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10 de diciembre 2013    /   CREATIVIDAD
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Escribir: Frases sencillas

10 de diciembre 2013    /   CREATIVIDAD     por          
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Cuando uno es niño y quiere ser escritor, escribe con entusiasmo, deprisa y utiliza las palabras más a mano. Después, uno crece y escribir se vuelve complicado.

Tengo cuarenta y cuatro años y desde la primera redacción a los once que hizo reír a la clase —era la intención— hasta ahora, he practicado todos los defectos de la escritura tanto como aficionado como profesional. Solo unos pocos “trabajadores de la palabra” (novelistas, guionistas, periodistas, blogueros) tienen la disciplina, el talento y la capacidad de observación necesarias para pasar de un estadio a otro, o incluso saltar etapas, de manera que pueden escribir con veintipocos años igual que otros a los cincuenta. (En mi caso se trata de un viaje con un comienzo lento).

El escritor niño

Cuando uno es niño y quiere ser escritor, escribe con entusiasmo, deprisa y utiliza las palabras más a mano:

Marta tendía la ropa en la azotea, miró al sol y cerró los ojos. Su madre la llamó para comer. Pero ella no quería bajar porque estaba a gusto en la azotea.

Cuando uno es niño no repara si repite palabras, si las frases son cortas o son largas. Los defectos —por llamarlo de alguna manera— del niño escritor son la ingenuidad, mencionar lo obvio y la falta de palabras para poner nombre a un mundo que está recién descubriendo.

El escritor adolescente

Cuando uno es adolescente y aún quiere ser escritor, corre el peligro de caer en el rebuscamiento:

La blonda Marta tendía con una expresión patibularia. Abominaba los quehaceres diarios. Ahíta y con las puntas de sus delicados dedos ateridos por el empapamiento de las prendas, se detuvo a media faena y alzó la mirada a la bóveda celeste. Contempló el astro rey que despedía de manera insultante su dorada luz, pero retenía con egoísmo su calor en un desapacible otoño. Marta exhaló un suspiro propio de una dama decimonónica. Entornó los ojos quedamente…

El escritor adolescente piensa que necesita palabras difíciles, disfrazar las frases sencillas y utilizar expresiones trasnochadas que no remiten a la propia experiencia. Nadie muere, fenece; nadie llora, plañe; el blanco no existe, es níveo.

El escritor adulto-adolescente

Cuando el escritor adolescente se hace adulto, corre el riesgo de añadir al rebuscamiento la pedantería:

Marta tendía con una expresión patibularia, ajena a los ruidos de su alrededor. Había puesto en su walkman el Concerto grosso nº 10 la menor, op. 6, n° 4 de Haendel. Solo así podía soportar las tareas rutinarias.

Los personajes cuando hablan hacen referencias a Kierkegaard, Nietzsche o Piotr Kropotkin —depende de la ideología o intenciones del autor—. Es una escritura cobarde. El rebuscamiento, las citas oscuras, los pensamientos ajenos, en apariencia profundos, funcionan como un escudo. Detrás, la fragilidad. Es difícil escribir algo que merezca la pena si uno tiene miedo a desnudarse o a que le apedreen en el pueblo.

El escritor y las marcas

Con el tiempo, el escritor adulto y pedante que uno fue comprende —a fuerza de lecturas— que la sencillez es la mejor estrategia creativa (ahorra esfuerzos), y hace posible que ‘el mensaje’ llegue a los demás con facilidad. Pero esto no significa que los miedos hayan desaparecido. Podría acabar en el ‘marquismo’:

Marta tendía en la azotea sus shorts de (marca) comprados en (tienda) en un black friday por tan solo 9,95 €. Odiaba tender, y procuraba hacer la tarea menos pesada escuchando la última canción de (grupo) en su (nombre y modelo de smartphone) donde guardaba 2.000 mp3s. Paró un momento. Miró al sol. Debí haber subido con mis (marca de gafas), pensó. Se preguntó qué estaría haciendo Aitor en ese momento. ¿Viendo (programa de televisión) o jugando con (la marca de videoconsola) que le regaló por su cumpleaños?

Realmente, mencionar marcas no es malo. Las marcas forman parte de la realidad.

“¿Podrías vivir en un mundo sin coca-cola?” dice Walter White, una de las pocas menciones a marcas en Breaking Bad. (Quizá por eso, tan recordable).

Pero cuando uno encuentra cinco o seis marcas por página, uno cree que el autor utiliza las marcas como otros el rebuscamiento: se esconde.

