19 de marzo 2020    /   CREATIVIDAD
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Escuchar te vuelve más creativo, pero ¿escuchamos bien?

El sentido del oído pone a prueba nuestra capacidad de percepción, ya que la maquinaria de la creación solo echa a andar cuando logramos transformar lo que oímos en ingenio

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El anuncio ocupa un faldón en la página par del periódico. En la imagen, a cinco columnas, una mujer sonríe de perfil y deja a la vista su oreja. El prodigio tecnológico tiene el tamaño de un guisante, y tanto los colores premeditadamente claros como el precio de recuperar la capacidad auditiva hacen que ignores por un momento las voces del vagón. 

El ruido tiene algo perverso cuando la mujer del anuncio sonríe ante ti de esa manera. Mientras que el zumbido de los raíles promete un momento de paz, las voces cruzadas entre auriculares y bolsas de patatas te alejan del pensamiento que invoca el vaivén del tren. Pero ves el anuncio. Y entonces ese ruido que hace un instante te impedía hasta leer, se transforma en un impulso para escribir la primera línea de este texto. Escuchar agudiza nuestro ingenio, pero hace falta saber cómo. 

«Con el oído oímos, pero con el cerebro escuchamos», dice el médico otorrino Aurelio González Riancho. Después de casi 40 años afinando los pabellones auditivos de sus pacientes, sabe que al operar a un bebé no solo le da la facultad de oír, sino que le abre las puertas hacia el lenguaje; sabe que los audífonos mantienen al individuo permeable a la realidad y a la vez le hacen formar parte de ella; por eso, como médico argumenta una función intelectual que va más allá de tímpanos y curvas internas con formas de caracol. Si al oír nos conectamos con el mundo y lo nombramos, ¿qué sucede entonces al escuchar, cuando entra en juego nuestro gran motor, el cerebro? Pues que la máquina echa a andar, con su vaivén interno hecho de ideas.   

Quienes escuchan bien son los que mejores preguntas hacen

Nuestra mente es un paso a nivel donde se cruzan el sonido y sus estímulos. Se sabe que escuchar música como Vivaldi aumenta la creatividad. Lo afirma el estudio de la Universidad de Radboud, que comprobó los efectos de la «música alegre» en el pensamiento divergente de 155 individuos. Pero escuchar el viento en la ventana, las noticias en la radio, una conversación, el camión de la basura por la noche, notificaciones de WhatsApp, el ascensor de tu edificio, una risa en pleno examen… Ese otro escuchar, en apariencia involuntario, ¿qué efecto tiene? ¿Puede ejercer de resorte para la creatividad? 

El escritor Ricardo Menéndez Salmón percibe una historia detrás de ciertos sonidos. «La admiración es la sal de la tierra para el escritor. Donde escribo admiración puedes poner curiosidad. Y donde escribo curiosidad puedes poner atención. Esa atención lo es todo, la certeza de que basta contemplar un objeto para que devenga interesante, la certeza de que basta escuchar cierto timbre de voz, un sonido de la naturaleza, un fragmento de música para sentir que puede haber una historia en ellos». 

Oír es una facultad física que tenemos como una forma de supervivencia. Sin embargo, desde un punto de vista antropológico, esa facultad nos volvió seres escuchantes, y, por tanto, identidades capaces de plasmar los primeros miedos, devociones y anhelos en las paredes de las cuevas que habitábamos. Esa oralidad accionó nuestra capacidad para el simbolismo, para la comunicación, la trascendencia y fuimos capaces de fabricar armas, utensilios, adornos tallados en hueso y tendones de ciervos. Poco ha cambiado desde entonces, salvo porque ahora esa misma capacidad se traduce en poemas, edificios arquitectónicos, salsas para acompañar al tofu o técnicas de relajación. 

