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24 de abril 2015    /   CINE/TV
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¿Por qué te fascina la violencia viral del Estado Islámico?

24 de abril 2015    /   CINE/TV     por          
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La odiosa violencia del Estado Islámico provoca un magnetismo repulsivo en millones de personas que ni son yihadistas ni tienen la menor intención de serlo algún día. No esquivas la mirada cuando aparecen los vídeos de las televisiones o de YouTube en los que se desploman las cabezas de los decapitados, se quema a un piloto jordano en su jaula, siegan la vida de decenas de cristianos o borran a mazazos una parte de la historia de humanidad, es decir, una parte de tu propia historia.
(Ilustraciones de Buba Viedma)
Cuando acabas de ver lo que los terroristas querían que vieras, tal vez sientas odio, asco o vergüenza. Da igual. Han conseguido inyectarte la droga del miedo y ahora exiges venganza (¡Que les hagan lo mismo! ¡Que les corten la cabeza!). Así es como han desatado lo que llaman ‘la espiral de la violencia’ en los hogares, los despachos de los políticos y los cuarteles. La misma que llevó a democracias occidentales centenarias y fundadas al calor de los derechos civiles a reaccionar frente a los atentados del 11-S con el horror de Guantánamo, las torturas de Abu Ghraib, las cárceles secretas de la CIA o las invasiones, escasamente meditadas y peor concebidas, de Irak y Afganistán.
Antes de meditar tu propia reacción, te preguntas cómo es posible que semejante contenido haya llegado hasta tu mesa, hasta el salón de tu casa donde se encuentra la misma tele en la que les pones La Cenicienta a tus hijos mientras juegan en la alfombra. El principal motivo es que el Estado Islámico domina las artes de la comunicación: saben qué quieren transmitir a los medios para que los periodistas apenas puedan resistirse a contarlo, han lanzado una sofisticada campaña de marketing digital y han aprendido los trucos de Hollywood para construir una puesta en escena que deja heridas en la memoria del espectador.
Luis Veres, profesor de la Universidad de Valencia especializado en comunicación y violencia, ha señalado durante años que «existe una simbiosis entre el periodista que busca espectáculo y el terrorista que convierte en espectáculo sus mensajes para transmitirlos». Y advierte de que «el terrorismo moderno, con la excepción del terrorismo de Estado, apenas se explica sin la presencia de los grandes medios de comunicación». Es casi imposible propagar el pánico sin el soberbio megáfono de las televisiones, las radios, las grandes cabeceras y ahora, por supuesto, Internet.
Isis1
Vender el terror, sembrar el odio
En la decapitación de 12 cristianos egipcios en Siria aparecía Al-Hayat en los títulos de crédito. Al-Hayat, que significa ‘La Vida’ en árabe, es la productora de los vídeos que exhiben las muertes del Estado Islámico, edita también una revista digital llamada Dabiq y posee una radio en la ciudad iraquí de Mosul. Disparan hasta 90.000 mensajes diarios en las redes sociales, especialmente en Twitter, y han forzado a Estados Unidos a crear una división para contrarrestar su propaganda. Han surgido cientos de imitadores del grupo terrorista hasta el punto de que su líder, Abu Bakr al Baghdadi, ha protestado contra aquellos que distorsionan supuestamente el mensaje que él querría transmitir con torrentes de tuits desde cuentas no autorizadas.
Gonzalo Ibáñez preside Kanlli, una consultora de marketing digital española que lo mismo trabaja en Madrid que en Qatar. Ibáñez pregunta antes de la entrevista: «¿Estás seguro de que necesitas a un experto en marketing y no a un psiquiatra?». Admite que el Estado Islámico ha entendido perfectamente «la naturaleza de internet como un medio descentralizado ideal para colgar el mismo mensaje, en grabaciones o en vulgares archivos en PDF, en miles de lugares distintos que las autoridades tardan en bloquear si es que los encuentran todos». También han comprendido, según él, «la preferencia de la gente por el vídeo, el imperativo de comunicar su mensaje en distintos idiomas para que sea global y el necesario énfasis en las redes sociales: Facebook para el adoctrinamiento en grupos más pequeños y Twitter para la propaganda masiva».
