20 de noviembre 2019    /   CREATIVIDAD
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Cómo la forma de escribir de una monja pronostica si tendrás Alzheimer

20 de noviembre 2019    /   CREATIVIDAD     por          
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Puede que no todas las monjas sean el epítome de la rectitud moral, a pesar de lo que predican, incurriendo en esa paradoja que ya postuló el filósofo alemán Max Schelling: nadie espera que una señal de tráfico siga la dirección que indica. Pero, porcentualmente, sí que es cierto que las monjas no conducen su existencia de la misma forma que los ciudadanos seglares.

Por esa razón, las monjas son buenos sujetos de estudio. Porque, de promedio, no han tenido hijos y no han fumado o bebido en exceso, lo que permite descartar variables que pueden influir en los análisis de cualquier parámetro. Por ello, uno de los estudios más importantes para pronosticar si alguien va a tener Alzheimer en el futuro analizando su forma de escribir se hizo con 678 monjas que donaron su cerebro a la ciencia.

MENINGES RELIGIOSAS

Además de seguir un estilo de vida similar en el que no entraban en juego factores externos que pudieran entorpecer la investigación, todas aquellas monjas también tenían un acceso similar a los servicios de atención médica y asistencia social. Y los archivos del convento albergaban el expediente de cada una de ellas, donde constaba desde su certificado de nacimiento a las características socioeconómicas de su familia, los documentos de sus estudios, etc. Eran, sin duda, un grupo de cobayas extraordinario.

Artículo relacionado

Cada una de las monjas de la congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de Namur persuadidas para donar su cerebro a la ciencia por el epidemiólogo de la Universidad de Kentucky David Snowdon aceptaron participar en aquella investigación a propósito de las causas de la enfermedad de Alzheimer convencidas de que hacían lo correcto. Casi todas habían tenido relación con el mundo docente y entendían que asumir este compromiso con la investigación científica podría ayudar a otras mujeres en todo el mundo.

Todas las religiosas, en aquel 1986, tenían entre 75 y 103 años de edad y, tras su muerte, el cerebro se extraería y se estudiaría con independencia de que se hubieran detectado síntomas de demencia. Además, hasta su muerte, todas se someterían anualmente a una serie de pruebas para medir la solvencia de su memoria.

Con todo, el factor más singular que todas aquellas religiosas compartían pasó inadvertido hasta que transcurrieron algunos años del inicio del estudio. A nivel epidemiológico, constituían un tesoro. Porque todas ellas, antes de tomar los hábitos, estuvieron obligadas a escribir un ensayo autobiográfico manuscrito a la congregación. Todos aquellos escritos, además, había sido redactados cuando las monjas tenían una edad promedio de 22 años, es decir, antes de que ninguna de ellas mostrara síntomas de demencia.

De alguna manera, los investigadores eran ahora capaces de analizar de muchas formas algo así como un test estándar de competencia lingüística y contrastar todos esos datos tanto con los síntomas de demencia como con los análisis neuropatológicos de sus cerebros. Y al cruzar todo ese caudal de información, voilà, se produjo una sorprendente correlación. En suma: las monjas que desarrollaron demencia tenían una forma particular de expresarse en aquellos ensayos respecto de las monjas que no la padecieron.

DENSIDAD LINGÜÍSTICA

Básicamente, la diferencia entre los escritos entre unas monjas y las otras estribaba en su complejidad estructural: si las oraciones eran largas, había subordinadas, se desplegaba cierta densidad de ideas y se percibía en general una fluidez verbal significativa, entonces las monjas raramente padecían demencia; pero si la expresión escrita en su juventud había sido parca, simple, casi como la de un indio cuando se comunica en una película del oeste, entonces la monja era más probable que hubiera sufrido demencia en la vejez. La proporción entre unas y otras, además, era abrumadora: el 90% de quienes tenían baja capacidad lingüística de jóvenes desarrollaron la enfermedad de Alzheimer en la senectud.

He aquí el ejemplo de una frase escrita por una monja que obtuvo resultados cada vez peores en sus pruebas de memoria a lo largo de sus últimos años de vida:

Después de terminar la escuela, trabajé en la oficina de correos.