El escritor aséptico

Quedan atrás las marcas, pero quedan estadios de la escritura. Está el peligro de caer en la asepsia. Las palabras empleadas son sencillas, pero políticamente correctas. Las palabras feas están prohibidas. La elegancia se encuentra en cada línea. Las descripciones son elegantes, los personajes y lo que hablan. Incluso los tipos de los barrios bajos hablan con exquisita corrección. Por supuesto, no aparecen expresiones de la vida corriente para “no ensuciar el texto”. Nadie dice “no hay papel higiénico”, una frase que en Mad Men es metáfora de uno de sus personajes (¿quién negará que esta serie carece de elegancia?)

No hay frases vulgares

Cuando uno se hace mayor comprende que no hay frases tontas ni simples ni vulgares; hay frases que comunican y frases que no. Todas las palabras están disponibles, todas: las rebuscadas, las sencillas, las marcas, las barriobajeras y las que solo pueden decirse en la recepción de un embajador; los personajes van al baño; unos hacen el amor y otros follan; está Kierkegaard, Maradona y Robert de Niro; unas Google Glass y un potaje de lentejas…

Cada una en su momento, en su lugar. Si uno pone palabras en boca de personajes, procura que un niño hable como un niño, un profesor de música como un profesor de música, un chef como un chef, un pedante como un pedante… Y se intenta mantener la propia voz cercana a la del niño:

Marta tendía en la azotea. Miró al sol. Cerró los ojos.

 

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Imagen original: The Sun.jpg de Wikipedia.

Cuando uno es niño y quiere ser escritor, escribe con entusiasmo, deprisa y utiliza las palabras más a mano. Después, uno crece y escribir se vuelve complicado.

Tengo cuarenta y cuatro años y desde la primera redacción a los once que hizo reír a la clase —era la intención— hasta ahora, he practicado todos los defectos de la escritura tanto como aficionado como profesional. Solo unos pocos “trabajadores de la palabra” (novelistas, guionistas, periodistas, blogueros) tienen la disciplina, el talento y la capacidad de observación necesarias para pasar de un estadio a otro, o incluso saltar etapas, de manera que pueden escribir con veintipocos años igual que otros a los cincuenta. (En mi caso se trata de un viaje con un comienzo lento).

El escritor niño

Cuando uno es niño y quiere ser escritor, escribe con entusiasmo, deprisa y utiliza las palabras más a mano:

Marta tendía la ropa en la azotea, miró al sol y cerró los ojos. Su madre la llamó para comer. Pero ella no quería bajar porque estaba a gusto en la azotea.

Cuando uno es niño no repara si repite palabras, si las frases son cortas o son largas. Los defectos —por llamarlo de alguna manera— del niño escritor son la ingenuidad, mencionar lo obvio y la falta de palabras para poner nombre a un mundo que está recién descubriendo.

El escritor adolescente

Cuando uno es adolescente y aún quiere ser escritor, corre el peligro de caer en el rebuscamiento:

La blonda Marta tendía con una expresión patibularia. Abominaba los quehaceres diarios. Ahíta y con las puntas de sus delicados dedos ateridos por el empapamiento de las prendas, se detuvo a media faena y alzó la mirada a la bóveda celeste. Contempló el astro rey que despedía de manera insultante su dorada luz, pero retenía con egoísmo su calor en un desapacible otoño. Marta exhaló un suspiro propio de una dama decimonónica. Entornó los ojos quedamente…

El escritor adolescente piensa que necesita palabras difíciles, disfrazar las frases sencillas y utilizar expresiones trasnochadas que no remiten a la propia experiencia. Nadie muere, fenece; nadie llora, plañe; el blanco no existe, es níveo.

El escritor adulto-adolescente

Cuando el escritor adolescente se hace adulto, corre el riesgo de añadir al rebuscamiento la pedantería:

Marta tendía con una expresión patibularia, ajena a los ruidos de su alrededor. Había puesto en su walkman el Concerto grosso nº 10 la menor, op. 6, n° 4 de Haendel. Solo así podía soportar las tareas rutinarias.

Los personajes cuando hablan hacen referencias a Kierkegaard, Nietzsche o Piotr Kropotkin —depende de la ideología o intenciones del autor—. Es una escritura cobarde. El rebuscamiento, las citas oscuras, los pensamientos ajenos, en apariencia profundos, funcionan como un escudo. Detrás, la fragilidad. Es difícil escribir algo que merezca la pena si uno tiene miedo a desnudarse o a que le apedreen en el pueblo.

