18 de abril 2017    /   CREATIVIDAD
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Inventos que nacieron de la literatura

18 de abril 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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Cuesta imaginar que alguien haya podido inventar el boomerang que no vuelve porque algún aspirante a humorista dijo alguna vez que es un palo. Pero lo cierto es que ocurrió. El escritor francés Gaston de Pawlowski difundió en la prensa sus inventos imaginarios —entre ellos, el boomerang que no vuelve— a partir de 1903. Sus columnas eran caricaturas de la sociedad consumista y en ellas describía objetos inútiles y surrealistas que él mismo ideaba. Las mejores derivaron en el libro Inventions nouvelles et dernières nouveautés.

«La lógica de casi todos sus inventos es absurda y hace que, por remediar algún problema u ofrecer cierta ventaja, el objeto pierda su razón de ser», explica Eduardo Berti en Inventario de inventos inventados, un libro en el que describe hasta cien inventos ideados por escritores (también se toma la licencia de inventar alguno) y que ahora publica Impedimenta.

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Algunos de los inventos que recoge este libro fueron llevados a la realidad y otros fueron rescatados por escritores posteriores. En el caso de Pawlowski, un personaje de Henri de Régnier apellidado Pavlowsky hace clara referencia al escritor francés: el personaje de Régnier crea unos pendientes-despertador idénticos a los que describió Pawlowski en una de sus columnas.

Los de Pawlowski no son los únicos inventos imaginarios cuya utilidad difundió la prensa. La sección Inventions Wanted! de la revista Mechanics Illustrated recopilaba inventos inventados por los lectores desde los años 50. Eduardo Berti sospecha que entre aquellos lectores inventores que proponían objetos que el mundo necesitaba urgentemente también pudo haber algún «redactor en la sombra».

Entre los inventos y anécdotas que recopilan Berti y Monobloque, destaca la peculiar historia de un artefacto de crítica literaria. En su novela El Sr. Mee, Andrew Crumey describe una máquina capaz de analizar el contenido de los libros que se introducen en su interior. Adrijana Godzich creó un artefacto de crítica literaria inspirado en el de Crumey y lo llevó a la Universidad de Austin, Texas.

«Se cuenta que alguien introdujo un ejemplar de El Sr. Mee y que la máquina de Goldzich, aunque bastante laudatoria, expresó un par de objeciones. La más curiosa de ella: el pasaje en el que Crumey pone en escena el artefacto de crítica literaria constituye un punto débil. Se trata de “un elemento totalmente inverosímil”, puede leerse en el informe», relata Berti en este libro ilustrado, que nace en paralelo a una exposición homónima.

El límite entre inventar y escribir es tan difuso y se mezcla tan a menudo que no pocos escritores se convirtieron en inventores y viceversa. El nictógrafo, el pianocktail, la máquina de inventar novelas y el Rayuel-o-matic son algunos de los inventos ideados por escritores que recogen Eduardo Berti y Monobloque en su libro y que, a menudo, responden a la máxima atribuida a Jules Verne: «Todo lo que un hombre es capaz de imaginar, otros hombres serán capaces de realizarlo».

Nictógrafo

En la larga lista de inventores-escritores, el autor de Alicia en el País de las Maravillas tiene un papel destacado. Por si las ideas le llegaban durante la noche y no le daba tiempo a encender la lámpara, Lewis Carroll inventó el nictógrafo. Se trataba de una tabla de cartón que contenía un alfabeto especial y pequeños agujeros que le permitían escribir en la oscuridad. Existe incluso una edición de Alicia en el País de las Maravillas escrita con nictógrafo.

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«Tan solo un hombre de letras podría haber sentido el impulso de inventar un sistema para escribir por las noches, en medio de la oscuridad, cuando llegaba la bendita inspiración. El sistema se conoce como ‘nictografía’», escribe Berti. Aquel hombre de letras también era matemático.

Además de la escritura, a Lewis Carroll le entusiasmaban los juegos de mesa. Por eso inventó un juego a base de letras que podría haber inspirado el Scrabble, ideó nuevas variantes del backgammon y, dicen, habría inventado el tablero de ajedrez portátil para viajeros.

