29 de enero 2018    /   BUSINESS
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Cuándo tocar: el espacio personal también es cultural

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Cuando la viajera Rosita Forbes llegó a Rusia, una mujer le dijo que su hermana se acababa de casar y que, a pesar de que estaba locamente enamorada, esa noche a ella y su marido se les olvidó irse a la cama porque no podían dejar de hablar del Segundo Plan Quinquenal. A propósito de la vida afectiva en Rusia, la mujer dijo: «Creo que no es muy distinta de la de cualquier otro país, salvo que nosotros no manifestamos amor en público. Aquí no vas a ver jóvenes besándose en los parques. Eso se lo dejamos a Europa y a América».

En The Big Bang Theory, cuando Amy conoció a Sheldon le dijo: «Toda forma de contacto físico, incluyendo el coito, está descartada». Como individuos, el psicoanalista francés Didier Anzieu propuso en los años 70 el concepto moi-peau, es decir, yo-piel. Esta noción es una «imagen mental de la que se vale el ego del niño, gracias a su experiencia de la superficie del cuerpo durante las fases más tempranas del desarrollo para representarse a sí mismo como un ego que contiene elementos físicos».

La proxémica establece varios tipos de distancia personal: íntima, amistosa, social y pública. Independientemente de lo que cada persona haga con su intimidad en cualquier país, hay un aspecto que siempre deberíamos tener en cuenta antes de viajar para evitar momentos incómodos: hasta dónde es aceptable acercarse a un desconocido o tocarlo, ya sea dando la mano o besando.

Si bien cada persona determina su propio espacio personal, la cultura se encarga de establecer tácitamente cuándo y dónde nos rozamos y marca una distancia adecuada entre dos personas que hablan, en función del tipo de vínculo que hayan establecido y, especialmente, si no se conocen. En El sentido olvidado, Pablo Maurette escribió que «si la importancia fisiológica de la piel es apabullante, su significado cultural no es menos». La piel es determinante tanto en la formación de la identidad personal como colectiva.

El futurista Tomasso Marinetti hablaba de dos grupos humanos que habrían surgido tras la Primera Guerra Mundial: una mayoría que aspiraba a progresar materialmente y una minoría que renegaba de la ciudad e idealizaba el campo. Enfrentado a ambos, Marinetti los consideraba superficiales y propuso el fomento de una «educación táctil». En base a sus afirmaciones, Maurette concluye que fue entonces cuando «apretones de manos, besos, abrazos, el coito» se convirtieron en las «nuevas maneras de comunicación y de intercambio de pensamientos». Pero no fue así en todos los lugares.

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Para Maurette, «la piel es la frontera infranqueable que a un tiempo nos separa del mundo y nos conecta con él». Según este experto en cuestiones de la piel, los hábitos táctiles de los pueblos son esenciales a la hora de adentrarse en ellos.

Este filósofo argentino no tiene claras las motivaciones por las que unos grupos son reacios o proclives al contacto físico porque las razones que otros estudiosos han barajado se contradicen: «Hay quienes piensan que las epidemias en Europa del Norte influyeron en esos países que nosotros asociamos con cierta frialdad o antitactilidad. Pero en la Europa mediterránea también había epidemias y los mediterraneos en general son menos reacios al tacto», explica Maurette a Yorokobu.

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Según un estudio de la Universidad de Wroclaw en el que se preguntó a 9.000 personas de 42 países sobre la distancia personal, los argentinos (76,5 cm) son los que más se acercan al hablar, mientras que los rumanos (1,39 m) son los que más espacio necesitan al tratar con desconocidos. Entre los españoles, estableció que la distancia media para hablar con desconocidos en España suele ser de 98,50 centímetros.

Aunque el estudio, que utiliza el clima como una de sus variables, concluyó que en los países cálidos se fomenta el acercamiento, los colombianos (1,17m) y los ucranianos (85,5 cm) destacaron por lo inesperado de sus respuestas.

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Investigadores de la Universidad de Oxford y de la Universidad de Aalto (Finlandia) también estudiaron los hábitos táctiles de varios países. En su estudio contaron con 1368 personas de Rusia, Finlandia, Italia, Francia y Reino Unido. A todos ellos les expusieron imágenes del cuerpo para que indicaran cuáles eran las partes del cuerpo que permitirían tocar a determinadas personas sin que ese gesto los incomodara.

La conclusión relacionaba tacto y emociones. Es decir, se sentirían más cómodos si les tocaran determinadas partes solamente personas con las que antes hayan establecido un fuerte vínculo emocional. La profundidad de la relación, así como el tipo de relación, que dejaba fuera a padres y hermanos en algunos casos, era lo que determinaba qué era aceptable o no.

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El estudio también concluyó que besar en la mejilla a un desconocido puede ser aún un gesto perturbador en función del contexto y que, aunque cada vez se extiende más como saludo, lo más adecuado sigue siendo dar la mano.