Esto es así porque escuchar y conectar con el entorno abre nuestra capacidad para la creación porque nuestro potencial está íntimamente relacionado con el modo en que escuchamos. «Una de las lecciones más valiosas que he aprendido como periodista es que cualquiera puede ser interesante si le haces las preguntas apropiadas, así que, si alguien te parece aburrido o carente de interés, es por ti», dice Kate Murphy, autora del libro You’re Not Listening

En su ensayo, cita formas de lograr esa conectividad que convierta cualquier realidad que viene del otro en un aspecto interesante. ¿Cómo? «Las buenas preguntas no deben de tener un sentido oculto que persiga arreglar, salvar, advertir, convencer o corregir. No empiezan con muletillas tipo “No crees que…” o “¿No estás de acuerdo con…” y nunca terminan con esa muletilla de “¿a que sí?”, así que la idea es explorar el punto de vista de tu interlocutor, no dirigirlo». Su conclusión es que quienes escuchan bien son los que mejores preguntas hacen, pero ¿qué es escuchar bien? 

ESCUCHAR BIEN

Más allá de registrar el paisaje sonoro y comprender las frases, la información a ti llevada contiene más vibraciones que las que registra nuestro tímpano. «Escuchar demanda un tiempo lento, un tiempo que perder. Me interesa esa demora, esa dilatación, esa negación de la premura. Que, por cierto, es la que exige la lectura», apunta Menéndez Salmón.

En un momento en que todas nuestras habilidades aparecen prologadas o mediatizadas por la tecnología y su sentido inmediato, hemos despojado la escucha de su papel de canalizador de estímulos. Es decir, sonidos como la marea bajando en una playa de piedras, el crepitar de las palomitas, los aplausos en un teatro, un gemido, la sirena de una ambulancia o un frenazo en el asfalto convocan lo sensorial de nuestra capacidad auditiva, pero cabe preguntarse cómo hay que escuchar para convocar lo intelectual que precede al ingenio. 

«De alguna manera, escuchar y conectar con nuestro entorno y las personas que nos rodean nos permite descubrir y aprender nuevos puntos de vista y perspectivas que cambian nuestra mirada y potencian nuestra imaginación. Cuanto más abiertos estemos a conectar con otras realidades y perspectivas, más creativos podremos llegar a ser», dice Alba López Castillo, experta en Creatividad e Inteligencia Emocional del Centro Botín.

La escucha, en muchas ocasiones, está condicionada por nuestras ideas preconcebidas, las creencias o los prejuicios y, por lo tanto, «para escuchar activamente hay que intentar liberarse de estos y hacer una escucha más consciente. Prestar atención a lo que se dice, pero también a cómo se dice». Consiste en hacerlo sin condicionantes: «Se trata de escuchar lo que la persona nos quiere decir, atendiendo a la totalidad del mensaje y también sus emociones. Cuando hablamos de escuchar bien estamos hablando de una escucha activa que, con ayuda de la observación, nos permite captar todos los detalles».

En el libro El espíritu creativo, Daniel Goleman aborda algunos métodos que saquen de uno su versión más creativa, una especie de tabla de ejercicios para fortalecer el único músculo capaz de levantar un texto de mil palabras, el diseño de un logo o una estrategia de marketing para una marca de yogures. De entre esos ejercicios, escuchar se lleva la palma para la neurocirujana Alexa Canady, a la que cita por lograr «resultados sorprendentes con sus pacientes» solo modificando sus estrategias de escucha: «Prestar atención a la conducta no verbal de una persona, como su tono de voz, amplía el campo de percepción. Al hacer esto, percibimos no solo las palabras que dice una persona, sino también la música».

«Una de las lecciones más valiosas que he aprendido como periodista es que cualquiera puede ser interesante si le haces las preguntas apropiadas», dice Kate Murphy

Para Canady, su creatividad radica en escuchar lo que el paciente dice realmente, en lugar de limitarse a aceptar lo que dice explícitamente: «A menudo nos desintonizamos mientras preparamos mentalmente nuestra propia respuesta. Una forma de contrarrestar esta tendencia tan natural consiste en proponer la tarea de reflejar la conversación de la otra persona».