Borrador de memoria

Jules Verne describió en sus novelas el submarino, la energía solar, los viajes a la luna, la videoconferencia e incluso internet. Todo ello, claro, mucho antes de que existiera. «¿Existe algún invento de Jules Verne que no se haya realizado?», se pregunta Eduardo Berti. «A grandes rasgos, hay dos modos extremos de juzgar a Verne: como un profeta visionario comparable con Nostradamus o como un hombre de su tiempo que analizó como nadie lo que trazaba el presente, imaginando desarrollos y anticipando problemas», explica Berti.

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Al parecer, Verne habría escrito en una carta a su padre sobre la estrecha relación entre inventores y escritores: «Todo lo que un hombre es capaz de imaginar, otros hombres serán capaces de realizarlo». También hay quienes dicen que él nunca escribió tal frase. Suya o no, marcó su obra: varios aparatos que él colocado en mundos imaginarios, otros los llevaron a la realidad.

En París en el siglo XX, un libro publicado a mediados del siglo XIX, llegó a describir internet. Casi veinte años antes de que se creara el primer submarino eléctronico, Verne había descrito el Nautilus. También anticipó la fotografía submarina. Verne ideó otros aparatos imposibles, como el borrador de memoria que permite recordar de manera selectiva.

Pianocktail

Boris Vian imaginó un piano capaz de hacer varios cócteles que varían en función de las distintas notas. Así lo describía en La espuma de los días: «A cada nota corresponde una bebida alcohólica, un licor o un condimento».

1821312828

En V comme Vian, Marc Lapprand escribe al respecto: «No solo se une a los surrealistas dentro de esta primacía a propósito del aspecto formal del lenguaje, también imagina cosas que se basan directamente en el objeto surrealista, por ejemplo, el pianocktail de La espuma de los días, una suerte de piano que dispensa licores más o menos aromatizados».

Pasaron varias décadas y el pianocktail hizo su primera incursión en la realidad cuando Compagnie de la Rumeur de Marsella construyó el primero. Aquel piano tan peculiar cuenta incuso con varias piezas compuestas expresamente por Emile Tardivet.

Máquina de inventar novelas

«¿Conseguiremos una máquina capaz de sustituir al poeta y al escritor?». Antes de que Calvino se hiciera esta pregunta, varios escritores ya habían inventado máquinas capaces de escribir novelas, pero se habían quedado en sus páginas.

En Los viajes de Gulliver, Johnathan Swift describe una máquina que, compuesta por madera y alambre, es capaz de convertir en una novela varias páginas repletas de palabras sin ningún orden.

El ruso Alejandro Prokopovich inventó el robot-novela real. Esta máquina escribió True Love, una versión de Anna Karenina escrita al estilo de Murakami. Una máquina japonesa saltó a los periódicos de todo el mundo años después tras escribir el relato El día que un ordenador escribe una novela, que llegó a quedar finalista en un premio literario en Japón.

Aunque no es una máquina, existe un software con la misma finalidad. Lo creó Philip Parker cuando echó en falta «un método y un aparato para la creación, comercialización y/o distribución de materiales de forma automática por una computadora». Él mismo explicó en un vídeo cómo funciona su programa:

Rayuel-o-matic

Las primeras frases que escribió Julio Cortázar de Rayuela corresponden al capítulo 41. De los 155 capítulos, ofrece al lector dos opciones: leer medio libro en el orden usual y parar o seguir un orden que él mismo pautó en un «tablero de dirección» y que arranca en el capítulo 73.

Es el propio Cortázar quien imagina la Rayuel-o-matic, una máquina para leer Rayuela ideada por un integrante del Instituto de de Altos Estudios Patafísicos de Buenos Aires. Esta especie de mueble repleto de pequeños cajones aparece descrito en La vuelta al día en ochenta mundos.

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Inspirada en este invento de Cortázar, surgió en internet una alternativa de lectura digital. El Proyecto Patafísico Rayuel-o-matic Digital Universal es un intento por reconstruir Rayuela «a la escala del WWW para que puedan leerla los que quieran, como quieran». Cada lector-participante sube un capítulo a un blog que desde el proyecto queda enlazado.

