16 de diciembre 2020    /   CREATIVIDAD
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¿Está la economía colaborativa acabando con el altruismo?

El trueque de toda la vida ha degenerado en un mercadillo virtual donde se regatea el precio de los favores. La vecina que te daba sal para la cena ha sido reemplazada por una app que te saca del apuro si apoquinas. ¿La colaboración y la solidaridad están a la venta?

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Tú me echas una mano con la mudanza y yo te riego las plantas cuando te vayas de viaje. Cerramos el acuerdo entrechocando dos jarras de cerveza, un brindis que sella el clásico «hoy por ti, mañana por mí». La cosa se pone turbia cuando uno de los dos saca la cartera para compensar al otro. Entonces desatamos una disonancia económica, la más gorda, chirriante y paradójica de los últimos tiempos: ¿esto es un favor o un servicio?

La economía colaborativa ha existido desde siempre, aunque parezca que se inventó antes de ayer. Es la frontera entre reciprocidad y trabajo la que se ha difuminado con los años, ahora que el viejo trueque ya es digital y se tropieza con los intereses del capitalismo. Poca broma: un informe reciente de la Ostelea School of Tourism & Hospitality calculaba que la economía colaborativa aumentaría sus ingresos un 2.000% en una década, hasta alcanzar los 335.000 millones de dólares en 2025. Solo el tiempo dirá si la pandemia del coronavirus ha catapultado o frenado esta trayectoria meteórica.

La rentabilidad y el lucro no casan bien con las transacciones donde no hay pasta de por medio, y mucho menos con la voluntad de dar sin recibir nada a cambio. Así que últimamente cuesta encontrar alguna traza de colaboración en la economía colaborativa. Eso nos pasa porque no sabemos ni de qué estamos hablando.

«El apellido colaborativa funciona como un paraguas donde se refugian multitud de significados y prácticas sociales», explica Pedro Salguero González, investigador social y doctorando en antropología social por la Universidad Complutense de Madrid. Bajo el mismo techo conviven la economía compartida, basada en el intercambio y el beneficio mutuo; y la economía bajo demanda, el modelo que comercializa esas prácticas a gran escala. Esta última ha ganado peso, se ha comido su propósito original y apenas ha dejado algunas migas de cooperativismo en el plato. «El capitalismo no es idiota», profundiza Salguero. «Se adapta a la diferencia, la fagocita y la devuelve convertida en un producto con una lógica capitalista envuelta en un turbante».

economía colaborativa

‘COLABORATIVOS’ QUE EMPOBRECEN

En el juego del mercado liberal suelen perder los trabajadores. Los curritos de la economía bajo demanda han vivido un bum seguido de un plof que solo puede entenderse en el contexto de la crisis económica de 2008. La precariedad y un marco jurídico laxo se han cebado con los conductores que transportan personas, paquetes y comida a domicilio. También sufren los recaderos que intentan ganarse la vida a base de chapuzas y apaños puntuales pactados en un clic. Estos nuevos oficios no están hechos para trabajar a jornada completa y llegar a fin de mes.

Hay trabajadores quemados que se han emancipado de las grandes plataformas para emprender por su cuenta. Es el caso de La Pájara, una cooperativa de ciclomensajería que contrata a sus empleados, los da de alta en la Seguridad Social, regula sus horarios y les concede las vacaciones correspondientes. Estos derechos laborales básicos son, por desgracia, revolucionarios en la economía colaborativa. Pero es con la dignidad laboral recobrada como el reconocimiento social del trabajador resurge. La Pájara cobra un poco más por sus servicios y los clientes pagan para apoyar su ética. El espíritu de colaboración asoma la patita en esos euros extra.

Y parece que por ahí van los tiros. Las últimas resoluciones judiciales sientan las bases para una regulación favorable a los trabajadores. «La economía colaborativa prosperará cuando esté alineada con sus valores originales», vaticina Raúl Jaime Maestre, profesor e investigador en Algoritmia del Instituto Europeo de Formación Tecnológica. «Existirá un reequilibrio de los beneficios: los beneficios económicos siguen ahí, pero solo pueden coexistir junto con los beneficios sociales y medioambientales».