La imagen típica del yihadista que acude a la llamada del terrorismo y la guerra en Siria o Irak es la de un joven desarraigado, de extracción humilde y mínima formación que se convierte súbitamente a un islamismo que apenas conoce. Suele olvidarse de que también existen otros perfiles: estudiantes de centros americanos de fama mundial como la Northwestern University de Illinois que renuncian a todo para combatir al mismo país que les enseñó las armas de ventas y comunicación con las que ahora esperan hacerle daño.
Al-Hayat, al decir de expertos en marketing y terrorismo islámico como Anat Hochberg-Marom, ha dejado en pañales las imágenes cutres de Al Qaeda y eso también ha provocado que sus producciones tengan muchísimo más éxito, por ejemplo, en YouTube. Con sorprendentes medios técnicos y dominio del lenguaje audiovisual, recuerda el especialista en comunicación y violencia de la Universidad de Sevilla Manuel Garrido, «han conseguido que nos identifiquemos con las víctimas, que odiemos a los agresores y que las imágenes nos atraigan más cuanto más nos repugnan».
isis2
Tú también eres la audiencia
Moussa Bourekba, analista del centro CIDOB para asuntos árabes, asegura que «buscan una audiencia que no solo está compuesta por yihadistas o musulmanes, sino también por todos nosotros, por aventureros que ansían emociones fuertes, como hacer la guerra en Siria, y por los miembros de los grupos rivales que pretenden absorber». En marzo, tras el éxito de difusión de las ejecuciones —y muy especialmente la del periodista americano James Foley—, el Estado Islámico ya se había convertido en el enemigo público número uno del presidente estadounidense Barack Obama. Fue entonces cuando el grupo islamista nigeriano Boko Haram, que había cortejado durante el año anterior a los medios secuestrando a cientos de niñas y mujeres utilizándolas como escudos humanos, anunció que se sometería a su liderazgo. Boko Haram no solo había nacido antes, sino que la bandera negra, que emplea el Estado Islámico en sus marchas y decapitaciones, era una copia de la suya.
Pero quizás lo más inquietante no sea que el horror de las decapitaciones atraiga a otros criminales. Lo que de verdad produce desasosiego es que te atraiga a ti, aunque no hayas cometido más crimen que cobrar o pagar sin IVA, saltarte un semáforo en rojo o colarte en el cine o el supermercado. José Sanmartín, exdirector del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia, matiza que «no nos gusta el terror, sino lo que provoca el terror en nuestro organismo». Según él, sentimos placer en dos fases: la primera tiene que ver con la preparación para la acción y cabalga a lomos de «la adrenalina, las endorfinas, el aumento de la presión cardíaca y la aceleración de la respiración»; y la segunda, tras ver, por ejemplo, una grabación del Estado Islámico, «consiste en el efecto de relajación ligado a neurotransmisores como la serotonina». Tranquilo, sigues en el salón de tu casa.
Todas esas reacciones químicas, que comparten este tipo de asesinatos, deportes de riesgo como el puenting o películas especialmente violentas, se ven multiplicadas por una puesta en escena tan cinematográfica que, según algunos antiguos expertos en antiterrorismo de la CIA como Aki Peritz, los propios ejecutados se muestran relajados algunas veces en las imágenes porque no se pueden creer que vayan a morir así. También añaden gasolina a este incendio, recuerda Sanmartín, el desconcierto que nos producen la justificación religiosa y moral del asesinato de inocentes, que afirmen que actúan obligados por nuestras agresiones y que destruyan obras y monumentos que dan sentido a nuestra interpretación de la historia de la humanidad y, por lo tanto, a nuestra propia existencia.
Moussa Bourekba, analista del centro CIDOB y especialista en asuntos árabes, cree que uno de los elementos más espectaculares de esa puesta en escena es «la forma en la que visten a las víctimas con monos naranjas similares a los de los reclusos de Guantánamo». Es su forma de recordar que esto es una venganza con la que esperan desatar la misma espiral de violencia que llevó a una de las principales democracias del mundo —la que siente como parte de su orgulloso ADN haber derrotado a los nazis de Auschwitz, los comunistas de los gulags y los genocidas de Srebrenica— a abrir algo muy parecido a un campo de concentración a menos de 200 kilómetros de las playas y hamacas de Miami. Y a hacerlo con el apoyo de la mayoría de una población aterrorizada por el horror de las imágenes en Afganistán, Irak y el once de septiembre. Personas como tú.