BAJAR EL VOLUMEN

Oír es el más involuntario de los sentidos. Uno puede cerrar los ojos y dejar de mirar, taparse la nariz para no oler algo nauseabundo en plena calle, no tocar, pero es difícil dejar de escuchar, como sucede, por ejemplo, con las voces de un vagón sin ponerse algo en las orejas. No siempre podemos elegir lo que entra en nuestros tímpanos, pero sí qué hacer con lo que escuchamos.

La tecnología nos ha brindado las herramientas necesarias para dirigir el pensamiento. Hay podcast con sonidos para facilitar que los niños se duerman, aplicaciones que ofrecen playlists con temas para cocinar, para la concentración, compilaciones en bucle en YouTube para relajación, con aves y cascadas y flautas a lo Terrence Malick. También hay canales musicales para ir al gimnasio, para correr, para encontrar la inspiración, para enamorarte, para el sexo. 

La tecnología amortigua nuestros actos como una banda sonora acomoda las emociones de los personajes sobre los pentagramas: somos sonidos que nos traspasan. Sin embargo, si la realidad es multisensorial, ¿por qué entonces el poderío de lo visual está relegando a un segundo plano otros estímulos? En una sociedad aposentada sobre la imagen, el sonido empieza a quedarse como un mero acompañamiento: «El estatuto central que el Homo videns desempeña en nuestra cultura ha redundado en un debilitamiento del resto de nuestros sentidos, no solo el del oído. Pienso también en el olfato o en el tacto, sentidos preteridos e incluso desprestigiados como intermediarios de las emociones. 

Y ese debilitamiento, a la postre, genera un empobrecimiento. La realidad es, por definición, multisensorial, pero nuestra época tiende cada vez más a hacerla unisensorial», dice el escritor Menéndez Salmón, y pone un ejemplo que le produce malestar: «Descubrir a alguien viendo una película en la pantalla del móvil… ¡e incluso hacerlo sin banda sonora, leyendo los subtítulos!». Es ahí cuando hay que volver al anuncio del periódico en la página par, a mirar la sonrisa de la mujer y su guisante color carne. Entonces, cuando la pantalla del vagón empiece a emitir una película sin voz, piensas en qué consecuencias tendrá ponerte los auriculares que te han dado en una bolsita; si te meterán en la película o te sacarán de la que llevas escuchando desde que la máquina se puso en marcha, con su vaivén.

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El ruido tiene algo perverso cuando la mujer del anuncio sonríe ante ti de esa manera. Mientras que el zumbido de los raíles promete un momento de paz, las voces cruzadas entre auriculares y bolsas de patatas te alejan del pensamiento que invoca el vaivén del tren. Pero ves el anuncio. Y entonces ese ruido que hace un instante te impedía hasta leer, se transforma en un impulso para escribir la primera línea de este texto. Escuchar agudiza nuestro ingenio, pero hace falta saber cómo. 

«Con el oído oímos, pero con el cerebro escuchamos», dice el médico otorrino Aurelio González Riancho. Después de casi 40 años afinando los pabellones auditivos de sus pacientes, sabe que al operar a un bebé no solo le da la facultad de oír, sino que le abre las puertas hacia el lenguaje; sabe que los audífonos mantienen al individuo permeable a la realidad y a la vez le hacen formar parte de ella; por eso, como médico argumenta una función intelectual que va más allá de tímpanos y curvas internas con formas de caracol. Si al oír nos conectamos con el mundo y lo nombramos, ¿qué sucede entonces al escuchar, cuando entra en juego nuestro gran motor, el cerebro? Pues que la máquina echa a andar, con su vaivén interno hecho de ideas.   

Quienes escuchan bien son los que mejores preguntas hacen

Nuestra mente es un paso a nivel donde se cruzan el sonido y sus estímulos. Se sabe que escuchar música como Vivaldi aumenta la creatividad. Lo afirma el estudio de la Universidad de Radboud, que comprobó los efectos de la «música alegre» en el pensamiento divergente de 155 individuos. Pero escuchar el viento en la ventana, las noticias en la radio, una conversación, el camión de la basura por la noche, notificaciones de WhatsApp, el ascensor de tu edificio, una risa en pleno examen… Ese otro escuchar, en apariencia involuntario, ¿qué efecto tiene? ¿Puede ejercer de resorte para la creatividad? 

