lo único que hay por parte de estos movimientos es una llamada a modificar el humor y crear nuevas posibilidades de humor que no estén regidas por los viejos patrones clásicos heteropatriarcales.

Si no existe tal censura, ¿crees que la dinámica de las redes sociales termina generando autocensura?

El buen humorista sería aquel que pudiera ver con distancia filosófica e irónica el linchamiento tuitero, de la misma manera que él pide a sus espectadores que vean con distancia sus chistes. Esa idea de la cuarta pared con los chistes que uno hace en calidad de humorista, porque el humorista al fin y al cabo tampoco es una persona que tenga que ser especialmente graciosa, sino simplemente que tenga el suficiente aplomo como para decirlo en público, con un determinado tempo y con una determinada regularidad. Es muy difícil construir un registro humorístico. Parece sencillo cuando se hace de manera espontánea, pero cuando se trata de una profesión, requiere de una técnica bastante compleja.

¿Qué opinas del humor como herramienta política?

Un compañero mío de filosofía, Ismael Crespo (de la Universidad Autónoma de Madrid), con el cual tengo una página de Facebook titulada Cuñadología, contaba ahí que buena parte de los humoristas, caso de Ignatius, lo único que hacen es parasitar revoluciones previas en el campo de la semántica, la lingüística o la política. Ese humor se regodea en la crítica de lo existente, pero no transforma la realidad, la deja un poco como está.

En buena medida, la evolución social no se da tanto por la crítica de lo existente como en la apertura de nuevas posibilidades. Yo no sé hasta qué punto el humor, que tiene también mucho de parroquiano, fomenta esa apertura de nuevas posibilidades. Como es sabido, no hay nada más pueblerino que el propio humor. Pasa con Chiquito de la Calzada: es el humorista español que más gracia ha hecho y tiene películas que son imposibles de traducir.

Me gustaría terminar con una mención al colectivo Homo Velamine, que llevan tiempo conjugando de manera magistral el humor con la filosofía y la política. ¿Cómo los valoras?

En Homo Velamine tienen esa teoría del ultrarracionalismo, de la cual Ismael Crespo está preparando un libro gordo tipo tratado filosófico, que consiste en extraer las consecuencias racionales de la existencia ontológica de María Teresa Campos, Bertín Osborne y sujetos semejantes. Tomarse en serio esa existencia, que es una existencia que no se puede negar como la de las ideas o el ser de Parménides.

No puedo decir nada malo de ellos, porque son mis colegas; si acaso, que ha habido una sensación de que en los últimos años todos estos fenómenos han quedado un poco aplastados por la lógica mucho más de liante de la realidad. Por ejemplo, el problema de la pieza Hipsters con Rajoy de Homo Velamine es que el propio Rajoy es el rey del absurdo.

Y no solo eso, frente a él tiene a otro tipo increíble que hizo el contrachiste más brutal de toda la historia de la humanidad: proclamar una república y suspenderla a los ocho segundos. Frente a la República Cuántica, cualquier cosa que haga Homo Velamine se queda en mantillas.

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