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13 de marzo 2019    /   IDEAS
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Escritura terapéutica: un hospital anima a sus pacientes a relatar su experiencia

13 de marzo 2019    /   IDEAS     por          
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No todos podemos ser escritores, pero sí podemos hacer uso de la escritura. Algún día, tal vez, para escribir algo al modo de David Herrera, al que sus amigos apodan ahora El Renacido: «La doctora me dijo que tenía que explicarme cómo había llegado aquí. Tres días más tarde, me atreví a preguntarle. Había superado cuatro paradas cardiorrespiratorias, una de ellas de 20 minutos; tuve una etmo (corazón externo) y una bomba que masajeaba mi corazón».

La pierna amputada, la voz cansada por la reciente neumonía que se complicó, el pijama, el ser el más joven en este centro en el que abundan los ancianos que reclaman cariño, todo demuestra que no hay ficción en lo que escribió. Lo habría preferido, pero no.

«Solo sentía que tenía muchas ganas de vivir», recuerda. Entre la vida y la muerte, a él le dio por pensar en El hombre en busca de sentido, de Viktor Emil Frankl: «El libro analiza por qué hubo presos en Auschwitz que llegaban y se morían en dos días, y otros aguantaron todo lo que hizo falta –explica con voz ronca–. Los que sobrevivieron fueron los que mantuvieron la esperanza de recuperar algo de lo que habían tenido antes».

David decidió sobrevivir a su propio Auschwitz escribiendo. Ahora sus relatos forman parte de un libro que el Hospital de Bellvitge (Barcelona) publicará el próximo Sant Jordi, una antología de 56 textos de pacientes que como él decidieron escribir sobre sus propias experiencias ingresados en el hospital.

Una noche cualquiera en un hospital

«Una noche entré en una habitación de mi planta –explica Antonia Castro– y un enfermo me dijo con cara de aburrimiento que menos mal que tenían la tele». Así fue como se le ocurrió organizar Relat-Hos, un proyecto pionero en España en el uso de la escritura como herramienta para mejorar la estadía de los pacientes.

Antonia pensó que faltaba algo, que fallaba la comunicación, que, tal vez, había demasiada soledad. Podía haber seguido con su rutina nocturna, pasar a otro paciente, a otra habitación, en la que seguramente otra televisión estaría encendida llenando otro vacío. Pero no, le dio por pensar que, si les decía que escribieran, tal vez ocurrirían cosas. Y ocurrieron.

«Relat-Hos es una valiosa iniciativa que se acerca con respeto a nuestras experiencias en el entorno hospitalario». Así lo explicó Trini Vigil en la ponencia titulada La lectura y escritura como valor terapéutico, que escribió para leer en el primer encuentro del proyecto. Pero no le dio tiempo a hacerlo.

Murió una semana antes por una complicación del cáncer crónico que padecía desde hacía años, que le forzaba a ingresos periódicos y a una nutrición parenteral diaria. Fue Antonia, muy cerca de las lágrimas, quien la leyó por ella. Hubo otras tres personas más que también murieron, pero quedarán sus historias plasmadas en el libro.

Mirarse muy adentro

Pongamos que, como David o Trini, también eres paciente en el Hospital de Bellvitge. Si lo solicitas, recibirás una carpeta con folios para escribir, un tríptico con la información necesaria, algunas opiniones y fragmentos de otros pacientes a modo de inspiración, la autorización para publicar el relato, una pequeña encuesta y un sobre para entregarlo. El resto, escribir, te toca a ti, y no es fácil.

«A la gente le duele mirarse adentro, nos evitamos siempre», cuenta Queralt Rubio. Sabe bien de lo que habla. A ella, la ingresaron en el hospital la primera vez en 2011. Tenía 41 años y un cáncer grado 4 con metástasis. «Nadie daba un duro por mí», dice ahora, cuando está a punto de acabar la última sesión de quimioterapia, tras haber sido ingresada de nuevo recientemente.

«Si en las primeras de cambio me hubiera rendido, yo ya estaría muerta y me habría ido con unos remordimientos de conciencia que ni te cuento. Opté por intentar sanar». Cuenta que ha sido ahora, con Relat-Hos en marcha, cuando ha podido profundizar mejor en su interior a través de la escritura. Antes de empezar hizo hasta 10 borradores: «Cuando comienzas a escribir sobre una experiencia así –explica con energía– te obligas a mirar hacia adentro, a resolver cosas, y no todo el mundo es capaz de hacerlo».