Las funciones sociales de la piel

El tacto es importante en nuestra comunicación no verbal. Según cuándo, dónde y cómo tocamos, estamos enviando un mensaje de afecto, de protección, de confianza o todo lo contrario: amenaza y acoso. Antonio Muñoz Carrión, sociólogo especialista en antropología de los sentidos, cree que este estudio debería comenzar en la infancia, cuando absorbemos lo que la cultura establece como relevante, respetuoso o necesario.

«Aquellas relaciones táctiles que se mantienen con otros seres humanos, basadas en roces, toques, manipulaciones, caricias, pueden servir para conectar a individuos pertenecientes a grupos sociales próximos entre sí, por clase social, religión, etc», matiza.

Este profesor de la Universidad Complutense de Madrid considera que el tacto «conecta y promueve la emoción en muchas culturas», además de ser un «sistema prioritario de relación con el entorno». Las actitudes hápticas revelan al antropólogo de la comunicación «cómo han sido educados los individuos, qué papel ha jugado la piel a la hora de expresar las emociones, cómo se han decantado ciertas relaciones táctiles en ceremoniales y qué libertad ha dado el grupo sociocultural a sus individuos para usarlas creativamente a su antojo».

Carrión lleva 20 años observando una nueva tendencia en países mediterráneos: una serie de «prevenciones sobre la tactilidad» que habría llegado desde Estados Unidos y los países del norte de Europa. Se trata de países en los que «reina la distancia táctil» y en cuya educación «la experiencia táctil es mínima si la comparamos con la que existe en el sur de Europa o en el norte de África».

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«Siguen con pulcritud lenguajes proxémicos que marcan distancias personales e íntimas muy grandes, lo cual establece burbujas de protección que impiden llegar a tocar el cuerpo del otro sin llevar a cabo transgresiones», explica.

Consciente de la importancia del tacto a nivel cultural, Carrión suele recomendar a sus alumnos que, antes de viajar, aprendan el lenguaje táctil del lugar en cuestión, así como lo harían con los rudimentos de su lengua. «Nos evitaríamos muchos malentendidos en todos los niveles de nuestra estancia, ya que en las relaciones táctiles se ha concentrado desde hace siglos gran parte de los baremos existentes sobre la moralidad», añade.

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Cuando la viajera Rosita Forbes llegó a Rusia, una mujer le dijo que su hermana se acababa de casar y que, a pesar de que estaba locamente enamorada, esa noche a ella y su marido se les olvidó irse a la cama porque no podían dejar de hablar del Segundo Plan Quinquenal. A propósito de la vida afectiva en Rusia, la mujer dijo: «Creo que no es muy distinta de la de cualquier otro país, salvo que nosotros no manifestamos amor en público. Aquí no vas a ver jóvenes besándose en los parques. Eso se lo dejamos a Europa y a América».

En The Big Bang Theory, cuando Amy conoció a Sheldon le dijo: «Toda forma de contacto físico, incluyendo el coito, está descartada». Como individuos, el psicoanalista francés Didier Anzieu propuso en los años 70 el concepto moi-peau, es decir, yo-piel. Esta noción es una «imagen mental de la que se vale el ego del niño, gracias a su experiencia de la superficie del cuerpo durante las fases más tempranas del desarrollo para representarse a sí mismo como un ego que contiene elementos físicos».

La proxémica establece varios tipos de distancia personal: íntima, amistosa, social y pública. Independientemente de lo que cada persona haga con su intimidad en cualquier país, hay un aspecto que siempre deberíamos tener en cuenta antes de viajar para evitar momentos incómodos: hasta dónde es aceptable acercarse a un desconocido o tocarlo, ya sea dando la mano o besando.

Si bien cada persona determina su propio espacio personal, la cultura se encarga de establecer tácitamente cuándo y dónde nos rozamos y marca una distancia adecuada entre dos personas que hablan, en función del tipo de vínculo que hayan establecido y, especialmente, si no se conocen. En El sentido olvidado, Pablo Maurette escribió que «si la importancia fisiológica de la piel es apabullante, su significado cultural no es menos». La piel es determinante tanto en la formación de la identidad personal como colectiva.

El futurista Tomasso Marinetti hablaba de dos grupos humanos que habrían surgido tras la Primera Guerra Mundial: una mayoría que aspiraba a progresar materialmente y una minoría que renegaba de la ciudad e idealizaba el campo. Enfrentado a ambos, Marinetti los consideraba superficiales y propuso el fomento de una «educación táctil». En base a sus afirmaciones, Maurette concluye que fue entonces cuando «apretones de manos, besos, abrazos, el coito» se convirtieron en las «nuevas maneras de comunicación y de intercambio de pensamientos». Pero no fue así en todos los lugares.