Esta es una frase de una monja que, ya en una edad provecta, continuaba manteniendo una perfecta capacidad cognitiva:

Después de terminar el octavo curso, en 1921, deseaba convertirme en aspirante en Mankato [Minnesota], pero no tenía el valor para pedir permiso a mis padres, de modo que la hermana Ágreda lo hizo en mi lugar y ellos dieron su consentimiento de buena gana.

El estudio mostraba una correlación, asombrosa, sí, pero correlación al fin y al cabo, así que aún no sabemos muy bien qué significa, tal y como explica Hannah Fry en su libro Hola mundo:

El mero hecho de saber que podría existir esta conexión no nos dice por qué (¿es porque un buen nivel de educación evita la demencia?, ¿o porque las personas con tendencia a desarrollar la enfermedad de Alzheimer se sienten más cómodas con un lenguaje sencillo?). Pero quizá sí sugiera que el Alzheimer puede tardar varias décadas en desarrollarse.

Según el estudio Emotional and physical health benefits of expressive writing, la escritura tiene beneficios positivos tanto en la salud mental como en la física. Leer también tiene otros tantos efectos beneficiosos para nuestro cerebro: un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Toronto, por ejemplo, sugiere que realizar esta actividad puede hacerte más creativo y abierto de mente de lo que eres.

También es más fácil aprender leyendo que escuchando, según este estudio realizado con alumnos de sexto de primaria y primero de secundaria que fue publicado en Revue de psychoogie de l´education. Leer incluso puede hacer que vivas más tiempo, y si son libros, entonces el impacto es mucho mayor. Como si las letras, en suma, obraran grandes cambios neuroquímicos al igual que un grimorio obra conjuros. A todo ello debemos sumar también una sorprendente capacidad de pronosticar si vamos a sufrir demencia.

Sea o no una cosa consecuencia de la otra, pues, vale la pena incorporar los hábitos de escribir cada vez mejor y leer cosas que nos alimenten el cerebro. Nuestro cerebro del futuro probablemente nos lo agradecerá.

Puede que no todas las monjas sean el epítome de la rectitud moral, a pesar de lo que predican, incurriendo en esa paradoja que ya postuló el filósofo alemán Max Schelling: nadie espera que una señal de tráfico siga la dirección que indica. Pero, porcentualmente, sí que es cierto que las monjas no conducen su existencia de la misma forma que los ciudadanos seglares.

Por esa razón, las monjas son buenos sujetos de estudio. Porque, de promedio, no han tenido hijos y no han fumado o bebido en exceso, lo que permite descartar variables que pueden influir en los análisis de cualquier parámetro. Por ello, uno de los estudios más importantes para pronosticar si alguien va a tener Alzheimer en el futuro analizando su forma de escribir se hizo con 678 monjas que donaron su cerebro a la ciencia.

MENINGES RELIGIOSAS

Además de seguir un estilo de vida similar en el que no entraban en juego factores externos que pudieran entorpecer la investigación, todas aquellas monjas también tenían un acceso similar a los servicios de atención médica y asistencia social. Y los archivos del convento albergaban el expediente de cada una de ellas, donde constaba desde su certificado de nacimiento a las características socioeconómicas de su familia, los documentos de sus estudios, etc. Eran, sin duda, un grupo de cobayas extraordinario.

Cada una de las monjas de la congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de Namur persuadidas para donar su cerebro a la ciencia por el epidemiólogo de la Universidad de Kentucky David Snowdon aceptaron participar en aquella investigación a propósito de las causas de la enfermedad de Alzheimer convencidas de que hacían lo correcto. Casi todas habían tenido relación con el mundo docente y entendían que asumir este compromiso con la investigación científica podría ayudar a otras mujeres en todo el mundo.

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Todas las religiosas, en aquel 1986, tenían entre 75 y 103 años de edad y, tras su muerte, el cerebro se extraería y se estudiaría con independencia de que se hubieran detectado síntomas de demencia. Además, hasta su muerte, todas se someterían anualmente a una serie de pruebas para medir la solvencia de su memoria.