El escritor Ricardo Menéndez Salmón percibe una historia detrás de ciertos sonidos. «La admiración es la sal de la tierra para el escritor. Donde escribo admiración puedes poner curiosidad. Y donde escribo curiosidad puedes poner atención. Esa atención lo es todo, la certeza de que basta contemplar un objeto para que devenga interesante, la certeza de que basta escuchar cierto timbre de voz, un sonido de la naturaleza, un fragmento de música para sentir que puede haber una historia en ellos». 

Oír es una facultad física que tenemos como una forma de supervivencia. Sin embargo, desde un punto de vista antropológico, esa facultad nos volvió seres escuchantes, y, por tanto, identidades capaces de plasmar los primeros miedos, devociones y anhelos en las paredes de las cuevas que habitábamos. Esa oralidad accionó nuestra capacidad para el simbolismo, para la comunicación, la trascendencia y fuimos capaces de fabricar armas, utensilios, adornos tallados en hueso y tendones de ciervos. Poco ha cambiado desde entonces, salvo porque ahora esa misma capacidad se traduce en poemas, edificios arquitectónicos, salsas para acompañar al tofu o técnicas de relajación. 

Esto es así porque escuchar y conectar con el entorno abre nuestra capacidad para la creación porque nuestro potencial está íntimamente relacionado con el modo en que escuchamos. «Una de las lecciones más valiosas que he aprendido como periodista es que cualquiera puede ser interesante si le haces las preguntas apropiadas, así que, si alguien te parece aburrido o carente de interés, es por ti», dice Kate Murphy, autora del libro You’re Not Listening

En su ensayo, cita formas de lograr esa conectividad que convierta cualquier realidad que viene del otro en un aspecto interesante. ¿Cómo? «Las buenas preguntas no deben de tener un sentido oculto que persiga arreglar, salvar, advertir, convencer o corregir. No empiezan con muletillas tipo “No crees que…” o “¿No estás de acuerdo con…” y nunca terminan con esa muletilla de “¿a que sí?”, así que la idea es explorar el punto de vista de tu interlocutor, no dirigirlo». Su conclusión es que quienes escuchan bien son los que mejores preguntas hacen, pero ¿qué es escuchar bien? 

ESCUCHAR BIEN

Más allá de registrar el paisaje sonoro y comprender las frases, la información a ti llevada contiene más vibraciones que las que registra nuestro tímpano. «Escuchar demanda un tiempo lento, un tiempo que perder. Me interesa esa demora, esa dilatación, esa negación de la premura. Que, por cierto, es la que exige la lectura», apunta Menéndez Salmón.

En un momento en que todas nuestras habilidades aparecen prologadas o mediatizadas por la tecnología y su sentido inmediato, hemos despojado la escucha de su papel de canalizador de estímulos. Es decir, sonidos como la marea bajando en una playa de piedras, el crepitar de las palomitas, los aplausos en un teatro, un gemido, la sirena de una ambulancia o un frenazo en el asfalto convocan lo sensorial de nuestra capacidad auditiva, pero cabe preguntarse cómo hay que escuchar para convocar lo intelectual que precede al ingenio. 

«De alguna manera, escuchar y conectar con nuestro entorno y las personas que nos rodean nos permite descubrir y aprender nuevos puntos de vista y perspectivas que cambian nuestra mirada y potencian nuestra imaginación. Cuanto más abiertos estemos a conectar con otras realidades y perspectivas, más creativos podremos llegar a ser», dice Alba López Castillo, experta en Creatividad e Inteligencia Emocional del Centro Botín.

