Publicado: 19 de septiembre 2016 10:15  | Actualizado: 20 de junio 2023 04:57    /   Logo School
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Relatos ortográficos: De ‘este agua’ no beberás y otros errores de concordancia en español

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Tenía dos oficios. Durante el día, era un brillante profesor de Ciencias en la Universidad Estatal. Al llegar la noche, abandonaba los libros y se vestía de lentejuelas y plumas emulando a su estrella favorita. Cuando el sol salía, era don Carlos Sevilleja. Vestía un elegante traje y elegía cuidadosamente la corbata que mejor combinara con la camisa. Guardaba sus escritos y libros en un elegante maletín de cuero negro y su despacho en la Universidad Estatal estaba siempre impoluto, lejos de la imagen de genio loco y desordenado que se les atribuye muchas veces a los hombres de ciencias.

Pero cuando la luna gobernaba en el firmamento, don Carlos se transformaba en Carla Pislázuli, la drag queen más descarada del panorama artístico y canalla de la ciudad. Un maquillaje espeso le cubría la cara para tratar de esconder una barba escrupulosamente afeitada. Las pestañas postizas daban sombra a sus ojos y una peluca de largos cabellos rojos a lo Rita Hayworth escondía su masculino corte de pelo. Enfundaba su cuerpo en un brillante y estrecho traje de lentejuelas con prótesis para levantar su trasero y redondear sus caderas y salía al escenario para emular a la legendaria actriz en Gilda.

No es una historia extraña, casos como el de Carlos/Carla hay a montones. Y tampoco hay que buscar en su vida ningún complejo psicológico que le convierta en carne de psiquiatra o candidato a víctima de la escena criminal de la ciudad. Todos conocían su doble condición y todos la aceptaban. Durante el día, era Carlos, brillante profesor de ciencias. Durante la noche, Carla, el travesti más glamuroso de la ciudad. Y todo, absolutamente todo, estaba bien.

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Buscad historias truculentas en otros relatos porque hoy aquí no toca. A lo que hemos venido es a hablar de Concordancia, una drag queen del español con mucha guasa que hace que algunas palabras se travistan ante otras para evitar cacofonías. Gracias a Concordancia, ante nombres femeninos que empiezan por a- o ha- tónicas, debe emplearse el artículo el. De este modo, debemos decir el agua y no *la agua. Ocurre lo mismo con un, aunque en este caso también se admite una: un/una área.

Esta norma sólo —y remarco el ‘sólo’— debe aplicarse con el y con un. Castigo divino para quienes digan o escriban: *otro área, *mucho hambre, *otro arma… Ojo, que tampoco vale con los demostrativos. Decir *este agua es tan malo como pegar a un padre con un calcetín sudado. Lo suyo es decir: esta agua.

Ahora bien: ¿qué ocurre si en tan entrañable relación se entromete una tercera palabra? Más exactamente, ¿sería correcto decir: el mismo arma?
La respuesta en un claro y rotundo NO. El artículo retoma su condición femenina y las tres palabras se alían en un clamoroso women power. Así que en el ejemplo anterior, lo correcto hubiera sido decir la misma arma. El travestismo, en estos casos, no está bien visto. Dejad las lentejuelas para mejor ocasión.

Tenía dos oficios. Durante el día, era un brillante profesor de Ciencias en la Universidad Estatal. Al llegar la noche, abandonaba los libros y se vestía de lentejuelas y plumas emulando a su estrella favorita. Cuando el sol salía, era don Carlos Sevilleja. Vestía un elegante traje y elegía cuidadosamente la corbata que mejor combinara con la camisa. Guardaba sus escritos y libros en un elegante maletín de cuero negro y su despacho en la Universidad Estatal estaba siempre impoluto, lejos de la imagen de genio loco y desordenado que se les atribuye muchas veces a los hombres de ciencias.

Pero cuando la luna gobernaba en el firmamento, don Carlos se transformaba en Carla Pislázuli, la drag queen más descarada del panorama artístico y canalla de la ciudad. Un maquillaje espeso le cubría la cara para tratar de esconder una barba escrupulosamente afeitada. Las pestañas postizas daban sombra a sus ojos y una peluca de largos cabellos rojos a lo Rita Hayworth escondía su masculino corte de pelo. Enfundaba su cuerpo en un brillante y estrecho traje de lentejuelas con prótesis para levantar su trasero y redondear sus caderas y salía al escenario para emular a la legendaria actriz en Gilda.

No es una historia extraña, casos como el de Carlos/Carla hay a montones. Y tampoco hay que buscar en su vida ningún complejo psicológico que le convierta en carne de psiquiatra o candidato a víctima de la escena criminal de la ciudad. Todos conocían su doble condición y todos la aceptaban. Durante el día, era Carlos, brillante profesor de ciencias. Durante la noche, Carla, el travesti más glamuroso de la ciudad. Y todo, absolutamente todo, estaba bien.

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Esta norma sólo —y remarco el ‘sólo’— debe aplicarse con el y con un. Castigo divino para quienes digan o escriban: *otro área, *mucho hambre, *otro arma… Ojo, que tampoco vale con los demostrativos. Decir *este agua es tan malo como pegar a un padre con un calcetín sudado. Lo suyo es decir: esta agua.

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