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5 de octubre 2018    /   CIENCIA
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ilustracion  Copyright: © TASCHEN Köln/Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen

El científico que hizo famoso a Darwin y pintó la belleza de la fauna marina

5 de octubre 2018    /   CIENCIA     por        ilustracion  Copyright: © TASCHEN Köln/Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen
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Los sifonóforos son unos seres violentos y bellos. Se hinchan de gas, unos nadan y otros flotan en el mar y su aspecto relajado parece inofensivo. Pero, al rozar una superficie, sus células urticantes lanzan un potente veneno capaz de alcanzar y atravesar cualquier piel.

En el siglo XIX, un hombre los observó y los pintó exaltando su belleza desde distintas perspectivas. Aquel hombre era Ernst Haeckel, el naturalista y biólogo que dio a conocer tanto la obra de Charles Darwin como varios tipos de sifonóforos y otros seres marinos aún desconocidos en su época.

Haeckel estudió Medicina para contentar a su padre y, como suele ocurrir en estos casos, su vocación y los anhelos paternos iban por distintos caminos. El horario inusual de su consulta en Berlín da una pista de lo poco que le interesaba la medicina: solo atendía a sus pacientes desde las cinco hasta las seis de la mañana. En cuanto pudo, subió en barco y partió en busca de su verdadero sueño.

Lanzarote y el evolucionismo

En 1860 se tradujo El origen de las especies al alemán por primera vez. Haeckel lo leyó y quedó tan impresionado que aseguraba que ese libro le dio las respuestas que buscó desde que empezó a estudiar Biología.

El libro de Darwin, además, llegó para salvarlo del dolor: su mujer murió el día que él cumplió 30 años. Desde entonces, dedicó todas sus fuerzas a escribir Morfología general de los organismos, dos tomos en los que trabajó durante dos años con el fin de difundir las ideas darwinistas mientras evadía la tristeza de la pérdida.

Él mismo, que escribió infinidad de cartas a Darwin y lo visitó varias veces, dio a conocer la obra del inglés en Alemania cuando aún pasaba desapercibida. De alguna manera, Darwin se convirtió en su consuelo, porque dicen que con sus cartas incluso le envió alguna foto de su difunta esposa.

En la época de las grandes exploraciones científicas y una vez publicada su obra más famosa, Haeckel decidió seguir los pasos de Humboldt y eligió las islas Canarias para sus investigaciones evolucionistas sobre animales invertebrados. Partió desde Inglaterra, lo que le permitió reunirse con Darwin en Londres antes de iniciar el viaje. Haeckel, que a los 32 años ya era catedrático en la Universidad de Jena desde hacía dos, era más que un ferviente admirador de Darwin.

Llegó a Tenerife en otoño de 1866, subió a la cima del Teide y se trasladó a Lanzarote, donde se instaló durante un invierno en compañía del naturalista Richard Greef y sus estudiantes Nikolai Nikolajewitsch y Hermann Fol. El traslado de una isla a otra no fue ideal, puesto que el mal tiempo alargó el viaje cinco días.

A su llegada a Arrecife, alquilaron una casa que los vecinos llamaban «la casa de los naturalistas». Durante los tres meses que estuvieron en la isla no pasaron desapercibidos por aquella afición, extraña para los oriundos, de bañarse en el mar en las noches de invierno. A él los lanzaroteños le parecieron gentiles «niños grandes».

Pero no todo fueron risas y sonrisas: entre los vecinos se difundieron rumores de todo tipo que hicieron ver con recelo a esos posibles espías franceses y conquistadores prusianos. ¿Cómo era posible que se bañaran en invierno, de noche, y que no enfermaran? La ayuda de sustancias mágicas fue la única explicación en aquel momento, lo que también llevó a los vecinos a sospechar que pudieran ser brujos.

A Haeckel le entusiasmaban en concreto las noches de luna llena porque la bajamar le permitía encontrar con facilidad animales y plantas marinas. Las medusas de Lanzarote, en concreto, le inspiraron el libro El sistema de las medusas. En ese contexto acuñó el término ecología. Sus investigaciones en las Canarias le llevaron a elaborar su teoría de la recapitulación, según la cual, «el desarrollo de un embrión de cada especie repite el desarrollo evolutivo de esa especie totalmente». Una teoría que fascinó a Hitler.

Durante aquellos meses observaron la fauna marina y, con la ayuda de dos pescadores a los que contrataron, recolectaron ejemplares de cientos de especies aún desconocidas que se llevaron en su viaje de regreso a Londres. Haeckel se dedicó a pintar aquellos animales y plantas sobre la mesa que le hizo un carpintero de Arrecife. Tras esas y otras observaciones, elaboró todo un catálogo preciosista que convirtieron sus libros en una explosión de colores.

Algunas de esas ilustraciones, consideradas las imágenes que hicieron famoso a Darwin, las ha recogido recientemente la editorial Taschen en un volumen titulado The art and science of Ernst Haeckel. En ellas destaca su obsesión por la simetría que vio en los animales marinos y que comparó con la de los cristales. Este paralelismo le llevó a decir que el origen de los animales más simples era inorgánico.

Haeckel compartía con las medusas que pintaba lo bello y lo oscuro: su obra fue tan inspiradora para el Art Nouveau como para el nazismo. Para él existían razas superiores e inferiores y llegó a ser presidente honorario de la Sociedad de Higiene Racial.

Sus palabras sobre los sifonóforos ya anunciaban en cierto modo lo que acabaría creyendo sobre las personas: «sobrepasan al resto de animales acuáticos locales por su belleza, su finura y también por su interés científico». Sus ilustraciones son la representación gráfica de un mundo hermoso y venenoso, con tantas luces y sombras como su legado.

