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1 de mayo 2014    /   CREATIVIDAD
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Si quieres escribir un manifiesto, mejor hazlo tú solo

1 de mayo 2014    /   CREATIVIDAD     por          
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Uno no puede evitar imaginar aquello con un punto de melancolía y otro de candidez. Aquel tiempo en el que con tipografía de caja y sobre un papel de gramaje demasiado romántico había quien se molestaba en exponer los principios de algo en forma de manifiesto.
Probablemente el primero de todos los panfletos de las vanguardias fue el de Marinetti (Le Figaro, 1909). Ese en el que exponía aquello tan plástico y tan repetido de «un automóvil rugiente que parece que corre sobre la metralla es más bello que la Victoria de Samotracia». Probablemente fue el primero y probablemente el que menos trascendencia tuvo. Algo inexplicable cuando sostienes argumentos como glorificar la guerra como la única higiene del mundo o ensalzar el militarismo y el desprecio de la mujer (sic.). Eran jóvenes y estaban locos, y si lo hubieran dicho 60 años más tarde les hubieran acusado de tomar drogas, pero ya os digo yo que no. Creedme si queréis, aunque lo afirmo sin prueba fehaciente alguna.
A Marinetti le siguieron otros muchos, y en general con mucha más suerte: Tristan Tzara, en 1916, con el Manifiesto Dadaísta o André Breton en 1924 con el Manifiesto Surrealista.
Que aquellos jóvenes chiflados con sus locas imprentas emplearan como medio de acción y difusión el manifiesto no era algo azaroso. Antes de Marinetti, el manifiesto era una herramienta política. Se trataba de poner en negro sobre blanco una serie de aspiraciones que latían en un grupo o una sociedad con el fin de difundirlas y facilitar que se llevaran a cabo. Si las vanguardias adoptaron este método, fue porque juzgaron que era el más acertado para demostrar que el arte debía involucrarse en la sociedad del mismo modo en que lo hacían por entonces la política. ¡Qué tiempos aquellos!
Luego las vanguardias cayeron en desgracia. En la desgracia del dinero y el mercado. Los futuristas desaparecieron en la debacle del fascismo, el dadaísmo se diluyó por ser un callejón sin salida y el surrealismo se volvió una especie se culebrón plagado de enfrentamientos públicos entre Dalí, Breton, el Partido Comunista y la Reserva Federal americana. Por algo se decía aquello de SALVADOR DALÍ = AVIDA DOLLARS. Otra cosa no, pero estos chicos eran brillantes hasta para el insulto.
¿Y después? ¿Qué fue del mundo manifiesto? Parece que la brillante idea de darse a conocer al mundo por medio de manifiestos se apagó. O eso es lo que creemos la mayoría de los que estudiamos EGB o ESO. Nada más lejos de la realidad.
Puede que nos suenen lejanamente pronunciamientos como el Manifiesto SCUM, el Fluxus o incluso el Manifiesto Situacionista, que tuvieron lugar en la década de los 60. Incluso el DOGMA 95 con su ‘Voto de castidad’ no dejó de ser un manifiesto al modo del avant garde, con su posterior descomposición y bronca entre los miembros firmantes. Conclusión: si quieres escribir un manifiesto, mejor hazlo tú solo.
El caso es que desde el final de las vanguardias no ha dejado de haber artistas chalados, filósofos excéntricos o ex estrellas del porno que han juzgado el manifiesto como la manera más acertada de exponer al mundo su concepción de lo que debería ser el futuro.
Desde 1999 la mayoría de estos se publican directamente en internet. Supongo que persiguiendo la idea de que así tendrá una mayor repercusión y llegará a un mayor número de receptores. Siendo un poco cabrón, supongo que es tan buena idea como plantearse a día de hoy abrir un videoclub.
Si el mundo manifiesto fracasó durante el primer tercio del siglo XX, ¿no deberíamos pensar no ya en nuevos medios de difusión para ellos, sino en nuevas formas de pronunciamiento? ¿O es que como en otros ámbitos nos limitamos a reproducir lo que ya les funcionó a otros?
Para quien siga creyendo en que este es el camino correcto, recomiendo The _________ Manifesto (1996), de Michael Betancourt. Un manifiesto con casillas en blanco para que cualquiera pueda rellenar con los conceptos que más le plazcan. Y que en su versión digital incluye al final un botón de reset, por aquello tan ingénito a la vanguardia que es el cambio de opinión a última hora.

