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15 de enero 2019    /   IDEAS
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Si no tienes nada que decir, ponte a escribir

15 de enero 2019    /   IDEAS     por          
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Las cosas que nos suceden en un instante suceden todas a la vez. Estamos hablando con un amigo en un bar y escuchamos lo que él nos dice. Eso, a su vez, trae a nuestra mente otras historias. Algunas del pasado. Otras, recién construidas gracias a lo inspiradoras que resulten las palabras de tu interlocutor.

Al mismo tiempo, nos fijamos en dos personas que están en la mesa de al lado. Casi sin querer, imaginamos quiénes son. Una pareja en la fase inicial del apareamiento, una chica comunicándole a su novio que está embarazada, dos amigos de la infancia que llevaban tiempo sin verse…

Seguimos: por la ventana pasa una anciana caminando lentamente. Nos preguntamos cómo ha sido su vida. Si vivió una guerra y qué papel jugó en ella. Mientras tanto, llega la camarera que nos trae la bebida. Por el acento parece venezolana y de repente nuestra mente viaja a ese país que conocimos hace años.

Como si esto fuera poco, nuestras emociones y sentimientos no paran de enviarle información a nuestra mente. Todo a la vez, todo en un preciso instante, mientras el instante siguiente espera su oportunidad para seguir abrumándonos con aquello que sucede y nos sucede.

Es una cantidad de información inmanejable y, precisamente por ello, apenas conseguimos sacarle provecho. Pero para solucionar ese problema existe una herramienta inmejorable desde hace siglos: la escritura.

La escritura, por su propia esencia, nos obliga a reconstruir nuestras ideas y emociones de forma lineal. Una palabra detrás de la otra. Y eso tiene la ventaja de que facilita la comprensión de cuanto acontece a nuestro alrededor y en nuestro fuero interno.

Durante generaciones estuvo de moda el escribir un diario. Sobre todo, entre los adolescentes, tal vez más necesitados de ordenar sus ideas en tan incipiente etapa de su vida. Fue una buena ayuda, aunque por desgracia, esa práctica casi ha desaparecido.

Es cierto que se sigue escribiendo en las redes sociales. Pero la mayoría de los textos que encontramos en ellas sirven tan solo para anclar la ambigüedad de la imagen que los acompañan. Son textos aclaratorios que nada le aclaran a quienes los escriben.

Escribir debe de ser un acto íntimo. Aunque luego ese texto se convierta en un best seller o en el último episodio de Juego de tronos, ha de nacer de un ejercicio de introspección en el que nos encontramos a solas con nosotros mismos. Y eso es, precisamente, lo que lo hace tan interesante.

Escribimos para decir, pero el escribir también nos dice. Por eso, lo que realmente cuenta en cada texto no es cuántas personas lo ha leído, sino si a ti te ha servido de algo.

Cualquier persona que mantenga el hábito de escribir con frecuencia puede atestiguar lo que le sucede. Me refiero al hecho de que al terminar una página y tras releerla despacio, ya no le parece suya. Más aún, en ciertas ocasiones y con un poco de suerte, lo que en ella se cuenta es tan hermoso y profundo que llega a dudar de su capacidad para redactar algo así de interesante.

Es algo mágico que supera cualquier otro placer conocido. El instante en el que tu escritura te refleja una imagen con la que alcanzas a comprender el mundo mucho más allá de la tiranía de lo obvio. Porque es entonces cuando descubres que, gracias a lo allí plasmado, tus pensamientos pueden permanecer a tu lado para cuando de nuevo los necesites.

Puede que algunos textos, por su ínfima calidad, no merezcan ser leídos. Pero todos merecen ser escritos. Porque hasta el peor de ellos le servirá a su autor para alejarse de la realidad, y así poder contemplarla, desde sus propias palabras, mucho más de cerca.

Las cosas que nos suceden en un instante suceden todas a la vez. Estamos hablando con un amigo en un bar y escuchamos lo que él nos dice. Eso, a su vez, trae a nuestra mente otras historias. Algunas del pasado. Otras, recién construidas gracias a lo inspiradoras que resulten las palabras de tu interlocutor.

Al mismo tiempo, nos fijamos en dos personas que están en la mesa de al lado. Casi sin querer, imaginamos quiénes son. Una pareja en la fase inicial del apareamiento, una chica comunicándole a su novio que está embarazada, dos amigos de la infancia que llevaban tiempo sin verse…

Seguimos: por la ventana pasa una anciana caminando lentamente. Nos preguntamos cómo ha sido su vida. Si vivió una guerra y qué papel jugó en ella. Mientras tanto, llega la camarera que nos trae la bebida. Por el acento parece venezolana y de repente nuestra mente viaja a ese país que conocimos hace años.