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Para Maurette, «la piel es la frontera infranqueable que a un tiempo nos separa del mundo y nos conecta con él». Según este experto en cuestiones de la piel, los hábitos táctiles de los pueblos son esenciales a la hora de adentrarse en ellos.

Este filósofo argentino no tiene claras las motivaciones por las que unos grupos son reacios o proclives al contacto físico porque las razones que otros estudiosos han barajado se contradicen: «Hay quienes piensan que las epidemias en Europa del Norte influyeron en esos países que nosotros asociamos con cierta frialdad o antitactilidad. Pero en la Europa mediterránea también había epidemias y los mediterraneos en general son menos reacios al tacto», explica Maurette a Yorokobu.

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Según un estudio de la Universidad de Wroclaw en el que se preguntó a 9.000 personas de 42 países sobre la distancia personal, los argentinos (76,5 cm) son los que más se acercan al hablar, mientras que los rumanos (1,39 m) son los que más espacio necesitan al tratar con desconocidos. Entre los españoles, estableció que la distancia media para hablar con desconocidos en España suele ser de 98,50 centímetros.

Aunque el estudio, que utiliza el clima como una de sus variables, concluyó que en los países cálidos se fomenta el acercamiento, los colombianos (1,17m) y los ucranianos (85,5 cm) destacaron por lo inesperado de sus respuestas.

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Investigadores de la Universidad de Oxford y de la Universidad de Aalto (Finlandia) también estudiaron los hábitos táctiles de varios países. En su estudio contaron con 1368 personas de Rusia, Finlandia, Italia, Francia y Reino Unido. A todos ellos les expusieron imágenes del cuerpo para que indicaran cuáles eran las partes del cuerpo que permitirían tocar a determinadas personas sin que ese gesto los incomodara.

La conclusión relacionaba tacto y emociones. Es decir, se sentirían más cómodos si les tocaran determinadas partes solamente personas con las que antes hayan establecido un fuerte vínculo emocional. La profundidad de la relación, así como el tipo de relación, que dejaba fuera a padres y hermanos en algunos casos, era lo que determinaba qué era aceptable o no.

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El estudio también concluyó que besar en la mejilla a un desconocido puede ser aún un gesto perturbador en función del contexto y que, aunque cada vez se extiende más como saludo, lo más adecuado sigue siendo dar la mano.

Las funciones sociales de la piel

El tacto es importante en nuestra comunicación no verbal. Según cuándo, dónde y cómo tocamos, estamos enviando un mensaje de afecto, de protección, de confianza o todo lo contrario: amenaza y acoso. Antonio Muñoz Carrión, sociólogo especialista en antropología de los sentidos, cree que este estudio debería comenzar en la infancia, cuando absorbemos lo que la cultura establece como relevante, respetuoso o necesario.

«Aquellas relaciones táctiles que se mantienen con otros seres humanos, basadas en roces, toques, manipulaciones, caricias, pueden servir para conectar a individuos pertenecientes a grupos sociales próximos entre sí, por clase social, religión, etc», matiza.

Este profesor de la Universidad Complutense de Madrid considera que el tacto «conecta y promueve la emoción en muchas culturas», además de ser un «sistema prioritario de relación con el entorno». Las actitudes hápticas revelan al antropólogo de la comunicación «cómo han sido educados los individuos, qué papel ha jugado la piel a la hora de expresar las emociones, cómo se han decantado ciertas relaciones táctiles en ceremoniales y qué libertad ha dado el grupo sociocultural a sus individuos para usarlas creativamente a su antojo».

Carrión lleva 20 años observando una nueva tendencia en países mediterráneos: una serie de «prevenciones sobre la tactilidad» que habría llegado desde Estados Unidos y los países del norte de Europa. Se trata de países en los que «reina la distancia táctil» y en cuya educación «la experiencia táctil es mínima si la comparamos con la que existe en el sur de Europa o en el norte de África».

tenor

«Siguen con pulcritud lenguajes proxémicos que marcan distancias personales e íntimas muy grandes, lo cual establece burbujas de protección que impiden llegar a tocar el cuerpo del otro sin llevar a cabo transgresiones», explica.

Consciente de la importancia del tacto a nivel cultural, Carrión suele recomendar a sus alumnos que, antes de viajar, aprendan el lenguaje táctil del lugar en cuestión, así como lo harían con los rudimentos de su lengua. «Nos evitaríamos muchos malentendidos en todos los niveles de nuestra estancia, ya que en las relaciones táctiles se ha concentrado desde hace siglos gran parte de los baremos existentes sobre la moralidad», añade.

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Opiniones 3
  • Me encantó! Reí mucho en la parte de los colombianos y no podría ser más cierto. Incluso comparados con los europeos (vivo en Francia y viví en España también) nuestro espacio personal es bastante amplio. Me pasa mucho que siento una especie de violación permanente cuando estoy en eventos sociales, ya que los franceses suelen acercarse mucho! Y ni que decir de los (no uno sino) dos besos para saludar!

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