Con todo, el factor más singular que todas aquellas religiosas compartían pasó inadvertido hasta que transcurrieron algunos años del inicio del estudio. A nivel epidemiológico, constituían un tesoro. Porque todas ellas, antes de tomar los hábitos, estuvieron obligadas a escribir un ensayo autobiográfico manuscrito a la congregación. Todos aquellos escritos, además, había sido redactados cuando las monjas tenían una edad promedio de 22 años, es decir, antes de que ninguna de ellas mostrara síntomas de demencia.

De alguna manera, los investigadores eran ahora capaces de analizar de muchas formas algo así como un test estándar de competencia lingüística y contrastar todos esos datos tanto con los síntomas de demencia como con los análisis neuropatológicos de sus cerebros. Y al cruzar todo ese caudal de información, voilà, se produjo una sorprendente correlación. En suma: las monjas que desarrollaron demencia tenían una forma particular de expresarse en aquellos ensayos respecto de las monjas que no la padecieron.

DENSIDAD LINGÜÍSTICA

Básicamente, la diferencia entre los escritos entre unas monjas y las otras estribaba en su complejidad estructural: si las oraciones eran largas, había subordinadas, se desplegaba cierta densidad de ideas y se percibía en general una fluidez verbal significativa, entonces las monjas raramente padecían demencia; pero si la expresión escrita en su juventud había sido parca, simple, casi como la de un indio cuando se comunica en una película del oeste, entonces la monja era más probable que hubiera sufrido demencia en la vejez. La proporción entre unas y otras, además, era abrumadora: el 90% de quienes tenían baja capacidad lingüística de jóvenes desarrollaron la enfermedad de Alzheimer en la senectud.

He aquí el ejemplo de una frase escrita por una monja que obtuvo resultados cada vez peores en sus pruebas de memoria a lo largo de sus últimos años de vida:

Después de terminar la escuela, trabajé en la oficina de correos.

Esta es una frase de una monja que, ya en una edad provecta, continuaba manteniendo una perfecta capacidad cognitiva:

Después de terminar el octavo curso, en 1921, deseaba convertirme en aspirante en Mankato [Minnesota], pero no tenía el valor para pedir permiso a mis padres, de modo que la hermana Ágreda lo hizo en mi lugar y ellos dieron su consentimiento de buena gana.

El estudio mostraba una correlación, asombrosa, sí, pero correlación al fin y al cabo, así que aún no sabemos muy bien qué significa, tal y como explica Hannah Fry en su libro Hola mundo:

El mero hecho de saber que podría existir esta conexión no nos dice por qué (¿es porque un buen nivel de educación evita la demencia?, ¿o porque las personas con tendencia a desarrollar la enfermedad de Alzheimer se sienten más cómodas con un lenguaje sencillo?). Pero quizá sí sugiera que el Alzheimer puede tardar varias décadas en desarrollarse.

Según el estudio Emotional and physical health benefits of expressive writing, la escritura tiene beneficios positivos tanto en la salud mental como en la física. Leer también tiene otros tantos efectos beneficiosos para nuestro cerebro: un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Toronto, por ejemplo, sugiere que realizar esta actividad puede hacerte más creativo y abierto de mente de lo que eres.

También es más fácil aprender leyendo que escuchando, según este estudio realizado con alumnos de sexto de primaria y primero de secundaria que fue publicado en Revue de psychoogie de l´education. Leer incluso puede hacer que vivas más tiempo, y si son libros, entonces el impacto es mucho mayor. Como si las letras, en suma, obraran grandes cambios neuroquímicos al igual que un grimorio obra conjuros. A todo ello debemos sumar también una sorprendente capacidad de pronosticar si vamos a sufrir demencia.

Sea o no una cosa consecuencia de la otra, pues, vale la pena incorporar los hábitos de escribir cada vez mejor y leer cosas que nos alimenten el cerebro. Nuestro cerebro del futuro probablemente nos lo agradecerá.

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