El poder de la escritura

Durante la preparación de este artículo, Antonia me envió un correo con algunos de los relatos que se publicarán en el libro. Por ejemplo, este fragmento de Juan Ramírez Arán. Tenía 90 años cuando se lo dictó a su hija:

«Los días y las noches se hacen largos aquí, en estas cuatro paredes; pero, mientras esperas, también hay momentos agradables: cuando abres la ventana y puedes sentir el aire fresco en la cara y en los brazos, en todo el cuerpo; cuando quieres encontrar la posición para poder dormir y no puedes, y después de estar luchando durante diez minutos finalmente lo consigues; cuándo te han lavado y cambiado la ropa de la cama, te han puesto crema y colonia en todo el cuerpo, esa sensación de limpio y bienestar que sientes no se puede explicar».

La gran mayoría de relatos –se publicarán los de todos los participantes porque todos tiene valor– tratan sobre las rutinas, las pruebas, las esperas, el día a día en el hospital, donde tú ya no eres tú y te has convertido en un paciente sin apenas nombre.

Ese es el objetivo principal de Relat-Hos: «Lo que Antonia ha hecho es darnos un poder. Escribas lo que escribas –explica Xavi Gaja, otro de los participantes– te da fuerza, porque en la habitación estamos acojonados. Nos quitamos los miedos de encima. La enfermedad pasa a ser una anécdota. La escritura, al final, te ayuda a no tener tanto miedo».

Leo una parte del discurso que escribió Trini para la ponencia a la que no llegó a tiempo:

«La soledad que conlleva toda hospitalización, sobre todo aquella que se prolonga, el terreno de arenas movedizas en que se convierte nuestro avance por la vida, la incertidumbre… Aquí viene la lectura a enseñarnos que la soledad es relativa –y compartida–. En mi experiencia de un cáncer cronificado desde hace más de 11 años, he notado cómo los libros me han ayudado a resolver, a encaminarme, a establecer una distancia interna con respecto a mis problemas para adquirir una perspectiva que me sirviera de apoyo».

Y que después de todo haya quien aún siga preguntándose qué utilidad tiene la escritura… Sirve para que, llegado el momento, todos tengamos la posibilidad de salvarnos de nuestro propio Auschwitz.

No todos podemos ser escritores, pero sí podemos hacer uso de la escritura. Algún día, tal vez, para escribir algo al modo de David Herrera, al que sus amigos apodan ahora El Renacido: «La doctora me dijo que tenía que explicarme cómo había llegado aquí. Tres días más tarde, me atreví a preguntarle. Había superado cuatro paradas cardiorrespiratorias, una de ellas de 20 minutos; tuve una etmo (corazón externo) y una bomba que masajeaba mi corazón».

La pierna amputada, la voz cansada por la reciente neumonía que se complicó, el pijama, el ser el más joven en este centro en el que abundan los ancianos que reclaman cariño, todo demuestra que no hay ficción en lo que escribió. Lo habría preferido, pero no.

«Solo sentía que tenía muchas ganas de vivir», recuerda. Entre la vida y la muerte, a él le dio por pensar en El hombre en busca de sentido, de Viktor Emil Frankl: «El libro analiza por qué hubo presos en Auschwitz que llegaban y se morían en dos días, y otros aguantaron todo lo que hizo falta –explica con voz ronca–. Los que sobrevivieron fueron los que mantuvieron la esperanza de recuperar algo de lo que habían tenido antes».

David decidió sobrevivir a su propio Auschwitz escribiendo. Ahora sus relatos forman parte de un libro que el Hospital de Bellvitge (Barcelona) publicará el próximo Sant Jordi, una antología de 56 textos de pacientes que como él decidieron escribir sobre sus propias experiencias ingresados en el hospital.

Una noche cualquiera en un hospital

«Una noche entré en una habitación de mi planta –explica Antonia Castro– y un enfermo me dijo con cara de aburrimiento que menos mal que tenían la tele». Así fue como se le ocurrió organizar Relat-Hos, un proyecto pionero en España en el uso de la escritura como herramienta para mejorar la estadía de los pacientes.

Antonia pensó que faltaba algo, que fallaba la comunicación, que, tal vez, había demasiada soledad. Podía haber seguido con su rutina nocturna, pasar a otro paciente, a otra habitación, en la que seguramente otra televisión estaría encendida llenando otro vacío. Pero no, le dio por pensar que, si les decía que escribieran, tal vez ocurrirían cosas. Y ocurrieron.