VIDA DE BARRIO EN UNA ‘APP’

En los márgenes aún queda espacio para la verdadera economía compartida, como el couchsurfing (dormir gratis en sofás ajenos para ahorrarse el hotel) y el carsharing (compartir coche para pagar la gasolina a pachas y tener a alguien con quien charlar por el camino). Además, los negocios colaborativos se están reconciliando con su vocación social a través de otras iniciativas que utilizan la tecnología no para ganar dinero, sino para tejer redes vecinales en internet.

¿Tienes sal? es una app que tiende puentes virtuales entre los vecinos que han dejado de saludarse en el ascensor. Sirve para compartir consejos y recomendaciones, conocer gente nueva, intercambiar objetos y encontrar ayuda para tareas cotidianas sin rascarse el bolsillo. La digitalización, aprovechada de este modo, devuelve la colaboración y la solidaridad a la calle. «Ha cambiado la forma de consumir, pero no de relacionarnos con nuestro entorno», dice Sonia Alonso, cofundadora del proyecto.

En la misma línea trabaja Nextdoor, otro vecindario online que le ha dado un empujón al cooperativismo de proximidad. Joana Caminal, country manager de Nextdoor en España, también opina que la interacción humana prevalece sobre el consumo de masas: «Puede que el sistema económico no esté diseñado para las curas. Pero las personas, nuestros barrios, nuestros vecinos, sí lo estamos».

Las representantes de estas apps creen que la economía bajo demanda, esa que ha transformado los favores en servicios, nunca podrá competir con la vecina que te da sal para la cena ni derrocará al amigo que te ayuda a montar los muebles nuevos. Les da la razón Antonio García Tabuenca, decano y director académico de la cátedra ORFIN, Observatorio de la Realidad Financiera, de la Universidad de Alcalá y Thinking Heads: «Las oportunidades serán siempre más atractivas para iniciativas más pequeñas en las que la solidaridad y el encuentro son más cómplices».

Salguero, el investigador social, advierte sobre un peligro sigiloso que acecha a estas organizaciones colaborativas: la posibilidad de caer, ellas también, en las redes del capitalismo. Nuestros valores y relaciones han sobrevivido al salvajismo mercantil, pero hay que cuidar las condiciones y los derechos de quienes hacen posible el quid pro quo de barrio. Al final se trata de que todos salgamos ganando.

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La economía colaborativa ha existido desde siempre, aunque parezca que se inventó antes de ayer. Es la frontera entre reciprocidad y trabajo la que se ha difuminado con los años, ahora que el viejo trueque ya es digital y se tropieza con los intereses del capitalismo. Poca broma: un informe reciente de la Ostelea School of Tourism & Hospitality calculaba que la economía colaborativa aumentaría sus ingresos un 2.000% en una década, hasta alcanzar los 335.000 millones de dólares en 2025. Solo el tiempo dirá si la pandemia del coronavirus ha catapultado o frenado esta trayectoria meteórica.

La rentabilidad y el lucro no casan bien con las transacciones donde no hay pasta de por medio, y mucho menos con la voluntad de dar sin recibir nada a cambio. Así que últimamente cuesta encontrar alguna traza de colaboración en la economía colaborativa. Eso nos pasa porque no sabemos ni de qué estamos hablando.

«El apellido colaborativa funciona como un paraguas donde se refugian multitud de significados y prácticas sociales», explica Pedro Salguero González, investigador social y doctorando en antropología social por la Universidad Complutense de Madrid. Bajo el mismo techo conviven la economía compartida, basada en el intercambio y el beneficio mutuo; y la economía bajo demanda, el modelo que comercializa esas prácticas a gran escala. Esta última ha ganado peso, se ha comido su propósito original y apenas ha dejado algunas migas de cooperativismo en el plato. «El capitalismo no es idiota», profundiza Salguero. «Se adapta a la diferencia, la fagocita y la devuelve convertida en un producto con una lógica capitalista envuelta en un turbante».

economía colaborativa

‘COLABORATIVOS’ QUE EMPOBRECEN

En el juego del mercado liberal suelen perder los trabajadores. Los curritos de la economía bajo demanda han vivido un bum seguido de un plof que solo puede entenderse en el contexto de la crisis económica de 2008. La precariedad y un marco jurídico laxo se han cebado con los conductores que transportan personas, paquetes y comida a domicilio. También sufren los recaderos que intentan ganarse la vida a base de chapuzas y apaños puntuales pactados en un clic. Estos nuevos oficios no están hechos para trabajar a jornada completa y llegar a fin de mes.

