19 de diciembre 2011    /   IDEAS
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¿Es bueno este artículo o no? Ya se verá…

19 de diciembre 2011    /   IDEAS     por          
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Una historia referida por alguien que vivió en Oriente. Para algunos será repetida. De todas maneras, ahí va.

Un hombre pobre vive con su único hijo en el campo. Un día, un caballo salvaje aparece en su pequeño dominio. No tiene dueño. Tal como manda la tradición, el hombre tiene derecho a quedarse con el caballo que pasta en sus tierras. Los vecinos, entusiasmados, le dicen:

—Qué suerte tienes. No tenías caballo y ahora, de pronto, tienes uno sin que te haya costado nada.

El hombre contesta, ante el estupor de sus interlocutores: —No sé si es buena suerte o no. Ya se verá. Pasa el tiempo. El hijo del hombre está galopando con el caballo a campo través cuando, de pronto, un obstáculo lleva al animal a hacer un movimiento brusco y a lanzar al jinete por el aire. Fruto de la caída, el chico se destroza una pierna contra una piedra. Los vecinos vuelven a hablar con el hombre, esta vez graves. —Qué mala suerte has tenido. El caballo que te has encontrado parece que estaba destinado a provocar un accidente a tu hijo, un accidente del que le llevará mucho tiempo recuperarse.

El hombre, tranquilo, vuelve a contestar:

—No sé si es mala suerte o no. Ya se verá.

Transcurridos unos meses, la guerra llama a todos los jóvenes del país al frente. A todos menos a uno: el hijo del hombre, por tener la pierna todavía en mal estado, no tiene que hacer frente a un sufrimiento seguro. Los vecinos vuelven a la carga:

—Qué suerte has tenido. El accidente provocado por el caballo, que parecía una desgracia, ha acabado convirtiéndose en la salvación de tu muchacho. El hombre contesta una vez más: —No sé si es buena suerte o no. Ya se verá…

La historia puede seguir indefinidamente. Y pone de relieve un hecho: uno de los peores rasgos que existen en occidente, tanto en los negocios como en la política y en la vida cotidiana, es pretender juzgar en tiempo real el resultado de los acontecimientos. Una actitud que no nos permite acabar de comprender el verdadero signo de las cosas que, casi siempre, suele variar con el paso del tiempo.

¿Realmente es tan malo que lo que dábamos en llamar ‘estado de bienestar’ esté cuestionado en los términos que se había planteado? ¿Solo hay consecuencias negativas del hecho de que la forma de vida profesional a la que estábamos acostumbrados se haya visto seriamente cuestionada?

¿Es mala suerte que nos haya tocado este tiempo para pensar, imaginar y construir?

Yo sueño con que, acaso, aprenderemos a gestionar lo que tenemos ahora, con sus limitaciones, para dar a luz una nueva forma de trabajar, de hacer política y de vivir todavía mejor de lo que conocíamos hasta este momento.

Pero ya se verá.

Julio Wallovits es director creativo de La Doma

Foto: Scott1723 Flickr reproducido bajo licencia CC

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Una historia referida por alguien que vivió en Oriente. Para algunos será repetida. De todas maneras, ahí va.

Un hombre pobre vive con su único hijo en el campo. Un día, un caballo salvaje aparece en su pequeño dominio. No tiene dueño. Tal como manda la tradición, el hombre tiene derecho a quedarse con el caballo que pasta en sus tierras. Los vecinos, entusiasmados, le dicen:

—Qué suerte tienes. No tenías caballo y ahora, de pronto, tienes uno sin que te haya costado nada.

El hombre contesta, ante el estupor de sus interlocutores: —No sé si es buena suerte o no. Ya se verá. Pasa el tiempo. El hijo del hombre está galopando con el caballo a campo través cuando, de pronto, un obstáculo lleva al animal a hacer un movimiento brusco y a lanzar al jinete por el aire. Fruto de la caída, el chico se destroza una pierna contra una piedra. Los vecinos vuelven a hablar con el hombre, esta vez graves. —Qué mala suerte has tenido. El caballo que te has encontrado parece que estaba destinado a provocar un accidente a tu hijo, un accidente del que le llevará mucho tiempo recuperarse.

El hombre, tranquilo, vuelve a contestar:

—No sé si es mala suerte o no. Ya se verá.

Transcurridos unos meses, la guerra llama a todos los jóvenes del país al frente. A todos menos a uno: el hijo del hombre, por tener la pierna todavía en mal estado, no tiene que hacer frente a un sufrimiento seguro. Los vecinos vuelven a la carga:

—Qué suerte has tenido. El accidente provocado por el caballo, que parecía una desgracia, ha acabado convirtiéndose en la salvación de tu muchacho. El hombre contesta una vez más: —No sé si es buena suerte o no. Ya se verá…

La historia puede seguir indefinidamente. Y pone de relieve un hecho: uno de los peores rasgos que existen en occidente, tanto en los negocios como en la política y en la vida cotidiana, es pretender juzgar en tiempo real el resultado de los acontecimientos. Una actitud que no nos permite acabar de comprender el verdadero signo de las cosas que, casi siempre, suele variar con el paso del tiempo.

¿Realmente es tan malo que lo que dábamos en llamar ‘estado de bienestar’ esté cuestionado en los términos que se había planteado? ¿Solo hay consecuencias negativas del hecho de que la forma de vida profesional a la que estábamos acostumbrados se haya visto seriamente cuestionada?

¿Es mala suerte que nos haya tocado este tiempo para pensar, imaginar y construir?

Yo sueño con que, acaso, aprenderemos a gestionar lo que tenemos ahora, con sus limitaciones, para dar a luz una nueva forma de trabajar, de hacer política y de vivir todavía mejor de lo que conocíamos hasta este momento.

Pero ya se verá.

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Opiniones 3
  • ¡Genial!

    Felicidades al autor por plasmar de una manera tan simple una realidad tan palpable. Todo es relativo. Nada es tan malo.
    Dejemos de rasgarnos las vestiduras, aceptemos lo que hay y actuemos con lo que tenemos.

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