28 de noviembre 2013    /   ENTRETENIMIENTO
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El origen de los dichos: Estar a la cuarta pregunta

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Si uno es amante de los Expedientes X, probablemente la frase le resulte sugerente: ¿aludirá a la cuarta dimensión? ¿Tendrá que ver con el programa de Iker Jiménez? Lo cierto es que estar a la cuarta pregunta no tiene nada de paranormal, mucho menos hoy en día. Sino que más bien nos remite a una desagradable, desesperada y terrenal situación: estar sin un duro, sin un euro, sin un pavo, sin parné, sin cuartos. O sea, más pobre que el lenguaje de Belén Esteban.

No es una sino varias las explicaciones que hay de este dicho tan popular.

La que parece más exacta, según José María Iribarren, es la que cuentan distintos autores, entre otros, Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber y Larrea para los amigos). Y lo que nos dicen es que la frase tiene origen jurídico.

Cuando se tomaba declaración al reo, el escribano se ajustaba a un cuestionario establecido que constaba de cuatro preguntas: 1ª Nombre y edad; 2ª Patria y profesión; 3ª Religión y 4ª Rentas. Lo normal era que el interrogado respondiera a esa última con que era pobre de solemnidad.

Después, cuando el juez volvía a tomarle declaración y al preguntar de nuevo por la capacidad adquisitiva del reo, este solía contestar: “me remito a la cuarta pregunta”.

Un dato más: las preguntas de arriba, las que van en negrita, sí, esas… En lenguaje jurídico, se llaman ‘generales de la ley’.

Quizá como parodia de este procedimiento judicial, los estudiantes de la Universidad Complutense, cuenta Sbarbi –quien antes había dado otras teorías que ni a él mismo le convencían-, hacían un interrogatorio similar, pero de coña, a los ingenuos estudiantes que llegaban a la universidad por primera vez:

¿Salutem habemus?
¿Ingenium habemus?
¿Amores habemus?
¿Pecunian habemus?

Evidentemente, la respuesta al último interrogante era obvia: ni un duro. Aunque no queda muy claro si eso le libraba o no de pagar la novatada. A no ser que el novato en cuestión fuera alumno del ICADE de la época, que entonces ya era otra cosa, o sea. El caso es que también explicaría el por qué se tomó lo de la “cuarta pregunta” como sinónimo de no tener dinero.

Y hasta aquí la explicación de hoy. Lo bueno, si breve, menos tiempo nos quita… ¿O no era así?

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Si uno es amante de los Expedientes X, probablemente la frase le resulte sugerente: ¿aludirá a la cuarta dimensión? ¿Tendrá que ver con el programa de Iker Jiménez? Lo cierto es que estar a la cuarta pregunta no tiene nada de paranormal, mucho menos hoy en día. Sino que más bien nos remite a una desagradable, desesperada y terrenal situación: estar sin un duro, sin un euro, sin un pavo, sin parné, sin cuartos. O sea, más pobre que el lenguaje de Belén Esteban.

No es una sino varias las explicaciones que hay de este dicho tan popular.

La que parece más exacta, según José María Iribarren, es la que cuentan distintos autores, entre otros, Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber y Larrea para los amigos). Y lo que nos dicen es que la frase tiene origen jurídico.

Cuando se tomaba declaración al reo, el escribano se ajustaba a un cuestionario establecido que constaba de cuatro preguntas: 1ª Nombre y edad; 2ª Patria y profesión; 3ª Religión y 4ª Rentas. Lo normal era que el interrogado respondiera a esa última con que era pobre de solemnidad.

Después, cuando el juez volvía a tomarle declaración y al preguntar de nuevo por la capacidad adquisitiva del reo, este solía contestar: “me remito a la cuarta pregunta”.

Un dato más: las preguntas de arriba, las que van en negrita, sí, esas… En lenguaje jurídico, se llaman ‘generales de la ley’.

Quizá como parodia de este procedimiento judicial, los estudiantes de la Universidad Complutense, cuenta Sbarbi –quien antes había dado otras teorías que ni a él mismo le convencían-, hacían un interrogatorio similar, pero de coña, a los ingenuos estudiantes que llegaban a la universidad por primera vez:

¿Salutem habemus?
¿Ingenium habemus?
¿Amores habemus?
¿Pecunian habemus?

Evidentemente, la respuesta al último interrogante era obvia: ni un duro. Aunque no queda muy claro si eso le libraba o no de pagar la novatada. A no ser que el novato en cuestión fuera alumno del ICADE de la época, que entonces ya era otra cosa, o sea. El caso es que también explicaría el por qué se tomó lo de la “cuarta pregunta” como sinónimo de no tener dinero.

Y hasta aquí la explicación de hoy. Lo bueno, si breve, menos tiempo nos quita… ¿O no era así?

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