Como si esto fuera poco, nuestras emociones y sentimientos no paran de enviarle información a nuestra mente. Todo a la vez, todo en un preciso instante, mientras el instante siguiente espera su oportunidad para seguir abrumándonos con aquello que sucede y nos sucede.

Es una cantidad de información inmanejable y, precisamente por ello, apenas conseguimos sacarle provecho. Pero para solucionar ese problema existe una herramienta inmejorable desde hace siglos: la escritura.

La escritura, por su propia esencia, nos obliga a reconstruir nuestras ideas y emociones de forma lineal. Una palabra detrás de la otra. Y eso tiene la ventaja de que facilita la comprensión de cuanto acontece a nuestro alrededor y en nuestro fuero interno.

Durante generaciones estuvo de moda el escribir un diario. Sobre todo, entre los adolescentes, tal vez más necesitados de ordenar sus ideas en tan incipiente etapa de su vida. Fue una buena ayuda, aunque por desgracia, esa práctica casi ha desaparecido.

Es cierto que se sigue escribiendo en las redes sociales. Pero la mayoría de los textos que encontramos en ellas sirven tan solo para anclar la ambigüedad de la imagen que los acompañan. Son textos aclaratorios que nada le aclaran a quienes los escriben.

Escribir debe de ser un acto íntimo. Aunque luego ese texto se convierta en un best seller o en el último episodio de Juego de tronos, ha de nacer de un ejercicio de introspección en el que nos encontramos a solas con nosotros mismos. Y eso es, precisamente, lo que lo hace tan interesante.

Escribimos para decir, pero el escribir también nos dice. Por eso, lo que realmente cuenta en cada texto no es cuántas personas lo ha leído, sino si a ti te ha servido de algo.

Cualquier persona que mantenga el hábito de escribir con frecuencia puede atestiguar lo que le sucede. Me refiero al hecho de que al terminar una página y tras releerla despacio, ya no le parece suya. Más aún, en ciertas ocasiones y con un poco de suerte, lo que en ella se cuenta es tan hermoso y profundo que llega a dudar de su capacidad para redactar algo así de interesante.

Es algo mágico que supera cualquier otro placer conocido. El instante en el que tu escritura te refleja una imagen con la que alcanzas a comprender el mundo mucho más allá de la tiranía de lo obvio. Porque es entonces cuando descubres que, gracias a lo allí plasmado, tus pensamientos pueden permanecer a tu lado para cuando de nuevo los necesites.

Puede que algunos textos, por su ínfima calidad, no merezcan ser leídos. Pero todos merecen ser escritos. Porque hasta el peor de ellos le servirá a su autor para alejarse de la realidad, y así poder contemplarla, desde sus propias palabras, mucho más de cerca.

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Opiniones 4
  • Desde pequeña me costo conectar con la vida y con las personas que en ella vivían ( me resultaba algunas veces insincera o poco verdadera, no nos entendíamos en esa epoca). Carmen mi profesora de literatura en el Instituto (haya por los años 90) me invito a escribir historias inventadas(las cuales ella se tomaba luego la molestia de leerlas), de esa forma he conseguido siempre vivir en el mundo real pero rodeada de historias paralelas e inventadas que me hacen ver la vida tal cual me gusta a mí y me ayudan también a conectar con otras personas, no es bueno desconectarse de la vida real todo el rato, pero si escaparse a ratitos 😉

  • Totalmente de acuerdo, no lo podría haber explicado mejor, Miguel Ángel. Como dices, uno escribe como acto íntimo. Y si luego le sirve a otros pues mucho mejor, pero ante todo por uno mismo. Es una forma de expresión y de catarsis, de observación, de ordenación de ideas, de conectarlas. Yo empecé a hacerlo hace poco y a atreverme a publicarlo y me es muy revelador. Aunque nadie me lea. 🙂

  • Curiosamente andaba indagando en esta maravillosa página web por buenos artículos, como siempre los hay aquí, pues últimamente he extrañado esa sensación de sentirme orgulloso por mis escritos y no hace mucho había retomada la concienzuda lectura y escritura, lo que me da mucho placer, y me topo con este satisfactorio post. Me animaste a seguir todavía por esta senda amigo. Saludos desde Mx.

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