Cuesta imaginar que alguien haya podido inventar el boomerang que no vuelve porque algún aspirante a humorista dijo alguna vez que es un palo. Pero lo cierto es que ocurrió. El escritor francés Gaston de Pawlowski difundió en la prensa sus inventos imaginarios —entre ellos, el boomerang que no vuelve— a partir de 1903. Sus columnas eran caricaturas de la sociedad consumista y en ellas describía objetos inútiles y surrealistas que él mismo ideaba. Las mejores derivaron en el libro Inventions nouvelles et dernières nouveautés.

«La lógica de casi todos sus inventos es absurda y hace que, por remediar algún problema u ofrecer cierta ventaja, el objeto pierda su razón de ser», explica Eduardo Berti en Inventario de inventos inventados, un libro en el que describe hasta cien inventos ideados por escritores (también se toma la licencia de inventar alguno) y que ahora publica Impedimenta.

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Algunos de los inventos que recoge este libro fueron llevados a la realidad y otros fueron rescatados por escritores posteriores. En el caso de Pawlowski, un personaje de Henri de Régnier apellidado Pavlowsky hace clara referencia al escritor francés: el personaje de Régnier crea unos pendientes-despertador idénticos a los que describió Pawlowski en una de sus columnas.

Los de Pawlowski no son los únicos inventos imaginarios cuya utilidad difundió la prensa. La sección Inventions Wanted! de la revista Mechanics Illustrated recopilaba inventos inventados por los lectores desde los años 50. Eduardo Berti sospecha que entre aquellos lectores inventores que proponían objetos que el mundo necesitaba urgentemente también pudo haber algún «redactor en la sombra».

Entre los inventos y anécdotas que recopilan Berti y Monobloque, destaca la peculiar historia de un artefacto de crítica literaria. En su novela El Sr. Mee, Andrew Crumey describe una máquina capaz de analizar el contenido de los libros que se introducen en su interior. Adrijana Godzich creó un artefacto de crítica literaria inspirado en el de Crumey y lo llevó a la Universidad de Austin, Texas.

«Se cuenta que alguien introdujo un ejemplar de El Sr. Mee y que la máquina de Goldzich, aunque bastante laudatoria, expresó un par de objeciones. La más curiosa de ella: el pasaje en el que Crumey pone en escena el artefacto de crítica literaria constituye un punto débil. Se trata de “un elemento totalmente inverosímil”, puede leerse en el informe», relata Berti en este libro ilustrado, que nace en paralelo a una exposición homónima.

El límite entre inventar y escribir es tan difuso y se mezcla tan a menudo que no pocos escritores se convirtieron en inventores y viceversa. El nictógrafo, el pianocktail, la máquina de inventar novelas y el Rayuel-o-matic son algunos de los inventos ideados por escritores que recogen Eduardo Berti y Monobloque en su libro y que, a menudo, responden a la máxima atribuida a Jules Verne: «Todo lo que un hombre es capaz de imaginar, otros hombres serán capaces de realizarlo».

Nictógrafo

En la larga lista de inventores-escritores, el autor de Alicia en el País de las Maravillas tiene un papel destacado. Por si las ideas le llegaban durante la noche y no le daba tiempo a encender la lámpara, Lewis Carroll inventó el nictógrafo. Se trataba de una tabla de cartón que contenía un alfabeto especial y pequeños agujeros que le permitían escribir en la oscuridad. Existe incluso una edición de Alicia en el País de las Maravillas escrita con nictógrafo.

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«Tan solo un hombre de letras podría haber sentido el impulso de inventar un sistema para escribir por las noches, en medio de la oscuridad, cuando llegaba la bendita inspiración. El sistema se conoce como ‘nictografía’», escribe Berti. Aquel hombre de letras también era matemático.

Además de la escritura, a Lewis Carroll le entusiasmaban los juegos de mesa. Por eso inventó un juego a base de letras que podría haber inspirado el Scrabble, ideó nuevas variantes del backgammon y, dicen, habría inventado el tablero de ajedrez portátil para viajeros.