«Relat-Hos es una valiosa iniciativa que se acerca con respeto a nuestras experiencias en el entorno hospitalario». Así lo explicó Trini Vigil en la ponencia titulada La lectura y escritura como valor terapéutico, que escribió para leer en el primer encuentro del proyecto. Pero no le dio tiempo a hacerlo.

Murió una semana antes por una complicación del cáncer crónico que padecía desde hacía años, que le forzaba a ingresos periódicos y a una nutrición parenteral diaria. Fue Antonia, muy cerca de las lágrimas, quien la leyó por ella. Hubo otras tres personas más que también murieron, pero quedarán sus historias plasmadas en el libro.

Mirarse muy adentro

Pongamos que, como David o Trini, también eres paciente en el Hospital de Bellvitge. Si lo solicitas, recibirás una carpeta con folios para escribir, un tríptico con la información necesaria, algunas opiniones y fragmentos de otros pacientes a modo de inspiración, la autorización para publicar el relato, una pequeña encuesta y un sobre para entregarlo. El resto, escribir, te toca a ti, y no es fácil.

«A la gente le duele mirarse adentro, nos evitamos siempre», cuenta Queralt Rubio. Sabe bien de lo que habla. A ella, la ingresaron en el hospital la primera vez en 2011. Tenía 41 años y un cáncer grado 4 con metástasis. «Nadie daba un duro por mí», dice ahora, cuando está a punto de acabar la última sesión de quimioterapia, tras haber sido ingresada de nuevo recientemente.

«Si en las primeras de cambio me hubiera rendido, yo ya estaría muerta y me habría ido con unos remordimientos de conciencia que ni te cuento. Opté por intentar sanar». Cuenta que ha sido ahora, con Relat-Hos en marcha, cuando ha podido profundizar mejor en su interior a través de la escritura. Antes de empezar hizo hasta 10 borradores: «Cuando comienzas a escribir sobre una experiencia así –explica con energía– te obligas a mirar hacia adentro, a resolver cosas, y no todo el mundo es capaz de hacerlo».

El poder de la escritura

Durante la preparación de este artículo, Antonia me envió un correo con algunos de los relatos que se publicarán en el libro. Por ejemplo, este fragmento de Juan Ramírez Arán. Tenía 90 años cuando se lo dictó a su hija:

«Los días y las noches se hacen largos aquí, en estas cuatro paredes; pero, mientras esperas, también hay momentos agradables: cuando abres la ventana y puedes sentir el aire fresco en la cara y en los brazos, en todo el cuerpo; cuando quieres encontrar la posición para poder dormir y no puedes, y después de estar luchando durante diez minutos finalmente lo consigues; cuándo te han lavado y cambiado la ropa de la cama, te han puesto crema y colonia en todo el cuerpo, esa sensación de limpio y bienestar que sientes no se puede explicar».

La gran mayoría de relatos –se publicarán los de todos los participantes porque todos tiene valor– tratan sobre las rutinas, las pruebas, las esperas, el día a día en el hospital, donde tú ya no eres tú y te has convertido en un paciente sin apenas nombre.

Ese es el objetivo principal de Relat-Hos: «Lo que Antonia ha hecho es darnos un poder. Escribas lo que escribas –explica Xavi Gaja, otro de los participantes– te da fuerza, porque en la habitación estamos acojonados. Nos quitamos los miedos de encima. La enfermedad pasa a ser una anécdota. La escritura, al final, te ayuda a no tener tanto miedo».

Leo una parte del discurso que escribió Trini para la ponencia a la que no llegó a tiempo:

«La soledad que conlleva toda hospitalización, sobre todo aquella que se prolonga, el terreno de arenas movedizas en que se convierte nuestro avance por la vida, la incertidumbre… Aquí viene la lectura a enseñarnos que la soledad es relativa –y compartida–. En mi experiencia de un cáncer cronificado desde hace más de 11 años, he notado cómo los libros me han ayudado a resolver, a encaminarme, a establecer una distancia interna con respecto a mis problemas para adquirir una perspectiva que me sirviera de apoyo».

Y que después de todo haya quien aún siga preguntándose qué utilidad tiene la escritura… Sirve para que, llegado el momento, todos tengamos la posibilidad de salvarnos de nuestro propio Auschwitz.

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Opiniones 3
  • Es curioso porque yo acabo de pasar por algo parecido por segunda vez. Y aunque mis estancias no han sido tan largas, la agonía, el dolor físico y la ansiedad han sido las mismas. Además en el extranjero, lo cual le añade un punto extra de soledad. Qué bueno sería que esto lo hicieran en todos los hospitales del mundo…

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