Hay trabajadores quemados que se han emancipado de las grandes plataformas para emprender por su cuenta. Es el caso de La Pájara, una cooperativa de ciclomensajería que contrata a sus empleados, los da de alta en la Seguridad Social, regula sus horarios y les concede las vacaciones correspondientes. Estos derechos laborales básicos son, por desgracia, revolucionarios en la economía colaborativa. Pero es con la dignidad laboral recobrada como el reconocimiento social del trabajador resurge. La Pájara cobra un poco más por sus servicios y los clientes pagan para apoyar su ética. El espíritu de colaboración asoma la patita en esos euros extra.

Y parece que por ahí van los tiros. Las últimas resoluciones judiciales sientan las bases para una regulación favorable a los trabajadores. «La economía colaborativa prosperará cuando esté alineada con sus valores originales», vaticina Raúl Jaime Maestre, profesor e investigador en Algoritmia del Instituto Europeo de Formación Tecnológica. «Existirá un reequilibrio de los beneficios: los beneficios económicos siguen ahí, pero solo pueden coexistir junto con los beneficios sociales y medioambientales».

VIDA DE BARRIO EN UNA ‘APP’

En los márgenes aún queda espacio para la verdadera economía compartida, como el couchsurfing (dormir gratis en sofás ajenos para ahorrarse el hotel) y el carsharing (compartir coche para pagar la gasolina a pachas y tener a alguien con quien charlar por el camino). Además, los negocios colaborativos se están reconciliando con su vocación social a través de otras iniciativas que utilizan la tecnología no para ganar dinero, sino para tejer redes vecinales en internet.

¿Tienes sal? es una app que tiende puentes virtuales entre los vecinos que han dejado de saludarse en el ascensor. Sirve para compartir consejos y recomendaciones, conocer gente nueva, intercambiar objetos y encontrar ayuda para tareas cotidianas sin rascarse el bolsillo. La digitalización, aprovechada de este modo, devuelve la colaboración y la solidaridad a la calle. «Ha cambiado la forma de consumir, pero no de relacionarnos con nuestro entorno», dice Sonia Alonso, cofundadora del proyecto.

En la misma línea trabaja Nextdoor, otro vecindario online que le ha dado un empujón al cooperativismo de proximidad. Joana Caminal, country manager de Nextdoor en España, también opina que la interacción humana prevalece sobre el consumo de masas: «Puede que el sistema económico no esté diseñado para las curas. Pero las personas, nuestros barrios, nuestros vecinos, sí lo estamos».

Las representantes de estas apps creen que la economía bajo demanda, esa que ha transformado los favores en servicios, nunca podrá competir con la vecina que te da sal para la cena ni derrocará al amigo que te ayuda a montar los muebles nuevos. Les da la razón Antonio García Tabuenca, decano y director académico de la cátedra ORFIN, Observatorio de la Realidad Financiera, de la Universidad de Alcalá y Thinking Heads: «Las oportunidades serán siempre más atractivas para iniciativas más pequeñas en las que la solidaridad y el encuentro son más cómplices».

Salguero, el investigador social, advierte sobre un peligro sigiloso que acecha a estas organizaciones colaborativas: la posibilidad de caer, ellas también, en las redes del capitalismo. Nuestros valores y relaciones han sobrevivido al salvajismo mercantil, pero hay que cuidar las condiciones y los derechos de quienes hacen posible el quid pro quo de barrio. Al final se trata de que todos salgamos ganando.

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