El escritor y las marcas

Con el tiempo, el escritor adulto y pedante que uno fue comprende —a fuerza de lecturas— que la sencillez es la mejor estrategia creativa (ahorra esfuerzos), y hace posible que ‘el mensaje’ llegue a los demás con facilidad. Pero esto no significa que los miedos hayan desaparecido. Podría acabar en el ‘marquismo’:

Marta tendía en la azotea sus shorts de (marca) comprados en (tienda) en un black friday por tan solo 9,95 €. Odiaba tender, y procuraba hacer la tarea menos pesada escuchando la última canción de (grupo) en su (nombre y modelo de smartphone) donde guardaba 2.000 mp3s. Paró un momento. Miró al sol. Debí haber subido con mis (marca de gafas), pensó. Se preguntó qué estaría haciendo Aitor en ese momento. ¿Viendo (programa de televisión) o jugando con (la marca de videoconsola) que le regaló por su cumpleaños?

Realmente, mencionar marcas no es malo. Las marcas forman parte de la realidad.

“¿Podrías vivir en un mundo sin coca-cola?” dice Walter White, una de las pocas menciones a marcas en Breaking Bad. (Quizá por eso, tan recordable).

Pero cuando uno encuentra cinco o seis marcas por página, uno cree que el autor utiliza las marcas como otros el rebuscamiento: se esconde.

El escritor aséptico

Quedan atrás las marcas, pero quedan estadios de la escritura. Está el peligro de caer en la asepsia. Las palabras empleadas son sencillas, pero políticamente correctas. Las palabras feas están prohibidas. La elegancia se encuentra en cada línea. Las descripciones son elegantes, los personajes y lo que hablan. Incluso los tipos de los barrios bajos hablan con exquisita corrección. Por supuesto, no aparecen expresiones de la vida corriente para “no ensuciar el texto”. Nadie dice “no hay papel higiénico”, una frase que en Mad Men es metáfora de uno de sus personajes (¿quién negará que esta serie carece de elegancia?)

No hay frases vulgares

Cuando uno se hace mayor comprende que no hay frases tontas ni simples ni vulgares; hay frases que comunican y frases que no. Todas las palabras están disponibles, todas: las rebuscadas, las sencillas, las marcas, las barriobajeras y las que solo pueden decirse en la recepción de un embajador; los personajes van al baño; unos hacen el amor y otros follan; está Kierkegaard, Maradona y Robert de Niro; unas Google Glass y un potaje de lentejas…

Cada una en su momento, en su lugar. Si uno pone palabras en boca de personajes, procura que un niño hable como un niño, un profesor de música como un profesor de música, un chef como un chef, un pedante como un pedante… Y se intenta mantener la propia voz cercana a la del niño:

Marta tendía en la azotea. Miró al sol. Cerró los ojos.

 

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Imagen original: The Sun.jpg de Wikipedia.

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Opiniones 21
    • Leí un par de entradas del blog. Muy buenos consejos! Para el que guste, les dejo mi dire del blog, en el que más o menos trato de seguir esa senda del descubrimiento de la propia escritura: unomismoesflaubert.blogspot.com

      Saludos!

  • Vaya, ésto ha sido cómo ponerse un espejo delante.

    De pequeña quería escribir, y lo cierto es que lo hacía en clase, en casa… de noche… con los años quise empezar «escribir bien» o «mejor» y lo cierto es que eso no hizo más que destrozar mi creatividad, la que pudiera tener, dando más importancia a las formas que al contenido… cosa que siempre había odiado. Al final dejé de escribir por hastío, porque la lectura de lo que escribía me aburría y no me hacía sentir absolutamente nada. Y si no te hace sentir nada lo que escribes, ¿a quién le va a hacer sentir algo?

    Ahora quiero volver a escribir, pero no tengo ni idea de por dónde empezar a «desnudarme». Por el principio, supongo. Hace unos meses escribí algo que aún me gusta… pero lo cierto es que tengo miedo de «destrozarlo»

    Gracias por tus artículos.

  • Chapó, o no me había parado a pensarlo o lo he hecho y lo he ignorado en mi afán por creerme escritor a toda costa (Que ridículos llegamos a ser los que escribimos, ves, ya pasó de ser una verdad inherente a una cualidad que me gusta desarrollar)

    Y sin embargo parece necesario pasar por todos esos procesos, en todos y cada uno te planteas si escribes bien, si escribes de acorde a lo que se espera que debes escribir…. ahora mismo tenía una idea buenísima para lucirme y de tanto pensar en la forma más correcta de hacerlo ‘se me fue el baifo’, pues eso, pensar ayuda, pero más ayuda sentir lo que escribes, para bien o para mal.

  • Muy bueno el artículo. Creo que a la larga lo más importante que debemos tener en cuenta a la hora de escribir, al igual que para hacer cualquier cosa en la vida, es la sinceridad. Escribir con sinceridad, sin ningún tipo de pretensión o afán de fama y/o reconocimiento.

  • Gracias por explicar de forma tan clara que el exceso de adornos es un obstáculo para la comunicación en cualquier tipo de texto. Este post ha sido muy valioso para mí. Lo tendré presente cada vez que escriba.

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