La escucha, en muchas ocasiones, está condicionada por nuestras ideas preconcebidas, las creencias o los prejuicios y, por lo tanto, «para escuchar activamente hay que intentar liberarse de estos y hacer una escucha más consciente. Prestar atención a lo que se dice, pero también a cómo se dice». Consiste en hacerlo sin condicionantes: «Se trata de escuchar lo que la persona nos quiere decir, atendiendo a la totalidad del mensaje y también sus emociones. Cuando hablamos de escuchar bien estamos hablando de una escucha activa que, con ayuda de la observación, nos permite captar todos los detalles».

En el libro El espíritu creativo, Daniel Goleman aborda algunos métodos que saquen de uno su versión más creativa, una especie de tabla de ejercicios para fortalecer el único músculo capaz de levantar un texto de mil palabras, el diseño de un logo o una estrategia de marketing para una marca de yogures. De entre esos ejercicios, escuchar se lleva la palma para la neurocirujana Alexa Canady, a la que cita por lograr «resultados sorprendentes con sus pacientes» solo modificando sus estrategias de escucha: «Prestar atención a la conducta no verbal de una persona, como su tono de voz, amplía el campo de percepción. Al hacer esto, percibimos no solo las palabras que dice una persona, sino también la música».

«Una de las lecciones más valiosas que he aprendido como periodista es que cualquiera puede ser interesante si le haces las preguntas apropiadas», dice Kate Murphy

Para Canady, su creatividad radica en escuchar lo que el paciente dice realmente, en lugar de limitarse a aceptar lo que dice explícitamente: «A menudo nos desintonizamos mientras preparamos mentalmente nuestra propia respuesta. Una forma de contrarrestar esta tendencia tan natural consiste en proponer la tarea de reflejar la conversación de la otra persona».

BAJAR EL VOLUMEN

Oír es el más involuntario de los sentidos. Uno puede cerrar los ojos y dejar de mirar, taparse la nariz para no oler algo nauseabundo en plena calle, no tocar, pero es difícil dejar de escuchar, como sucede, por ejemplo, con las voces de un vagón sin ponerse algo en las orejas. No siempre podemos elegir lo que entra en nuestros tímpanos, pero sí qué hacer con lo que escuchamos.

La tecnología nos ha brindado las herramientas necesarias para dirigir el pensamiento. Hay podcast con sonidos para facilitar que los niños se duerman, aplicaciones que ofrecen playlists con temas para cocinar, para la concentración, compilaciones en bucle en YouTube para relajación, con aves y cascadas y flautas a lo Terrence Malick. También hay canales musicales para ir al gimnasio, para correr, para encontrar la inspiración, para enamorarte, para el sexo. 

La tecnología amortigua nuestros actos como una banda sonora acomoda las emociones de los personajes sobre los pentagramas: somos sonidos que nos traspasan. Sin embargo, si la realidad es multisensorial, ¿por qué entonces el poderío de lo visual está relegando a un segundo plano otros estímulos? En una sociedad aposentada sobre la imagen, el sonido empieza a quedarse como un mero acompañamiento: «El estatuto central que el Homo videns desempeña en nuestra cultura ha redundado en un debilitamiento del resto de nuestros sentidos, no solo el del oído. Pienso también en el olfato o en el tacto, sentidos preteridos e incluso desprestigiados como intermediarios de las emociones. 

Y ese debilitamiento, a la postre, genera un empobrecimiento. La realidad es, por definición, multisensorial, pero nuestra época tiende cada vez más a hacerla unisensorial», dice el escritor Menéndez Salmón, y pone un ejemplo que le produce malestar: «Descubrir a alguien viendo una película en la pantalla del móvil… ¡e incluso hacerlo sin banda sonora, leyendo los subtítulos!». Es ahí cuando hay que volver al anuncio del periódico en la página par, a mirar la sonrisa de la mujer y su guisante color carne. Entonces, cuando la pantalla del vagón empiece a emitir una película sin voz, piensas en qué consecuencias tendrá ponerte los auriculares que te han dado en una bolsita; si te meterán en la película o te sacarán de la que llevas escuchando desde que la máquina se puso en marcha, con su vaivén.

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