Borrador de memoria

Jules Verne describió en sus novelas el submarino, la energía solar, los viajes a la luna, la videoconferencia e incluso internet. Todo ello, claro, mucho antes de que existiera. «¿Existe algún invento de Jules Verne que no se haya realizado?», se pregunta Eduardo Berti. «A grandes rasgos, hay dos modos extremos de juzgar a Verne: como un profeta visionario comparable con Nostradamus o como un hombre de su tiempo que analizó como nadie lo que trazaba el presente, imaginando desarrollos y anticipando problemas», explica Berti.

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Al parecer, Verne habría escrito en una carta a su padre sobre la estrecha relación entre inventores y escritores: «Todo lo que un hombre es capaz de imaginar, otros hombres serán capaces de realizarlo». También hay quienes dicen que él nunca escribió tal frase. Suya o no, marcó su obra: varios aparatos que él colocado en mundos imaginarios, otros los llevaron a la realidad.

En París en el siglo XX, un libro publicado a mediados del siglo XIX, llegó a describir internet. Casi veinte años antes de que se creara el primer submarino eléctronico, Verne había descrito el Nautilus. También anticipó la fotografía submarina. Verne ideó otros aparatos imposibles, como el borrador de memoria que permite recordar de manera selectiva.

Pianocktail

Boris Vian imaginó un piano capaz de hacer varios cócteles que varían en función de las distintas notas. Así lo describía en La espuma de los días: «A cada nota corresponde una bebida alcohólica, un licor o un condimento».

1821312828

En V comme Vian, Marc Lapprand escribe al respecto: «No solo se une a los surrealistas dentro de esta primacía a propósito del aspecto formal del lenguaje, también imagina cosas que se basan directamente en el objeto surrealista, por ejemplo, el pianocktail de La espuma de los días, una suerte de piano que dispensa licores más o menos aromatizados».

Pasaron varias décadas y el pianocktail hizo su primera incursión en la realidad cuando Compagnie de la Rumeur de Marsella construyó el primero. Aquel piano tan peculiar cuenta incuso con varias piezas compuestas expresamente por Emile Tardivet.

Máquina de inventar novelas

«¿Conseguiremos una máquina capaz de sustituir al poeta y al escritor?». Antes de que Calvino se hiciera esta pregunta, varios escritores ya habían inventado máquinas capaces de escribir novelas, pero se habían quedado en sus páginas.

En Los viajes de Gulliver, Johnathan Swift describe una máquina que, compuesta por madera y alambre, es capaz de convertir en una novela varias páginas repletas de palabras sin ningún orden.

El ruso Alejandro Prokopovich inventó el robot-novela real. Esta máquina escribió True Love, una versión de Anna Karenina escrita al estilo de Murakami. Una máquina japonesa saltó a los periódicos de todo el mundo años después tras escribir el relato El día que un ordenador escribe una novela, que llegó a quedar finalista en un premio literario en Japón.

Aunque no es una máquina, existe un software con la misma finalidad. Lo creó Philip Parker cuando echó en falta «un método y un aparato para la creación, comercialización y/o distribución de materiales de forma automática por una computadora». Él mismo explicó en un vídeo cómo funciona su programa:

Rayuel-o-matic

Las primeras frases que escribió Julio Cortázar de Rayuela corresponden al capítulo 41. De los 155 capítulos, ofrece al lector dos opciones: leer medio libro en el orden usual y parar o seguir un orden que él mismo pautó en un «tablero de dirección» y que arranca en el capítulo 73.

Es el propio Cortázar quien imagina la Rayuel-o-matic, una máquina para leer Rayuela ideada por un integrante del Instituto de de Altos Estudios Patafísicos de Buenos Aires. Esta especie de mueble repleto de pequeños cajones aparece descrito en La vuelta al día en ochenta mundos.

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Inspirada en este invento de Cortázar, surgió en internet una alternativa de lectura digital. El Proyecto Patafísico Rayuel-o-matic Digital Universal es un intento por reconstruir Rayuela «a la escala del WWW para que puedan leerla los que quieran, como quieran». Cada lector-participante sube un capítulo a un blog que desde el proyecto queda enlazado.

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