Foto portada: Taschen
 

Uno no puede evitar imaginar aquello con un punto de melancolía y otro de candidez. Aquel tiempo en el que con tipografía de caja y sobre un papel de gramaje demasiado romántico había quien se molestaba en exponer los principios de algo en forma de manifiesto.
Probablemente el primero de todos los panfletos de las vanguardias fue el de Marinetti (Le Figaro, 1909). Ese en el que exponía aquello tan plástico y tan repetido de «un automóvil rugiente que parece que corre sobre la metralla es más bello que la Victoria de Samotracia». Probablemente fue el primero y probablemente el que menos trascendencia tuvo. Algo inexplicable cuando sostienes argumentos como glorificar la guerra como la única higiene del mundo o ensalzar el militarismo y el desprecio de la mujer (sic.). Eran jóvenes y estaban locos, y si lo hubieran dicho 60 años más tarde les hubieran acusado de tomar drogas, pero ya os digo yo que no. Creedme si queréis, aunque lo afirmo sin prueba fehaciente alguna.
A Marinetti le siguieron otros muchos, y en general con mucha más suerte: Tristan Tzara, en 1916, con el Manifiesto Dadaísta o André Breton en 1924 con el Manifiesto Surrealista.
Que aquellos jóvenes chiflados con sus locas imprentas emplearan como medio de acción y difusión el manifiesto no era algo azaroso. Antes de Marinetti, el manifiesto era una herramienta política. Se trataba de poner en negro sobre blanco una serie de aspiraciones que latían en un grupo o una sociedad con el fin de difundirlas y facilitar que se llevaran a cabo. Si las vanguardias adoptaron este método, fue porque juzgaron que era el más acertado para demostrar que el arte debía involucrarse en la sociedad del mismo modo en que lo hacían por entonces la política. ¡Qué tiempos aquellos!
Luego las vanguardias cayeron en desgracia. En la desgracia del dinero y el mercado. Los futuristas desaparecieron en la debacle del fascismo, el dadaísmo se diluyó por ser un callejón sin salida y el surrealismo se volvió una especie se culebrón plagado de enfrentamientos públicos entre Dalí, Breton, el Partido Comunista y la Reserva Federal americana. Por algo se decía aquello de SALVADOR DALÍ = AVIDA DOLLARS. Otra cosa no, pero estos chicos eran brillantes hasta para el insulto.
¿Y después? ¿Qué fue del mundo manifiesto? Parece que la brillante idea de darse a conocer al mundo por medio de manifiestos se apagó. O eso es lo que creemos la mayoría de los que estudiamos EGB o ESO. Nada más lejos de la realidad.
Puede que nos suenen lejanamente pronunciamientos como el Manifiesto SCUM, el Fluxus o incluso el Manifiesto Situacionista, que tuvieron lugar en la década de los 60. Incluso el DOGMA 95 con su ‘Voto de castidad’ no dejó de ser un manifiesto al modo del avant garde, con su posterior descomposición y bronca entre los miembros firmantes. Conclusión: si quieres escribir un manifiesto, mejor hazlo tú solo.
El caso es que desde el final de las vanguardias no ha dejado de haber artistas chalados, filósofos excéntricos o ex estrellas del porno que han juzgado el manifiesto como la manera más acertada de exponer al mundo su concepción de lo que debería ser el futuro.
Desde 1999 la mayoría de estos se publican directamente en internet. Supongo que persiguiendo la idea de que así tendrá una mayor repercusión y llegará a un mayor número de receptores. Siendo un poco cabrón, supongo que es tan buena idea como plantearse a día de hoy abrir un videoclub.
Si el mundo manifiesto fracasó durante el primer tercio del siglo XX, ¿no deberíamos pensar no ya en nuevos medios de difusión para ellos, sino en nuevas formas de pronunciamiento? ¿O es que como en otros ámbitos nos limitamos a reproducir lo que ya les funcionó a otros?
Para quien siga creyendo en que este es el camino correcto, recomiendo The _________ Manifesto (1996), de Michael Betancourt. Un manifiesto con casillas en blanco para que cualquiera pueda rellenar con los conceptos que más le plazcan. Y que en su versión digital incluye al final un botón de reset, por aquello tan ingénito a la vanguardia que es el cambio de opinión a última hora.

Foto portada: Taschen
 

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Opiniones 2
  • Y aún hay mucho dinosaurio publicitario que sigue creyendo en los manifestos para presentar conceptos creativos. Qué ternura…

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