La odiosa violencia del Estado Islámico provoca un magnetismo repulsivo en millones de personas que ni son yihadistas ni tienen la menor intención de serlo algún día. No esquivas la mirada cuando aparecen los vídeos de las televisiones o de YouTube en los que se desploman las cabezas de los decapitados, se quema a un piloto jordano en su jaula, siegan la vida de decenas de cristianos o borran a mazazos una parte de la historia de humanidad, es decir, una parte de tu propia historia.
(Ilustraciones de Buba Viedma)
Cuando acabas de ver lo que los terroristas querían que vieras, tal vez sientas odio, asco o vergüenza. Da igual. Han conseguido inyectarte la droga del miedo y ahora exiges venganza (¡Que les hagan lo mismo! ¡Que les corten la cabeza!). Así es como han desatado lo que llaman ‘la espiral de la violencia’ en los hogares, los despachos de los políticos y los cuarteles. La misma que llevó a democracias occidentales centenarias y fundadas al calor de los derechos civiles a reaccionar frente a los atentados del 11-S con el horror de Guantánamo, las torturas de Abu Ghraib, las cárceles secretas de la CIA o las invasiones, escasamente meditadas y peor concebidas, de Irak y Afganistán.
Antes de meditar tu propia reacción, te preguntas cómo es posible que semejante contenido haya llegado hasta tu mesa, hasta el salón de tu casa donde se encuentra la misma tele en la que les pones La Cenicienta a tus hijos mientras juegan en la alfombra. El principal motivo es que el Estado Islámico domina las artes de la comunicación: saben qué quieren transmitir a los medios para que los periodistas apenas puedan resistirse a contarlo, han lanzado una sofisticada campaña de marketing digital y han aprendido los trucos de Hollywood para construir una puesta en escena que deja heridas en la memoria del espectador.
Luis Veres, profesor de la Universidad de Valencia especializado en comunicación y violencia, ha señalado durante años que «existe una simbiosis entre el periodista que busca espectáculo y el terrorista que convierte en espectáculo sus mensajes para transmitirlos». Y advierte de que «el terrorismo moderno, con la excepción del terrorismo de Estado, apenas se explica sin la presencia de los grandes medios de comunicación». Es casi imposible propagar el pánico sin el soberbio megáfono de las televisiones, las radios, las grandes cabeceras y ahora, por supuesto, Internet.
Isis1
Vender el terror, sembrar el odio
En la decapitación de 12 cristianos egipcios en Siria aparecía Al-Hayat en los títulos de crédito. Al-Hayat, que significa ‘La Vida’ en árabe, es la productora de los vídeos que exhiben las muertes del Estado Islámico, edita también una revista digital llamada Dabiq y posee una radio en la ciudad iraquí de Mosul. Disparan hasta 90.000 mensajes diarios en las redes sociales, especialmente en Twitter, y han forzado a Estados Unidos a crear una división para contrarrestar su propaganda. Han surgido cientos de imitadores del grupo terrorista hasta el punto de que su líder, Abu Bakr al Baghdadi, ha protestado contra aquellos que distorsionan supuestamente el mensaje que él querría transmitir con torrentes de tuits desde cuentas no autorizadas.
Gonzalo Ibáñez preside Kanlli, una consultora de marketing digital española que lo mismo trabaja en Madrid que en Qatar. Ibáñez pregunta antes de la entrevista: «¿Estás seguro de que necesitas a un experto en marketing y no a un psiquiatra?». Admite que el Estado Islámico ha entendido perfectamente «la naturaleza de internet como un medio descentralizado ideal para colgar el mismo mensaje, en grabaciones o en vulgares archivos en PDF, en miles de lugares distintos que las autoridades tardan en bloquear si es que los encuentran todos». También han comprendido, según él, «la preferencia de la gente por el vídeo, el imperativo de comunicar su mensaje en distintos idiomas para que sea global y el necesario énfasis en las redes sociales: Facebook para el adoctrinamiento en grupos más pequeños y Twitter para la propaganda masiva».
