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20 de febrero 2020    /   IDEAS
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Qué prefieres, ¿escribir para presumir o escribir para que te entiendan?

20 de febrero 2020    /   IDEAS     por          
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Los romanos, que ya lo veían venir, separaron el latín hablado del escrito. Al primero lo llamaron vulgar y al segundo, culto para que unos pocos pudieran darse el pisto y marcar la diferencia.

Así, durante siglos, el mero hecho de saber leer y escribir era tarjeta de presentación más que suficiente para abrir la puerta de los trabajos mejor remunerados.

Pero entonces Gutenberg, solo por incordiar, inventó la imprenta. Y la escritura se extendió lo suficiente como para que el mero hecho de manejarla ya no fuera discriminatorio. Entonces, los de siempre tuvieron que inventarse nuevas formas de marcar distancias.

En profesiones como la medicina y la abogacía comenzaron a proliferar los escritos compuestos por palabras que tan solo entendían los iniciados. Una costumbre muy fea que ha llegado hasta nuestros días.

Para legitimar tanta verbosidad surgieron las titulaciones académicas. La única forma, se decía, de acceder a conocimientos complejos. Pero eso es discutible. Si vemos los centenares de palabras específicas que se precisaban en el siglo XVIII para diferenciar el casco, los aparejos y la arboladura de un velero, su aprendizaje debería resultar imposible para un analfabeto. Sin embargo, todos los marineros las conocían al dedillo.

En literatura la cosa no resultó tan sencilla. Porque los escritores también querían demostrar que estaban por encima del común de los mortales, pero a su vez necesitaban que esos mortales les entendieran si querían vender sus libros.

Así, surgió una especie de virtuosismo literario que al mismo tiempo que contaba historias comprensibles para todos, incluía algunos guiños de connaiseur para las élites cuya valoración perseguían.

Dichos guiños suelen castigar la repetición de palabras en el texto, algo propio del lenguaje hablado. Y, en cambio, premian los vocabularios ricos en acepciones poco comunes.

Esto es algo que se ha perpetuado a través de los tiempos en la gran mayoría de las obras literarias. Desde el Quijote hasta Cien años de soledad.

Veamos el caso de el Quijote, donde las primeras líneas de la novela de Cervantes son un claro ejemplo:

«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda».

Sin duda todo un alarde de voluptuosidad literaria con el que el Manco de Lepanto quería demostrar desde el principio que nos encontrábamos con una obra de altura. Pero, además, tenía que gustar a lectores más habituados a los ripios y las repeticiones propias de la poesía popular del Siglo de Oro. Tal vez por eso Cervantes incluyó también en su novela esos guiños con la intención de contentar a todos:

«La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra hermosura».

O también:

«Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza».

Por supuesto que en estos dos ejemplos subsiste el derroche culto, pues las palabras, siendo las mismas, cobran un significado distinto en cada frase. Una forma muy ingeniosa de conseguir que un mismo texto tenga diversas lecturas dependiendo de la persona que lo afronte.

Así, la cuestión permanece hoy en día: ¿escribir para presumir o para que te entiendan? ¿Para una minoría exigente o para una mayoría complacida?

Los mejores escritores son los que consiguen ambas cosas, sin duda. Pero si el público o el talento personal nos llevan a tener que elegir, tal vez deberíamos escuchar de nuevo las palabras que ya en el siglo XVI dijera Garcilaso de la Vega hablando de su amigo Juan Boscán:

«Guardó una cosa en la lengua castellana que muy pocos la han alcanzado, que fue huir de la afectación sin dar consigo en ninguna sequedad; y con gran limpieza de estilo usó de términos muy cortesanos y muy admitidos de los buenos oídos, y no nuevos ni al parecer desusados de la gente».

Los romanos, que ya lo veían venir, separaron el latín hablado del escrito. Al primero lo llamaron vulgar y al segundo, culto para que unos pocos pudieran darse el pisto y marcar la diferencia.

Así, durante siglos, el mero hecho de saber leer y escribir era tarjeta de presentación más que suficiente para abrir la puerta de los trabajos mejor remunerados.

Pero entonces Gutenberg, solo por incordiar, inventó la imprenta. Y la escritura se extendió lo suficiente como para que el mero hecho de manejarla ya no fuera discriminatorio. Entonces, los de siempre tuvieron que inventarse nuevas formas de marcar distancias.

En profesiones como la medicina y la abogacía comenzaron a proliferar los escritos compuestos por palabras que tan solo entendían los iniciados. Una costumbre muy fea que ha llegado hasta nuestros días.

Para legitimar tanta verbosidad surgieron las titulaciones académicas. La única forma, se decía, de acceder a conocimientos complejos. Pero eso es discutible. Si vemos los centenares de palabras específicas que se precisaban en el siglo XVIII para diferenciar el casco, los aparejos y la arboladura de un velero, su aprendizaje debería resultar imposible para un analfabeto. Sin embargo, todos los marineros las conocían al dedillo.

En literatura la cosa no resultó tan sencilla. Porque los escritores también querían demostrar que estaban por encima del común de los mortales, pero a su vez necesitaban que esos mortales les entendieran si querían vender sus libros.

Así, surgió una especie de virtuosismo literario que al mismo tiempo que contaba historias comprensibles para todos, incluía algunos guiños de connaiseur para las élites cuya valoración perseguían.

Dichos guiños suelen castigar la repetición de palabras en el texto, algo propio del lenguaje hablado. Y, en cambio, premian los vocabularios ricos en acepciones poco comunes.

Esto es algo que se ha perpetuado a través de los tiempos en la gran mayoría de las obras literarias. Desde el Quijote hasta Cien años de soledad.

Veamos el caso de el Quijote, donde las primeras líneas de la novela de Cervantes son un claro ejemplo:

«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda».

Sin duda todo un alarde de voluptuosidad literaria con el que el Manco de Lepanto quería demostrar desde el principio que nos encontrábamos con una obra de altura. Pero, además, tenía que gustar a lectores más habituados a los ripios y las repeticiones propias de la poesía popular del Siglo de Oro. Tal vez por eso Cervantes incluyó también en su novela esos guiños con la intención de contentar a todos:

«La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra hermosura».

O también:

«Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza».

Por supuesto que en estos dos ejemplos subsiste el derroche culto, pues las palabras, siendo las mismas, cobran un significado distinto en cada frase. Una forma muy ingeniosa de conseguir que un mismo texto tenga diversas lecturas dependiendo de la persona que lo afronte.

Así, la cuestión permanece hoy en día: ¿escribir para presumir o para que te entiendan? ¿Para una minoría exigente o para una mayoría complacida?

Los mejores escritores son los que consiguen ambas cosas, sin duda. Pero si el público o el talento personal nos llevan a tener que elegir, tal vez deberíamos escuchar de nuevo las palabras que ya en el siglo XVI dijera Garcilaso de la Vega hablando de su amigo Juan Boscán:

«Guardó una cosa en la lengua castellana que muy pocos la han alcanzado, que fue huir de la afectación sin dar consigo en ninguna sequedad; y con gran limpieza de estilo usó de términos muy cortesanos y muy admitidos de los buenos oídos, y no nuevos ni al parecer desusados de la gente».

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