Los sifonóforos son unos seres violentos y bellos. Se hinchan de gas, unos nadan y otros flotan en el mar y su aspecto relajado parece inofensivo. Pero, al rozar una superficie, sus células urticantes lanzan un potente veneno capaz de alcanzar y atravesar cualquier piel.

En el siglo XIX, un hombre los observó y los pintó exaltando su belleza desde distintas perspectivas. Aquel hombre era Ernst Haeckel, el naturalista y biólogo que dio a conocer tanto la obra de Charles Darwin como varios tipos de sifonóforos y otros seres marinos aún desconocidos en su época.

Haeckel estudió Medicina para contentar a su padre y, como suele ocurrir en estos casos, su vocación y los anhelos paternos iban por distintos caminos. El horario inusual de su consulta en Berlín da una pista de lo poco que le interesaba la medicina: solo atendía a sus pacientes desde las cinco hasta las seis de la mañana. En cuanto pudo, subió en barco y partió en busca de su verdadero sueño.

Lanzarote y el evolucionismo

En 1860 se tradujo El origen de las especies al alemán por primera vez. Haeckel lo leyó y quedó tan impresionado que aseguraba que ese libro le dio las respuestas que buscó desde que empezó a estudiar Biología.

El libro de Darwin, además, llegó para salvarlo del dolor: su mujer murió el día que él cumplió 30 años. Desde entonces, dedicó todas sus fuerzas a escribir Morfología general de los organismos, dos tomos en los que trabajó durante dos años con el fin de difundir las ideas darwinistas mientras evadía la tristeza de la pérdida.

Él mismo, que escribió infinidad de cartas a Darwin y lo visitó varias veces, dio a conocer la obra del inglés en Alemania cuando aún pasaba desapercibida. De alguna manera, Darwin se convirtió en su consuelo, porque dicen que con sus cartas incluso le envió alguna foto de su difunta esposa.

En la época de las grandes exploraciones científicas y una vez publicada su obra más famosa, Haeckel decidió seguir los pasos de Humboldt y eligió las islas Canarias para sus investigaciones evolucionistas sobre animales invertebrados. Partió desde Inglaterra, lo que le permitió reunirse con Darwin en Londres antes de iniciar el viaje. Haeckel, que a los 32 años ya era catedrático en la Universidad de Jena desde hacía dos, era más que un ferviente admirador de Darwin.

Llegó a Tenerife en otoño de 1866, subió a la cima del Teide y se trasladó a Lanzarote, donde se instaló durante un invierno en compañía del naturalista Richard Greef y sus estudiantes Nikolai Nikolajewitsch y Hermann Fol. El traslado de una isla a otra no fue ideal, puesto que el mal tiempo alargó el viaje cinco días.

A su llegada a Arrecife, alquilaron una casa que los vecinos llamaban «la casa de los naturalistas». Durante los tres meses que estuvieron en la isla no pasaron desapercibidos por aquella afición, extraña para los oriundos, de bañarse en el mar en las noches de invierno. A él los lanzaroteños le parecieron gentiles «niños grandes».

Pero no todo fueron risas y sonrisas: entre los vecinos se difundieron rumores de todo tipo que hicieron ver con recelo a esos posibles espías franceses y conquistadores prusianos. ¿Cómo era posible que se bañaran en invierno, de noche, y que no enfermaran? La ayuda de sustancias mágicas fue la única explicación en aquel momento, lo que también llevó a los vecinos a sospechar que pudieran ser brujos.

A Haeckel le entusiasmaban en concreto las noches de luna llena porque la bajamar le permitía encontrar con facilidad animales y plantas marinas. Las medusas de Lanzarote, en concreto, le inspiraron el libro El sistema de las medusas. En ese contexto acuñó el término ecología. Sus investigaciones en las Canarias le llevaron a elaborar su teoría de la recapitulación, según la cual, «el desarrollo de un embrión de cada especie repite el desarrollo evolutivo de esa especie totalmente». Una teoría que fascinó a Hitler.

Durante aquellos meses observaron la fauna marina y, con la ayuda de dos pescadores a los que contrataron, recolectaron ejemplares de cientos de especies aún desconocidas que se llevaron en su viaje de regreso a Londres. Haeckel se dedicó a pintar aquellos animales y plantas sobre la mesa que le hizo un carpintero de Arrecife. Tras esas y otras observaciones, elaboró todo un catálogo preciosista que convirtieron sus libros en una explosión de colores.

Algunas de esas ilustraciones, consideradas las imágenes que hicieron famoso a Darwin, las ha recogido recientemente la editorial Taschen en un volumen titulado The art and science of Ernst Haeckel. En ellas destaca su obsesión por la simetría que vio en los animales marinos y que comparó con la de los cristales. Este paralelismo le llevó a decir que el origen de los animales más simples era inorgánico.

Haeckel compartía con las medusas que pintaba lo bello y lo oscuro: su obra fue tan inspiradora para el Art Nouveau como para el nazismo. Para él existían razas superiores e inferiores y llegó a ser presidente honorario de la Sociedad de Higiene Racial.

Sus palabras sobre los sifonóforos ya anunciaban en cierto modo lo que acabaría creyendo sobre las personas: «sobrepasan al resto de animales acuáticos locales por su belleza, su finura y también por su interés científico». Sus ilustraciones son la representación gráfica de un mundo hermoso y venenoso, con tantas luces y sombras como su legado.

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Opiniones 6
  • ¡Que belleza de melifluas medusas, sifonóforos y otros seres de Mar!. La historia divulgativa que las acompaña ni siquiera las desmerecen. Arte, Ciencia, Política e Historia, 4 en 1.. Gracias por transcribir este articulazo, Virginia.

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