La imagen típica del yihadista que acude a la llamada del terrorismo y la guerra en Siria o Irak es la de un joven desarraigado, de extracción humilde y mínima formación que se convierte súbitamente a un islamismo que apenas conoce. Suele olvidarse de que también existen otros perfiles: estudiantes de centros americanos de fama mundial como la Northwestern University de Illinois que renuncian a todo para combatir al mismo país que les enseñó las armas de ventas y comunicación con las que ahora esperan hacerle daño.
Al-Hayat, al decir de expertos en marketing y terrorismo islámico como Anat Hochberg-Marom, ha dejado en pañales las imágenes cutres de Al Qaeda y eso también ha provocado que sus producciones tengan muchísimo más éxito, por ejemplo, en YouTube. Con sorprendentes medios técnicos y dominio del lenguaje audiovisual, recuerda el especialista en comunicación y violencia de la Universidad de Sevilla Manuel Garrido, «han conseguido que nos identifiquemos con las víctimas, que odiemos a los agresores y que las imágenes nos atraigan más cuanto más nos repugnan».
isis2
Tú también eres la audiencia
Moussa Bourekba, analista del centro CIDOB para asuntos árabes, asegura que «buscan una audiencia que no solo está compuesta por yihadistas o musulmanes, sino también por todos nosotros, por aventureros que ansían emociones fuertes, como hacer la guerra en Siria, y por los miembros de los grupos rivales que pretenden absorber». En marzo, tras el éxito de difusión de las ejecuciones —y muy especialmente la del periodista americano James Foley—, el Estado Islámico ya se había convertido en el enemigo público número uno del presidente estadounidense Barack Obama. Fue entonces cuando el grupo islamista nigeriano Boko Haram, que había cortejado durante el año anterior a los medios secuestrando a cientos de niñas y mujeres utilizándolas como escudos humanos, anunció que se sometería a su liderazgo. Boko Haram no solo había nacido antes, sino que la bandera negra, que emplea el Estado Islámico en sus marchas y decapitaciones, era una copia de la suya.
Pero quizás lo más inquietante no sea que el horror de las decapitaciones atraiga a otros criminales. Lo que de verdad produce desasosiego es que te atraiga a ti, aunque no hayas cometido más crimen que cobrar o pagar sin IVA, saltarte un semáforo en rojo o colarte en el cine o el supermercado. José Sanmartín, exdirector del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia, matiza que «no nos gusta el terror, sino lo que provoca el terror en nuestro organismo». Según él, sentimos placer en dos fases: la primera tiene que ver con la preparación para la acción y cabalga a lomos de «la adrenalina, las endorfinas, el aumento de la presión cardíaca y la aceleración de la respiración»; y la segunda, tras ver, por ejemplo, una grabación del Estado Islámico, «consiste en el efecto de relajación ligado a neurotransmisores como la serotonina». Tranquilo, sigues en el salón de tu casa.
Todas esas reacciones químicas, que comparten este tipo de asesinatos, deportes de riesgo como el puenting o películas especialmente violentas, se ven multiplicadas por una puesta en escena tan cinematográfica que, según algunos antiguos expertos en antiterrorismo de la CIA como Aki Peritz, los propios ejecutados se muestran relajados algunas veces en las imágenes porque no se pueden creer que vayan a morir así. También añaden gasolina a este incendio, recuerda Sanmartín, el desconcierto que nos producen la justificación religiosa y moral del asesinato de inocentes, que afirmen que actúan obligados por nuestras agresiones y que destruyan obras y monumentos que dan sentido a nuestra interpretación de la historia de la humanidad y, por lo tanto, a nuestra propia existencia.
Moussa Bourekba, analista del centro CIDOB y especialista en asuntos árabes, cree que uno de los elementos más espectaculares de esa puesta en escena es «la forma en la que visten a las víctimas con monos naranjas similares a los de los reclusos de Guantánamo». Es su forma de recordar que esto es una venganza con la que esperan desatar la misma espiral de violencia que llevó a una de las principales democracias del mundo —la que siente como parte de su orgulloso ADN haber derrotado a los nazis de Auschwitz, los comunistas de los gulags y los genocidas de Srebrenica— a abrir algo muy parecido a un campo de concentración a menos de 200 kilómetros de las playas y hamacas de Miami. Y a hacerlo con el apoyo de la mayoría de una población aterrorizada por el horror de las imágenes en Afganistán, Irak y el once de septiembre. Personas como tú.

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